Capítulo 20 #2
Raven fue el siguiente, con movimientos vacilantes.
Cuando los centinelas avanzaron, se sacó lo que parecían fragmentos de espejo de los bolsillos y los colocó de manera estratégica en la arena.
En el momento en el que el primer centinela atacó, su reflejo apareció en uno de los fragmentos, advirtiéndose a sí mismo desde otro ángulo.
Sin embargo, la habilidad, aunque fascinante, no servía de mucho en combate.
Los centinelas pronto lo vencieron, pero los jueces parecieron sorprendidos de todos modos.
Me percaté de cómo Talon le susurró algo a Urkin, que asintió.
Mira fue la siguiente en adentrarse en la arena; su figura delgada casi se perdió en la inmensidad del espacio.
Los centinelas avanzaron, alzando las armas.
Cada vez que Mira dirigía la vista a un centinela, el aire alrededor de él parecía difuminarse y distorsionarse.
Uno a uno, retrocedieron tambaleantes mientras sus espadas caían con estrépito al suelo a la vez que ellos se apartaban de algo que yo no podía ver.
Se les retorcían las caras por lo que parecía un terror puro, aunque no había nada visible que lo causara.
Fuera lo que fuera lo que les estaba enseñando Mira, era suficiente para hacer que incluso estos soldados entrenados se retirasen.
A pesar de todo, ella permaneció con la expresión turbada, como si pudiera ver los horrores que les estaba causando a ellos.
Todos los participantes habían tenido su turno, y sentí cómo los nervios me hormigueaban la piel cuando Urkin se puso de pie una vez más y clavó la mirada en mí. Vaciló un instante, permitiendo que la intensidad de sus ojos me calara más.
—Extranjera. —No pudo ocultar su desagrado. Se desataron murmullos entre el público; sin duda, la gente hablaba de mi horrible actuación del día anterior. Me obligué a mantener la respiración calmada mientras entraba en la arena, con pasos más lentos y desconfiados de lo que me habría gustado.
Los centinelas emergieron de las sombras uno a uno, rodeándome en un círculo estrecho.
Sus armas captaron la poca luz que se filtraba; el acero relució con una promesa mortal.
Sentí el peso de cientos de ojos presionándome desde arriba: nobles, líderes militares y otros concursantes.
Todos esperaban que fracasara. Otra vez.
El corazón me tronaba tan fuerte que estuve segura de que lo podían oír.
Los cardenales de ayer parecieron palpitar al compás de cada latido.
Había estado planeando esto desde la noche anterior, pero ahora, aquí de pie, me asaltaron las dudas.
Jamás había intentado nada así antes; jamás me había atrevido a usar tanto poder de una sentada. No adrede.
Cerré los ojos, tratando de calmar mi aliento. La telaraña se agitó a lo largo de mi columna, familiar pero peligrosa. Por lo general, la contenía a propósito; solo le permitía salir en caso de necesidad extrema. No obstante, hoy iba a usar hasta la última gota.
El primer centinela se movió. Pude oír el susurro del metal en el aire, sentir cómo comenzaban a cercarme. Era ahora o nunca.
Invoqué la telaraña y tiré de ella con más fuerza de la que nunca había ejercido.
Durante un momento horroroso, no ocurrió nada.
El poder permaneció encerrado dentro, negándose a ceder.
El pánico se me acumuló en la garganta. Tiré con más fuerza, desesperada, sintiendo el esfuerzo por todos los huesos.
Entonces, algo se desató.
La telaraña estalló columna arriba con tanta fuerza que casi me tumbó.
Una luz blanca explotó tras mis ojos cerrados, abriéndolos de golpe al tiempo que el poder me inundaba, crudo y abrumador.
Demasiado, era demasiado. Estaba perdiendo el control, sintiendo cómo trataba de salir en una espiral desbocada.
En mitad del caos, vi las mentes de los centinelas brillar en un tono plateado, muy cerca ya.
Sin embargo, mis zarcillos no respondían.
Se retorcían y contorsionaban, negándose a tomar forma.
El sudor me salpicó la frente mientras luchaba por mantener el control, por moldear esta oleada de poder salvaje en forma de algo que pudiera emplear.
Justo cuando pensaba que me ahogaría en ello, todo hizo clic. La telaraña se estabilizó, y sentí cómo mis pies abandonaban el suelo.
Volví a recuperar la visión y me encontré suspendida en el aire con el pelo azotándome como una tempestad.
La arena se había sumido en un completo silencio.
Los centinelas se habían quedado paralizados con las armas medio alzadas mientras me contemplaban.
La telaraña salió en zarcillos perlados, acariciando las seis mentes a la vez, envolviéndose alrededor de ellas como la seda.
Se me formó una sonrisa en los labios cuando dirigí la vista a Urkin, que seguía sentado, mientras que los otros jueces se habían puesto de pie sorprendidos.
Y mandé una orden por el vínculo.
Uno a uno, los centinelas se giraron hacia sus compañeros soldados y alzaron las armas. El silencio se prolongó un instante mientras mantenían las armas en alto.
«Atacad».
Se desató el caos cuando los centinelas se abalanzaron los unos contra los otros con las hojas volando con una ferocidad indómita, acero contra acero.
El clamor retumbó por toda la arena mientras las personas del público se ponían de pie, jadeando.
Al final, Urkin se levantó y dio unos cuantos pasos agonizantes hacia mí, aferrándose a la barandilla hasta que se le pusieron los nudillos blancos. Sus ojos se me clavaron como espadas.
Quizá debería haberme asustado, horrorizada por las consecuencias que podría traer aquello.
No obstante, me había pedido ver mi atadura, así que se la iba a mostrar del modo más auténtico posible.
Les iba a recordar a todos y cada uno de ellos de lo que era capaz.
Lo que podría hacer si de verdad lo deseara.
Nunca había sentido la telaraña en su máximo esplendor, pero tenía que admitir que me encantó.
En medio de la destrucción, busqué con la mirada a Aether, al que le resplandecía la mente con esa tonalidad dorada.
Era el único de la multitud aún sentado, inclinado hacia atrás en la silla, con las manos juntas y la barbilla peligrosamente baja.
Tenía una expresión en el rostro de lo más extraña.
Una que jamás había visto en él antes: orgullo.
Pero era más oscuro que eso. Una especie de satisfacción oscura que hizo que se me pusiera el vello de punta y que me corriera un escalofrío por las venas.
Justo cuando uno de los centinelas gritó de dolor, los detuve.
Las armaduras hicieron un ruido metálico contra el suelo en el segundo en el que los centinelas se cayeron de rodillas, exhaustos, con la confusión extendiéndoseles por la cara mientras se percataban de dónde se encontraban y de lo que acababa de ocurrir.
El silencio era ensordecedor. No se movió ni una sola persona, como si toda la arena se hubiera congelado en ese instante. El corazón me atronaba en el pecho, pero tenía las manos firmes cuando las bajé a los costados.
En medio del silencio, una lenta palmada se hizo eco entre las paredes de piedra. Dirigí la vista al lugar del que provenía y se me heló la sangre.
Valkan.
Se encontraba al borde de la arena con la mirada fija en mí. Se le curvaron los labios mientras continuaba su aplauso solitario.
—Sublime —dijo en voz baja, lo justo para que le saliera la voz—. Simplemente sublime.
Cuando descendí y mis pies tocaron el suelo una vez más, el hechizo se rompió. De pronto, la arena estalló en una sinfonía de voces: algunos vitoreaban, otros discutían en susurros acalorados.
Urkin tenía el rostro impertérrito, pero había algo más en su expresión ahora. Algo que parecía casi miedo. «Bien».
La general Taliora le susurraba con urgencia al oído, mientras que Talon escribía furioso en su cuaderno de notas y lanzaba miradas ocasionales en mi dirección. Karis se limitó a estudiarme.
Volví a centrar la atención en Valkan cuando se acercó con movimientos inquietantemente suaves.
—Creo —murmuró con la voz atravesando el ruido— que puede que seas la cosa más extraordinaria que he visto nunca. — Sus ojos pálidos y sin vida se clavaron en mí con una ansiosa y retorcida fascinación—. Qué pena sería que murieras en las profundidades del Vacío.