Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

– V aya, ha salido mejor de lo que esperaba —dijo Vexa arrastrando las palabras y con los hombros mucho más relajados mientras caminábamos.

—Ah, ¿sí? —repuse con un genuino tono de sorpresa y con las cejas alzadas.

—Bueno, teniendo en cuenta que no ha exigido tortura y ejecución, yo diría que sí. —Se ajustó el chaleco de cuero con una indiferencia entrenada.

—No estaba al tanto de que eso fuera una posibilidad —repliqué con cierto alivio y sin darme cuenta de que tenía las manos apretadas a los lados.

—Está siendo cauto —murmuró Aether—. Es lógico.

Mientras anduvimos por las calles, empecé a notar la arquitectura familiar.

Los edificios de piedra desgastada se alzaban a nuestro alrededor.

Divisé a lo lejos mi torre, que perforaba las nubes neblinosas; su oscura silueta era un recordatorio amenazador de mi confinamiento.

Un escalofrío me recorrió y me hizo temer la idea de pasar el resto del día encerrada entre aquellos muros gélidos.

—¿Puedo ir a los establos un rato? —pregunté con esperanza en mi voz.

—Ni de coña, duskbound. ¿Crees que vamos a permitir que te pierdas la mejor comida que hemos tenido en meses? —intervino Rethlyn, juntando las manos, lamiéndose los labios y prácticamente balanceándose por las ganas.

—Aquí giramos a la derecha, Fia. —Me señaló Vexa adelante y nos condujo hacia un camino distinto que serpenteaba entre dos estructuras imponentes.

—¿La mejor comida? —pregunté, muy a mi pesar escéptica de que aquello fuera cierto, pero no me atreví a decirlo.

—Panecillos calientes —aclaró Rethlyn con una sonrisa de oreja a oreja—. A los de cocina les lleva una eternidad guardar los ingredientes necesarios para hacerlos. Saben como los de antes. —Le relucieron los ojos con nostalgia.

—Desde luego…, son mejores que el arroz —añadió Effie. Había estado muy callada; casi me olvidé de que venía detrás de nosotros, pues sus pisadas apenas hacían ruido.

—Venga, no lo niegues, Effie. Vi cómo te metiste tres en la boca el pasado trimestre cuando creías que nadie miraba. —Vexa soltó una carcajada que reverberó por las paredes de piedra.

Effie se limitó a darle un empujoncito, hizo un chasquido con la lengua y se le extendió un ligero rubor por el cuello.

—Supongo que se dejan comer. Una chica necesita sustento.

Aether parecía estar en su propio mundo, con la mirada perdida, mientras observaba a varios vördr planear entre la niebla en el horizonte; sus formas oscuras trazaban líneas limpias a través de la neblina.

Tenía el ceño fruncido por la concentración, sumido en sus pensamientos, a la par que tamborileaba los dedos por su cinturón de armas.

—¿Quiénes eran esos hombres que estaban fuera de la ciudadela? Los que llevaban uniformes grises —pregunté como quien no quería la cosa. Mis acompañantes parecían intentar ocultar su presencia con secretismo, pero no pasaba nada por preguntar.

Aether apretó la mandíbula cuando por fin salió del trance en el que se encontraba.

—Nadie de quien debas preocuparte. Y no es el momento — susurró, pero el sutil cambio en su comportamiento era inequívoco. Ahora tenía más curiosidad aún.

—¿Quién es Valkan? —proseguí.

—Ahora no, Fia —siseó, mirando a nuestro alrededor.

Decidí dejarlo estar de momento.

Llegamos a un edificio de piedra grande que tenía pinta de encontrarse más cerca del centro del fuerte.

Las oscuras paredes se fundían con las almenas circundantes.

Vexa se detuvo delante para tirar de las pesadas puertas, cuyas bisagras gruñeron en protesta mientras nos permitían la entrada.

Capté el inmenso salón y los candelabros de hierro que arrojaban una luz parpadeante por la estancia que hacía que las sombras danzaran por las paredes.

El techo abovedado se mantenía sujeto por imponentes pilares grabados con insignias similares a las de los uniformes que llevábamos.

Unas mesas de madera grandes estaban dispuestas en filas, desgastadas por el paso de la gente con los años, con la superficie arañada y abollada.

En el extremo más alejado, había un inmenso fogón encendido, y el aroma del pan recién hecho llenaba el aire y se me hizo la boca agua sin querer.

Los trabajadores de la cocina se encontraban detrás de un mostrador de servicio sencillo con las caras coloradas por el calor mientras sacaban hogazas del fuego.

El ruido de la sala consistía en un murmullo constante de charlas, interrumpido por el arrastre de sillas y algunas carcajadas.

—Coged una mesa. Yo voy a buscarnos una bandeja —dijo Re thlyn antes de marcharse a la otra punta de la habitación sorteando mesas.

La escena me resultó tan familiar que dolía.

¿Cuántas veces habíamos pillado Osta y yo la cena de algún comerciante cerca de la botica de Ma y la habíamos compartido porque apenas nos podíamos permitir una?

¿Cuántas noches me había sentado con el equipo V en el cuartel mientras Raine me robaba comida del plato y Briar contaba historias absurdas?

Había dado por sentada a la gente. A mi gente. Y ahora me hallaba sentada en un comedor enemigo, rodeada de extraños, esperando a que un hombre al que apenas conocía me trajera comida.

Esprithe, cómo los extrañaba. A todos.

Me deslicé en la fría superficie de una silla de madera, consciente de los ojos que se habían clavado en mí desde el otro lado de la habitación. Me coloqué un mechón blanco detrás de las orejas puntiagudas.

Nadie había mencionado el strykka desde que dejamos el despacho de Urkin, pero flotaba en el aire a nuestro alrededor.

Lael, el chico de dieciséis años al que había visto entrenando en la ciudad, se sometería a las pruebas este año.

Así que no podría ser tan peligroso, ¿no? La idea me produjo cierto alivio.

Había accedido a entrar en el Vacío, pero el strykka…, bueno, no sabía nada de él. El peso de mi ignorancia me oprimía.

Rethlyn llegó con la bandeja cargada de hogazas humeantes, con una ya metida en la boca. Todas las manos salieron disparadas hacia la torre de panecillos, y yo aguardé hasta que todos parecieron contentos para coger el mío.

—Háblame del strykka —dije, pidiéndoselo a Aether en concreto por algún motivo que no alcanzaba a comprender. Vexa, por supuesto, contestó en su lugar.

—Hay tres rondas. Bueno, dos si no te seleccionan para la Unidad Umbría. —Sus palabras tenían un deje de orgullo.

—La Unidad Umbría, la de Aether, nos incluye a todos nosotros, los recipientes.

—Vexa hizo un gesto en torno a la mesa—.

Forma parte de las fuerzas de combate y está bajo el mando de Urkin —continuó, inclinándose un poco hacia delante—.

La primera prueba es combate básico, cuerpo a cuerpo.

Yo no me preocuparía mucho por eso. Necesitamos con desesperación soldados, así que las expectativas…

han bajado muchísimo. —Frunció los labios; una sombra de preocupación le cruzó el rostro—.

Luego está la observación de ataduras. Tendrás que enseñarle al Consejo tu…

, bueno, en nuestro caso, nosotros enseñamos nuestras ataduras…

Pero tú demostrarás… lo que sea que hagas.

—Qué bien —soltó Effie, observándose las uñas con un desinterés exagerado.

—Effie, no fue personal. Me estaba dando un ataque de pánico. Intentaba volver a casa —repuse con los ojos clavados en ella. Como si no fuera lo suficientemente obvio.

Ella se limitó a reclinarse en la silla y a cruzarse de brazos mientras se retorcía un tirabuzón de pelo negro azabache entre los dedos.

—Lo superará. Con el tiempo. —Vexa desvió la mirada hacia Effie de un modo que parecía íntimo, como si yo debiera apartar la vista. Habría jurado que Effie le rozó la rodilla a Vexa con la suya bajo la mesa; las dos compartían ahora una sonrisa rápida.

—¿Cuál es la tercera prueba? —pregunté, rompiendo el momento.

—Si tienes éxito en la prueba de combate y se juzga que tu atadura es poderosa, después deberás demostrar tu habilidad para unirte a los umbríos. Se te lleva al Vacío. Quien emerja formará parte de nuestra unidad. —La voz de Vexa tenía un tono rotundo que me puso el vello de punta.

—Entonces, básicamente me uniría a la Umbra, ¿no?

—pregunté, más borde de lo que pretendía.

La irritación se apoderó de mí, ardiendo bajo mi piel.

No era esto a lo que había accedido. Una cosa era ayudar con el Vacío.

Eso me permitiría mantenerme neutral, o, al menos, así me lo había justificado a mí misma.

Pero esto era algo muy diferente. No sabía si estaba preparada para comprometerme con otro reino.

No pensaba unirme a una causa que podría hacer daño a la gente de Sídhe, gente que me importaba. La mayoría ni siquiera tenía idea de que se estaba fraguando una guerra en la frontera occidental. Y los que sí no tenían ni idea de lo que hacíamos.

En este instante, no sabía si eso siquiera le daría lo mismo a la Umbra. Se encontraban más allá de la desesperación.

El suspiro de Vexa se coló en mis pensamientos.

—Sé que no es lo que esperabas. —Bajó la vista, sin mirarme. Ninguno de ellos lo hacía.

—Pues no. —Desvié los ojos hacia Aether, que seguía observando la ventana con arco del fondo. Tenía la clara sensación de que no estaba escuchando ni una sola palabra de lo que decía.

—Nunca mencionaste que esto formaría parte del acuerdo — solté en su dirección con un tono glacial.

Apretó la mandíbula antes de volver la cabeza hacia mí. Durante unos segundos, se limitó a mirarme, lo que me hizo sentir mucho más molesta.

—Él no confía en ti. Esto le demostrará que vas en serio. Los duskbound siempre están ligados a la Umbra; no es tan distinto de lo que teníamos en mente al principio. —Su voz sonaba ronca; no había ni rastro de la diversión que había mostrado hacía tan solo unos días.

—¿Que no es tan diferente? Me estaré comprometiendo con el enemigo de mi pueblo. Eso sí que significa algo para mí —espeté. Vexa y Effie desviaron la vista sin más, pero la mirada de Aether se intensificó.

—Nada ha cambiado. Nadie puede obligarte a hacer algo que no quieras. Tal y como ya he dejado bien claro. —Me taladró con los ojos mientras el labio superior se le crispaba a modo de disgusto.

De repente, noté la mirada de Vexa sobre mí, pero luego la volvió hacia Aether. La chica arqueó una ceja, aunque permaneció callada.

—Te lo voy diciendo ya. Si completo el strykka, seguiré sin responder ante nadie. Me niego a obedecer órdenes.

—Tampoco es que pudieras —espetó Aether.

Una parte de mí quiso tomarse esa pulla como un cumplido, pero la oscuridad de su tono me dejó claro que no era su intención.

—Quiero formar parte de las negociaciones.

A lo mejor tengo ideas, información que podría ser útil.

Compartiré lo que sea necesario con vosotros, pero no me obligaréis a luchar contra Sídhe.

Tiene que haber otra forma; una que no acabe con una destrucción mutua.

—Inhalé antes de proseguir—. El pueblo de Sídhe ni siquiera está al tanto de que hay una guerra en su máximo esplendor en la frontera occidental.

Ni la Guardia. Nos han engañado a todos.

No saben lo que hacen. Se merecen elegir.

Se merecen saber exactamente por lo que están luchando.

Aether me analizó; sus ojos al fin abandonaron los míos y me recorrieron de arriba abajo. Me removí en el asiento.

—Eso será cosa tuya y de Urkin. Primero tenemos que conseguir que superes el strykka —intervino Vexa.

—Quiero garantías de que todos me apoyaréis.

De que estaréis de acuerdo en respaldar mi postura cuando llegue el momento de las negociaciones.

Necesito saber por quién y por qué me voy a jugar la vida.

Necesito conocer el clima político… y a vuestra gobernante.

Quiero saberlo todo. Y cuando digo todo es todo.

Si accedéis a esto, entonces participaré en el strykka.

Effie soltó un bufido.

Vexa permaneció en silencio con los ojos fijos en Aether.

Rethlyn se mordió el labio.

—No sé si podemos acceder a…

—Trato hecho. —El gruñido áspero de Aether resonó por la mesa, haciendo que todos los ojos se clavaran en él.

—Aether, yo… —comenzó a decir Vexa.

—Si esa es la única manera de convencerla, pues que así sea —murmuró, y se levantó de la mesa; su enorme figura cubierta de cuero pareció absorber la luz de la zona.

—En ese caso…, ¿por qué no la llevamos a la asamblea? —sugirió Rethlyn.

—Ni de coña. No podemos permitir que sus hombres sepan de su existencia —replicó enseguida Aether.

—Acabas de acceder a contármelo todo y ya estás dejándome fuera de conversaciones y decisiones importantes —solté—.

Quizá ellos estén bajo tus órdenes, pero yo no.

Voy a ir. —Di un golpe sobre la mesa, no muy convencida de a dónde estaba accediendo a ir, pero consciente de que cualquier cosa sería mejor que pasar más días encerrada en la torre.

—No es una idea tan pésima, Aether. Ya sabemos que ella no siempre confía en lo que oye. Tiene que verlo —insistió Vexa—. Si quiere saber cómo funcionan las cosas aquí, quiénes nos gobiernan, este sería un buen momento.

—No veo las ventajas de que Valkan se entere de su existencia. —Las palabras de Aether eran tensas.

—No sé quién es ese Valkan, pero, si queréis que me adentre en el strykka, me tenéis que dejar que me implique en todo lo que ocurra a partir de ahora. Depende de ti, Aether. —Estaba bien tener una moneda de cambio.

—Y tampoco iríamos por ahí presentándola como una duskbound, claro. —Vexa puso los ojos en blanco.

Aether se limitó a apretar la mandíbula y no dijo nada más.

Vexa se frotó las manos.

—Muy bien. Effie, aquí es donde entras tú. ¿Cómo hacemos para que Fia asista a la asamblea?

Effie frunció los labios, complacida por el reconocimiento, pero no tanto porque tenía que ver conmigo.

—Supongo que algo se me ocurrirá.