Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

M e concedí unos minutos para adaptarme a la sensación de ser llevada por el aire y traté de ignorar a mi pasajero no deseado.

De momento, solo había permitido que el vördr liderara el camino, elevándose entre las nubes durante lo que debió de haber sido media hora como mínimo.

No sabía exactamente qué tenía que hacer yo, cómo se suponía que debía dirigirlo.

No había riendas. Nunca había montado un caballo normal sin riendas… en el suelo.

—Si quieres que gire, presiona con la pierna en el lado opues to a la dirección que deseas ir. —Me llegó la voz de Aether. Había mos estado montando en tal silencio que casi se me había olvidado que iba detrás de mí.

Probé su consejo y presioné la pierna izquierda contra el flanco de Tryggar, pero el vördr se limitó a bufar y continuó su camino todo recto como si yo no hubiera hecho nada.

—No responde —le dije.

—Hazlo más fuerte. Tiene que saber que vas en serio.

Clavé el talón con más firmeza, pero Tryggar parecía habérselo tomado como un reto y, en su lugar, aceleró y se elevó más en el cielo. La repentina aceleración hizo que me aferrara al cuerno de la silla de montar con tanta fuerza que se me quedaron los nudillos blancos. Aether me apretó más fuerte.

—Se ve que tienes que mejorar tus métodos de enseñanza —susurré entre dientes.

Planeamos justo por encima de las nubes, con la gélida niebla azotándome la piel, antes de que Tryggar decidiera al final atrave sarlas por su cuenta. El paisaje que había debajo apareció a la vista, y el intenso aliento que inhalé no tuvo nada que ver con la altitud.

El mundo abajo se desplegó como una pesadilla hecha realidad. A medida que descendíamos, se me cerró la garganta con un grito que me costó bastante contener. Esto no era solo destrucción, era erradicación.

Unos cauces fluviales secos surcaban la tierra como heridas abiertas, y lo que debió de haber sido en la antigüedad un bosque se erguía como nada más que un cementerio de extremidades retorcidas que se alzaban hacia un infinito cielo crepuscular.

Cada detalle que se hacía nítido lo notaba como un golpe físico.

Creía que las condiciones de la ciudad eran horribles, pero aquello no tenía ni punto de comparación con el mundo gris que veía debajo.

Esto era la muerte en sí misma, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Y esto lo habíamos provocado nosotros. Los aossí. Sídhe. La Guardia a la que había jurado mi vida.

Una oleada de náuseas me invadió. Recordé nuestras lecciones de entrenamiento, aprendiendo a luchar contra los espectros, cómo se me hinchó el pecho cuando Laryk me dijo que yo era la respuesta, que yo era lo que había estado buscando para por fin aniquilar la amenaza exterior.

Seguro que él no sabía todo esto, ¿verdad?

Me había hecho sentir que nosotros éramos los buenos, que luchábamos por nuestro reino, por nuestra supervivencia.

No habíamos sido héroes. Habíamos sido verdugos.

—Ya no queda nada —logré decir. A mis espaldas, notaba el silencio de Aether pesado, acusador.

—No, prácticamente no.

Volví la cabeza e intenté divisar su expresión, pero su rostro se guía imperturbable como siempre, oscurecido por su pelo negro.

—La sequía se ha propagado, y con ella, la muerte. Se han abandonado pueblos enteros. Las cosechas se han echado a perder. Las fuentes de agua se han convertido en polvo.

El estómago se me revolvió como resultado de la mezcla de la altitud y la desalentadora realidad de abajo. Presenciarlo lo hacía demasiado real.

Tryggar agitó las alas y la criatura soltó un sonido grave y gutural, casi como si también lamentara el estado de la tierra. La sombra del vördr se extendió sobre el terreno; un espectro fugaz pasando sobre los restos de lo que una vez había sido.

Me fijé en un cúmulo de ruinas abajo. Lo que antaño fuera una plaza de un pueblo en la actualidad era una maraña de techos derrumbados y paredes hechas añicos.

Me imaginé a la gente que había vivido allí, a los niños jugando, a los comerciantes regateando, a los mayores compartiendo historias junto al fuego. Ahora no eran más que fantasmas.

—Aterricemos. Hay un claro allí justo a la izquierda. —Me llegó la voz de Aether desde atrás.

—¿Que aterricemos? ¿Cómo se supone que voy a…?

—¿Cómo esperabas que volviéramos al suelo? —Sus palabras rezumaban esa calma irritante que siempre lograba mantener, algo que su agarre en mi cintura empeoraba aún más.

—Bueno… —comencé a decir, a punto de bufarme a mí misma al darme cuenta de que no había llegado a pensar tanto.

A ver, tampoco se me había ocurrido que hoy estaría volando—.

¡Creía que Tryggar acabaría llevándome de vuelta a la ciudad y me dejaría en el prado!

—grité a través del viento, apretando la silla mientras nos elevábamos más alto y el terreno se reducía a un borrón.

Aether me rozó la oreja con su voz:

—Pues te las has arreglado para atraer al vördr más cabezota de la manada. Si de él dependiera, podrías acabar en la otra punta del reino.

Apreté la mandíbula.

—No me tientes.

Tryggar soltó un resoplido fuerte y viró a la derecha. El viento que movió con sus alas azotó con fuerza, y el estómago me dio un vuelco por el movimiento repentino.

—Ten cuidado. Sería una pena que te cayeras.

Le lancé una mirada asesina por encima del hombro.

—¿Cómo me voy a caer? Si prácticamente estoy pegada a ti.

Noté cómo me invadía el pánico, que ascendía desde el pecho y me oprimía la garganta. Esto no tenía nada que ver con montar un caballo. No había riendas. No había correas a las que sujetarse. Me encontraba a merced de una bestia descomunal y obstinada.

—¡Tryggar! —chillé medio asustada, medio frustrada mien tras intentaba presionar los talones contra sus flancos, pero el vör dr siguió volando sin más, como si su única misión fuera elevarse lo más alto posible, ajeno a mi angustia.

La voz de Aether me llegó a través de mi creciente frustración.

—Tienes que controlarlo, no solo gritarle.

—No le estoy gritando… ¡Le estoy suplicando!

—espeté; las palabras me salieron en un siseo jadeante cuando Tryggar desplegó más las alas.

Nos inclinamos de manera peligrosa, descendiendo con demasiada brusquedad hacia el suelo.

Podía ver el pueblo en ruinas abajo, los techos destrozados y la piedra resquebrajada, y el corazón se me aceleró. Estaba volando derecho a eso.

—¡Esprithe! Aether, ¡vamos a morir! —chillé con el pánico apoderándose de mi voz mientras el suelo se acercaba demasiado rápido.

—¿Le pides ayuda a los Esprithe o a mí? —preguntó sin más, a pesar de que caíamos en un descenso estremecedor.

—¿Qué hago? —grité.

La voz de Aether permaneció tranquila; ya no parecía divertida ni cortante, casi como si yo fuera la única irrazonable.

—Tienes que hacer que reduzca la velocidad. Presiona los talones y tira hacia atrás del cuerno de la silla de montar. No te limites a sujetarte como si te fueras a caer.

—¡Eso intento! Pero parece que no lo nota —medio chillé, apretando los puños a medida que el suelo se acercaba más. El descenso de Tryggar era demasiado rápido, demasiado pronunciado.

—¡Presiona con los talones, Fia! ¡No se va a detener solo porque se lo pidas!

Apreté los dientes y clavé los talones con más fuerza contra el vördr justo cuando Aether se movió y estampó las piernas contra las mías, apretándolas fuerte contra la bestia.

Si no estuviéramos conduciéndonos posiblemente a la muerte con esta caída, lo habría matado yo misma por esta completa invasión al sentirlo tantísimo contra mí.

El calor me arrasó en el instante en el que su cuerpo se tensó contra el mío.

Su aliento me calentó la oreja incluso mientras el viento nos golpeaba al pasar.

Con una última embestida de Aether, una que sentí como si pudiera romperme las piernas, Tryggar movió al fin las alas y redujo la velocidad.

Fue repentino pero suficiente. Justo cuando estaba a punto de retorcerme para liberarme de él, Aether aflojó su agarre y se deslizó hacia atrás en la silla.

Aún nos tocábamos, aunque ya no me envolvía el cuerpo con el suyo.

Exhalé con fuerza, pero seguía notando el corazón yéndome a mil a medida que el suelo se acercaba. Me esforcé por tirar del cuerno y traté de mantener las manos firmes mientras el viento nos golpeaba.

El suelo estaba ya justo delante. Podía divisar las estructuras en ruinas, la madera astillada y la roca resquebrajada. Tryggar inclinó un poco las alas, justo a tiempo, y aterrizamos con un golpe estremecedor sobre la tierra agrietada de abajo.

Tryggar relinchó y estiró el cuello mientras rascaba el suelo con las patas, tan tranquilo.

Yo, por otra parte, sentía como si fuera a colapsar allí mismo en la silla. Todavía me aferraba a la montura como si mi vida dependiera de ello, con el pecho agitado por la conmoción.

Me bajé de Tryggar con las piernas temblorosas, manteniendo el equilibrio a duras penas. Estuve a punto de caerme de bruces contra el suelo desde tal altura; levanté una nube de ceniza en el aire con las botas.

Aether ignoró mi casi colapso emocional.

—Bueno, pues hemos sobrevivido.

Lo fulminé con la mirada por encima del hombro con el corazón aún acelerado.

—No gracias a ti.

Me encorvé, me llevé las manos a las rodillas e intenté recuperar el aliento.

—Das pena como instructor —le dije a Aether—. Y, Tryggar, tú y yo vamos a tener unas palabras cuando volvamos a los establos.

El vördr se alejó sin más, pavoneándose y levantando polvo a su paso mientras se aproximaba a unos árboles torcidos y esqueléticos.

—No va a dejarnos aquí tirados, ¿verdad? —pregunté.

—Permanecerá cerca. —La voz de Aether había adoptado un tono distinto.

Miraba más allá de mí y parecía que el arrepentimiento se hubiera apoderado de sus facciones marcadas; el cabello oscuro se le apartaba de la frente con la brisa.

Me enderecé, me giré y vi que él estaba observando lo que debió de haber sido un jardín en algún momento, hacía ya mucho.

El terreno estaba agrietado y seco y tenía un color gris parduzco que poco se parecía al de la tierra.

No había semillas, césped ni el más mínimo indicio de vida a la vista.

Donde una vez había habido plantas, quedaban solo restos deformados y quebradizos, tallos y raíces rotos o reducidos a la nada.

El enrejado oxidado se retorcía en ángulos extraños; su estructura enredada con los restos de vides que hacía mucho que se habían marchitado.

Filas que antaño habían estado llenas de verduras ahora no eran más que surcos vacíos; el terreno se veía tan estéril que parecía hueco.

No había insectos, pájaros ni señales de nada floreciente.

Ma habría llorado al ver esto.

Me la imaginé con claridad: el modo en el que habría pasado los dedos por el suelo, comprobando su riqueza, explicando qué plantas necesitaban sombra y cuáles sol.

—Las plantas son muy resilientes —me dijo una vez—. Lucharán por sobrevivir hasta en las peores condiciones. Solo tienes que darles una oportunidad.

Pero nada podía sobrevivir aquí.

Una quietud silenciosa se propagó por el paisaje mientras lo asimilaba.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

—Esto era el pueblo de Croyg —explicó, dejándome atrás y caminando hacia el jardín, rompiendo unas ramitas con las bo tas—. Era el mayor proveedor de productos agrícolas del reino.

—¿Cuándo cayó?

—Hace dos años. —Sus palabras me impactaron.

—Parece como si hubiera sido abandonado hace décadas — susurré, contemplando la devastación total.

—Lo evacuamos y nos llevamos a los habitantes a Ravenfell.

Muchos se negaron; no querían dejar sus pertenencias y su hogar atrás.

Los que se quedaron acabaron buscando refugio en Draxon o murieron aquí en sus casas.

—Aether se giró, pero no me miró. En su lugar, clavó la vista en la tierra—.

Lael era uno de los niños que llevamos a la ciudad. Sus padres ya habían muerto.

Me quedé allí plantada sin saber qué decir. Sin saber qué sentir.

—La última vez que estuve aquí fue el día que el cielo se detuvo. Primero fue el sol y luego la luna. La noche y el día se volvieron uno solo. Las estaciones se difuminaron unas con otras. Estamos atrapados, atrapados reviviendo el mismo día una y otra vez hasta que el reino muera.

—¿Lucháis por esto? —La amargura en mi voz me sorprendió hasta a mí, pero no podía contenerme—. ¿Por una tierra que ya está muerta?

Incluso mientras lo decía, la vergüenza me embargó.

Esto no iba solo de una tierra que se moría. Iba de la gente, de la gente que no había hecho nada para merecer esta muerte lenta. De la gente que todavía encontraba formas de vivir, de tener esperanza, incluso aunque el mundo se derrumbara a su alrededor.

Sin embargo, ayudarlos significaría volverme en contra de todos y de todo lo que había conocido. Significaría aceptar que la prosperidad de Sídhe se había edificado sobre esta devastación. Que mi servicio a la Guardia había contribuido a esto.

—¿Tú los abandonarías? —La pregunta de Aether se coló a través de mis pensamientos.

—No —susurré.

Sentí la palabra a la vez como verdad y como traición.

—¿Cómo sabes que puedo ayudar siquiera? —Parecía increíble.

—Porque eres nuestra última esperanza —susurró Aether—. La reina Andrid no es mucho más duskbound de lo que lo soy yo. Ya no. Esos poderes se disolvieron junto con su mente. Y, sin una verdadera dominadora de las sombras, no tenemos oportunidad de sobrevivir.

Paseé la mirada sobre la tierra muerta a nuestro alrededor y me di cuenta de que estaba suspirando.

—Lo haré —dije al fin con un tono más seguro del que sentía—. Entraré en el Vacío.

Me observó en silenciosa contemplación.

—Para empezar, te llevaremos mañana a ver a Urkin —acabó replicando.

—¿Debería tener miedo?

Aether no respondió.