Capítulo 17
A ether me agarró del brazo en el instante en el que abandona mos la superficie de la arena y me condujo a un corredor con poca iluminación.
Todavía me iba el corazón a mil por la apari ción de Valkan, por el peso de lo que acababa de ocurrir.
Antes de que pudiera protestar, él ya estaba tirando de mí a través de pasillos zigzagueantes; iba tan deprisa que me costaba seguirle el ritmo.
Doblamos una esquina y, allí, en un rincón oculto, nos aguardaban ya Rethlyn, Vexa y Effie con las mandíbulas apretadas por la tensión.
—Los Skaldvindr —espetó Effie, caminando por el estrecho espacio—. Han tenido que ser ellos. Mis padres dicen que dudaban, pero jamás creí que…
—No se atreverían —intervino Vexa, aunque la incertidumbre resonaba en su voz—. No sin el respaldo de las otras casas.
—Lo harían si estuvieran lo bastante desesperados. —Aether tenía la voz mortalmente tranquila, pero no había aflojado el agarre sobre mi brazo—. La sequía se ensañó mucho con sus tierras el último mes.
Miré a unos y a otros, tratando de captar las implicaciones.
—¿Cómo es posible que el voto de una sola familia lo cambie todo?
—Porque los Skaldvindr no actúan solos —respondió Effie—.
Tienen aliados. Viejas alianzas. —Le lanzó una mirada significativa a Vexa—.
Y ahora Valkan tiene justo lo que quería, una oportunidad de demostrar su valía al reino.
Debemos hablar con lord Skaldvindr —añadió Effie, dirigiéndose ya hacia el corredor que conducía a los niveles superiores—. Antes de que se marche.
—¿Y decirle qué exactamente? —La voz de Vexa sonaba afilada por la frustración—. Sus tierras se marchitan. Su gente se muere de hambre. Valkan le ha ofrecido la salvación.
—¿Por qué no lo matáis y ya? —Las palabras se me escaparon antes de que pudiera pararlas—. A Valkan. Y así le ponéis fin antes de empezar.
El silencio que se produjo fue ensordecedor. Hasta Effie dejó de caminar.
Al fin, Aether aflojó los dedos de mi brazo y se giró para mirarme.
—¿Te crees que no lo hemos considerado? —Su voz sonaba grave, peligrosa—. Con la influencia de Valkan…
—El reino entero colapsaría —terminó Vexa—. La mitad le echaría la culpa a la Corona; y la otra, buscaría culpables en todos. Tendríamos una guerra civil en cuestión de días.
—Y el ejército de Draxon caería sobre Ravenfell antes de que se enfriara su cuerpo —añadió Effie; un escalofrío la recorrió—. Sus seguidores… son unos fanáticos. Arrasarían con el reino.
—Los Skaldvindr a lo mejor se atienen a razones —sugirió Ae ther, aunque su tono indicaba que no lo creía—. Si vieran pruebas de que existe otra forma…
—¿Pruebas? —A Effie se le iluminaron los ojos de repente—. Las tenemos. Tenemos a una duskbound. —Se volvió hacia mí con una expresión calculadora en los ojos—. Si lord Skaldvindr viera lo que es capaz de hacer…
—Demasiado arriesgado —la interrumpió Aether, pero Vexa ya estaba asintiendo.
—No, lleva razón. Los Skaldvindr ya abandonaron la causa de Valkan una vez porque pensaron que el poder de la reina nos sal varía. Si supieran que tenemos a otra duskbound…
—Su palco está en la sección alta —dijo Effie, moviéndose—. Si nos damos prisa…
—Esto es un error —gruñó Aether, pero fue detrás sin apartarse de mi lado mientras subíamos las estrechas escaleras hacia los palcos privados de las casas nobles.
Sentí una opresión en el pecho a cada paso; la visión se me emborronó en las comisuras. Hablaban de mí como si yo fuera algún tipo de solución…, la solución. Pero ¿y si fracasaba? ¿Y si no lograba ser lo que necesitaban? ¿Y si ambos reinos caían por mi culpa?
Los pasillos de las plantas superiores eran más grandes y estaban flanqueados por puertas grabadas con los escudos de armas familiares. Se escuchaban unas voces a través de las paredes; sus tonos eran apremiantes. Nunca había visto a Effie tan preocupada ni caminar tan deprisa.
—Aquí —susurró ella, y se detuvo ante una puerta grabada con el blasón de unas enredaderas espinosas alrededor de una luna creciente—. Lord Skaldvindr siempre se va antes para evitar…
La puerta se abrió y de ella salió un hombre alto, el mismo que había visto en la asamblea.
El que llevaba un traje negro con bordado plateado, el mismo que vestía esta noche.
Se paró al vernos; primero entrecerró los ojos ante Effie y, acto seguido, los puso sobre mí con un interés profundo y repentino.
—Lady Eirfalk —dijo con suavidad—, qué… inesperado placer.
—Lord Skaldvindr —Effie levantó la mirada al hombre—, tenemos que hablar contigo.
—Me temo que tengo otras obligaciones…
—Sobre tu voto —intervino Vexa.
La expresión del hombre se endureció de momento.
—No creo que las decisiones políticas de mi familia incumban a la Umbra. —Paseó la mirada sobre nuestro grupo con calculado rechazo—. O a prisioneras extranjeras.
Aether se adelantó unos pasos con el cuerpo ahora rígido, ocupando la puerta en su totalidad mientras Skaldvindr daba unos cuantos traspiés hacia atrás.
—Es una duskbound —murmuró en un registro tan bajo que casi no escuché sus palabras.
Un destello de emoción le cruzó la cara al noble, demasiado rápido para interpretarla.
—Ah, ¿sí? —Su voz destilaba escepticismo—. Qué oportuno. Justo cuando Valkan nos obliga a actuar, vosotros proponéis otra solución.
—Has visto lo que hacen sus damphyre —lo presionó Effie—. Lo que son. ¿De verdad esa es la salvación que quieres para tu pueblo?
Lord Skaldvindr apretó la mandíbula. Durante unos segundos, se percibió el conflicto en sus ojos.
—Lo que quiero —repuso con cuidado— es mantener a mi pueblo con vida.
Las tierras de Valkan aún producen cosechas.
Su gente todavía tiene esencia. Mientras que el resto de nosotros…
—gesticuló con aspereza a nuestro alrededor, hacia el crepúsculo que había más allá de las ventanas— nos morimos.
Todos. ¿Queréis que ignore una solución solo porque os parece desagradable?
—Te estamos proponiendo una alternativa —replicó Vexa.
—Lo único que me estáis proponiendo son palabras.
Y, como quizá recordéis, no confío demasiado en que las tradiciones de este reino sean sagradas.
—Su voz se volvió cortante—. Probadlo. Demostradme el supuesto poder de esta duskbound.
Demostradme que vale más que la ayuda inmediata de Valkan.
—A continuación, me observó directamente a mí, y sentí que el peso de su mirada me ahogaba—.
Demuéstrame que eres más que otra decepción de la Umbra.
Se me cerró la garganta. Las paredes parecieron estrecharse, las sombras de los bordes de mi visión se hicieron más grandes.
Todo lo que habían dicho de Valkan, de la desesperación del reino, de lo que sucedería si conseguía más poder…
, se me vino encima a la vez. Y ahora este noble me estaba mirando y esperaba que demostrara que merecía que me eligiera a mí antes que al monstruo que podría salvar a su pueblo.
—Yo… —La palabra se me quedó atascada en la garganta. Sentí una presión en el pecho. Respiraba de forma entrecortada. La habitación empezó a dar vueltas.
—¿Fia? —La voz de Vexa sonaba lejana.
—Necesito… —retrocedí un paso—. No puedo…
Skaldvindr le dedicó a Aether una última mirada mordaz antes de cerrar de un portazo.
—¡Aether! —La voz de Urkin rugió desde el otro lado del pasillo, haciendo que me encogiera de miedo.
—Necesito aire —jadeé—. Tengo que ir…
—Llévatela —ordenó Aether, mirando a Rethlyn. Algo ocu rrió entre ellos, algún tipo de entendimiento tácito—. Nosotros nos encargamos.
Rethlyn reemplazó la mano de Aether en mi brazo con la suya con más gentileza, pero con el mismo apremio, mientras me conducía lejos de los palcos de los nobles.
Los corredores se sucedieron en un borrón y se me nubló la visión en los bordes.
Me faltaba el aire. No podía pensar con el rugido en mis oídos.
Atravesamos una puerta lateral y salimos al aire libre, donde la luz gris del crepúsculo nos sorprendió después de los pasillos poco iluminados. Las piernas me cedieron y me derrumbé contra el muro de piedra, deslizándome hacia abajo hasta que toqué el suelo.
—Déjame… —comenzó a decir Rethlyn mientras avanzaba hacia mí.
—No —jadeé, alzando la mano—. No uses tu atadura. No intentes calmarme. —Se me quebró la voz.
Sin embargo, el pánico no aflojaba las garras. El pecho se me oprimió hasta que cada respiración se volvió una batalla y empecé a ver puntitos. Entonces, algo cambió. Una sensación me atravesó, como si me vaciaran las entrañas.
—¿Fia? —preguntó Rethlyn con tono vacilante.
El horror me paralizó cuando lo sentí empezar. Las sombras co menzaron a derramarse de sus quemaduras del Vacío, pero no como había ocurrido con Vexa antes. Esto era violento. Hambriento. Se retorcieron en el aire hacia mí como si se vieran atraídas por gan chos invisibles.
—¿Qué pasa? —La voz me salió estrangulada mientras la os curidad se adentraba en mi interior. Intenté moverme, romper cualquier conexión que se hubiera creado, pero el cuerpo no me respondía—. Haz que pare… No puedo…
—¡Fia! —El grito de Rethlyn me dio pavor. Trató de alejarse, aunque permaneció quieto en el sitio; las sombras salían de él con más rapidez ahora. Noté su miedo entremezclado con el mío, lo sentí debilitarse a cada segundo.
«¡Para, para, para, para!», me chillaba mi mente, pero mi cuerpo solo absorbía con más fuerza. La oscuridad estaba por todas partes, inundándome los pulmones, ahogándome. No podía ver, no podía respirar, no podía decir dónde terminaba yo y dónde empezaban las sombras.
La garganta se me desgarró en un grito justo cuando una luz dorada estalló y atravesó la oscuridad. Unas manos fuertes me agarraron de los hombros, y la voz de Rethlyn se abrió paso a través de mi miedo:
—Basta.