Capítulo 13
U n enorme salón surgió ante nosotros; un cavernoso espacio donde predominaban los amplios arcos y los descomunales candelabros de hierro.
Unas velas negras goteaban sin parar en el suelo de piedra; sus llamas danzaban en las corrientes de aire que parecían venir de la nada.
El efecto era inquietante. Toda la estancia era apabullante.
Había nobles reunidos en grupitos; sus voces eran un murmullo de conversación tranquila. A pesar de la ropa elegante y las posturas rígidas, había un matiz depredador en la forma en la que se miraban, en la forma en la que los ojos pasaban de unos a otros.
—¿Tus padres se encuentran aquí? —le susurré a Effie, que estaba a mi lado.
—Después —siseó, tirando de mí hacia la multitud—. Recuerda mantener la cabeza gacha y la boca cerrada.
Seguimos la corriente de nobles hasta llegar a lo que parecía algún tipo de cámara. Unas gradas rodeaban el espacio central, dando la sensación de que el lugar era una arena. El techo se extendía hacia la oscuridad, perdido más allá del alcance de la luz de las velas.
Aether y Vexa habían desaparecido entre la multitud, pero su presencia perduraba en algún sitio en las sombras. Rethlyn se había situado cerca de una de las salidas.
—La asamblea tendrá lugar ahora —anunció una figura encapuchada.
—¿Dónde está la reina? —susurré.
Effie vaciló un instante.
—Ya no asiste.
El general Urkin se puso de pie primero; sus medallas centellearon a la luz de las velas.
—Antes de que abordemos asuntos nuevos, hemos tenido noticias de la general Taliora, de la Unidad Médica.
Una mujer de rasgos afilados y ropa militar de uso práctico se levantó. A pesar de su postura rígida, el cansancio se le notaba en la cara.
—La sequía ha alcanzado los municipios del medio oeste. Nuestros médicos apenas pueden mantener esencia suficiente para tratar los casos más graves. Hemos perdido tres pueblos más solo durante este mes.
—¿Perdido cómo? —interrumpió una mujer—. ¿Por la hambruna o por la «hospitalidad» de Draxon?
—¿Quiénes son todas estas personas? —le susurré a Effie.
—Esa es lady Baldurson —respondió ella en voz baja, haciendo señas hacia la mujer que hablaba. El nombre me pareció familiar. ¿No era uno de los que había mencionado una de las chicas del sueño?
Los murmullos se propagaron por la multitud. Varios miembros del Consejo intercambiaron miradas sombrías.
Effie se acercó y posó los ojos en un hombre mayor que acaba ba de levantarse.
—Ese es lord Sveinson. Su familia es muy tradicional. Desprecia horrores todo lo que amenace las viejas costumbres.
—Mi gente se muere ahora —declaró el hombre con la cara colorada—. Los cargamentos de grano apenas alimentan a un cuarto de…
Una mujer de ojos calculadores lo interrumpió.
—Quizá si no te hubieras apresurado tanto a cortar las relaciones comerciales…
—Lady Vallgrym —me informó Effie en voz baja.
Sí. Aquellos eran los mismos nombres de mi sueño. Me invadió la ansiedad mientras observaba todo.
—¡Te atreves a sugerir que comerciemos con aquellos que…! —La ira de lord Sveinson pareció llenar la cámara.
—¡Ya vale! —atronó la voz de Urkin a través del lugar—. No nos podemos permitir estar divididos. Ahora no. No cuando nuestros enemigos se hacen cada día más fuertes.
La mención a mi reino provocó otra oleada de murmullos entre la multitud. Noté que Effie se removió con inquietud a mi lado.
Un hombre de ojos oscuros que parecía absorber la luz de las velas fue el siguiente en ponerse de pie.
—Nuestros exploradores informan de un aumento de la actividad cerca de la brecha. Sus torres extraen más esencia todos los días, mientras que nosotros nos debilitamos más. Salta a la vista que la estrategia actual de la Umbra no está funcionando.
—Lord Skaldvindr —masculló Effie con un deje de disgusto en su tono—. Es el cabeza de la familia de nobles más influyente. La mayoría de las familias votarán igual que él.
Skaldvindr… Otro nombre que reconocí. Me pregunté, por un segundo, si debería contarle a ella, o a Vexa, el sueño que tuve la noche anterior.
Aún no comprendía la importancia que tenía.
Quiénes eran siquiera esas chicas. Aunque ahora sabía, sin el menor ápice de duda, que había ocurrido aquí.
En Umbrathia. Pero ¿cuándo? ¿Era un recuerdo o algo que estaba sucediendo ahora?
¿Las dos chicas eran las mismas que las de mi primer sueño?
Sin embargo, no me apetecía contarle a la umbra lo de mi habili dad todavía. Porque incluso una conversación inocente sobre sueños podría llevar a revelar cosas para las que aún no estaba preparada.
Y entonces fue cuando se abrieron las puertas laterales.
El efecto fue instantáneo, como si todo el aire hubiera sido succionado de la cámara.
Entró un hombre moviéndose con fluida elegancia; su ropa fina contrastaba muchísimo con los ropajes oscuros del Consejo.
A pesar del sufrimiento del reino, él parecía lozano; la vida y el color le inundaban la piel de un modo que casi resultaba obsceno en comparación con la débil palidez de la multitud.
Aunque sus ojos… tenían algo extraño. Eran blanquecinos y descoloridos, como si las nubes se hubieran posado sobre ellos, pero no se les escapó nada cuando echó un vistazo por la cámara.
Llevaba el lustroso cabello negro cortado al rape, lo que le enfatizaba los ángulos marcados del rostro; su belleza era extrema e hipnotizante.
—Valkan —susurró Effie.
—Amigos míos —comenzó a decir Valkan con voz suave como la seda—, ¿cuánto tiempo vamos a seguir debatiendo mientras nuestro reino se muere en torno a nosotros?
Un murmullo se propagó por la multitud. Me fijé en que varios miembros del Consejo se removieron con incomodidad en sus asientos. Urkin apretó la mandíbula, pero permaneció en silencio.
—La sequía de esencia se extiende. —La voz de Valkan bajó de tono, se volvió más íntima, como si hablara con cada persona en particular—.
Nuestros niños se debilitan. Nuestras ataduras se desvanecen.
Y, aun así, seguimos aquí sentados, limitados por opiniones anticuadas, mientras que los campos de Draxon continúan produciendo.
—Posó la mirada un instante en nuestra sección, y noté que Effie se ponía rígida junto a mí.
Me acordé de las conversaciones susurradas que escuché en la torre, de la manera en la que Aether y los demás se habían tensado ante la mínima mención del nombre de Valkan.
Los nobles hablaban de comerciar con Draxon como si fuera algo impensable, aunque sus tierras seguían siendo fértiles mientras el resto del reino se marchitaba.
¿Qué podría tener este hombre de malo cuando preferían que su gente se muriese de hambre antes que aceptar su ayuda?
—Mi lord. —Se escuchó la voz de una mujer entre la tensión. Una miembro anciana del Consejo se levantó; su melena plateada relucía a la luz de las velas—. Tus condiciones son…
—Mis condiciones aseguran la supervivencia. —Sus palabras tenían cierto matiz de dureza bajo la capa aterciopelada—. Permitid que mis hombres sirvan a las fuerzas de la Umbra. Dejadlos entrar en el strykka, que prueben su valía al reino…, al Vacío. Y reabriremos las rutas comerciales con Draxon.
—El Vacío es sagrado —señaló alguien—. Permitirles…
—¿Sagrado? —La compostura de Valkan se quebró apenas un momento, revelando algo más oscuro debajo.
Las velas titilaron con violencia; sus sombras se retorcieron por las paredes—.
¿De qué nos sirven nuestras tradiciones sagradas si todos morimos?
Sídhe se hace más fuerte mientras nosotros nos aferramos a días pasados.
Hay que doblegarlos, y mis hombres saben cómo hacerlo.
Un escalofrío me recorrió; la telaraña casi palpitaba en las profundidades de mi columna.
—No podemos precipitarnos con las negociaciones. —La voz de Urkin atravesó el creciente caos—. El Consejo necesita tiempo para…
—¿Tiempo? —Valkan se echó a reír; el sonido era tan agudo como el de un cristal al romperse—. Mira a tu alrededor, general. El tiempo es el único lujo que ya no tenemos.
Él gesticuló hacia sus hombres de gris, y estos avanzaron como uno solo; sus movimientos eran demasiado suaves para ser naturales. Había algo extraño en ellos, algo que me puso el vello de punta.
Me acerqué a Effie, manteniendo la voz apenas por encima de un susurro.
—¿Qué les pasa? Sus hombres… no son…
—No —murmuró Effie cortante—. Luego lo hablamos.
Las implicaciones me impactaron como un puñetazo. No eran simples soldados. Eran algo más. Algo que hacía que incluso los umbra parecieran mansos en comparación. Y Valkan los quería en el ejército, quería que se adentraran en el Vacío…
—El Consejo deliberará —anunció Urkin, aunque le tembló la voz—. Pero hasta entonces…
—Hasta entonces —señaló Valkan con suavidad—, recordad que la generosidad de Draxon podría alimentar a vuestra gente hambrienta.
Recordad que mis hombres podrían poner fin a la guerra.
Recordad que el orgullo es un lujo que los moribundos no se pueden permitir.
Y, para que os acordéis bien de ello, disfrutad del festín. Cortesía de la cosecha de Draxon.
Cuando se giró para marcharse, desvió los ojos pálidos por la cámara una vez más, y, en esta ocasión, estuve segura de que se fijó en mí.
Los cuerpos empezaron a moverse en el espacio mientras los susurros y los murmullos se hacían eco por la estancia. Los kalfar salieron desfilando en oleadas; sus oscuras formas se fundían entre sí a la tenue luz.
—¿Qué ocurre, Effie? ¿De qué habla? —susurré, intentando enmascarar el pánico que me atenazaba el estómago.
—Aquí no. —Tenía la voz tensa—. Debemos buscar a los demás.