Capítulo 16
E l uniforme de cuero ceremonial se sentía rígido contra mi piel, era nuevo y me resultaba difícil moverme con él. Effie me rodeó como un depredador, ajustando correas y alisando arrugas que no existían.
—Estate quieta —me reprendió, apartando mis manos del cuello por tercera vez.
—Tú eres la que me está dando empujones. —Volví a cambiar el peso de un pie a otro solo por ver cómo movía los ojos con nerviosismo.
Vexa se encontraba apoltronada en mi cama, distraída recorriendo las marcas del Vacío que le subían en espiral por el brazo.
—Déjala tranquila, Effie. Todos nos hemos puesto nerviosos antes de nuestra ceremonia.
—Yo no —replicó Effie, pero me ajustó la manga con delicadeza.
—No, tú solo vomitaste en la sala de espera.
—¡De eso nada! —Effie se giró para mirarla, poniéndose colorada—. Me encontré… abrumada por un momento.
—Exacto. —Vexa esbozó una sonrisa—. ¿Así es como lo llamamos ahora?
Observé su diálogo, dándome cuenta de la tensión subyacente bajo su cháchara.
—¿Cómo fueron? —pregunté—. Vuestras ceremonias.
La sonrisa de Vexa se desvaneció un poco. Se irguió.
—Diferentes. Había más candidatos por aquel entonces. La sequía no se había extendido tanto y la gente aún creía… —Se calló, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué creía?
—Que unirse a la Umbra significaba la gloria —contestó Effie en voz baja—. No solo sobrevivir.
El silencio se instaló entre nosotras, pesado por la carga tácita. Effie todavía tenía las manos en mi hombro, y, por un segundo, más allá de su fachada impostada vi algo más profundo.
—Yo sacrifiqué el escudo de armas familiar —dijo al fin—. Generaciones de nobles Eirfalk condensados en un solo medallón.
—Pero no te arrepientes, ¿verdad? —pregunté, sosteniéndole la mirada en el espejo.
Una ligera sonrisa se le dibujó en los labios cuando miró a Vexa.
—Jamás.
—Mi sacrificio fue más simple —añadió Vexa, que se había puesto de pie para acercarse a nosotras—. Mi primer martillo forjado. Ya fuera un trabajo ilegal o no, me mantuvo con vida cuando nada más lo hizo. —Se encogió de hombros, pero vi cómo se aferraba con los dedos al brazo.
Tres golpes secos en la puerta interrumpieron el momento.
Esta se abrió antes de que alguien pudiera contestar y reveló la amplia figura de Aether.
Hoy llevaba un uniforme de cuero sin mangas, ese que mostraba sus quemaduras del Vacío en toda su gloria.
Parecían más oscuras de la cuenta sobre su piel, como si respiraran en la penumbra.
En sus manos, llevaba algo que hizo que contuviera el aliento: mi daga esmeralda, la que me habían dado cuando me uní a la Guardia.
Vexa se estiró con los ojos fijos en el arma.
—Qué bonita —susurró, y en su voz la apreciación profesional entró en conflicto con algo más.
—Tu sacrificio —espetó Aether, mirándome con sus ojos dorados por primera vez desde aquel día de entrenamiento. Desde que había visto a la mujer en su mente.
Las joyas captaron la luz; su color era un recuerdo doloroso de otros ojos en los que trataba de no pensar. Esta daga había marca do mis inicios en la Guardia, mi compromiso de proteger Sídhe.
Era la única parte de esa vida que me quedaba. La única prue ba de que Veneno había sido real, de que Laryk me había elegido, de que una vez había pertenecido a un sitio.
Todo aquello se reducía a esta única hoja.
Effie me apartó las manos de los hombros.
—Bueno —dijo con una voz alegre impostada—, supongo que ya es la hora.
—¿Estás lista? —preguntó Aether con voz grave y firme.
Sus dedos permanecieron sobre los míos un instante demasiado largo mientras agarraba la daga, y su calidez hizo que me hormigueara el brazo.
El arma se sentía familiar en mi mano; el peso era un recuerdo del día que la había recibido en una ceremonia completamente distinta.
—Bueno, quitad esas caras tan largas —instó Effie, rompiendo el hilo de mis pensamientos—. Tenemos una ceremonia a la que asistir. —Pero había algo de amabilidad en su tono, algo parecido al entendimiento.
Vexa se dirigió a la puerta.
—Los vördr estarán esperando. —Se detuvo y se giró para mirarme—. Recuerda lo que te dijimos sobre las verjas. No dudes cuando pases por ellas.
Asentí.
—Vamos —dijo Aether; sus ojos eran ilegibles bajo la luz tenue—. Es la hora.
Agarré con fuerza la daga y lo seguí por el pasillo, donde el peso real de lo que estaba a punto de hacer empezó al fin a calarme.
El vestíbulo se extendía más allá, iluminado por antorchas titilantes que emitían largas sombras contra las paredes de piedra. Seguí a Aether en silencio hasta que llegamos a las puertas de fuera.
—¿No deberías estar con Lael? —pregunté, recordando lo joven que parecía durante el entrenamiento—. Debe de estar nervioso.
—Iré a por él. —Aether no redujo el ritmo—. Después de de jarte a ti.
El crepúsculo grisáceo nos envolvió cuando cruzamos hacia los establos. Nihr aguardaba cerca de la entrada, con su enorme y oscura figura contra el cielo ceniciento. Aether me subió a su lomo; su tacto, breve e impersonal. Y entonces se situó detrás de mí.
—¿Y si yo no soy lo que necesitan? —Las palabras se me escaparon antes de que pudiera detenerlas—. Este reino ya ha sufrido mucho. Si les fallo…
—No lo harás. —Su voz sonaba tranquila pero segura.
—Eso no lo puedes saber.
—Te he observado desde que llegaste. —A pesar de que man tuvo las distancias, algo en su tono cambió—. Podías haber elegi do un camino más fácil. Podías haber negado todo lo que eres. Pero, en vez de eso, estás aquí.
—Estar aquí y ser lo que ellos necesitan son cosas muy diferentes.
Cuando Nihr despegó, el fuerte se alejó bajo nosotros. El gris inalterable se extendía en todas direcciones, solo interrumpido por la s estructuras de piedra antiguas que emergían del páramo. A lo lej os, una enorme ladera se erguía de la tierra.
Apreté los dedos alrededor de la daga que llevaba en la cadera. Ahora la sentía más pesada, como un ancla a una vida que estaba decidiendo dejar atrás.
—Crees que dejarlos atrás significa traicionarlos —dijo Ae ther, leyéndome los pensamientos con una precisión inquietante—. A la gente que te importa allí.
—¿No lo es? —Recorrí las esmeraldas con el pulgar—. Me estoy comprometiendo con un reino que consideran enemigo.
—Que te importe el destino de ambos reinos no es una traición.
—Movió la mano despacio, con prudencia, hasta que cubrió la mía que estaba agarrando la daga.
El contacto fue delicado pero firme—. Puedes luchar por Umbrathia sin volverte contra aquellos que has dejado atrás. No son mutuamente excluyentes.
La calidez de su mano contra la mía parecía tener más significado que sus palabras mientras descendíamos cerca de una entrada excavada directamente en la piedra. El ligero sonido de una multitud reunida se alzaba desde abajo.
Antes de que yo advirtiera que habíamos aterrizado, él ya me estaba bajando de Nihr.
Me hizo un gesto para que lo siguiera. El pasaje se retorcía hacia abajo, iluminado por antorchas que proyectaban nuestras sombras alargadas contra las rugosas paredes de piedra. El sonido de la gente reunida provenía de algún sitio más adelante, pero parecía lejano, separado por capas de roca.
Pronto, el pasaje dio paso a una pequeña antesala. Dos guardias umbra estaban apostados junto a una puerta adornada, y más allá pude oír todo el peso de la multitud.
—Aquí te dejo ya —dijo Aether con voz neutral una vez más—. Cuando griten tu nombre, presenta tu sacrificio.
—Vale. Ve a por Lael.
Clavó los ojos en los míos un último instante, y, durante solo un momento, vi cambiar algo en ellos. Sin embargo, desapareció.
—Intenta no fallar —espetó, y se volvió, dejándome sola.
Los guardias me hicieron un gesto para que los siguiera y me llevaron a una pequeña sala de espera. A través de las paredes de piedra, pude oír los sonidos amortiguados de voces, aunque era incapaz de averiguar lo que estaban diciendo.
La daga esmeralda me pesaba en la mano mientras deambulaba por el diminuto espacio. Nadie me había explicado en realidad lo que debía hacer cuando saliera. «Presenta el sacrificio». Sonaba un poco ridículo y bastante teatral, pero ¿quién era yo para juzgar? Al menos, no me habían pedido mi sangre.
Todavía.
El tiempo se alargó hasta que al fin un guardia abrió la puerta.
—Están listos para recibirte.
Lo seguí por un pasillo corto. Delante, resonaba una voz; me percaté de que era la de Urkin, pero no pude entender las palabras.
El pasillo se abrió en lo que parecía una gigantesca caverna subterránea, excavada en la piedra negra.
El espacio inesperado tras el pasaje estrecho hizo que la cabeza me diera vueltas.
No obstante, fue el silencio lo que me golpeó primero; una tranquilidad repentina y aplastante que cayó sobre la multitud cuando aparecí.
Cientos de rostros miraron hacia abajo desde las gradas que se alzaban en las sombras. Sentí cómo los ojos reparaban en mi pelo blanco. Algunos se inclinaron hacia delante y hablaron entre susurros con sus vecinos. Otros se limitaron a observar, inmóviles.
En medio de todo, se erguía una especie de altar donde Urkin aguardaba, aún hablando. A su derecha, había una línea de kalfar apostados, participantes tal vez. Los que habían pasado antes que yo. Le titubeó la voz un segundo cuando observó mi apariencia.
Me aferré a la daga con más fuerza y me acerqué. Ni un solo rostro miró para otro lado. Ese instinto antiguo me subió por la espina dorsal. La urgencia de agachar la cabeza, de fundirme con el fondo hasta que desapareciera por completo. Me había pasado muchísimos años perfeccionando esa habilidad.
Sin embargo, esto ya no consistía en esconderse. Esto ya no consistía en permanecer a salvo.
Notaba la daga esmeralda pesada en la mano.
Otro ejército. Otro juramento. El recuerdo de la voz de Laryk susurró en mi cabeza.
«Eres diferente». Diferente. Él lo había dicho como si fuera un don, pero ahora la palabra parecía una condena.
¿Cuántas veces dejaría a otros decidir lo que significaba esa diferencia?
Me aproximé al altar, intentando centrarme en la tarea simple de andar sin tambalearme.
Alcé la vista hacia los otros participantes, que tenían los rostros ahora lo bastante cerca como para reconocerlos.
Muchos portaban una máscara ilegible, pero luego vi a Lael.
Parecía mucho mayor de lo que debería. Llevaba el cabello negro recogido hacia atrás y el mismo uniforme de cuero que el resto de nosotros.
Hicimos contacto visual durante un instante, y habría jurado que esbozó una sonrisa.
—¿Te presentas para afrontar el strykka? —La voz de Urkin resonó por la habitación, danzando por las paredes.
—Sí —susurré, sintiendo el peso de toda la estancia.
—Presenta tu sacrificio. —Posó la vista en mí, y noté que frunció un poco las cejas. Aún no le inspiraba confianza.
Alcé la daga; su peso familiar en mi palma me mandó una oleada de recuerdos.
Recordé cómo a Laryk le habían resplandecido los ojos esmeraldas con satisfacción el día que vio que me la amarraba al pecho.
Un arma forjada en las mejores llamas de Sídhe, preciosa y mortal.
Había sido mi primera posesión real como miembro de la Guardia, algo que me señalaba como a una de ellos.
Un símbolo de que pertenecía a un sitio, de que era más que solo una extranjera marcada.
Ahora, depositarla en este altar me parecía cortar otro vínculo con mi antigua vida.
Una que no estaba ni siquiera segura de querer dejar atrás.
Solté la daga en el altar, observando cómo las esmeraldas captaban la luz tenue una última vez, y me obligué a apartar la mano.
Urkin se giró para dirigirse a la multitud; su voz destilaba una autoridad que parecía llenar cada rincón de la caverna.
—Ante nosotros se encuentran aquellos que darían todo por servir a Umbrathia.
En tiempos pasados, el strykka era un camino a la gloria, una manera de probar la valía de uno.
—Hizo una pausa y paseó la vista por los nobles reunidos y los líderes militares—.
Pero, ahora, como nuestro reino se enfrenta a su mayor desafío, estas valientes almas se ofrecen por algo más oscuro: la superviven cia de nuestro reino.
El peso de sus palabras caló en la habitación. Incluso los susurros se extinguieron.
—Nos esperan tres pruebas —continuó—. El combate, para evaluar la fuerza.
La observación, para medir las ataduras.
Y, por último, para aquellos que se consideren dignos, el propio Vacío.
Si algún candidato completa las primeras dos rondas con éxito, se le dará a elegir.
Entrar al Vacío o colocarse en el escalafón más alto de la unidad para la que mejor sirvan.
La Unidad Médica. La Unida d Archivística.
El Regimiento de Exploradores. O los centinelas.
—La voz se le volvió afilada y llena de orgullo—.
Los que salgan del Vacío marcados por las sombras se convertirán en algo mayor.
Ascende rán más allá de lo que cualquier kalfar podría imaginar.
Nuestro rei no tal vez esté sufriendo, pero nuestros guerreros, nuestros umbríos, son los que nos mantienen unidos. Son los que nos dan esperanza.
Ahí fue cuando lo oí: un movimiento en algún lugar a mis es paldas, un cambio en la energía de la multitud. El silencio adquirió una naturaleza distinta, tensa y eléctrica. Hasta los ojos de Urkin miraron más allá de mí y se centraron en algo cerca de la entrada por la que había pasado.
Me percaté de que muchos miembros del Consejo se removieron incómodos en sus asientos. Urkin apretó la mandíbula, pero mantuvo la compostura. Al final, me giré. Se me heló la sangre.
Valkan, el lord de Draxon en persona, se encontraba allí. Se desató un murmullo entre la multitud cuando se acercó. Le lanzó a Urkin una sonrisa malvada mientras se colocaba delante del altar con lo que parecía un diamante ensangrentado en la mano y lo dejaba caer en la superficie.
—Me presento para el strykka —soltó con una voz capaz de mandar a miles. Se hizo el silencio en la sala una vez más, y habría jurado que a Urkin le iba a reventar una vena del cuello. Dirigió la vista hacia uno de los palcos elevados mientras una expresión de sorpresa le crecía en los rasgos.
Valkan se encogió de hombros y caminó hasta el espacio vacío a mi lado. Me recorrió un escalofrío cuando sentí que se inclinaba hacia mí.
—De cerca eres aún más guapa.