Capítulo 12 #2
—No es tan fuerte como era, claro. —Suspiró, y el disgusto le arrugó la frente—. Antes, podría habernos hecho cruzar medio continente a las dos.
Sin que me diera tiempo a responder, sacudió la cabeza, como si se estuviera deshaciendo de los pensamientos no deseados.
—Ahora, hablemos de esta noche. Te harás pasar por mi prima Millicent, Millie.
Los Breidfjord no han asistido a una asamblea d esde…
—Se detuvo, meditando sus palabras—. Bueno, digamo s que han perdido el favor de ciertos miembros.
Cosa que hace que Millie sea la opción perfecta en realidad.
Nadie se esperará verla, y pocos se atreverán a cuestionar la palabra de una Eirfalk.
—Si tú lo dices.
—Así que permanecerás a mi lado la mayor parte de la noche. Yo podré sortear cualquier conversación que se tercie. No trates de hablar con nadie tú misma. No me puedo ni imaginar lo rápido que echarías a perder tu propia tapadera. —Suspiró con dramatismo.
—Por suerte para ti, no tengo intención de decir ni una palabra. Solo me limitaré a observar.
Tres golpes secos en la puerta me sobresaltaron. Effie prácticamente hizo piruetas para atravesar la habitación, olvidándose por un momento de la tensión que la atenazaba antes.
—¡Matilda! —exclamó, y abrió la puerta de par en par para revelar a una mujer mayor que traía un maletín de cuero desgastado—. Gracias a los Esprithe que estás aquí.
—Señorita Effie. —La mujer hizo una pequeña reverencia y me observó al instante—. ¿Este es nuestro… proyecto de hoy?
—Sí, sí, pasa. —Effie la guio dentro y cerró rápido la puerta—. No tenemos mucho tiempo.
Matilda dejó su maletín encima del escritorio de Effie con mo vimientos suaves. Me hizo un gesto para que tomara asiento delan te del espejo que había traído y sonrió expectante.
—Nunca había visto un pelo de este color —canturreó la alteracionista, agarrando un rizo con delicadeza con los dedos y levantándolo para inspeccionarlo.
—Ya me he dado cuenta de que no es muy… común —agregué con una media sonrisa.
—Seguro que sí. —Me devolvió la sonrisa en el espejo que Effie había colocado en su escritorio.
—Esta es Matilda, la alteracionista de mi familia. —Effie sonrió con cariño y le dio a la mujer un rápido abrazo—. Ay, cuánto te he echado de menos.
—El palacete ha estado muy tranquilo sin ti, señorita Effie. —Matilda se rio—. Ahora, decidme, ¿cómo os puedo ayudar hoy?
—Necesitamos que Fia se parezca a Millicent. ¿Te acuerdas de mi prima Millie?
Matilda reflexionó un momento antes de asentir.
—Ya sabes que no soy lo que fui en su día, señorita Effie.
Tienes suerte de que no haya usado mi atadura desde hace mucho.
He tenido tiempo para recolectar esencia.
—Las manos de Matilda revoloteaban a mi alrededor, me peinaban hacia atrás el pelo y me sostenía la barbilla alzada hacia la luz—.
No puedo prometer cuán to durará tampoco.
—Entonces ¿qué sugieres?
—Bueno, hace falta casi toda la fuerza de mi atadura para alterar los rasgos faciales. Sería mejor que nos concentráramos en cambiarle el pelo y usar pigmentos y sombras para ocultar el resto.
Effie asintió y entrecerró los ojos para imaginar la idea que Matilda había descrito.
—Hace años que Millie no va a ninguna asamblea. Y dudo que nadie la vaya a mirar desde tan cerca de todas formas. Mi tío no es muy popular en el Consejo ahora mismo.
—¿Puedo preguntar de qué se trata? ¿Es una especie de baile? —No me podía imaginar que organizaran uno. No se me ocurría que pudieran celebrar nada.
—No, no es un baile. Llevamos años sin organizar uno. —Effie suspiró con nostalgia—. Es más bien una reunión política elegante. Los principales contendientes, los que albergan poder, asistirán.
Matilda me pasó los dedos por la melena, y, de pronto, lo noté: un extraño cosquilleo que comenzó en mi cuero cabelludo y se deslizó por cada mechón.
No era incómodo, pero resultaba raro, como si unas pequeñas corrientes de electricidad me danzaran por la piel.
El aire a nuestro alrededor pareció espesarse con esencia, lo que hizo que costara más respirar.
En el espejo, vi cómo la oscuridad empezaba a penetrar mis cabellos blancos, expandiéndose como la tinta por el agua, cambiando cada pelo de la raíz hasta la punta.
Effie se acercó y observó la transformación con una mirada crítica.
—¿Sabes? Jamás imaginé que estaría aquí arreglándome contigo —reflexionó Effie con un toque de humor en la voz—. Por lo general, soy yo la que se maquilla.
La miré de reojo por el espejo.
—Cuidado, Effie. Estás a punto de hacerme un cumplido.
Ella puso los ojos en blanco con teatralidad.
—No te adelantes. Esto es de extrema necesidad, no un enorme ejercicio de vinculación afectiva.
—El color se está fijando bien, señorita Effie —murmuró Matilda sin dejar de concentrarse en su trabajo.
—Estupendo. —Effie asintió y, a continuación, se volvió a girar hacia mí—. Lo que significa que tendrás que comportarte lo mejor posible. Nada de jueguecitos mentales ni intentos de escapar. Esta noche eres Millie, ¿entendido?
—Ya te lo he dicho: solo voy a observar.
—Sí, bueno, perdóname por no fiarme al cien por cien de tu palabra —dijo con un resoplido—. Solo… intenta mimetizarte, ¿vale?
Matilda me dio un tirón final con los dedos y el último mechón blanco se oscureció poco a poco, volviéndose de un negro intenso como la tinta.
—Ya está, señorita. Terminado.
Me pasé los dedos por los tirabuzones transformados, maravillada de cómo un cambio tan simple me volvía casi irreconocible.
—Qué… diferencia.
Effie se inclinó e inspeccionó el resultado con ojo crítico.
—Mmm…, no está mal. Aunque todavía te hace falta algo de maquillaje para parecerte por completo a Millie. —Cogió una pequeña polvera y me puso con habilidad un poco de color en las mejillas—. Ea, así mejor. Ahora, vamos a buscarte un vestido.
Comenzó a rebuscar en los baúles ornamentados una vez más, apartando sedas y terciopelos y descartándolos con gran experiencia.
—¿Sabes? —dijo con la voz amortiguada mientras excavaba más al fondo—. Si consigues ponerte esto, puede que reconsidere mi opinión sobre ti.
—Descuida, no creo que eso vaya a suceder.
Mientras me deslizaba por la tela buena del vestido que me había escogido, no pude evitar echarme un vistazo en el espejo.
La persona que me devolvía la mirada era una desconocida: el pelo negro, las mejillas sonrosadas, el peso de la nobleza cubriéndole los hombros.
No obstante, lo que más me chocó fue lo natural que parecía, lo fácil que podía hacerme pasar por una de ellos.
Una kalfar. Las sombras alrededor de mis ojos, mi piel pálida, los ángulos afilados de mi rostro…
, todo lo que había tratado de ocultar o negar sobre mí de pronto parecía encajar a la perfección.
Algo en mi interior se retorció, una mezcla de comprensión y asco.
Solo mis ojos permanecieron inalterados, reluciendo como ópalos.