Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Y entonces, en un instante, se me detuvo el corazón y una neblina comenzó a extenderse por mi mente, perdiéndose despacio en la oscuridad.

Pero la sensación se esfumó tan rápido como llegó, y el terror se apoderó de mí de nuevo, aunque ahora yo estaba al mando.

Las sombras regresaron a Rethlyn con tal fuerza que los dos chillamos.

Me derrumbé hacia delante, con arcadas y el cuerpo entero temblándome.

Había usado su atadura, y no podía culparlo precisamente.

—¿Rethlyn? —La voz me tembló mientras lo veía sentarse a duras penas—. ¿Por qué pareces…? ¿Te duele algo?

Se las arregló para levantar la cabeza, y el agotamiento de sus ojos me revolvió el estómago.

—Compartir sombras es una cosa —contestó él, suspirando—, pero acabas de extraérmelas. Parece que me las has arrancado de los huesos.

Una nueva oleada de pánico me recorrió al darme cuenta de que había sentido su dolor. Esos fragmentos de emociones que se en tremezclaban con las sombras… habían sido suyos. Retrocedí a trompicones hasta que toqué el muro con la espalda, intentando poner la máxima distancia posible entre los dos.

—No sabía que pudiera… —Se me quebró la voz—. No pretendía…

—Lo sé. —Hizo una mueca cuando se removió—. A veces, cuando estamos desesperados, recurrimos a ellas.

—Lo siento —murmuré.

Dio un paso hacia mí, pero se detuvo, con la preocupación pintada en la cara.

Tras unos segundos, al final se sentó junto a mí, lo bastante cerca para tocarnos, aunque sin llegar a hacerlo.

Permanecimos sentados en silencio mientras me centraba en respirar, en sentir la piedra fría contra las palmas, en el sonido lejano de las alas de algún vördr batiendo contra el viento.

—¿Sabes? —dijo Rethlyn por fin; su voz era más suave de lo que la había escuchado nunca—. Yo te vi. En Sídhe.

Giré la cabeza un poco, confundida por el repentino cambio de tema.

—El modo en el que manejaste esas sombras…

, absorbiéndolas, dominándolas a semejante escala sin entrenamiento…

—Sacudió la cabeza; había algo parecido al asombro en su expresión—.

Hasta a un dominador experimentado le costaría hacerlo con ese tipo de poder bruto.

Pero ¿tú? Te… adaptaste sin más. Como si siempre hubieran estado destinadas a ti.

—Estuve a punto de perderme —susurré, acordándome de la oscuridad que había amenazado con consumirme.

—Pero no lo hiciste. —Escogió una piedrecita y le dio vueltas entre las manos—. Eso es lo que pasa con el poder; no se trata de controlarlo a la perfección. Se trata de decidir seguir luchando aun cuando parece imposible.

Me llevé las rodillas al pecho, sintiéndome de pronto muy joven.

—Todo es distinto ahora. Mi vida. Me he pasado mucho tiempo… escondiéndome. De todos. De mí misma. —Se me hizo un nudo en la garganta—. Jamás he querido nada de esto. Las expectativas, la presión. Ser la clave para detener una guerra cuya existencia ni siquiera conocía.

Rethlyn se quedó callado un rato.

—Tengo una hermana —dijo al fin—. Es todo lo que mis padres siempre han querido.

Domina la medicina; tiene una atadura perfecta, una vida perfecta.

—Una sonrisa burlona se le dibujó en los labios—.

Y, en cambio, yo no sé para qué sirve mi atadura.

Soy la oveja negra que hace sentir a los demás cosas que no desearían.

—¿Qué cambió?

—Dejé de intentar ser lo que ellos querían. Encontré a gente que me veía, que me veía de verdad. —Lanzó una mirada a la en trada de la que habíamos salido—. La Umbra me dio un propósito, pero, aparte de eso, me dio un hogar. Uno al que la insensibilidad no puede llegar.

Sabía lo que era eso. Lo había tenido siempre con Osta y luego cuando apareció Ma. Y las había querido en serio. Aunque la primera persona que de verdad me había visto, que de verdad había visto que podía ser algo más, había sido Laryk. Él creía que podía ser algo extraordinario.

Por todos los Esprithe, ¿qué pensaría de mí ahora? Me habían capturado, claro, pero no me habían obligado a adentrarme en el strykka. Lo había elegido yo. Había decidido completarlo, demostrar mi valía a la Umbra. Cada paso había sido decisión mía.

Y Laryk estaba fuera en algún sitio. Negándose a abandonarme.

Mientras que yo ayudaba activamente a su enemigo.

Rethlyn se giró entonces para mirarme bien.

—No se trata de demostrarles que se equivocan, ¿sabes? Se trata de demostrarte a ti misma que vales. Que siempre lo has hecho.

Las palabras tocaron algo muy profundo dentro de mí.

Pensé en el poder, en la chica que se había pasado semanas mirando por la ventana, insensible a todo.

Pero antes de eso, antes de la Umbra, había estado años ocultándome en Sídhe.

Años conteniendo mi poder, haciéndolo pequeño, más normal.

Años fingiendo ser algo que no era, porque la alternativa daba mucho miedo afrontarla.

Y entonces las sombras me encontraron. En ese momento en Emeraal, cuando la oscuridad brotó de mis venas, debió de haberse sentido mal. Extraño. En su lugar, lo había sentido como despertar. Como si una parte de mí que había estado dormida hubiera abierto al fin los ojos.

—Tengo miedo —admití.

—Bien —replicó Rethlyn—. Eso significa que comprendes lo que está en juego. —Se levantó, sacudiéndose la ropa antes de tenderme una mano.

La acepté y dejé que tirase de mí para ponerme de pie. Mi respiración había vuelto a la normalidad, aunque todavía sentía una presión en el pecho. Aun así, algo había cambiado; una pequeña semilla de certeza había echado raíces bajo todo lo demás.

Como si hubiera anticipado mi angustia, las alas de Tryggar salieron de detrás de la montaña, batiendo contra el viento con furia. Poco después, aterrizó sobre la plataforma y vino trotando hacia mí.

—¿Crees que serás capaz de manejarlo tú sola? —preguntó Rethlyn.

—¿Puedo? —Lancé una mirada vacilante por encima del hombro cuando Tryggar me dio un empujoncito.

—Creo que ya hemos dejado atrás todo este tema de ser prisionera —contestó con los ojos fijos en mí un segundo más antes de volver adentro.