Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Algunas cosas sobre Aether son… complicadas.

—Esa no es una respuesta.

Vexa suspiró.

—Nadie sabe de dónde viene o cómo apareció en el Vacío.

—¿A qué te refieres con que apareció en el Vacío?

Ella exhaló despacio con pinta de estar debatiéndose.

—Preferiría que Aether te contara su historia cuando quiera, pero… —Me miró a los ojos—. La reina lo encontró allí hace treinta y cinco años, con el mismo aspecto que tiene ahora y sin ningún recuerdo de quién era ni de cómo había llegado allí.

Treinta y cinco años. El hombre que se había pasado semanas intentando romperme, que parecía tener todas las respuestas de lo que se suponía que yo iba a ser, desconocía su propio pasado. Había algo perturbador en eso, en lo mucho que… faltaba de él.

La sala común de los participantes era más pequeña que una habitación circular enclavada en la montaña, aunque al menos tenía ventanas.

La luz gris se colaba por las estrechas aberturas, atrapando motas de polvo que danzaban en el aire.

Mi cuerpo protestó cuando me senté en uno de los bancos empotrados en el muro.

Me dolía todo, pero la cabeza era lo peor; no paraba de darme vueltas con lo que Vexa me había contado de Aether.

«Treinta y cinco años. Lo encontraron en el Vacío. ¿Cómo es eso siquiera posible?».

—Toma. —La voz de Kenna me sacó de mis pensamientos. Sostenía una taza humeante—. Es té de corteza de sauce. Te ayudará con el dolor.

Sus palabras me tocaron una fibra sensible y casi me dejaron sin aire.

«Ma». Ese té era su remedio para casi todas las clases de sufrimiento.

De repente, me vinieron a la cabeza una serie de recuerdos: cada vez que me había hecho una taza cuando me había quemado sin querer con los encendedores de caldero.

¿Qué estaría pensando ahora? Que habría muerto, como su hermano. La Guardia se había llevado a otra persona que quería. La idea de su pena, de que dirigiese la botica sola, hizo que sintiera un dolor en el pecho que el té no podía curar.

Me obligué a centrar la vista en la habitación y noté la extraña expresión de la cara de Kenna cuando extendí la mano para coger el té. Tenía un moretón por toda la mandíbula. Recordé que había luchado detrás de mí. Se había mantenido firme según Vexa.

—Gracias. —El té sabía amargo, pero era reconfortante—. ¿Qué tal los demás?

—Soren sigue con los sanadores —contestó Theron desde su lugar junto a la ventana con la mirada clavada en algo fuera—. Mira ha rechazado el tratamiento. Dice que ha estado peor.

Como si la hubiera invocado con su nombre, Mira apareció de entre las sombras del rincón más lejano. Se movía con rigidez, rodeándose las costillas con un brazo para protegérselas, pero tenía los ojos igual de afilados que siempre. Se recostó contra la pared con expresión turbada.

—Mañana será distinto —dijo Kenna en un claro intento de subir los ánimos—. La observación de ataduras es más… estructurada.

—Ah, ¿sí? —Theron se volvió desde la ventana—. ¿Después de lo de hoy?

—El Consejo se toma en serio la observación de ataduras — replicó Lael con sorprendente convicción—. Es la tradición.

Contemplé sus caras con la tenue luz, todas marcadas por las pruebas del día de diferente modo. Kenna mantenía su compostura grácil a pesar de las heridas. La distancia analítica de Theron parecía haberse profundizado. Los ojos de Mira no paraban de moverse, como si rastrearan amenazas invisibles.

—¿Qué ocurre exactamente durante la observación? —pregunté, tratando de mantener la voz firme—. ¿Cómo lo juzgan?

—Buscarán control —respondió Theron—. Ver cómo manejas tus habilidades bajo presión.

Bajo presión. Pensé en Aether entonces, en cómo había sobrevivido treinta y cinco años en un reino cuya esencia escaseaba. En cómo había salido del Vacío con habilidades que no se habían debilitado nunca. ¿Sería capaz de demostrar que era digna de seguir el mismo camino?

—Todos deberíamos descansar —señaló Kenna, poniéndose de pie—. Mañana será… interesante.

Cuando los demás empezaron a dispersarse, Lael se quedó. Parecía más joven a la tenue luz, lo que me hizo recordar que solo tenía dieciséis años; era demasiado joven para todo esto.

—Hoy lo has hecho muy bien —le dije en voz baja cuando se sentó en el banco junto a mí—. El movimiento que has utilizado al final… La forma en la que has logrado que el impulso de la centinela se volviera en su contra… Ha sido impresionante.

Una sonrisa apenas perceptible se le dibujó en la cara.

—Casi salgo por patas. Cuando dijeron mi nombre el primero…, pensé que las piernas me iban a fallar allí mismo.

—Pero no fue así.

—No. —Su sonrisa se hizo un poco más grande—. Supongo que soy demasiado cabezón para mi propio bien.

Nos quedamos sentados en un cómodo silencio un rato, observando el crepúsculo eterno por la ventana. Había algo reconfortante en su presencia: nada de expectativas, de significados ocultos; solo comprensión tácita.

—¿Estás nervioso por lo de mañana? —pregunté.

—Un poco —admitió con tanta naturalidad que contuve una sonrisa—. Pero mi madre siempre decía que cuando tienes miedo es porque estás a punto de hacer algo muy valiente. O muy estúpido. —Se encogió de hombros—. Fijo que en nuestro caso son las dos cosas.

—Fijo. —No pude evitar reírme.

Su sonrisa se desvaneció cuando miró por la ventana, hacia el sol siempre congelado en su eclipse parcial.

—Recuerdo el día que dejó de moverse —añadió en voz baja—. Estábamos en los jardines, en lo que quedaba de ellos. —Inhaló con temblor—. Fue el mismo día que Aether me encontró en Croyg. El día que todo cambió.

Guardé silencio, esperando a que encontrara las palabras.

—Antes, los jardines se extendían kilómetros y kilómetros — continuó con suavidad—.

Mi madre solía decir que podías caminar durante días y no verías jamás la misma planta dos veces.

El aire siempre olía a tierra y cosas que crecen.

A vida. —Respiró hondo—. Pero, entonces, todo se volvió gris.

Murió. El suelo se convirtió en polvo entre nuestros dedos.

—Tus padres… —empecé a decir; sin embargo, no supe cómo acabar.

—No pensaban irse. Muchos lo hicieron. A Draxon o a Ravenfell.

—Su voz se había vuelto plana—. Seguían diciendo que la tierra se recuperaría, que siempre lo había hecho antes.

No enten dían que esta vez era distinto.

—Cogió un hilo suelto de su ropa— . Cuando nos quedamos sin comida, comenzaron a alimentarse de las cosechas echadas a perder.

Decían que no podíamos malgastar nada. Eso fue lo que los acabó matando.

La carga de sus palabras permaneció en el aire.

—Lo peor de todo es que… —dudó y se abrazó a sí mismo— a veces me preocupa empezar a olvidar cosas. Como el sonido de la risa de mi madre o lo altos que crecían los girasoles. En cierto modo, me parece estar traicionándolos.

—No los estás traicionando por sobrevivir —respondí en voz baja—. Por seguir adelante.

—¿Seguro? —Su voz era apenas un susurro—. Unirme a la Umbra, aprender a luchar… No sé qué pensarían de mí ahora.

Se miró las manos; tan joven y ya con callos en ellas.

—Eran sanadores, ¿sabes? Bueno, no oficialmente.

Pero to dos en Croyg iban a verlos cuando se ponían malos.

Mi madre conocía todas las plantas medicinales que había en los jardines.

Cuáles bajaban la fiebre, qué raíces aliviaban el dolor.

—Una ligera sonrisa le apareció en los labios—.

Siempre decía que la tierra nos da todo lo que necesitamos con que sepamos dónde mirar.

La sonrisa desapareció.

—Pero entonces la tierra comenzó a morirse, y nada de lo que mi madre sabía podía arreglar eso. Vi cómo lo intentó todo. Incluso cuando las plantas crecían torcidas y mal, seguía conservando la esperanza de que la próxima tanda sería diferente.

Se le quebró la voz con la última palabra, y yo contuve la necesidad de estirar la mano hacia él.

Nunca se me había dado bien consolar a la gente, la verdad; no obstante, algo en su dolor era muy real, muy familiar.

Yo no conocí a mis padres; no tenía recuerdos a los que aferrarme.

Mayormente, evitaba pensar en ellos. Pero cuando era pequeña, antes de decidir compartimentar muchas cosas guardándolas en lugares difíciles de alcanzar, los echaba de menos.

Del modo en que se echa de menos algo que no conoces.

—¿Crees que volverá a ser como antes? —preguntó de pronto, interrumpiendo mis pensamientos—. Si detenemos lo que ocurre. Si arreglamos las cosas.

La pregunta permaneció suspendida en el aire. Quise responderle que sí, prometerle que todo volvería a ser como antes. Sin embargo, se merecía algo mejor que promesas vacías.

—No lo sé —contesté con sinceridad—. Pero lo intentaremos.

El corazón se me encogió ante las palabras, ante lo mucho que de repente necesitaba que fueran ciertas.