Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

L a ciudadela atravesaba la niebla; sus torres se retorcían a una altura imposible hasta el crepúsculo infinito. Aunque la ciudad exterior estaba atestada de masas de gente desesperada, estas calles dentro de los muros del fuerte se encontraban tan vacías que era inquietante.

Aether me condujo por una serie de puestos de control; cada guardia más armado que el anterior.

Observaban todos mis movimientos sin jamás apartar las manos de las armas.

Incluso la ligereza de Rethlyn se había desvanecido y había sido reemplazada por un agudo estado de alerta mientras caminaba a mi lado.

El aire se hizo más frío cuando nos aproximamos a la ciudadela en sí, y pude haber jurado que las sombras se intensificaron y casi se convirtieron en líquido con sus movimientos.

Un grupo de hombres con uniformes de color carbón se hallaba más allá de la verja final, con unas insignias rojas que relucían como sangre fresca contra las mangas.

Algo en su calma me puso los pelos de punta.

—Los hombres de Valkan —murmuró Vexa—. No deberían estar aquí.

Aether movió la mano hacia su arma en un gesto sutil que propagó la tensión por nuestro grupo.

—Seguid andando —ordenó en voz baja y afilada—. No los miréis.

Yo ralenticé el paso en un esfuerzo por escuchar su conversación entre susurros. Sus voces tenían una resonancia extraña, como si se solapasen muchos tonos unos encima de otros.

—¿De verdad el Consejo ha accedido a las negociaciones? — susurró Effie, destilando incredulidad con cada palabra—. ¿Después de todo?

—¿No has hablado con tus padres? —preguntó Vexa, lanzándoles una mirada de preocupación a los hombres de gris—. Las cosas están cambiando. Muy rápido.

—Tenerla aquí ahora… —Rethlyn se calló cuando uno de los hombres de Valkan se giró y posó unos ojos blanquecinos en nuestro grupo. Rethlyn se acercó más a mí, casi protector—. Sobre todo tras lo que dijo Talon…

—Ya basta —lo interrumpió Aether con los hombros tensos—. Aquí fuera estamos expuestos.

La entrada de la ciudadela se alzaba imponente ante nosotros; un arco colosal de piedra pulida parecía tragarse todo el sonido.

Cada paso que dábamos para adentrarnos en la construcción hacía que me hormigueara la columna.

Los pasillos giraban en ángulos pronunciados, con antorchas a los lados que proyectaban más sombras que luz.

Los otros se movieron con familiaridad por el laberinto. Los guardias se encontraban en cada intersección, y sus armaduras reflejaban los tintes rojizos de las antorchas. Todos repararon en mí un rato demasiado largo antes de apartar la vista.

Giramos por un pasillo final que acababa en una inmensa puerta de madera reforzada con metal negro. La flanqueaban dos guardias con las manos sobre armas que parecían absorber la poca luz que llegaba tan adentro de la ciudadela.

—El general está listo para recibiros —dijo uno con un tono de advertencia en la voz mientras ponía los ojos en mí.

Aether se adelantó; de pronto, su presencia llenó el estrecho espacio.

—Entonces, no deberíamos hacerle esperar.

La sala de dentro parecía increíblemente amplia después de los pasillos estrechos; las paredes circulares se extendían hasta la oscuridad. Había una mesa enorme en el centro; en la superficie tenía grabado lo que parecía un mapa.

De inmediato, Rethlyn buscó un lugar contra la pared mientras Vexa empezó a rodear con calma la habitación, acariciando el filo de la mesa con los dedos.

—Pues a esperar —dijo, a pesar de que la tensión de sus hombros traicionaba su tono distendido.

El corazón me latía contra las costillas mientras miraba los mapas; había anotaciones de movimientos de tropas, líneas de suministro y algo más: las áreas oscuras que se extendían por todo Umbrathia como una enfermedad. La progresión de la sequía.

—Es el momento perfecto para dejar clara una cosa —dije, plantando los pies con firmeza en el suelo de piedra—. He accedi do a adentrarme en el Vacío. No he accedido a luchar contra Sídhe. No hasta que hayamos considerado cualquier otra opción.

El silencio siguiente fue tan pesado como para triturar una piedra.

—Ay, ¿verdad que es mona? —Effie se alejó de la pared—. Una estrategia pacífica. Mientras nuestra gente se muere de hambre.

—He decidido entrar en vuestro Vacío. He decidido escucha ros. —Mantuve la voz firme a pesar de la rabia que se me acumula ba en el pecho—. Pero no accederé con los ojos cerrados a…

—¿A qué? —me interrumpió Aether; las sombras tras sus ojos se intensificaron—.

¿A salvar un reino entero? ¿A detener la masacre de personas inocentes?

—Dejó caer una mano en el mapa con fuerza, justo sobre una región marcada con muchísimas cruceci tas—.

Cada marca es un pueblo, Fia. Muerto o abandonado.

¿Ya te has olvidado de lo que viste ahí fuera?

—Por supuesto que no —repliqué—. Pero tiene que haber otro modo. Si tan solo pudiera volver, hablar con… —Me detuve antes de mencionar a Laryk.

—Claro. Porque es obvio que ellos van a escuchar a una dominadora de las sombras. —La risa de Effie fue tan afilada como un cristal roto—. Asúmelo, ahora eres una de nosotros. Te guste o no.

—Yo no soy como vosotros.

—Es evidente. —Se le oscurecieron los ojos—. Nosotros sí que luchamos por lo que creemos. No nos escondemos en torres y fingimos que el mundo no se está muriendo a nuestro alrededor.

Vexa se interpuso entre nosotras, pero, antes de que pudiera hablar, la temperatura de la habitación disminuyó. Las sombras en las esquinas parecieron retroceder cuando la puerta se abrió con la suficiente fuerza como para hacer que las paredes se agitaran.

Un hombre, que debía de ser el general Urkin, llenó la entrada.

Era mayor de lo que me esperaba; llevaba el pelo gris oscuro peinado hacia atrás, apartado de manera pulida del rostro, que parecía estar tallado en la misma piedra que la ciudadela.

Su uniforme estaba impoluto, solo decorado con una serie de insignias pequeñas en el cuello que captaban la luz.

Los demás se pusieron firmes. Hasta la sonrisa de suficiencia de Effie se desvaneció.

—General —dijo Vexa, inclinando la cabeza.

Urkin recorrió la habitación con aquellos ojos oscuros antes de fijarse en mí con el peso de una avalancha. Cuando habló, su voz era tan áspera como la piedra contra el acero.

—Así que esta es la prisionera de Sídhe.

—Entró en la sala como un depredador, sin quitarme la vista de encima—.

La que decís que es una duskbound. —La palabra «prisionera » me golpeó como un puñetazo, pero me obligué a sostenerle la mirada.

Todos mis instintos gritaban que apartara la vista de esos ojos oscuros.

—Sí —contestó Vexa con firmeza, a pesar de que me di cuenta de que tensó más los dedos alrededor de su cinturón de armas.

—Interesante. —Urkin me rodeó con pasos medidos, y cada pisada resonaba en el silencio repentino—. ¿Y por qué debería creerme eso exactamente? ¿Por qué debería creerme nada sobre ella? —La voz se le volvió más grave y adquirió un tinte peligroso.

—Señor… —empezó a decir Vexa, pero Urkin alzó la mano al instante y la cortó.

—¿Sabéis lo que veo yo? —Se detuvo directamente delante de mí, tan cerca que pude percibir la ira ardiéndole en los ojos—. Veo a una espía. Una amenaza potencial. Alguien que muy bien podría estar tomándoos a todos por idiotas mientras su reino continúa drenando al nuestro. —Curvó el labio.

—Con todo respeto, señor —soltó Aether; su voz rompió la tensión con tanta calma que dio miedo—. Si es una espía, es la peor que he visto jamás.

Urkin desvió la atención hacia donde Aether se encontraba entre las sombras.

—Y os habéis encariñado todos mucho, ¿no? —Sus palabras rezumaban desprecio—. La habéis llevado a los establos, le habéis enseñado la ciudad. ¿Os habéis olvidado de lo que es? ¿De dónde viene? —Se volvió hacia mí y clavó los ojos en los míos—. Dime, chica, ¿a cuántos de mis soldados has matado?

La pregunta me dejó sin aliento.

—Luchaba por lo que creía —respondí, con la voz más segura de lo que me sentía—. Al igual que vuestros soldados.

—¿Y ahora? —Entrecerró los ojos hasta que solo se le vieron unas rendijas—. ¿En qué crees ahora?

—Creo que hay más en esta guerra de lo que me contaron. —Las palabras parecían incorrectas, pero eran ciertas—. He visto lo que le está ocurriendo a vuestro reino. No obstante, también creo que debe de haber una forma de detenerlo sin derramar más sangre.

Urkin soltó una carcajada.

—Ingenua. Completamente ingenua. —Se giró hacia Aether con el disgusto evidente en cada línea del rostro—. ¿Esto es lo que me has traído? ¿A una muchacha con sueños idealistas de paz?

—Te he traído a una duskbound —contestó Aether, dando un paso adelante. Su voz tenía un filo que no había oído antes—. La primera nacida desde hace más de un siglo fuera del linaje real.

—Eso sigues repitiendo. —Urkin se acercó a la mesa y apoyó las manos con tanta fuerza sobre la superficie que hizo que los marcadores de metal repiqueteasen—. Ya sabes lo delicadas que están las cosas ahora mismo. No tengo tiempo para esto. El Consejo se ha dejado influir…

—¿Quién del Consejo aceptaría sus términos? —interrumpió Effie, y un miedo genuino se abrió paso en su rostro marcado—. Sé que mis padres no.

—Está dividido —respondió Urkin, dirigiéndole una mirada de advertencia que hizo que ella diera un paso atrás—. Conforme van empeorando las cosas, la gente se está volviendo más… abierta a soluciones extremas.

—La reina jamás lo permitiría —dijo Rethlyn en voz baja—. No si estuviera en su sano juicio.

Entonces, algo pasó entre ellos, una serie de palabras no dichas que hizo que el aire se espesara hasta llegar a ahogar. Yo observé sus rostros, intentando unir los puntos de lo que me estaba perdiendo.

—Tenemos una alternativa. —Aether se acercó más sin dejar de mirar a Urkin—. Lo siento en ella. Las sombras le responden de una manera que nunca había visto antes.

—¿Y quieres llevarla al Vacío? ¿Ahora? —La voz de Urkin estaba cargada de escepticismo—. ¿Con todo lo que está pasando?

—Ahora es justo el momento en el que tenemos que hacerlo.

—Me estás pidiendo que confíe en la palabra de una espía extranjera…

—Te estoy pidiendo que confíes en la mía. —Las palabras de Aether cortaron el aire con la suficiente fuerza para que hasta Urkin se detuviera. Los dos hombres se quedaron mirándose el uno al otro, desarrollando entre ellos una lucha de voluntades silenciosa.

Al final, Urkin se irguió y compuso una expresión fría y calculadora.

—Muy bien. ¿Queréis demostrar que es una duskbound? Entonces, dejad que lo demuestre ella ante el reino también. —Se giró hacia mí, y la forma en la que me miró hizo que se me helara la sangre—. Entrarás en el Vacío durante el strykka.

—¿Durante las pruebas? —Vexa alzó las cejas, un gesto de verdadera sorpresa que le hizo perder la compostura—. Pero, señor…

—Si sobrevive a las tres pruebas —los labios de Urkin se curvaron en algo que no parecía una sonrisa—, entonces tal vez os crea. —Clavó los ojos en mí, llenos de desafío y algo más oscuro.