Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Le rodeé la mente con suavidad, sin hacer contacto aún.

El recuerdo de sus rechazos anteriores me hizo retorcerme de dolor; cada uno de ellos lo había sentido como un martillo contra la cabeza.

Esta vez no hubo resistencia cuando me aferré a ese orbe dorado.

Su mente parecía diferente de las otras con las que me había topado, más brillante, más intensa, como si me estuviera adentrando bajo la luz solar directa.

Él mantuvo la vista en mí, muy pendiente, mientras su pecho se hinchaba y relajaba profundamente. Traté de ignorar lo íntimo que se sentía que me permitiera entrar así.

Pero no dudé.

La palma de Aether se estampó contra su propia cara.

Parpadeó, y a continuación parpadeó otra vez cuando lo liberé. Se me escapó una carcajada de la garganta antes de poder retenerla. Ver a Aether pegándose a sí mismo era algo de lo que nunca me iba a olvidar.

—¿Te sientes mejor? —Se frotó la mandíbula, pero me fijé en esa ligera curva de sus labios. Sentía el pecho más ligero de lo que lo había sentido hacía semanas.

—Mucho. —No pude evitar sonreír—. Aunque estoy segura de que también lo has permitido.

—No seas arrogante. Es el único golpe que me vas a asestar jamás.

—Eso ya lo veremos. —Las palabras se me escaparon con más desafío de lo que pretendía.

Se puso serio, pero algo le refulgió en los ojos.

—Cuando haces eso, ¿entras en la mente por completo o accedes a ella desde fuera?

La pregunta sofocó mi triunfo momentáneo.

—¿Me estás preguntando si puedo leer pensamientos?

—Claro.

—No que yo sepa. —Me removí, y se me vino a la mente otra vez el sueño de Laryk. En ese, sí que parecía que había accedido a sus pensamientos, pero nada había sido intencionado.

—¿Lo has intentado?

—Eso sería invadir un poco la privacidad —murmuré.

—Dijo la mujer que acaba de hacer que me pegue a mí mismo.

—Es un tipo de invasión distinta. —Ladeé la cabeza hacia un lado y le sostuve la mirada—. ¿Por qué? ¿Te estás ofreciendo a ser mi conejillo de Indias?

Se encogió de hombros.

—¿Por qué no?

Inspiré hondo, tratando de ignorar cómo el aire parecía crepitar entre nosotros.

Para controlar la mente, solo se necesitaba un vínculo simple que se pudiera manipular, ordenar.

Pero esto…, esto significaría entrar en sus pensamientos de verdad.

Me dio un vuelco el estómago cuando me di cuenta de a qué había accedido.

Estaba a punto de intentar leerle la mente al hombre más peligroso que había conocido jamás, y él me iba a dejar hacerlo.

—¿En qué número estoy pensando?

Segundos más tarde, los zarcillos revoloteaban en torno a mí, acariciándole la mente con volutas perladas.

Busqué el punto de acceso y, cuando lo localicé, dudé.

En vez de mandar una orden por el vínculo, me quedé allí, dejando que la sensación se asentara a mi alrededor.

Empleé los zarcillos para buscar, consciente de forma extraña de sus movimientos.

Parecía que podía haber algo allí, en este espacio al borde de la mente de Aether, pero…

Y, entonces, lo sentí. Otro punto que llevaba más profundo a través del abismo dorado.

Los zarcillos se extendieron, se acercaron al punto y, en un instante, se me puso la visión negra.

Una mujer, una de las más guapas que había visto en mi vida, con el pelo negro azabache y los ojos dorados, corría hacia mí con la angustia reflejada en la cara.

La desesperación en sus movimientos me hizo querer extender la mano, pero el dolor era enorme, demasiado.

Yo me estaba apartando de ella. ¿Flotando?

¿O volan do? Gritó algo, aunque no pude oírla, como si se me hubieran entumecido los tímpanos.

Y, a continuación, todo se volvió negro otra vez.

Regresé a la sala de entrenamiento y me percaté de que casi había perdido el equilibrio en la silla. Aether me agarraba del hombro, manteniéndome recta. Me miraba con los ojos entrecerrados, pero su ceño parecía estar fruncido de preocupación.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó en voz grave.

—¿No la has visto? ¿Quién era? —respondí, deshaciéndome de su agarre y mirando a mi alrededor pestañeando. Parecía como si hubiera estado conteniendo el aliento.

—¿A qué te refieres? ¿A quién? —Se puso de pie y se dirigió hacia la otra punta del gimnasio, pasándose la mano por la boca y la barbilla. Nunca lo había visto tan… inquieto.

—La mujer, la del pelo negro y los ojos como los tuyos.

Aether se quedó espeluznantemente quieto cuando se giró para mirarme, con algo oscuro palpitándole en los ojos.

Se quedó contemplándome durante un largo instante, como si estuviera tratando de descifrar algo.

Pero, entonces, rompió el contacto visual y salió de la habitación sin decir otra palabra.

El silencio que dejó atrás resultaba pesado, cargado de preguntas que no estaba segura de querer responder.

La imagen del rostro de angustia de la mujer permaneció en mi mente, además del eco de un grito que no pude oír.

Algo me decía que me había topado con un recuerdo que Aether había enterrado en lo más profundo; algo que jamás había tenido la intención de compartir.