Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

V arios pares de ojos me dejaron clavada en el sitio cuando tomé asiento en una mesa envejecida.

Nos encontrábamos en lo que debía de haber sido una sala de guerra de algún tipo, aunque ahora parecía más bien una tumba.

Unas paredes oscuras se extendían hasta la oscuridad; el techo se perdía en las sombras a pesar de los candelabros que colgaban a intervalos; sus llamas arrojaban una luz inestable.

El espacio era circular con bancos curvos empotrados en las paredes.

Rethlyn rondaba cerca de una de las ventanas en forma de arco con la atención no sobre mí, sino sobre algo que había justo por encima de mi hombro, y frunció el ceño pensativo.

Vexa estaba despatarrada en la silla a mi izquierda con una pierna colocada como si nada encima del reposabrazos adornado y moviendo tan tranquila una daga entre los dedos.

La hoja reflejaba la luz del fuego con cada giro y enviaba breves destellos al techo.

También se encontraba Effie, cuyos brazos cruzados y mueca me indicaron que no había olvidado nuestro último encuentro. Tenía una mirada aguda mientras estaba sentada con rigidez en la silla, como si aguardara a que hiciera el movimiento equivocado.

Aether se hallaba sentado detrás de ella en silencio y tieso, con la mirada clavada en la pared más lejana, donde había un tapiz enorme colgado con bordes deshilachados y raídos.

Sin embargo, cuando dirigí la vista hacia él, fijó los ojos en los míos con frustrante rapidez.

Tragué saliva con fuerza y desvié la mirada, pero todavía podía notar el ardor de la suya mucho después de romper el contacto.

La sala parecía demasiado cálida e íntima a pesar de su tamaño.

El aire estaba cargado con un olor a pergamino viejo, cera ardiente y algo metálico que parecía pegárseme al fondo de la garganta.

—Bueno, esto ya es bastante incómodo. —Vexa rompió el silencio—.

Supongo que aprovecharé la ocasión para preguntarte, Rethlyn.

—Se le arrugó la nariz cuando se giró para mirarlo—.

Por el Vacío, ¿qué narices estabas haciendo en tu cuarto anoche?

El pasillo entero apestaba como si se hubiera colado algo entre los muros y se hubiera muerto.

Rethlyn la observó por encima del hombro con un mohín en la boca.

—La elaboración de vino es un proceso delicado —replicó desde la ventana.

—«Delicado » no es la palabra —dijo Effie con una mueca—. Los vapores son literalmente un asalto a los sentidos.

—¿Seguro que no intentas envenenarnos a todos de nuevo? —preguntó Vexa.

—Eso ocurrió solo una vez. —Rethlyn suspiró—. Y, en concreto, la receta dice que…

—¿Receta? —Vexa soltó una carcajada—. ¿Así es como llamamos ahora a tus experimentos?

—No tengo por qué compartirlo. —Se giró un poco con cierto tono a la defensiva en la voz.

—Preferiríamos que no lo hicieras —añadió Effie, y Vexa soltó una risotada.

—Reíos cuanto queráis. Pero ¿quién se tiró tres horas ayer arrojando dagas a su propia sombra?

—Eso se llama «entrenar » , Reth. —Vexa puso los ojos en blanco.

—Más bien, se llama «aburrimiento » —la corrigió Effie—. Y aún me debes un espejo nuevo.

Aether sacudió la cabeza sin más, lo que hizo que Vexa se fijara en él.

—Y ese parece un alma en pena ahora que tiene que hacer de guardia de prisión en lugar de leñador —dijo ella en su dirección.

—Su cabaña está bastante bien, la verdad. —Rethlyn se encogió de hombros; un gesto que hizo que Aether lo mirase—. Tiene troncos enteros de cedro, y más grandes que los de la mayoría, y adornos pequeños de cristal colgando de las ventanas.

—¿Perdona? —Aether arqueó una de las cejas perforadas.

Rethlyn se hundió en una de las sillas de la mesa con la cara sonrojada.

—No es que te haya seguido. Estaba buscando comida en Bosque Calavera antes de que anocheciera —aclaró con un encogimiento—. Tú te encontrabas fuera despellejando un ciervo. Parecía una masacre, por cierto.

A Aether se le oscurecieron los ojos.

—Es un trabajo sangriento. ¿Quieres que te lo enseñe un día?

Rethlyn soltó una risita nerviosa.

—Gracias, pero no creo que puedas encontrar otro ciervo para la demostración.

—Yo no he dicho nada de ciervos —murmuró Aether, y juraría que vi una ligera sonrisa asomársele en los labios, lo que hizo que me cabreara.

—¿Cuál es el propósito de esto? —pregunté; mi voz resonó un poco por la piedra—. ¿Por qué estáis todos remoloneando?

—Talon llega tarde, como de costumbre —refunfuñó Vexa. Sin mirar, lanzó la daga hacia la mesa con un ruido sordo. La hoja tembló en la madera mientras ella estiraba los brazos por encima de la cabeza y soltaba un bostezo exagerado.

A Effie se le suavizó la expresión por unos instantes mientras miraba a Vexa, pero duró tan poco que debí habérmelo imaginado.

—¿Siempre tienes que destruir muebles? —susurró, aunque su tono era menos borde de lo que me esperaba.

—¿Es que sois incapaces de responder a mis preguntas o qué? —Alcé una ceja, volviéndome a girar hacia Aether. Los demás se removieron incómodos ante mi desafío; hasta Vexa, con su postura casual, se puso un poco rígida.

—Es mejor empezar con él. —Rethlyn jadeó, movió con rapidez los ojos hacia los míos y volvió a dirigirlos más allá de mí.

—Todos os creéis que soy una duskbound. ¿Por qué os importan tanto?

¿Dónde están los demás? —No sabía por dónde comenzar ni qué preguntar, pero esa era la pregunta que más me reconcomía.

Aether había mencionado que era la única que podía salvar el reino; sin embargo, nadie me había dicho por qué o cómo esperaban que lo hiciera.

Vexa soltó aire por la boca y se encogió de hombros en dirección a Aether.

—Solo un duskbound puede utilizar las sombras… —empezó a decir mientras apoyaba los brazos en la mesa—. Solo un duskbound puede compartirlas con los recipientes. Sin uno, un dominador de las sombras no puede existir.

—Entonces ¿todos vosotros sois recipientes? —pregunté.

—Exacto —respondió Rethlyn, meneando la mano con un gesto exasperado—. ¿Cómo si no íbamos a aguantar estas quemaduras del Vacío?

—¿Os permiten absorber las sombras… que el duskbound comparte con vosotros?

Vexa asintió.

—¿Y dónde están todos los demás? Debe de haber más. Ya hay alguien suministrándoos sombras. ¿Para qué me necesitáis?

—Porque ella está débil y no podrá seguir haciéndolo durante mucho más tiempo —intervino Effie. Vexa desvió la mirada en su dirección y entrecerró los ojos.

—Cuidado, Effie —susurró Vexa cortante.

—No, os lo he dicho. Quiero saberlo todo. Así que contádmelo.

—Antes había más —murmuró Rethlyn, prestando atención solo a medias—. Pero han disminuido con los años. Las cruzadas desde luego no han ayudado.

—¿Las cruzadas? ¿Qué les pasó? —La forma en la que hablaban, revelando solo lo justo para insinuar la verdad mientras se reservaban el resto en total secreto, parecía deliberada. Y eso no era lo que habíamos acordado.

—Los que estaban en el poder los veían como amenazas — dijo Vexa con tono cortante—.

En Umbrathia, el trono siempre lo ha poseído un duskbound.

Para que siguiera siendo así, la clase gobernante decidió perseguir y eliminar a los demás.

Es más fácil asegurar tu posición cuando ningún plebeyo puede alzarse para desafiarte.

—Puso los ojos en blanco; el desdén de su cara era inequívoco.

—Pero ¿ha habido otros? ¿Otros nacidos en todo el reino?

—No en más de un siglo. No fuera de ese linaje. —La voz de Aether era neutra, pero estaba teñida de algo oscuro.

—No hasta ti —comenzó a decir Vexa justo cuando un chasquido seco resonó desde el rincón de la estancia.

La puerta se abrió entonces y entró corriendo un hombre bajito con ropa negra y varios libros de aspecto antiguo aferrados al pecho.

El corte formal de su atuendo era diferente al uniforme de la Umbra, más académico que militar.

—¿Qué es eso tan urgente? —demandó con voz trémula cuando se acercó a la mesa—. Sabéis que es el peor momento posible para alejarme de la ciudadela. —Soltó los libros.

Al verme, se sobresaltó un poco y miró a los demás antes de concentrarse en Aether.

—Tranquilo, Talon. —Vexa sonrió con suficiencia—. Solo necesitamos tus servicios.

—¿Por qué no está encerrada? —prácticamente gritó Talon.

—Está bajo mi protección. —La voz de Aether era grave y plana, aunque tenía un deje de advertencia contra las discusiones.

—Pues yo creo que deberíamos considerar ese asunto del encierro, la verdad. —Effie se sacudió el pelo, volvió su intensa mirada hacia Vexa, me señaló con la barbilla e hizo señas exageradas con los ojos abiertos de par en par.

—Es inofensiva —respondió sin más Aether.

¿Inofensiva? Sopesé por un instante la idea de arrancar el cuchillo de Vexa de la mesa y clavárselo en la mano.

—¡Ya verás cuando Urkin se entere! Eso no te da derecho a…

—¿Eres su segundo al mando? —preguntó Aether, ladeando un poco la cabeza—. No, creo que soy yo.

—Necesitamos que la observes —canturreó Vexa, ignorando tanto la mirada de Effie como la tensión obvia que había entre los dos hombres.

—¿Y por qué motivo, si puede saberse? —preguntó Talon.

—Es una duskbound. —Las palabras de Vexa atravesaron el aire, seguidas de varios instantes de silencio absoluto.

—Imposible —susurró Talon, encorvándose dentro de sus ropas—. No hacéis más que decir eso, pero es imposible que sea cierto.

—Además, eso no es todo —añadió Vexa—. También tiene una atadura.

—Es imposible que sea las dos cosas; lo sabéis tan bien como yo. Jamás me he encontrado con nada semejante. Ni siquiera en los textos antiguos —dijo, cruzándose de brazos.

—Ya estás aquí. Obsérvala y ya. O como se diga lo que tú haces —intervino Rethlyn mientras suspiraba exasperado y se reclinaba en una de las sillas.

Talon me miró, moviendo los ojos unos segundos, y meneó la cabeza.

—Dame el brazo, chica —musitó, abriéndose camino alrededor de la mesa.