Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Formamos una línea delante de la plataforma de los generales; nuestras sombras se alargaban detrás de nosotros bajo la luz de las antorchas.

El archivista recorrió la fila con su bolsa de tela negra.

Kenna metió la mano primero, y su aplomo se tambaleó un poco cuando extrajo una piedra al azar.

Se le escapó un pequeño suspiro de alivio cuando la miró.

A continuación, le acercaron la bolsa a Theron.

Su naturaleza estoica jamás flaqueó cuando seleccionó su piedra, a pesar de que me percaté de que tensó la mandíbula al ver el número, fuera el que fuera.

Mira sacó la suya a toda prisa, como si se estuviera quitando una venda, mientras que a Soren pareció temblarle la mano al meterla dentro.

Cuando me tocó a mí, sentí la tela áspera contra los dedos. Sa qué una pequeña piedra negra con la superficie suavizada por los años de uso. Tenía tallado el número tres en la parte superior. Se me hizo un nudo en el estómago, pero al menos no sería la primera.

Lael era el último en la fila antes de Valkan. Sus dedos se aferraron a la piedra con determinación, pero vi cómo se le fue todo el color de la cara cuando vio el número.

Uno.

Le tocaba empezar.

Lael descendió a la arena. La centinela lo rodeó despacio, como si estuviera probándolo, observando cómo iba a manejar la presión de su acercamiento.

Durante un instante, ninguno de los dos se movió.

Cuando la centinela atacó, fue tan rápida que casi me lo perdí.

Dirigió el puño a la cara de Lael, pero él ya se estaba moviendo, esquivando el gol pe.

Se alejó con un giro, manteniendo la distancia y sin cruzar los pies en ningún momento mientras se desplazaba.

La centinela curvó un poco los labios.

Avanzó hacia delante, obligando a Lael a retroceder unos pasos con una serie de golpes rápidos. Él los bloqueó todos; sus movimientos eran precisos pero defensivos. Casi pude oír la voz de Vexa: «Deja que se cansen. Espera el momento adecuado».

Ella le lanzó una patada hacia las piernas.

Lael saltó y usó el impulso para poner distancia entre ellos.

Inteligente. No obstante, la centinela ya lo había anticipado.

Su siguiente golpe fue directo hacia el hombro de él y lo hizo trastabillar hacia atrás.

La multitud situada por encima de nosotros murmuró.

Lael se recuperó rápido y rodó con el impacto. Cuando se levantó, tenía los ojos agudos y concentrados. El chico nervioso de hacía unos instantes se había esfumado.

El siguiente ataque de la centinela fue un amago, un puñetazo que transformó a mitad de camino en un codazo. Sin embargo, Lael lo vio venir. Se metió dentro de su guardia, un movimiento que me recordó a Aether, y usó su propio impulso contra ella. La centinela cayó al suelo con dureza.

Durante un segundo, nadie se movió.

La centinela se enderezó poco a poco. Se limitó durante unos minutos a observarlo. Entonces, asintió en un gesto cortés y respetuoso y dio un paso atrás.

—¡Suficiente! —La voz de Urkin resonó—. Bien luchado, ambos.

Lael relajó los hombros, aliviado. Mientras salía de la arena, pude ver cómo le temblaban las manos. Pero lo había hecho. Había ganado.

—Candidato Theron —gritó Urkin—. Eres el siguiente.

Theron luchó con una precisión extraña, como alguien que hubiera estudiado combate en vez de vivirlo, como si fuera una actividad académica. Cuando ganó al final, no hubo ni una pizca de emoción en el rostro, solo un leve asentimiento, como si confirmara algo que ya sabía.

—Extranjera. —La voz de Urkin se hizo eco por la habitación—. Un paso adelante.

Con el corazón martilleándome en el pecho, descendí a la arena.

La pared del techo abovedado parecía más alta desde aquí abajo; los rostros de los nobles eran un borrón oscuro arriba.

El centinela que se adelantó era distinto de los otros: más alto, más fornido, con cicatrices salpicadas por el cuerpo.

—El comandante Darius lidera nuestro entrenamiento de combate —anunció Urkin con una voz afilada—. Se ha ofrecido amablemente a evaluar a nuestra… candidata extranjera.

El silencio que siguió se sintió más pesado que antes. Observé la mirada de preocupación de Lael desde arriba y los labios de Kenna apretados en una dura línea. Incluso Valkan tenía los ojos blanquecinos fijos en el foso con renovado interés.

Me llamó la atención un movimiento en las sombras del nivel superior.

Vexa agarró a Aether por el brazo, con el rostro tenso de la preocupación mientras susurraba con urgencia.

Incluso a esta distancia, pude percibir la tensión en la mandíbula de Aether, la manera en la que sus ojos se volvieron agudos y peligrosos.

Los labios de Effie se movían con rapidez, pero, fuera lo que fuera lo que le estaba diciendo a Aether, solo hizo que la expresión de él se oscureciera más.

Me obligué a mantener la respiración estabilizada, recordando todo mi entrenamiento. No obstante, cuando Darius comenzó a rodearme, silencioso y letal, me percaté de que, por mucho que hubiera entrenado, nunca habría estado preparada para esto.

—Empezad.

Darius atacó como una víbora, sin darme tiempo a pensar. Apenas conseguí bloquear su primer puñetazo; el impacto me recorrió el brazo como una descarga. Me estaba probando, pero no como los otros centinelas habían hecho con sus oponentes. Esto era diferente.

Giré para alejarme de su siguiente golpe, intentando poner distancia, pero él siguió sin compasión alguna. Cada movimiento fluía hacia el siguiente, sin dejar espacio para el error ni para respirar. Me ardían los brazos por bloquear los puñetazos que parecían ser capaces de hacer añicos una piedra.

La siguiente combinación de Darius me hizo retroceder.

Me agaché cuando me lanzó un puñetazo que podría haberme dejado inconsciente; su fuerza silbó al pasar junto a mi oído.

Conectó el puño con el aire vacío donde había estado mi cabeza, y el sonido de sus nudillos crujiendo resonó por toda la habitación como si fueran huesos rompiéndose.

Me di cuenta de que iba a matarme. O acercarse tanto como pudiera sin cruzar la línea de verdad. Esto no era una prueba; era un mensaje.

No podía respirar. Cada vez que trataba de poner distancia, ahí estaba, con golpes cada vez más rápidos, más fuertes. Los brazos me pesaban como el plomo; los músculos me gritaban de dolor por evitar sus puñetazos.

La siguiente combinación fue demasiado rápida para seguirla.

Una finta se convirtió en un codazo que me dio en la sien.

El mundo se inclinó hacia un lado. Me tropecé, intentando recuperar el equilibrio, pero él ya estaba allí.

Dirigió la rodilla a mis costillas con una fuerza aplastante.

El impacto me vació el poco aire que me quedaba en los pulmones.

Sentí cómo la telaraña se me enroscaba alrededor de la columna vertebral, actuando por su propia voluntad, entrelazándose y enroscándose, desesperada por protegerme.

No obstante, no po día dejarla a sus anchas.

Un desliz, perder el control un solo se gundo, y me descalificarían.

Empleé hasta mi última pizca de fuer za para obligarla a que retrocediera, para contenerla.

Sin embargo, ese momento de distracción fue todo lo que Darius necesitó.

Vi venir el golpe final, pero no fui capaz de moverme lo bastante rápido para evitarlo. Su puño conectó con mi mandíbula, y la oscuridad explotó detrás de mis ojos. Lo último que recuerdo fue la piedra fría contra la que caí y luego nada de nada.