Capítulo 8 #2
La bestia resopló, y su aliento era cálido y tenía un ligero olor a ceniza. Se inclinó hacia delante un poco, lo justo para que yo le pasara la yema de los dedos por el hocico.
Detrás de mí, la voz de Aether era como una daga.
—Cuidado. Puede oler el miedo.
Le lancé una mirada por encima del hombro.
—No me estás ayudando.
—No es mi intención —contestó con los ojos resplandecientes.
—Vamos —le susurré a la bestia, haciéndole un gesto hacia la entrada—. Aquí.
Tryggar bufó, y sus pezuñas gigantescas crujieron contra el suelo mientras vacilaba. No se acercó a mí, aunque tampoco huyó volando. «Vördr cabezón».
Divisé una montura en un estante cercano, sencilla y desgastada pero funcional, y la bajé, tambaleándome un poco bajo su peso. La arrastré hacia la plataforma de montar y subí hasta la mitad de las escaleras.
—¡Tryggar! —lo llamé de nuevo; esta vez con la voz más suave, más suplicante. La sombra del vördr ocupó toda la entrada de la puerta mientras echaba un vistazo dentro.
—Vas a espantarlo —me advirtió Aether. Ahora estaba más cerca—. O te vas a hacer daño tú. Es doloroso verlo, la verdad.
—Pues entonces deja de mirar —solté, manipulando las correas con torpeza. Tryggar se removió incómodo, azotando la cola detrás de él, pero no se apartó.
—Qué técnica tan interesante.
—Cállate —murmuré con los dientes apretados, tirando de la correa con más fuerza.
Tryggar resopló y yo me estremecí, haciéndome a la idea de que él iba a huir hacia el prado.
No obstante, en vez de eso, se quedó parado, clavando los ojos en los míos.
A mí me temblaban las manos cuando me subí a la plataforma de montar—.
Muy bien, Tryggar, vamos a dar una vuelta —dije, y le di un empujoncito.
—Esto va a estar bien —soltó Aether.
Lo ignoré, reuniendo cada pizca de valentía que tenía. Nuestra última interacción había ido genial, pero había sido en el suelo. No sabía cómo reaccionaría a que lo montaran. Inspiré hondo y traté de deshacerme de los nervios.
«Vale. Puedes hacerlo».
«Tres… Dos… Uno…».
Con un salto torpe pero decidido, pasé una pierna por encima del lomo de Tryggar y me acomodé en la montura. No fue un movimiento grácil, al contrario. Casi me caí y el pie se me quedó enganchado con torpeza en el estribo. Pero me mantuve subida.
Tryggar se sacudió debajo de mí, moviendo las alas a toda prisa, aunque no me tiró. Exhalé hondo, y me invadió un sentimiento de alivio mientras me enderezaba.
—Buen vördr —dije, sorprendida. Estiré la mano hacia abajo y le acaricié la mejilla—. Ahora, llévame lejos de este hombre.
Tryggar resopló, y aquello casi sonó como una risa. Dio un paso adelante y dudó, como si se estuviera acostumbrando a mi peso. Pero luego dio otro, y otro, hasta que salimos del establo.
—Mírala cómo se va —soltó Aether impasible.
Tryggar mantuvo un trote constante por el prado. Fue entonces cuando se me vino a la cabeza que Vexa y yo no habíamos llegado tan lejos en nuestras clases de montar a vördr. ¿Cómo… se suponía que iba a cabalgar a este animal gigante?
—Muy bien, estoy impresionado —admitió Aether, aunque su tono era tan plano que era irritante—. Ahora, tráelo de vuelta y practica cómo desmontar.
—¿Al campo? —pregunté a la bestia con amabilidad, pero tenía la vista fija en el muro de piedra. Oí los crujidos de los pasos de Aether a mis espaldas.
—Vas a marcharte volando, ¿verdad? —El tono de Aether sonó apenas como un susurro.
Se me encogió el estómago cuando seguí la mirada de Tryggar y me percaté con un horror cada vez mayor que volar era lo que la bestia pretendía exactamente.
«Ay, Esprithe»—. Como te he dicho antes…
—Aether suspiró—, eres completamente insufrible.
Estuve a punto de girar la cabeza cuando algo se estampó contra mí. Con dureza. La fuerza me sacó el aire de los pulmones, me sobresalté y casi me resbalé de la montura.
El movimiento repentino sobresaltó a Tryggar.
El vördr se encabritó con un relincho agudo, y yo me agarré al cuerno de la silla y me aferré a él como si mi vida dependiera de ello mientras sus cascos golpeaban el aire antes de estamparlos en el suelo.
El terreno se sacudió bajo su peso, y los músculos se le ondularon como olas.
—¿Qué has hecho? —espeté hecha una furia.
—Será mejor que te agarres —murmuró Aether con su aliento rozándome la oreja.
No pensé, solo reaccioné y llevé el codo al costado de Aether con tanta fuerza como pude reunir. Él se limitó a soltar un gruñido suave en respuesta.
Antes de que le pudiera decir que despegara, Tryggar se abalanzó hacia delante y corrió por el prado a toda velocidad.
Aether me envolvió con los brazos, agarrándome con firmeza contra su pecho.
El cuero áspero de su armadura me rozaba la espalda y mi cabello ondeaba con violencia por el viento, azotándole la cara a él. «Bien». Esperaba que le molestara.
—Estás demasiado cerca —murmuré entre dientes apretados, intentando no sentir arcadas por la proximidad.
Él no dijo ni una palabra, pero reparé en la sutil subida y bajada de su pecho, como si estuviera conteniendo algo mayor que una risa, una enorme carcajada descontrolada.
Un grito se me atragantó en la garganta cuando Tryggar puso rumbo a una plataforma de lanzamiento inclinada y se lanzó hacia el cielo. La fuerza del salto hizo que se me subiera el corazón a la garganta. Desplegó las alas con un chasquido atronador, captando el viento.
El suelo se desvaneció bajo nosotros en un instante; el mundo disminuía mientras las alas de Tryggar se deslizaban por el cielo.
El aire me golpeó como un látigo e hizo que empezara a respirar de forma entrecortada.
Debería haber sentido miedo; mi mente pedía a gritos la seguridad de la tierra firme, pero lo único que podía oír era el estruendo de mi pulso en los oídos.
Y, por primera vez en muchísimo tiempo, sentí un tirón en las comisuras de los labios.
Me había estado ahogando. Cada momento de silencio, cada segundo pasado encerrada en esa torre, había sofocado algo en mi interior, algo que no sabía que estaba perdiendo hasta ahora.
Agarré con más firmeza la silla de Tryggar mientras él se inclinaba y se elevaba más alto. El suelo ya era un recuerdo. La ciudad que estábamos dejando entre el polvo, los muros tras los que me habían capturado… ya no existían. No aquí arriba.
Parecía que era la primera vez que respiraba de verdad en me ses.