Capítulo 20
L a sala de espera parecía más pequeña que ayer; las paredes de piedra se estrechaban mientras nos reuníamos para echar a suertes el orden.
Todavía me dolían los músculos por la prueba de combate; cada cardenal me corroía, recordándome la manera tan espectacular en la que había perdido el día anterior.
Otro asistente de Archivística se colocó delante de nosotros, sosteniendo la misma bolsa de tela negra de ayer. Urkin se alzaba imponente tras él, sin delatar nada con los ojos mientras paseaba la vista por el grupo. Cuando su mirada se posó en mí, la estrechó casi de forma imperceptible.
La ausencia de Soren era notable. Aún se encontraba demasiado débil de la paliza de ayer para competir en la prueba de hoy. Los demás trataron de no mirar su hueco vacío en la fila, pero Mira tenía las manos apretadas en puños a los costados.
—El orden de la demostración es inapelable. —La voz de Urkin llenó la habitación—. Presentaréis vuestra atadura al Consejo cuando os llamen. Cualquier uso de las habilidades antes de vuestro turno conllevará una descalificación inmediata.
Se me revolvió el estómago cuando se empezó a pasar la bolsa por la fila. Observé cómo cada participante sacaba su piedra y estudié sus reacciones. El rostro de Theron permaneció impasible cuando leyó su número, pero la satisfacción se le reflejó en los ojos. El primero entonces.
—Qué suerte —dijo una voz suave detrás de mí, provocándome un escalofrío de arriba abajo por la espalda—. Parece que tenemos mucho tiempo para conocernos.
Me giré y me encontré a Valkan más cerca de lo que me esperaba, con los ojos apagados clavados en mí con una intensidad inquie tante. Incluso bajo la luz tenue, la piel parecía brillarle con una vitalidad sobrenatural que hizo que me diera un vuelco el estómago.
—He de admitir que me encuentro… intrigado. Una participante extranjera en el strykka… Jamás había sucedido antes.
Alcé la vista hacia el nivel superior, donde se reunía la Umbra. Aether se encontraba cerca de una de las columnas de piedra con los ojos fijos en nuestra interacción y la mandíbula tensa.
—Y aun así aquí estamos los dos —prosiguió Valkan, acercándose más—. Rompiendo tradiciones. —Su sonrisa reveló unos dientes demasiado blancos—. Dime, ¿estás disfrutando de tu tiempo en Umbrathia?
Antes de que pudiera responder, la voz de Urkin interrumpió la tensión.
—Candidato Theron, tome posición.
Me aparté de Valkan, agradecida por la excusa. No obstante, su voz me siguió, lo bastante baja para que solo yo pudiera oírla.
—Tal vez continuemos esta conversación más tarde.
Habían transformado la arena desde ayer. Donde antes había maniquíes de entrenamiento, ahora se habían erigido objetivos elaborados. Las gradas de arriba estaban repletas de nobles y líderes militares con rostros expectantes. Esto era lo que habían venido a ver.
Theron se aproximó al centro de la arena, derrochando tanta confianza como cuando lo conocí ayer. A la señal de Urkin, unos centinelas emergieron de las sombras y lo rodearon con armas desenvainadas.
El primer centinela atacó con la espada trazando un arco por el espacio, pero Theron ya se estaba moviendo.
El aire a su alrededor comenzó a brillar, como el calor que sale de una piedra.
De repente, donde antes había un Theron, pasó a haber decenas, cada uno moviéndose de forma independiente, cada uno perfectamente nítido.
Los centinelas vacilaron con las armas sobrevolando mientras trataban de distinguir al objetivo real de las ilusiones.
Las copias de Theron se mezclaron entre los centinelas.
Cada vez que una hoja encontraba uno, se disolvía en la niebla sin más, mientras que aparecían otros tres en algún lugar.
Los centinelas enloquecieron y entraron en frenesí, golpeando a los fantasmas a la vez que el Theron real se movía sin ser visto entre sus creaciones.
Cuando la demostración finalizó, se situó con tranquilidad en el centro de la arena sin un solo rasguño.
—Siguiente —gritó Urkin.
Valkan entró dando zancadas en la arena, y las conversaciones se convirtieron en murmullos. Sondeó la multitud antes de esbozar una sonrisa de depredador. Unos centinelas nuevos tomaron posición a su alrededor, pero parecieron más indecisos que antes.
La silueta de Valkan se onduló como el agua, los huesos le crujieron y se volvieron a formar mientras su cuerpo se retorcía.
Donde se había encontrado, ahora acechaba una pantera enorme con el pelaje tan blanco como la noche.
La transformación fue impecable, inquietante por su perfección.
Los ojos de la bestia permanecieron con el mismo color blanquecino mientras se lanzaba hacia el centinela más cercano.
La espada del centinela cortó el aire mientras la pantera se transformaba en medio de un salto en un ave rapaz enorme; las garras rasparon la armadura antes de alzar el vuelo.
Los otros centinelas se movieron en formación, intentando arrinconarlo, pero Valkan jamás se encontraba donde golpeaban sus armas.
Cada transformación fluyó hacia la siguiente: lobo, oso, serpiente…
, cada forma más letal que la anterior. A diferencia del resto del reino, no había signos de que la sequía le hubiera afectado en absoluto.
La exhibición terminó con Valkan volviendo a su forma original, de pie entre los centinelas a los que había desarmado. No se le había movido ni un pelo. Ni siquiera respiraba con dificultad.
Cassia, una chica a la que todavía no había conocido, fue la siguiente a la que llamaron.
Sus movimientos eran delicados pero vacilantes a medida que se acercaba al centro.
Unos centinelas nuevos tomaron posición a su alrededor, y, cuando el primero atacó, ella se acercó con una velocidad alarmante.
Al tocarlo, el centinela trastabilló hacia atrás, confundido por lo que ella le había hecho.
Fue solo entonces cuando su armadura empezó a descomponerse, quebrarse y resquebrajarse…
, y con el tiempo se desmoronó en un montón de cenizas.
Los otros centinelas retrocedieron, pero ella los persiguió sin mudar de expresión mientras todo lo que tocaba se desintegraba.
Una ligera sonrisa se le formó en los labios cuando vio los rostros de los jueces.
La siguió Kenna. Cuando los centinelas la rodearon, los susurros comenzaron a llenar la arena; un sinfín de voces hablaban al unísono y cada vez se oían más alto hasta que se volvieron atronadoras.
Los centinelas se llevaron las manos a la cabeza y rompieron su formación mientras los susurros parecieron taladrarlos.
Algunos dejaron caer las armas, otros tropezaron hacia atrás.
A pesar de todo, Kenna se quedó perfectamente quieta, dirigiendo el caos como una experta.
Lael fue el siguiente. Se acercó al borde de la arena donde las sombras se acumulaban y, para sorpresa de todo el mundo, agarró algo enorme en la oscuridad.
Con un esfuerzo visible, arrastró el cuerpo de un lobo gigante hacia la luz.
El pelaje mate de la bestia era oscuro y putrefacto; sus ojos vacíos, cuencas de algún modo más aterradoras que si hubiera tenido ojos.
La multitud contuvo la respiración al mismo tiempo que Lael colocaba el cuerpo del lobo en el medio de la arena; su pequeña figura parecía diminuta por la forma colosal de la criatura. Los centinelas lo rodearon con cuidado con las armas alzadas, pero era evidente su incertidumbre.
Lael empezó a alzar los brazos, y las extremidades del lobo se sacudieron; luego, se suavizaron en un movimiento fluido mientras se erguía.
A su orden silenciosa, la bestia se lanzó a la próxima centinela con unos movimientos anormalmente extraños.
Los dientes en descomposición atacaron la armadura de hierro mientras empujó a la centinela al suelo.
Los otros centinelas intervinieron, pero el lobo fue demasiado rápido, demasiado fuerte.
Luchó con el salvajismo desenfrenado de quien no sentía dolor, quien no tenía miedo a la muerte.
En cuestión de minutos, los centinelas se rindieron, alejándose de la criatura que continuaba merodeando entre Lael y ellos.
Cuando Lael subió los escalones de la arena, esbozaba una sonrisa en la cara a pesar de su obvio cansancio. Tenía el uniforme de cuero cubierto de polvo y putrefacción por arrastrar el cuerpo del lobo.
—Lo siento —dijo, dejándose caer en el banco junto a mí—. Por el olor y todo eso. Esperaba encontrar a uno más fresco.
A pesar de todo, no pude evitar sonreír. El chico que parecía tan nervioso ayer acababa de controlar a una bestia muerta. El orgullo me brotó en el pecho.
—¿Puedes controlar a los muertos? —pregunté en voz baja, tratando de procesar lo que había presenciado.
—Aether me encontró practicando con ratas muertas en Cro yg —admitió, quitándose un poco de barro seco de la manga—. Me dijo que estaba malgastando mi talento con los roedores. — Alzó la vista—. Deberías ver lo que puedo hacer con un oso. Aunque son más difíciles de arrastrar.
Me reí, me reí de verdad, y el sonido me sorprendió. ¿Cuándo había sido la última vez que lo había hecho?
—Bueno, el lobo ha causado sensación, desde luego.
—¿Eso crees? —Se le iluminó la cara.
—Por supuesto. Deberías haber visto las caras de los jueces. Estaban tan impresionados como horrorizados. —Sonreí.
Antes de que pudiera contestar, Urkin llamó al siguiente parti cipante. No obstante, cuando Lael se puso de pie, me dio un apre tón en el brazo.
—Lo vas a hacer genial —susurró—. Muéstrales de lo que eres capaz.