Capítulo 15
M e quemaban los músculos cuando giré otra esquina del muro del fuerte.
Dos semanas corriendo esta ruta habían aumentado mi resistencia, pero el dolor todavía seguía allí, empujándome hacia delante.
No obstante, había encontrado mi ritmo, contando mis respiraciones en vez de intentando seguir la luz constante.
Veinte vueltas se habían convertido en treinta, y luego en cuarenta.
La debilidad de mi aislamiento se consumía poco a poco y la reemplazaba una fuerza familiar que creía que había perdido.
I ncluso mis habilidades de combate estaban volviendo, aunque no tan rápido como había esperado.
A Aether no se le veía el pelo. Desde ese día, desde que había atisbado a esa mujer en su mente, apenas me había mirado. Ni una práctica de atadura más, ni una observación. Solo entrenamiento de combate, que cada vez delegaba más y más en Vexa o en Rethlyn.
La visión aún me atormentaba. Esa preciosa mujer extendiendo una mano desesperada, su grito silencioso.
Los terrenos del fuerte estaban llenos de gente; podía verlos por las verjas de mi sección, a los soldados umbra moviéndose con un renovado propósito, como si se prepararan para las pruebas del strykka que se avecinaba.
Solo quedaba una semana. Se me hizo un nudo en el estómago al pensarlo.
A pesar de mi progreso, me provocó un escalofrío la perspectiva de enfrentarme a ellas. Sobre todo al Vacío.
—¡Mira quién está ya en ello! —La voz de Vexa interrumpió mis pensamientos. Se apoyó contra la pared de delante con una sonrisa cómplice en la cara—. ¿Sabes? En realidad, la mayoría de la gente espera hasta que está despierta del todo antes de torturarse a sí misma.
Ralenticé el ritmo hasta detenerme y me sequé el sudor de la frente con la mano.
—Qué atrevido por tu parte suponer que duermo.
—Bueno, hoy puedes tomarte un descanso de correr en círculos. —Se retiró de la pared con los ojos violetas reluciéndole—. Es hora de que aprendas a volar en condiciones. No puedo dejar que dependas de Aether para que te lleve siempre.
La plataforma de lanzamiento se extendía ante nosotras; las alas de Tryggar se movían sin descanso debajo de mí mientras es perábamos.
Estar allí arriba se sentía distinto de algún modo, sa biendo que no tendría los brazos de alguien aferrándose a mi alrededor, sabiendo que solo estaría esta bestia enorme y temperamental y yo.
Me agarré al cuerno de la silla de montar, observando mientras Draug arañaba la piedra desgastada debajo de nosotros.
—¿Sabes? Llevaba sin jinete casi medio siglo —dijo Vexa señalando a Tryggar.
—¿En serio? —pregunté, mirando al vördr plateado debajo de mí.
—Sí. Puede que antes estuviera un poco oxidado.
Al menos, esta vez la silla estaba bien ajustada, perfectamente diseñada para adaptarse tanto al lomo de Tryggar como a mi figu ra. La que Vexa había pedido había llegado al fin, e incluso el vör dr parecía más tranquilo y confiado.
—Ha estado volando estas rutas conmigo durante años —añadió Vexa, dándole palmaditas en el cuello a Draug—. Tryggar lo seguirá; tienen buena relación. —Sonrió con satisfacción.
No pude evitar pensar en la primera vez que volé con Aether, en cómo Tryggar había caído en picado hacia el suelo a unas velocidades horripilantes.
El recuerdo me debería haber puesto nerviosa al volar sola, pero de alguna forma no lo hizo.
Tal vez porque en esta ocasión no tendría que preocuparme por la tensión extraña que siempre surgía entre Aether y yo.
—Los patrones de viento cambian constantemente aquí arriba —prosiguió Vexa—, pero Draug sabe cómo leerlos. Limítate a confiar en que Tryggar lo seguirá e intenta no darle muchas vueltas.
«Intenta no darle muchas vueltas». Ojalá supiera lo imposible que esa petición era para mí. Sin embargo, antes de que pudiera seguir pensando más en ello, Draug abrió las alas de pronto y despegamos.
Tryggar se precipitó tras Draug sin dudar y sus alas atravesa ron la niebla.
La aceleración repentina me robó el aliento, pero m e incliné sobre él, recordando mantener el peso centrado.
El fuerte se alejó bajo nosotros; sus chapiteles oscuros perforaban las nubes como hojas de obsidiana.
Observé a Draug virar hacia la izquierda y sentí que Tryggar se ajustaba debajo de mí para imitar el giro.
—¿Ves? —gritó Vexa por encima del viento—. Sabe lo que hace. Ahora, probemos algo un poco más complejo.
Guio a Draug más alto, haciendo espirales a través de un banco de nubes.
La humedad se me pegó a la piel, fría y refrescante, mientras Tryggar lo seguía.
Cuando Draug descendió, Tryggar igualó su ritmo.
Cuando se estabilizaron, los dos vördr alcanzaron un ritmo tranquilo, batiendo las alas a la vez.
—Se te da genial —dijo Vexa mientras conducía a Draug junto a nosotros—, aunque no debería sorprenderme. Pareces tener buena mano para las criaturas complicadas. —Torció los labios—. Tryggar incluido.
—Buena mano para las criaturas complicadas —repetí, pensando en la distancia repentina de Aether las pasadas semanas—. ¿Aether siempre ha sido así?
—¿Así cómo? —preguntó Vexa, a pesar de que algo en su tono daba a entender que sabía justo a lo que me refería.
—Tan… —busqué la palabra exacta— hermético.
—Aether es complicado. La Umbra es prácticamente toda su vida, lo ha sido desde antes de que yo me uniera. —Se encogió de hombros—. No tiene familia, pareja ni amigos. A menos que me cuentes a mí, y no estoy segura de que él lo haga la mayoría de los días.
Se quedó callada un instante, ajustando su posición mientras Draug cogía una corriente de aire.
—A ver, es obvio que el hombre tiene sus demonios, resulta evidente tan solo mirándolo, pero creo que es mejor dejar que él cuente su historia a su debido tiempo.
—¿Desde cuándo lo conoces?
—Desde que me sacó de la cárcel hace cinco años. —Una sonrisa irónica se le dibujó en los labios—. En realidad, creía que esta ba allí para ejecutarme. En vez de eso, me ofreció un puesto en la Umbra. Dijo que mis habilidades podrían usarse mejor que para armar a asesinos.
—¿Estuviste en la cárcel?
—Ah, sí. Me pillaron vendiendo armas hechizadas a un gremio ilegal. —Se rio, aunque había un poco de tensión en aquello—. No fue mi mejor momento, pero, cuando creces sola al este de Umbrathia, aprendes a aprovechar las oportunidades que puedas. Y a mí siempre me han atraído las cosas afiladas.
Vexa guio a Draug para que girara con suavidad con los ojos fijos en el horizonte.
—Lo malo de la desesperación es que te hace olvidar que puede haber otras opciones. Yo aprendí a forjar armas porque tenía que sobrevivir y porque mi atadura me permitía imbuirlas. Los negocios ilegales… —se encogió de hombros— parecían el siguiente paso lógico. Hasta que dejaron de serlo.
Observé a un grupo de vördr planear en la distancia.
—¿Qué sucedió?
—Me eché a perder. Empecé a beber demasiado.
Hacía tratos con las personas equivocadas.
—Su voz no destilaba nada de autocompasión, solo una aceptación de los hechos—.
Acabé en una celda preguntándome si la ejecución no sería mejor que pudrirme ahí.
Entonces, Aether apareció y me ofreció una redención en forma de servicio militar.
Me dio un vuelco el corazón. Inspiré hondo, y el aire frío me llenó los pulmones.
—Casi mato a dos chicas nobles hace alrededor de un año.
No podía controlar mis habilidades, mi foco.
Un momento se estaban burlando de mí y al siguiente…
—Tragué saliva con fuerza—. Un general de la Guardia de Sídhe me encontró.
Me dijo que tenía dos opciones: unirme a ellos o afrontar las consecuencias.
—Menudas opciones —murmuró Vexa.
—Sí. —Ajusté mi agarre al cuerno de la silla, recordando el rostro de Laryk aquella noche, cómo sus ojos esmeraldas habían parecido tan oscuros.
No obstante, no podía contarle a Vexa aquella parte.
No podía explicarle cómo la coerción inicial se había transformado en algo mucho más profundo—.
Después de eso, la Guardia se convirtió en todo para mí. Mi propósito. Mi hogar.
Vexa ladeó la cabeza, sopesando mis palabras.
—¿Sabes? Solía pensar que la redención era deshacerte de quien eras antes. Convertirte en alguien nuevo. —Miró a Ravenfe ll, casi invisible a través de la niebla—. Pero algunas veces consist e en aceptarlo todo: los errores, las elecciones, incluso las partes que nos avergüenzan.
Las palabras me impactaron más de lo que esperaba. Pensé en las sombras que habían emergido en Emeraal, en cómo traté con ahínco de negar esa parte de mí. Incluso ahora, sabiendo lo que era, aceptando que parecía ser otro asunto completamente distinto.
—¿Cuándo lo supiste? —pregunté—. Que era en la Umbra donde querías estar de verdad.
Una sonrisa se le formó en los labios.
—Bueno, tal vez cuando cierta noble decidió que no se podía resistir a mis encantos.
—¿Effie? —No pude evitar sonreír—. Aquello debió de ser una buena historia.
—Ah, sí. Al principio, le daba pavor. Me llamaba «ordinaria», «bárbara»… —A Vexa se le suavizaron los ojos al recordarlo—. Y ahora mírala, colándose en la forja solo para verme trabajar, fingiendo que no está pillada hasta las trancas.
Un grito agudo de Draug interrumpió nuestra conversación. La cabeza del vördr se precipitó hacia el suelo con las alas rígidas. A mi lado, Tryggar se tensó; un sonido bajo de advertencia retum bó en su pecho.
—¿Qué pasa? —susurré, pero Vexa ya había alzado la mano para que me callara.
Guio a Draug más abajo, con cuidado de mantenernos entre la capa de nubes. Ahí fue cuando los vi: figuras moviéndose por un camino estrecho que serpenteaba por el páramo. Incluso a esa distancia, sus movimientos parecían gráciles de un modo poco natural, uniformes.
—Damphyre —susurró Vexa, y su calidez de antes se había desvanecido por completo—. Por lo menos una docena. Se dirigen a Draxon.
—¿Por qué estarán aquí? —pregunté, percatándome de lo lejos que nos encontrábamos de los caminos principales.
—Eso es lo que me preocupa. —Estrechó los ojos—. Esta ruta… es vieja, apenas se usa. La única razón para tomarla es que estés tratando de evitar que te vean en Ravenfell. —Examinó al grupo un instante más—. Y va directa a la brecha.