Capítulo 19
M e e ncontré en un banco de piedra de lo que parecía un patio con jardín.
El lugar estaba cercado con muros altos cubiertos de enredaderas trepadoras.
Unos senderos de grava serpenteaban entre lechos cuidados de rosas y plantas, todos dispuestos en torno a una fuente central.
Unos arcos de piedra conectaban diferentes secciones del jardín; sus superficies, erosionadas debido a los años de lluvias.
El sol de última hora de la tarde arrojaba sombras alargadas por los senderos, y una brisa helada llevaba el aroma de las flores de lavanda.
Alguien se sentó a mi lado, aunque no podía volver bien la cabeza para ver de quién se trataba.
A través de la arcada de delante, reconocí al instante a una mujer, la misma chica de mi sueño anterior, pero mayor ahora, una de las mellizas.
Llevaba la melena oscura en un peinado elaborado y caminaba enganchada del brazo con un apuesto hombre vestido en un atuendo formal.
—Las rutas comerciales del norte han sido muy rentables esta temporada, lord Skaldvindr —comentó ella; su voz tenía el mismo tono que recordaba de aquella noche en su tocador. La mujer le apretó un poco el brazo cuando pasaron al lado de nuestro banco.
—Así es. —La respuesta de él fue educada pero distante; parecía tener la atención en otra parte. Cuando rodearon los rosales, clavó los ojos donde yo estaba sentada y se le suavizó la expresión; una pequeña sonrisa se le dibujó en los labios antes de volver a centrarse en su acompañante.
—Padre dice que los comerciantes de seda han sido particularmente generosos con sus propuestas —continuó ella, aunque él desvió la mirada de nuevo. Vi cómo la mujer intentaba conservar su interés.
Dieron otra vuelta por el jardín; la conversación, un flujo constante de acuerdos comerciales y formalidades políticas.
Cada vez que pasaban, notaba el mismo patrón: cómo a él se le iban los ojos hacia nuestro ban co, cómo se le iluminaba el rostro con un pequeño gesto.
La persona junto a mí se removió, y, cuando me giré, solo atisbé una nuca sonrojada cuando ella inclinó la cabeza y el pelo oscuro le cayó como una cortina.
El corazón me dio un vuelco; era la otra hermana, la que había visto sentada en bata preguntando por bailes a los que nunca asistía.
—Igual deberíamos hablar del próximo festival de la cosecha — intervino la otra hermana, sujetando con más fuerza a lord Skaldvindr mientras lo conducía por otro sendero. Sin embargo, aunque ella lo guio lejos, él dirigió la mirada a nuestro banco una última vez.
La hermana sentada a mi lado permaneció quieta, pero noté el rápido subir y bajar de su respiración, la forma en la que le temblaban un poco las manos mientras yacían en su regazo. La tensión entre ellos era palpable ahora; ese baile peligroso de miradas robadas y palabras no dichas.
Desaparecieron al doblar una esquina, aunque se seguía oyendo la voz de la hermana, ansiosa e ilusionada mientras hablaba con todo lujo de detalles de las próximas celebraciones.
La tensión a mi lado pareció disminuir algo, pero el rubor permaneció, descendiendo más allá del escote de su vestido.
Quería girarme del todo para verle la cara bien, pero el sueño no me dejaba hacerlo.
Y, entonces, el sonido constante de unas voces comenzó a despertarme.
—Nada de esto estaría pasando si hubieras aceptado el puesto cuando te lo ofrecieron a ti. —Era la voz de Vexa, que siseaba frustrada.
La consciencia regresó en oleadas, como si me arrastraran de aguas turbulentas. Me dolía todo. El mundo existía solo en frag mentos: el roce de la tela áspera contra mi piel, el sordo latido en mi sien y el sonido de susurros más allá.
—No voy a discutir esto otra vez —replicó Aether en voz baja.
Las palabras se desvanecían y volvían a aparecer. Traté de abrir los ojos, aunque no me respondía el cuerpo.
—Pero era tuyo. Te lo ganaste —dijo Vexa de nuevo.
—Irrelevante. —El tono de Aether me hizo pensar que no era la primera vez que mantenían esa discusión.
Un gemido se me escapó de los labios antes de que pudiera evitarlo. Las voces pararon de golpe, seguidas por el sonido de pasos apresurados.
Cuando lo intenté de nuevo, logré abrir los ojos de verdad. La habitación se enfocó: las paredes de piedra, las antorchas de hierro. Era algún tipo de sala de enfermería enclavada en la montaña. La cama sobre la que estaba acostada era estrecha pero sólida.
—¿Cómo te encuentras? —Vexa apareció junto a mí con la cara llena de preocupación. Detrás de ella, se hallaba Aether inclinado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados. Hasta desde aquí podía verle la tensión en la mandíbula.
—Perdonad —conseguí decir con voz ronca—. He perdido. Supongo que por eso estoy aquí.
—No te disculpes. —Sentí las palabras de Aether como un latigazo.
Vexa lo fulminó con la mirada antes de volverse hacia mí con el conflicto en el rostro.
—No es culpa tuya. Urkin jamás había hecho que un partici pante se enfrentase a Darius antes. Sabía exactamente lo que esta ba haciendo.
Las palabras me cayeron como un jarro de agua fría.
—Entonces ¿se acabó?
—No —respondió Vexa enseguida—. La prueba de combate y la observación de ataduras son acumulativas.
Has demostrado hoy habilidad al durar tanto contra Darius…
—Sacudió la cabe za—. Tu puntuación no es tan alta como esperábamos, pero, si pue des compensarlo mañana con la demostración de tu atadura, cabe la posibilidad de que te consideren para el Vacío.
Aether se removió contra el marco de la puerta.
—Voy a ver a Lael. —Cruzó la mirada con la mía unos segundos con tanta intensidad que se me cortó la respiración antes de que se girara y marchara por el pasillo.
Vexa se sentó en el filo de la cama y me observó la cara con una mueca.
—Tienes una pinta horrible.
—Gracias. —Traté de sonreír, pero mi labio partido protestó.
—No, en serio. Cuando te diste contra el suelo… —Sacudió la cabeza—. Nunca he visto a Aether moverse tan rápido. Ya tenía medio cuerpo sobre la barandilla y a Effie y a mí no nos dio tiempo a sujetarlo.
Me toqué la sien con cuidado y noté el chichón.
—¿Qué ocurrió después?
—Se desató el caos, la verdad. Los demás participantes estaban horrorizados. —Se pasó una mano por el pelo—. Fuimos derechos a hablar con Urkin, a preguntarle en qué estaba pensando al enfrentarte a Darius.
—Supongo que eso salió bien.
—Sí, perfectamente. —Su voz destilaba sarcasmo—. Dijo que, como eres una extranjera, tenías que demostrar tu valía más que los demás. Que el reto era perfectamente justo. —Soltó un bufido.
—¿Cómo le ha ido al resto?
—Kenna es rápida; logró mantenerse firme. Mira también, aunque se llevó un golpe tremendo en las costillas. Soren… —Frun ció los labios—. Digamos que los médicos han estado ocupa dos hoy.
Me removí, buscando una postura que no me doliese.
—¿Y Valkan?
La expresión de Vexa se volvió sombría.
—Solicitó luchar contra dos centinelas a la vez. —Apretó las manos en puños—. Y a los dos los machacó. Sin problema.
La cabeza me palpitaba a cada latido, pero algo me preocupaba: la conversación que había oído.
—¿Aether se suponía que iba a ocupar el puesto de Urkin?
Arqueó la ceja.
—¿Lo has escuchado?
—Algo. Antes de despertarme del todo.
Vexa se puso de pie y me dio la espalda.
—Deberías centrarte en lo de mañana. La observación de ataduras será crucial si quieres seguir…
—¿Por qué no lo aceptó?
Ella se volvió y me estudió un largo rato.
—Eso no importa.
—Nada de esto tiene sentido. —Me incorporé a pesar del dolor—. El modo en el que todos lo respetan incluso con Urkin a cargo.
—Fia… —Había una advertencia en su tono.
—El Consejo quería que él fuera el líder en lugar de Urkin, ¿no?
Vexa suspiró y se apoyó en la pared de piedra.
—Sí. Todos lo queríamos. Hasta ser el segundo al mando era más de lo que había accedido al principio, pero lo convencieron para que aceptara eso como mínimo.
—¿Por qué él?
Ella vaciló; su expresión reflejaba cautela.
—Aether siempre ha sido… diferente. El Consejo lo vio, sobre todo cuando la sequía empeoró. Mientras los demás kalfar se debilitaban, sus habilidades nunca flaquearon. Querían crear un nuevo puesto para él: comandante de todas las fuerzas de la Umbra.
—¿A qué te refieres?
—Querían que lo supervisara todo: las fuerzas terrestres, Archivística, el Regimiento de Exploradores, la Unidad Médica.
Un líder que lo controlase todo, alguien que pudiera unir a todas las unidades.
—Recorrió una de sus quemaduras del Vacío con los dedos sin darse cuenta—.
Tenía sentido. Su experiencia, su fuerza…
Sobre todo ahora, con la falta de esencia…
Intenté procesarlo.
—Pero ¿se negó?
—Varias veces. Entonces, hace dos años, cuando el general Doran se retiró, prácticamente le rogaron que como mínimo toma se el control de las fuerzas de combate.
Sería menos compromiso, menos responsabilidad que dirigirlo todo, pero aun así…
—Meneó la cabeza—. No quiso hacerlo. Así que Urkin dio un paso adelante.
—Y ahora tenemos que aguantarlo —musité.
—Sí. Aunque Aether ha estado sirviendo a este reino durante treinta años. —El tono de su voz se volvió amargo—. No digas nada, pero Urkin jamás fue la persona adecuada para el trabajo.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotras. Treinta años. El número seguía repitiéndose en mi cabeza, negándose a tener sentido. Aether no podía tener más de treinta años. ¿Y no había mencionado ella que la sequía afectó…?
—Eso es imposible —repliqué despacio—. ¿Treinta años? Me dijiste que la sequía había reducido la esperanza de vida de los kalfar. Y Aether… no puede tener más de treinta años.
A Vexa le cambió la cara, ahora en guardia.
—No debería haber mencionado la franja de tiempo.
—Pero lo has hecho. —Me enderecé más, ignorando el palpitar de la sien—. ¿Cómo es posible que haya servido durante treinta años si apenas aparenta esa edad?
Se movió hacia la puerta y comprobó el pasillo antes de darse la vuelta.