Capítulo 12 #3
—¿Deberíamos cambiarme el color de los ojos? —pregunté vacilante—. Por lo que he oído, llaman un poco la atención.
—Eso sería genial, pero es imposible. Yo solía pedirle todo el tiempo a Matilda que lo hiciera —respondió Effie con un suspiro.
—¿Por qué querrías cambiarte el color de los ojos? Son azules, ¿no?
—Cerúleos —la corrigió Effie—. Son cerúleos.
—Me temo que los ojos no se pueden cambiar. Ni el alteracionista más fuerte puede transformar su apariencia —contestó Matilda, todavía recogiendo sus cosas—. Es lo único que permanece verdadero siempre.
Me removí en mi vestido y tiré de los volantes. Supongo que tendría que evitar el contacto visual durante toda la noche.
—Estate quieta —me reprendió Effie, y me ajustó la caída de la tela—. Una lady nunca muestra incomodidad.
—¿Es ese uno de los mayores logros de una lady? —bufé.
—Entre otras cosas. —Dio un paso atrás para evaluar el resultado final—. Bueno —soltó—, supongo que servirá.
Aether se encontraba esperando en la base de las torres de alojamiento, y por un segundo casi no lo reconocí.
Adiós a la ropa de cuero intimidante a la que me había acostumbrado durante mi encarcelamiento.
En vez de eso, llevaba lo que supuse que era su uniforme de la Umbra: pantalones negros que apenas contenían sus muslos y una chaqueta de traje entallada del mismo color que realzaba la anchura de sus hombros.
Jamás lo había visto así, y algo en ello lo hizo parecer más real, más presente que la figura oscura que había frecuentado mi torre.
La vista no era horrible, cosa que lo empeoraba.
Recordé cómo había sentido sus sombras contra la piel hacía unos días. Aparté ese pensamiento.
Vexa se encontraba a su lado, vestida con un atuendo similar. Estaba girando una daga entre los dedos cuando reparó en que Effie se acercaba y vino corriendo hacia nosotras.
—Estás espectacular —murmuró en un tono grave antes de rodearle la cintura con un brazo y atraerla para darle un beso.
«Oh».
—Vas decente, duskbound —dijo al fin percatándose de mi presencia—. Bonito pelo.
—Bueno, todo el mérito es mío. —Effie dio un paso adelante con una sonrisa de satisfacción en los labios—. O más bien de Matilda.
Aether se giró hacia nosotras y me miró de arriba abajo. De repente, me sentí incómoda.
Se acercó y le prestó más atención a mi cabello. Algo extraño le pasó por los ojos, y se encogió de hombros.
—¡Esperad! —gritó Rethlyn a nuestras espaldas, echando a correr. Apareció desaliñado, con la camisa medio metida dentro de los pantalones.
—Montará conmigo en Nihr. —Aether se dirigió hacia los establos.
—¿Por qué no puedo montar a Tryggar? —pregunté, apre surándome para alcanzarlo. Antes de que yo redujera el ritmo, él s e volvió y casi nos chocamos. Me miró con una expresión cuestionable.
—¿En serio? —fue lo único que dijo, deteniendo la vista en mí durante otro latido antes de girarse de nuevo.
Una vez que llegamos a los establos, su silbido casi me tiró al suelo. Y enseguida una bestia gigante apareció sobre nosotros, batiendo las alas contra el viento y haciendo que mis mechones del color de la medianoche volaran.
Nihr encontró un claro en el suelo, y sus alas negras dejaron ver las motas plateadas que las salpicaban.
Empecé a andar hacia la plataforma de montar.
—¿A dónde vas? —gritó Aether a mis espaldas. Vexa y Effie pasaron por delante de mí, enganchadas del brazo mientras llamaban a Draug.
Me giré y vi a Aether esperándome; la impaciencia se le reflejaba en la cara.
—¿Qué?
—Ven aquí —espetó con un deje de exasperación.
Volví con pasos pesados hacia él, intentando no parecer una niña malhumorada mientras me subía en brazos.
Me agarró con firmeza de la cintura y sentí el ligero toque arder incluso a través de las capas de tela.
Mientras me depositaba a lomos de Nihr, capté su aroma: lluvia y ceniza, como una tormenta a punto de estallar.
Sentí la silla de montar cálida debajo de mí, y solo tuve el tiempo justo de recolocarme la falda antes de notar a Aether montado a mis espaldas, tenso y manteniendo un pequeño espacio entre nosotros, pero daba igual.
Podía percibir el calor que irradiaba, podía notar cada pequeño movimiento mientras Nihr se removía bajo nosotros.
La chaqueta elegante no lograba ocultar su figura robusta, y me encontré sentada recta de una manera poco natural, tratando de minimizar los puntos de contacto.
—Relájate —murmuró, y su aliento me revolvió el cabello cerca del oído—. Parece que fueras directa a tu ejecución.
—¿Y no es así? —repliqué, pero la voz no me salió tan firme como me hubiera gustado.
Hizo un sonido que pudo haber sido una risa o tal vez una advertencia, y Nihr extendió las alas y se preparó para volar.
Una vez en el aire, el viento me echó el cabello recién oscurecido hacia atrás, y sentí más que vi cómo Aether se apartaba un poco.
Cuando volvió a hablar, lo hizo tan bajo que apenas pude oír su voz por encima de las alas en movimiento de Nihr.
—Estabas mejor antes.
No sabía si se refería a mi pelo, a mi postura o a algo más. No pregunté.