Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

– B ueno, está claro por qué no empezasteis contándome eso. —Las palabras me salieron afiladas, pero no igualaban el temblor de mis manos, el hueco que se me extendía por el pecho. Algo antiguo que consumía todo lo que tocaba. ¿Eso era lo que me había llamado? ¿Eso era lo que vivía en mi interior?

Me levanté de la silla de un salto; necesitaba moverme, escapar del peso que me estaban poniendo sobre los hombros.

—Espera, Fia. Sé lo que parece —gritó la voz de Vexa a mis espaldas—. Lo que debes de estar sintiendo…

—No tienes ni idea de cómo me siento. —Me giré; la voz me salía más segura de lo que me encontraba—. Recuerdo cómo noté las sombras en Emeraal. Lo que me hicieron. —Me llevé una mano al pecho, donde las sombras que Aether me había inyectado todavía se removían bajo la piel—. Casi me pierdo.

La habitación se quedó en silencio. Hasta la quietud perpetua de Aether pareció intensificarse.

—Y eso me aterroriza —admití, con la verdad ardiéndome en la garganta—.

Porque ¿y si entro en ese Vacío y no salgo?

¿Y si lo hago, pero ya no vuelvo a ser la misma?

¿Y si…? —Tragué saliva con fuerza, expresando el miedo que había estado incrementándose desde que las sombras me alcanzaron por primera vez.

Rethlyn se removió incómodo en el sitio, pero a Vexa se le suavizó la mirada; parecía que me entendía.

Effie se limitó a parpadear, como si no pudiera entender mi insistencia.

—A ver, está claro que eres algo más. Esa es la cuestión, ¿no?

Me di la vuelta y me alejé, con la mente atrapada en algún lugar entre la ira y la desesperación. La voz de Aether cortó el aire, afilada y fría.

—Huir no cambiará lo que eres.

Empujé la puerta y salí al pasillo; necesitaba escapar del peso de sus expectativas, de su certeza, de su aceptación casual de lo que me estaban pidiendo.

No obstante, mientras me alejaba, la pude sentir: la oscuridad en mi interior, moviéndose y estirándose como si estuviera despertando al fin.

Como si hubiera estado aguardando todo este tiempo a que me diera cuenta de su presencia.

Y tal vez aquello era lo que me aterrorizaba más de todo. No que pudiera fallar, sino que quizá lo lograse. Que entrara en el Vacío y descubriera que esto era lo que estaba predestinada a ser todo este tiempo.

Oí pasos en el pasillo y aceleré el ritmo.

—¿A dónde vas? —gritó Vexa.

—A los establos.

—Pues vas en sentido contrario —intervino Rethlyn.

Me detuve, inspiré hondo, tratando de controlar la ira que crecía en mí, y, despacio, me giré sobre los talones y pasé por delante de ellos.

Sin embargo, fue Aether el que vino detrás de mí entonces, con su silueta cerniéndose sobre la mía.

Por el rabillo del ojo, vi cómo se enroscaban sus sombras.

Casi podía notar cómo me taladraba la espalda con la mirada, lo que hizo que los vellos de la nuca se me pusieran de punta.

Hoy no iba a dejar que nadie me llevara al hombro.

—Bueno, esto es lo ideal —dijo.

Sus palabras destilaban una especie de humor nauseabundo, hicieron que me ardiera la cara.

Por todos los Esprithe, lo odiaba muchísimo.

Siempre estaba al acecho en cualquier esquina como un acosador trastornado.

¿Qué veían siquiera los demás en él? ¿El segundo al mando?

Estaba claro que en Umbrathia había falta de juicio.

Solo necesitaba tiempo para pensar, para respirar, joder.

Sola. Pero sus pasos permanecieron a unos pocos de los míos, arañando el suelo de piedra, provocando un sonido muy desagradable.

Era como si se deleitara irritándome, como si disfrutara haciéndome rabiar.

Parecía ser el único momento en el que se divertía un poco.

¿Y podía ver mi telaraña? No me extrañaba que siempre supiera cuándo detenerme. No se me ocurría otra persona peor para que tuviera esa capacidad. ¿Y por qué la podía ver?

«¿Qué es él?».

Si nadie me dejaba sola, iba a explotar. Sin tener intención de hacerlo, sentí cómo la telaraña me golpeaba las vértebras y comenzaba a ascender.

—Dejadnos —gritó Aether al resto de ellos en un tono de advertencia, y estos se detuvieron—. Yo me encargo de ella.

«¿Que se iba a encargar de mí?».

Me precipité hacia la puerta y la abrí de un golpe antes de pisar el césped marchito del prado y ver el pico del techo de los establos a lo lejos.

Recé por que Tryggar se encontrara en los establos, por que pudiera montarlo.

De todas formas, iba a intentarlo. Era la única manera que se me ocurría de tener algo de tiempo para mí misma, sin ninguno de los umbra pululando a mi alrededor.

No eran idiotas; no es que tuviera la oportunidad de escapar en realidad.

No sabía a dónde ir, en qué lugar nos situábamos con respecto a la brecha, a Sídhe.

Ni siquiera quería volar. Solo deseaba alejarme de este sitio durante un puñetero momento.

Dirigí la vista al paisaje ceniciento del mundo que se hallaba más allá del muro. Quería ir allí.

—Si te acercas a un vördr desde atrás así, te dará una coz en la cara —dijo Aether justo a mis espaldas.

—Estupendo. Un coma es justo lo que necesito para tener unos minutos de felicidad alejada de ti. —No ralenticé el paso.

—Es más probable que te mate la patada de un vördr que el Vacío —apuntó Aether con calma, como si fuera una estadística conocida.

—No suena muy prometedor —repliqué, buscando entre las cuadras a Tryggar.

—Entonces ¿eres una cobarde? ¿Como el resto de tu reino?

Casi me atraganté por la audacia.

—¿Que nosotros somos los cobardes? Vosotros os escondéis detrás de sombras.

—Pues claro que lo sois. Tienes la verdad literalmente delante de las narices y sigues huyendo de ella, sigues tratando de negarla. Eso es lo que está pasando aquí. —Su voz se volvió oscura.

—Yo no huyo de nada salvo de ti. Necesito pensar. Necesito procesar todo esto. Y tú no dejas de estar encima de mí.

—Te he dado seis semanas de espacio —respondió. Casi pude sentir cómo se encogía de hombros.

—Encarcelarme no es precisamente darme espacio. —Al final me volví hacia él y casi me choqué con su ancha figura. Mi voz se volvió un gruñido bajo—. Déjame sola.

—No. No hasta que accedas a colaborar con nosotros.

—Sé que, con toda probabilidad, estarás acostumbrado a darle órdenes a todo el mundo a tu alrededor, pero conmigo no va a funcionar. Esta será mi decisión. Ya me han quitado mi capacidad de elegir antes. No volverá a pasar de ningún modo —repliqué mientras él alzaba una ceja.

Aquello pareció dejarlo pasmado durante un instante.

—¡Tryggar! —Ahuequé las manos alrededor de la boca y grité al cielo. Los vördr volaban en el horizonte, pero estaban muy lejos. No podía distinguir si se encontraba entre ellos. Ni siquiera sabía si podría oírme.

Una risa resonó a mis espaldas.

—Pero si no sabes ni montarlo. —Sus palabras volvían a tener una capa de diversión oscura. Necesitaba que ese vördr plateado aterrizara. Ahora mismo. A ser posible, en la cabeza de Aether.

—Mírame —le contesté con una sonrisa tan dulce que resultaba empalagosa seguida de una peineta con las dos manos.

La carcajada de Aether se hizo más intensa, y entrecerró los ojos con un brillo depredador.

—Ay, esto va a estar bien. —Se cruzó de brazos y se apoyó con indiferencia contra la puerta del establo, como si se estuviera preparando para ver un espectáculo—. Así que no seré yo quien te detenga. Vamos. Llama a tu bestia.

Me mordí la lengua para no responderle; no quería darle esa satisfacción. Observé el horizonte otra vez, con el corazón lleno de frustración.

—¡Tryggar! —chillé, esta vez más fuerte. El sonido de un aleteo de alas contestó débilmente a lo lejos, y entorné los ojos, observando un destello plateado atravesar el cielo gris. El alivio me invadió—. Tus dotes de negociación no son tan poderosas como te imaginas —espeté.

Se le contrajo el labio, pero no picó. En vez de eso, se enderezó y se acercó más. Demasiado.

—Esto no va de poder —dijo en voz baja—.

Va de sobrevivir. Crees que estás huyendo de mí, pero estás huyendo de lo que eres.

Y los duskbound no se limitan a absorber el Vacío, lo controlan.

Lo mantienen contenido. Si fueras capaz de pasar cinco minutos sin montar un berrinche, tal vez alguien te lo podría explicar como es debido.

Solté una carcajada amarga y mordaz.

—Oh, Aether, ilumíname, por favor, porque hasta ahora lo único que he oído es un sinsentido críptico y demandas. Si soy tan fundamental, si os estáis quedando sin tiempo, entonces ¿por qué coño me has mantenido aislada en una torre durante seis semanas?

Ladeó la cabeza y me examinó.

—Quería quebrarte —contestó sin más con una voz tan calmada que era desconcertante.

—¿Quebrarme? —espeté, acercándome un paso. Por un momento, casi nos encontramos nariz con nariz, con su sombra cerniéndose sobre mí—. Me das asco.

Se le oscurecieron más los ojos; las esquinas estaban llenas de gotitas de tinta.

—La verdad es que ya formas parte de esto.

Te guste o no. No me importa si te doy asco.

Ni que me quieras muerto. Si no fueras la clave para salvar este reino, ya habría acabado contigo.

Arro gante y egoísta. Toda tú me resultas repugnante.

Así que no te pre ocupes, princesa, ambos sentimos lo mismo en este caso.

Antes de que pudiera contestar, un fuerte chillido rompió la tensión.

La inmensa forma de Tryggar apareció con las alas extendidas mientras aterrizaba con fuerza contra el suelo, levantando polvo y hierba seca a su paso.

Su reluciente pelaje plateado atrapó la poca luz que el cielo ofrecía, y me miró fijamente.

—Por fin —murmuré, dando un paso vacilante hacia él.

La risa de Aether volvió, suave e irritante.

—Pues venga. Demuéstramelo.

Lo ignoré y me centré en Tryggar. La mirada del vördr era aguda, como si pudiera sentir la tensión que acababa de cortar. Me temblaron las manos, pero extendí una con cuidado.

—Tryggar —susurré.