Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

E l fuerte sabor metálico de la sangre me llenó la boca cuando me golpeé la mejilla contra el frío tatami de entrenamiento. El impacto me retumbó en el cráneo; la vista se me emborronó por los bordes. La enorme sala de piedra giró por un momento antes de volver a enfocarse.

Aether me había tirado. Otra vez.

Inspiré hondo y me incorporé apoyándome en las manos; se me extendió un dolor por los brazos mientras lo miraba.

Las revelaciones de anoche se arremolinaban en mi interior.

Esto ya no iba de elegir bandos. Iba de detener algo mucho peor de lo que me había imaginado.

Si Valkan se hacía con el poder suficiente, si su ejército de damphyre se fortalecía lo bastante para tomar el control…

, ambos reinos sufrirían. El mero pensamiento de esos ojos blanquecinos dirigiéndose a Sídhe, a los civiles que ni siquiera sa bían que la guerra se avecinaba, hacía que se me helara la sangre.

Y, sin duda, yo estaba en baja forma.

Aether se cernió sobre mí con una calma exasperante y apenas una gota de sudor en la frente.

—Eres lenta —dijo en voz grave y uniforme, como si no estuviera solo mofándose de mí, sino soltando un hecho. Su sombra se extendió por el tatami entre nosotros.

Lancé un gruñido bajo y me puse de pie.

—No he terminado.

—Genial —respondió. Mantenía las manos cruzadas detrás de la espalda, haciéndome un asentimiento con la cabeza para que me acercara a él—. Inténtalo otra vez.

No perdí el tiempo. Me abalancé con la intención de lanzarle un puñetazo en las costillas y puse todo mi peso en ello.

No obstante, Aether se movió, solo un poco, y mi puño rozó el aire.

El impulso me hizo irme hacia delante y me dejó expuesta.

Antes de que pudiera recuperarme, me agarró de la muñeca y me la retorció lo suficiente como para que una punzada de dolor me recorriera brazo arriba.

Enganchó el pie alrededor de mi tobillo, y, de pronto, me encontré en el tatami otra vez, aunque en esta ocasión fue la espalda lo que se estrelló contra el suelo.

Jadeé, pues me quedé sin aliento. La furia me ardió en el pecho mientras rodaba y esquivaba por muy poco el golpe que podría haberme dado, pero que no lo hizo. El olor a sudor y cuero me inundó la nariz y se mezcló con el sabor metálico que aún perduraba en mi boca.

Aquel había sido mi movimiento favorito. El que Laryk me había enseñado cuando yo creía que sabía quiénes eran los verdaderos monstruos. Ahora ya no estaba tan segura.

—Descuidada —murmuró. Sentía cada palabra como si me cayera otro peso encima, recordándome lo débil que me había vuelto durante las semanas de soledad.

Me puse de pie al instante, ignorando el dolor de las costillas.

—Repítelo —espeté, apretando los puños.

Él ladeó la cabeza, y una leve sonrisa de suficiencia se le formó en la comisura de los labios.

—Descuidada —repitió, de manera lenta y deliberada.

Esta vez no pensé. Arremetí e hice un amago de puñetazo antes de girar y dar una patada baja. Mi espinilla entró en contacto con su gemelo y él se quedó atónito, solo un momento, pero lo suficiente para que yo volviera a recuperar la confianza.

Aproveché la ventaja, avancé y le inmovilicé el brazo en una llave. Durante medio segundo pensé que lo tenía, pero entonces Aether se removió y su fuerza emergió contra la mía.

En un movimiento fluido, me lanzó otra vez.

El tatami se apresuró a mi encuentro, y lo primero que me golpeé fue el hombro.

Me dio una punzada de dolor y contuve una palabrota mientras él me inmovilizaba con una rodilla presionada con firmeza en mi costado y el antebrazo apoyado con suavidad contra mi garganta.

—Mejor —soltó en un tono tranquilo, casi aburrido—. Pero no lo bastante.

Alcé la vista hacia él; tenía el pecho agitado por la frustración y el cansancio.

—Quítate de encima —espeté.

Él alzó una ceja con un ligero destello de diversión en los ojos.

—No hasta que aprendas.

—He entrenado durante meses. No tengo que aprender, lo que necesito es recuperar fuerza.

Su mirada derrochaba escepticismo.

Me retorcí debajo de él, tratando de deshacerme de su agarre, pero él no cedió. Me ardían los músculos y el resquemor del fracaso me escocía. Su peso hacía que me costara pensar. La luz de la antorcha le alcanzó los ojos, los convirtió en oro líquido, y, por un instante, me olvidé de forcejear.

—Otra vez —exigí en un tono ronco, parpadeando para apartar el pensamiento mientras el juicio encontraba su camino de vuelta a mi mente.

Aether se inclinó hacia atrás y me liberó sin protestar. Se levantó y me ofreció una mano; bajo la luz titilante de arriba, su expresión era ilegible.

La aparté de un manotazo y me puse de pie sola. El cuerpo me rugió en protesta, pero lo ignoré, recolocando mi postura. El silencio de la sala de entrenamiento nos oprimía; solo lo cortaban nuestras respiraciones.

—¿Dónde estaba la reina anoche? —inquirí, y la pregunta que me había estado rondando la cabeza al fin se liberó—. ¿No debería haber asistido a la asamblea?

Aether endureció la expresión, pero no contestó de inmediato. En vez de eso, me hizo un gesto para que atacara de nuevo. Las sombras bajo sus ojos parecieron intensificarse.

Me quedé en el sitio.

—El modo en el que todo el mundo hablaba de su ausencia… ¿Está enferma? —No me pasó por alto que el Consejo tuvo cuida do de no mencionar a su soberana.

—El estado de la reina —contestó Aether en una voz tan baja que casi no la oí— es… complicado. Y si Valkan supiera lo grave que es… —Se calló, pero estaba claro lo que quería decir.

—¿Cuál es su estado?

Aether me contempló irritado.

—Te he dicho que quiero saberlo todo —le recordé con una ceja alzada.

—Su mente se fragmenta más cada día —respondió; su voz tensa estaba teñida de algo parecido a la pena—.

Ya no soporta encontrarse cerca de otras personas; sus energías la agobian.

Se ha vuelto… inestable. El Consejo sabe que no está bien, pero no hasta qué punto en realidad. Y no puede enterarse. No hasta…

—¿Hasta que tengáis una nueva duskbound?

La mirada en sus ojos me dio la respuesta.

—Vamos —dije, apartando el pensamiento de mi mente. Si iba a ser de ayuda para alguien, fuera duskbound o no, tenía que recuperar mi destreza.

Torció los labios; no era una sonrisa, pero fue bastante para hacer que me hirviera la sangre.

—Cuando estés lista.

Alcé los puños antes de que Aether hubiera terminado la frase siquiera y cargué con férrea determinación, a pesar del cansancio que hacía que me pesaran las extremidades. Arremetí para golpearle con la izquierda y luego lancé un gancho de derecha directo a su mandíbula.

Aether ni se inmutó. En vez de eso, lo esquivó sin esfuerzo e invadió mi espacio como si le perteneciera.

Su mano salió disparada, me agarró del hombro y, antes de que yo pudiera reaccionar, me lo retorció.

Mis pies abandonaron el tatami, y, en un segundo, estaba de espaldas y el impacto me sacudía la columna vertebral.

Jadeé en busca de aire; me dolía el pecho cuando rodé hacia un lado y me puse de rodillas.

—Creía que habías dicho que se te daba bien el sparring —comentó Aether con un tono tan indiferente como siempre.

Alcé la vista para mirarlo y me retiré el pelo de la cara empapada de sudor.

—Solo necesito más tiempo.

—No tienes tiempo —replicó, haciéndome una señal para que me volviera a poner de pie.

Las palabras ahora me impactaron de otra forma.

Tiempo. Eso es lo que Valkan había convertido en un arma en la asamblea; había usado el sufrimiento del reino para promover sus intereses.

¿Cuánto tiempo faltaba para que la desesperación inclinara la balanza a su favor?

¿Cuántos más elegirían su hospitalidad antes que la inanición?

La ira me consumía. Tiempo. Y habíamos malgastado mucho.

—¿Quieres hablar de tiempo? Si no me hubieras mantenido encerrada durante seis semanas intentando quebrarme, tal vez no estaríamos en esta situación —resollé, obligándome a levantarme. Mis brazos parecían plomo, y todos los músculos del cuerpo gritaban en protesta.

—Bueno, ha funcionado, ¿no? —contestó sin rodeos, cruzándose de brazos—. No tenías que permitir que se te debilitara tanto el cuerpo.

Algo se quebró en mi interior.

A la mierda.

Me abalancé hacia él, eché todo el peso del cuerpo contra su pecho y le enrosqué los brazos alrededor del cuello en una llave.

El impacto lo hizo retroceder, y la sorpresa se le extendió por la cara en el instante en el que ambos caímos al suelo.

Las tablas de madera crujieron bajo nosotros cuando rodamos; le golpeé las costillas con el codo cuando intentó hacerse con el control.

Se volcó una silla al salirnos del tatami y casi le di con la rodilla en el mentón antes de que se las apañara para agarrarme de la pierna.

De un solo movimiento, nos volteó y usó todo el peso de su cuerpo para estrellarme de espaldas.

Con sus muslos sobre mis caderas, me agarró las muñecas con una mano y me las inmovilizó por encima de la cabeza.

Con la otra mano me sujetó la cintura y me hundió los dedos en la carne a la vez que me sujetaba.

Cada centímetro de él estaba presionado contra mí; los músculos fuertes y el cuero suave.

—Eso está mejor —dijo con una sonrisa peligrosa en los labios.

—Quítate de encima —espeté otra vez, tratando de alzar las caderas contra las suyas, pero el movimiento solo hizo que él las presionara con más fuerza hacia abajo.

—No hasta que dejes de comportarte como una cría. —Tenía el rostro a centímetros del mío y la mandíbula tensa por la irritación. Cada una de sus respiraciones nos acercaba más, burlándose de lo indefensa que me encontraba debajo de él.

—Prefiero comportarme como una cría que como un creído de mierd…

—Cuidado, princesa. —Apretó más el agarre de mis muñecas—. No estás en posición de insultar.

Un rubor ardiente se me extendió por las mejillas… De rabia, me dije, de puta rabia. Sin embargo, la piel me quemaba allí donde me tocaba. Su cercanía me enfurecía.