Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 12
19%

Capítulo 12

M oví las manos por las sábanas; la luz plateada de la luna se filtraba por las altas ventanas arqueadas del vestidor.

Unos tapices adornaban las paredes de piedra mientras los hilos captaban el reflejo de las velas aquí y allá.

En la punta más alejada de la habitación, dos chicas estaban sentadas en un tocador enorme, una con un vestido negro y un recogido elaborado y la otra con una bata y unas ondas oscuras que le caían en cascada por la espalda.

Eran muy parecidas: los cabellos, los cuerpos, incluso los gestos. Tal vez fueran mellizas.

—Cuéntamelo todo —dijo la de la bata, que recogía las rodillas debajo de ella mientras se sentaba en un taburete acolchado—. ¿Quién ha hecho el ridículo esta noche?

Una risa flotó por la habitación a la vez que la otra chica se quitaba las delicadas horquillas del pelo y liberaba los mechones oscuros.

—A ver, el hijo de lord Sveinson ha intentado impresionar a lady Vallgrym mostrándole sus dotes con la espada.

—No…

—Sí. Ha tirado toda una mesa de refrigerios. —Más horquillas cayeron contra la superficie marmolada del tocador—. El padre puso una cara… Creía que se iba a morir allí mismo en mitad del salón de baile.

—¿Y lady Vallgrym al menos fingió estar impresionada?

—No tuvo que hacerlo. Estaba demasiado ocupada tratando de no reírse mientras bebía la copa de vino. Sin embargo, eso no detuvo a lord Sveinson de intentar salvar la situación sugiriéndole a su hijo que le diera a ella clases privadas.

—¡Nooo…!

—Pues sí. Deberías haber visto lo roja que se puso. —Empezó a quitarse el colorete de las mejillas con un paño—. Aunque no tanto como lady Baldurson cuando se dio cuenta de que su hija se había escabullido a los jardines con el joven lord Breidfjord.

—¡Por fin! Me dijiste que llevaba meses poniéndole ojitos.

—Sí, bueno… Desde luego, sus madres no compartieron el mismo entusiasmo que tú. Creí que iban a llegar a las manos ahí mismo entre los postres.

—¿Por un beso en el jardín?

—Por todo el escándalo. Ya sabes cómo son con respecto a mantener las apariencias. —Se le escapó un bostezo de los labios cuando agarró el peine.

—¿Y el heredero de los Skaldvindr? —El tono de la chica de la bata se volvió más suave—. ¿Estaba allí?

—Claro. Más apuesto que nunca. —El peine se detuvo a mitad de camino—. Aunque preguntó por ti.

—¿Qué dijo?

—Quería saber por qué ya no asistías. No supe qué responderle.

—¿Qué podrías haberle contestado? Que padre no… —Se calló cuando unos pasos resonaron en el pasillo.

Apareció un hombre en la entrada con su atuendo formal aún inmaculado a pesar de lo tarde que era.

—¿Estás lista?

—Padre, estoy muy cansada —contestó la chica del tocador, soltando el peine—. ¿Podríamos saltarnos la práctica de hoy?

—La oscuridad es ideal para perfeccionar tus dones. —Su tono no dejó lugar a discusión—. Vamos.

Ella se puso de pie y se alisó el vestido antes de agarrar la mano que él le estaba ofreciendo.

Cuando se dieron la vuelta para marcharse, él miró a la otra chica.

Algo oscuro surgió entre ellos mientras ella bajaba la vista al suelo.

El silencio que siguió a su partida pareció resonar por toda la habitación.

—Camina con cuidado, por favor. Eso es alta costura —dijo Effie con un suspiro, haciendo un gesto hacia un baúl abierto que casi bloqueaba la entrada a sus aposentos.

Miré hacia abajo mientras esquivaba el montón de brillos y sedas.

La habitación en sí era sencilla, lo que se esperaba del cuarto de un soldado.

No obstante, no estaba vacía ni mucho menos.

Pilas de cofres y cajas decoradas llenaban casi cada centímetro disponible del suelo y sus bordes dorados contrastaban con el entorno lúgubre.

Todas las superficies estaban cubiertas de broches relucientes y de los coleteros que tanto le gustaban a Effie.

Se podían atisbar telas coloridas asomando por las cajas llenas hasta reventar.

Era extraño ver tanto color a la vez. Ya había comenzado a creer que no vivían fuera de la escala de grises.

—Hacía mucho que no necesitaba a mi alteracionista. —Effie me examinó de arriba abajo antes de sacudir la cabeza y desechar un pensamiento—. Qué pena que sea para ti y no para mí.

Teníamos alteracionistas en Sídhe, esos que podían cambiar la apariencia de otras personas, colorear el pelo de distintos tonos, pintar un rubor natural en las mejillas de alguien…

, todo con su foco. Incluso había oído que alguien podía alterar los rasgos, difuminarlos hasta que el individuo fuera totalmente irreconocible.

Effie se desplomó en su cama y me miró con los ojos entrecerrados.

—Sé que has convencido a los demás de que no eres una mente maestra perversa, pero yo todavía no me fío de ti. —Alzó el mentón en señal de provocación.

—No te preocupes, Aether está justo fuera. —Sonreí con dulzura.

—Perfecto. ¿Te gustaría elegir tú misma el vestido?

—preguntó y, a continuación, me recorrió el cuerpo y compuso una mirada d e disculpa en el rostro—.

Tal vez debería elegírtelo yo. Eres bastante alta.

—Se puso de pie, dio saltos hasta el baúl abierto en el suelo y empezó a vaciar su contenido por toda la habitación, al otro lado del diván, en montones enredados sobre su cama.

Ver aquello despertó algo en mí, y me giré para apartar la mirada, sintiendo la neblina que se me estaba formando en los ojos. Por todos los Esprithe, no iba a quebrarme ahora. No delante de Effie.

Pero entonces se me vino a la cabeza el rostro de Osta: su sonrisa radiante en Emeraal, sentada en el suelo, rebuscando en un baúl muy parecido a aquel ante el que Effie se encontraba arrodillada.

Se me encogió el corazón y sentí cómo el dolor que había conseguido atrapar en algún lugar inalcanzable ahora se filtraba como el agua a través de las grietas de una presa. Parecía que el mismísimo universo me estaba torturando con recuerdos de ella.

Respiré despacio, tratando de contener el temblor del sonido, esperando que lo sofocara la búsqueda caótica de Effie.

—¿Cuál es tu color? —preguntó con un deje de emoción en la voz.

Casi me rompí allí mismo.

—N-no lo sé. Negro —respondí, intentando mantener la voz firme. A pesar de que estaba vuelta de espaldas, pude sentir el cambio en la habitación, el peso de sus ojos en mí. Aquello era lo último que quería. Que ella me viera así, que cualquiera de ellos me viera tan débil.

—¿Estás… llorando? —me preguntó con un toque de diversión confusa en la voz—. A ver, si tanto quieres escogerlo tú misma, puedes… Tengo miedo de que salga fatal, y ya me toca estar a tu lado toda la noche… Pero podría hacerlo si…

—No es por el vestido. Estoy bien. Elige uno y ya está —repliqué, secándome los ojos con la manga de la camisa.

La incomodidad se hizo notar cuando pasaron varios minutos de silencio y ninguna de las dos dijo nada. La oí remover con delicadeza las telas de nuevo, aunque no con el mismo vigor que antes.

—¿Te encuentras… bien? —preguntó con voz neutra pero forzada. Como si la neutralidad no le saliera con facilidad.

—Sí. Te he dicho que estaba bien.

—Pues no lo pareces. ¿Sabes? Yo lloro algunas veces. He oído que es un modo estupendo de reducir el estrés y equilibrar las emociones. —Hablaba como si estuviera tratando de llenar el silencio, no muy segura de hacia dónde dirigir la conversación—. He oído que es sano.

—Claro. —Fue la única palabra que pude pronunciar. Incluso su efusividad a pesar de la tensión en nuestra relación era como la de Osta.

—Vale, bueno…, debemos comenzar a prepararnos para esta noche. Tardamos una hora en llegar a Stravene. La verdad es que no tenemos tiempo para… En resumen, hay que darse prisa.

Me giré hacia ella y asentí, esperando que mi rostro no reflejara la tristeza que sentía ni el rubor mostrara la sensación que me embargaba.

—Ah, estabas llorando en serio —dijo en voz baja, y se apresuró a ir al tocador y traerme un pañuelo. Se lo acepté sin cuestionar; ojalá tuviera algo con lo que esconderme cuando lo necesitaba.

—Yo… —Me costaba hablar—. Me acabas de recordar a alguien. De casa. —Miré hacia abajo, y una leve sonrisa rompió la tensión de alguna forma.

—Ah, bueno, en ese caso, seguro que es fabulosa —contestó Effie con una floritura. Algo en su respuesta desenfadada me hizo sentir más ligera, como si no me hubiera hundido hasta el fondo hoy.

—Pues sí —coincidí.

Effie se pasó las manos por el vestido; no parecía convencida de qué hacer con él. Entonces, como si de pronto le hubiera veni do la inspiración, se le iluminó la cara.

—Bueno, como has arruinado este momento con toda esta… emoción, supongo que debería contarte lo que te deparará esta noche. —Agitó una mano con desdén, pero hubo algo casi amable en su gesto—. Al fin y al cabo, no puedo dejar que eches por tierra la reputación de mi familia.

—¿Tu familia?

—Los Eirfalk —respondió, como si fuera obvio—. Una de las casas nobles más antiguas de Umbrathia.

Parpadeé, tratando de procesar esa nueva información.

—¿Eres noble?

—Pues claro. —Puso los ojos en blanco—. ¿Cómo, si no, iba a tener todas estas cosas bonitas? —Señaló los baúles que nos rodeaban—. Desde luego, la Umbra no paga tan bien.

—Pero tú perteneces a la Umbra —dije, aún intentando que todo tuviera sentido.

—Oh, por favor. Mis padres prácticamente me forzaron a ello.

—Empezó a volver a doblar los vestidos desperdigados—.

Supongo que pensaron que mi atadura serviría más en combate que en las clases de baile.

Como si yo hubiera tenido algo que ver en el asunto.

—Su tono era ligero, pero había algo debajo de él, tal vez un atisbo de antiguo resentimiento—.

Teletransportación. —Sonrió—. Hacía entradas bastante triunfales. Al menos, antes de que ocurriera todo.

—Ah —solté, y de pronto me acordé de cómo había desaparecido y después vuelto a aparecer a centímetros de mi rostro en la torre hacía muchas semanas.