Capítulo 18
– A l final, la defensa siempre sale ganando —dijo Vexa, ajustándome las correas del uniforme de cuero.
Nos en contrábamos en una sala de preparación poco iluminada; las paredes de roca antigua amortiguaban los sonidos de la multitud—.
No ataques hasta que los hayas cansado. Los centinelas están entrenados para durar más que sus oponentes; aguardarán a que tú cometas el primer error.
Asentí, tratando de memorizar cada palabra. En unos pocos minutos, ya no tendría sus consejos. O los de cualquiera de ellos.
—Recuerda —prosiguió—, los generales no solo buscan victorias. Quieren ver control. Disciplina. —Clavó sus ojos violetas en los míos—. Tienes las habilidades. No dejes que ellos perciban tu miedo y ya está.
—O tu atadura —añadió Effie desde donde se encontraba apoyada en la pared—. Son muy estrictos con eso en particular.
—Tenemos que irnos. —La voz de Rethlyn cortó la tensión. Se hallaba sentado en un saliente de piedra que se extendía a lo largo de la pared de la sala—. Están a punto de comenzar las pruebas.
Algo pasó entre Vexa y él, una mirada que no pude interpretar. A continuación, Vexa me dio un apretón en el brazo una última vez.
—Muéstrales de lo que estás hecha.
Rethlyn se quedó apoyado en la puerta. La mirada en su rostro parecía comprensiva.
—Te irá bien —dijo, dedicándome una ligera sonrisa.
—Aether está con Lael, ¿no? —pregunté.
—Claro.
Suspiré. Algo en ese hecho hizo que se me calmara el corazón acelerado.
Rethlyn me dirigió una última mirada antes de salir. A través de la puerta, pude oír otras voces ahora, las de los otros candidatos que llegaban.
Volvíamos a estar en la montaña, pero la habitación de antes se había transformado. Donde se había erigido el altar, ahora se alzaba una arena de combate. Había un público sentado más arriba, mirando hacia abajo con expresión de entusiasmo.
Por encima de la pista principal, se habían colocado cuatro sillas en una plataforma elevada.
Los generales umbra se sentaban allí: Urkin en el centro, con el rostro esculpido en piedra, flanqueado por la general Taliora de la Unidad Médica y Talon de la Unidad Archivística.
En la cuarta silla, se encontraba un hombre que no reconocí, aunque sabía por los consejos que me había susurrado Vexa la noche antes que debía de ser el general Karis del Regimiento de Exploradores.
Me había contado que podría convertirse en un aliado poderoso si me las arreglaba para impresionarlo hoy.
—Tenemos tiempo antes de que empiecen —comentó Lael, colocándose a mi lado en uno de los bancos de la zona de espera—. Siempre nos hacen esperar. Uma dice que aumenta la tensión. —Trató de esbozar una sonrisa, pero más bien le salió una mueca.
—¿Cómo lo llevan Uma y Carden? —pregunté, agradecida por la distracción—. Lo de entrenar sin ti.
—Ah, Uma está convencida de que podría encontrarse aquí ahora mismo si la dejaran.
—Su sonrisa se volvió más genuina—. Carden por lo menos finge tener paciencia.
—Se le suavizó la expresión—. Aunque Aether dice que ambos estarán listos en unos cuantos años.
Y que Uma tiene madera de luchadora de verdad, si es que aprende a concentrarse.
—¿Eso ha dicho Aether? —Contuve una sonrisa, pensando en la energía ilimitada de Uma.
—Sí —contestó Lael, bajando la voz—. A ver, sé lo que la gente dice de él.
No obstante, ellos no lo ven enseñar a Carden cómo caer en condiciones o pasar tiempo extra ayudando a Uma con sus formas.
Nadie más lo hace. —Agarró un hilo suelto de su atuendo—.
Después de que mis padres… Cuando me encontró en Croyg…
, no tenía por qué ayudarme, pero lo hizo.
—Soy Kenna —intervino una voz. Una mujer se había acer cado—. Siento interrumpiros, pero estar sola me resulta un poco… —miró a una de las zonas de práctica donde Valkan estaba ejecutando en ese momento formas de combate con sus guardias personales— incómodo.
Un hombre alto se encontraba en una esquina del grupo, y sus ojos agudos nunca se quedaban en un lugar demasiado tiempo.
—Theron —espetó con un tono cortante, aunque no hizo ningún movimiento para acercarse.
—No eres muy sociable, ¿no? —le preguntó Kenna con un deje de diversión.
Su única respuesta fue dirigir la mirada a otra esquina de la habitación, como si estuviera catalogando cada sombra.
Entonces, un chico joven dio un paso adelante y habló tan bajito que tuve que inclinarme para oírlo.
—Soren —dijo y, a continuación, señaló con el mentón a la chica que no había dejado de moverse desde que había entrado en la estancia. Esta tenía el pelo recogido hacia atrás tan tirante que parecía tensarle el cuero cabelludo—. Y esa es Mira. Venimos juntos.
El saludo de Mira fue solo una ligera pausa en su paseo.
—¿Dónde entrenabais? —preguntó Kenna, recogiéndose un mechón suelto de pelo ónice detrás de la oreja. Su pregunta parecía casual, pero había algo más mordaz debajo.
—Por ahí —contestó Soren a la ligera. Tenía las manos callosas, aunque precisas en sus movimientos, como alguien acostumbrado al trabajo minucioso—. Últimamente, dondequiera que encontrábamos refugio.
El paseo de Mira la llevó más cerca del grupo. Tenía las botas casi desgastadas por completo, con el cuero agrietado y manchado.
—No todos tenemos el lujo de entrenar como es debido —soltó con voz áspera.
Me percaté de que la sonrisa de Kenna disminuyó un poco.
—No —respondió tras un instante—. Supongo que no.
Theron bufó, y el sonido hizo que desviara la atención hacia él. Se había colocado contra la pared, con un hombro contra la piedra como si estuviera listo para saltar en cualquier momento. A pesar de su altura, había algo casi delicado en su semblante.
—Entrenar como es debido ya poco importa —soltó. Tenía los ojos clavados en algo más allá de nosotros, y todos nos giramos para ver.
Otro hombre se acercó; parecía tener unos veinticinco años. Su cabello negro era largo por arriba, pero estaba afeitado a los lados. Nos dirigió a todos una mirada curiosa antes de clavar los ojos en mí.
—Raven. —Asintió antes de sentarse.
En el cuadrilátero de práctica, Valkan se había quitado su chaqueta formal.
Incluso desde aquí podía verle la palidez antinatural de la piel, la forma en la que los músculos se le movían con mucha fluidez mientras entrenaba con su guardia.
Había algo extraño en ello, algo que hizo que se me encogiera el estómago.
—Dicen que todo su regimiento lucha así —murmuró Kenna, a la que le entró un escalofrío—. Como si ni siquiera sintieran dolor.
—Es cierto. —La voz de Mira cortó el aire como el acero. Al fin detuvo el paseo, con su esbelta figura cargada de tensión—. Los he visto.
Nos quedamos todos en silencio unos segundos.
—Mi hermana… —empezó a contar Soren, y luego se detuvo y se pasó una mano por los rizos morenos— solía decir que había cosas peores que morir. —Había bajado tanto la voz que casi ni me enteré.
—¿Solía? —preguntó Kenna.
Pero Soren se limitó a sacudir la cabeza con los hombros un poco encorvados.
—Mirad —interrumpió Lael; era evidente que intentaba cambiar de tema—. Los centinelas están comenzando a calentar. —Señaló con la cabeza los otros cuadriláteros de práctica donde figuras ataviadas de negro se movían en formas de combate.
Estudié sus movimientos, tratando de memorizar cada postura, cada transición.
Estos eran los soldados a los que debíamos enfrentarnos.
Algunos tenían cicatrices visibles; otros se movían con signos reveladores de lesiones antiguas.
Todos se desplazaban con esa clase de confianza que debería ser intimidante, pero, por algún motivo, había un toque de…
algo, tal vez tristeza, en sus movimientos.
—Están más lentos de lo normal —observó Theron; su tono analítico traicionó su más que distendido interés—. La sequía también les afecta a ellos.
—Pareces saber mucho sobre su estilo de lucha —apuntó Kenna, arqueando una ceja.
Algo le cruzó el rostro a Theron, demasiado rápido para leerlo.
—Me dedico a saber cosas.
Al otro lado de la arena, Valkan enfocó los ojos blanquecinos en nuestra dirección.
A pesar de que seguía ejecutando sus formas, había algo depredador en el modo en el que dirigió la atención a nuestro grupo.
Sus guardias personales eran un borrón en movimiento a su alrededor; sus pieles compartían el mismo brillo.
—Deja de mirar —masculló Raven—. Le gusta.
—¿Y cómo sabes eso? —inquirió Kenna, pero su sonrisa ensayada se había desvanecido por completo.
Antes de que Raven pudiera contestar, el sonido metálico del acero contra la piedra resonó por la habitación. Uno de los centine las había golpeado con el arma el filo de la arena. La sala se quedó en silencio mientras los últimos nobles ocupaban sus asientos arriba.
—Por fin —dijo Mira en voz baja, pero reparé en que le temblaban un poco las manos.
Alcé la vista hacia la plataforma en la que se sentaban los generales.
Urkin tenía un rostro ilegible, como si inspeccionara a los candidatos, pero había algo evaluador en la mirada del general Karis cuando paseó la vista por nosotros.
Un hombre con ropa de Archivística se acercó con una bolsa de tela negra.
—Bueno —susurró Kenna, enderezando los hombros—, supongo que estamos a punto de descubrir quién está listo para esto de verdad.
La mano de Lael encontró la mía y me dio un apretón antes de soltarla. Cuando lo miré, en su rostro se podía ver la determinación. En ese momento, ya no parecía el chico que Aether había rescatado, sino alguien mayor.
Estaban a punto de sacar el primer número.
Urkin se puso de pie, y su voz inundó la habitación.
—Candidatos, un paso adelante.