Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

N o podía dejar de darle vueltas a todo lo que había visto. Las cuestiones y las revelaciones me venían una detrás de otra solo para generar más preguntas.

Volví andando hacia el fuerte entre Vexa y Aether. La calle que llevaba de regreso a las verjas aún estaba llena de gente, pero la mayoría de los residentes parecían juntarse en los edificios en busca de calor.

No fui capaz de deshacerme del sentimiento de inutilidad.

Raine se habría parado con esa mujer hoy y habría pedido ayuda o hubiera hecho lo que hubiese podido ella misma. Todo mi equipo lo hubiera hecho.

Pensé en ellos en sus tiendas en Stormshire. Sin saber que arriesgaban sus vidas para ayudar a un reino que les mentía.

Pero ¿quién mentía exactamente? ¿La Guardia? ¿El rey? Seguro que unas órdenes tan calculadas venían de arriba.

¿Lo sabría Laryk? Era general; se encontraba cercano al trono y al tanto de estrategias que el resto de nosotros jamás veíamos. ¿Habría sabido él qué eran en verdad esas torres de arcanita cuando nos mandó a defenderlas? ¿O sería solo otro soldado siguiendo órdenes?

Quería creer que no estaba al tanto. Que, si hubiera entendido lo que Sídhe estaba llevando a cabo en realidad, se habría… ¿qué? ¿Rebelado? ¿Negado? ¿Le importaría la verdad siquiera?

Ahora más que nunca, tenía que volver a Sídhe. Si la Guardia se enteraba, si la gente que libraba esta guerra supiera lo que estaba haciendo, a lo que estaba contribuyendo, se horrorizaría. Seguro que sí.

Desvié mis pensamientos hacia Riftdremar, el lugar donde nací, y me pregunté lo que habría ocurrido en realidad y si absolutamente todo lo que me habían enseñado era una mentira.

La verdadera pregunta era qué podría hacer yo.

Se me pasó por la cabeza escapar a lomos de Tryggar.

No obstante, sabía que jamás me dejarían sola durante el tiempo suficiente para tratar de huir.

Ni siquiera sería capaz de montarlo lo bastante rápido para intentarlo.

Y mucho menos volar con él u ordenarle que me llevara a cualquier parte.

En cuanto entramos por las verjas de vuelta al recinto del fuerte, los sonidos de Ravenfell se desvanecieron una vez más. Sentí los ojos de Vexa y Aether sobre mí. El silencio creció como una presión constante en mis oídos. Me habían mostrado la verdad y ahora esperaban mi reacción.

Todas las cosas que quise decir se negaron a tomar forma en mis labios.

—Gracias por mostrármelo —conseguí soltar. Me costaba respirar—. Necesito tiempo para pensar.

Vexa dio un paso adelante, suavizando la expresión.

—Claro que sí…

—¿Tiempo? —La voz de Aether cortó el aire como el hielo—. Solo has tenido tiempo. Semanas. —Se giró para mirarme, y las sombras empezaron a enroscársele alrededor de los dedos—. Y, después de todo lo que has visto hoy, ¿necesitas más?

—Aether… —le advirtió Vexa, pero él prosiguió.

—La devastación, el sufrimiento… ¿Nada de eso te ha conmovido? —Sus ojos dorados ardían con una furia apenas contenida—. O tal vez no te importa ya.

—No es justo —repliqué, aunque me temblaba la voz—. No puedes esperar que yo solo…

—¿Que tú solo qué? —Se acercó más; su altura se cernió sobre mí—. ¿Te enteres de la verdad cuando la tienes delante de las narices? ¿Te enfrentes a lo que tu querido Sídhe ha hecho?

—Estoy tratando de entender…

—No —gruñó—. Estás dando largas. Estás ganando tiempo para que tus amigos continúen dejándonos sin nada.

—Sus sombras se oscurecieron más, y la temperatura disminuyó a nuestro alrededor—.

Si lo que necesitas es tiempo, me encantará proporcionarte más.

¿Comprobamos cómo te sienta otro mes de aislamiento?

—Ya basta. —Vexa se interpuso entre ambos, con los ojos violetas centelleantes—. Esto no ayuda a nadie. —Se giró hacia mí y habló con más amabilidad—: Lo que has visto hoy… es mucho que procesar.

Aether soltó un sonido de indignación.

—No tenemos tiempo para andarnos con paños calientes…

—Y no tenemos tiempo para amenazas —insistió Vexa. Ahora se había girado hacia él por completo—. ¿Quieres que ella confíe en nosotros? ¿Que crea en nuestra causa? Pues este no es el modo.

Se quedaron mirándose el uno al otro durante un largo instan te antes de que Aether al final diera un paso atrás, aunque la oscuridad aún emanaba de él en oleadas.

—Muy bien —espetó—. Tómate todo el tiempo que necesites, pero recuerda esto: mientras estás sentada en esa torre pensando, los niños se mueren de hambre. Las familias lo pierden todo. —Su voz se volvió más grave, mortalmente silenciosa—. Ahora, su sangre también recae en tus manos.

Se giró y se marchó, dejándonos a Vexa y a mí en un tenso silencio. Ella suspiró al tiempo que se pasaba una mano por el pelo.

—Se está portando como un capullo —soltó al final—. Pero tiene razón en algo: el tiempo no es un lujo que nos podamos permitir mucho más.

Asentí, sin ser capaz de encontrar las palabras mientras el peso de todo me oprimía.

—Venga —sugirió con amabilidad—. Vamos a llevarte de vuelta a la torre.

Hicimos el camino de regreso en silencio, cargado con todo lo que se había dicho y lo que no. Sin embargo, las palabras de Ae ther resonaron en mi mente a cada paso, ardiendo como hierros de marcar en mi conciencia.

«Ahora, su sangre también recae en tus manos».

Una oscuridad me rodeaba, iluminada por estrellas brillantes y relucientes.

Un polvo reflectante se dispersaba por el abismo aterciopelado, creando formas y retorciéndose mientras se transformaba de un blanco pálido a unos tonos pasteles opalescentes.

El lugar, fuera el que fuera, se me hacía conocido, como si hubiera estado allí antes, tal vez más de una vez.

Y entonces reconocí el orbe, el que flotaba en la distancia y se acercaba hacia mí sin esfuerzo. Parecía una mente, aunque de algún modo era distinta, como si irradiara colores más allá del espectro.

Invoqué la telaraña para que subiera por mi columna, cosquilleándome mientras se entrelazaba con delicadeza, acariciándome el cráneo en tonalidades de esos mismos colores y dejando que brotara de mí; los zarcillos se retorcían por el aire, zumbando hacia el orbe.

Lo había visto antes, pero siempre estaba fuera de mi alcance… Siempre se encontraba más allá de lo que podía llegar a entender, a menudo huyendo hacia la oscuridad cuando me acercaba demasiado. No obstante, en esta ocasión brillaba con más intensidad mientras mi telaraña lo rodeaba.

Fui cuidadosa y lenta. No quería asustarlo esta vez. Anhelaba saber lo que era, por qué siempre se hallaba allí, cuál era este sueño y dónde se desarrollaba.

Una sola fibra de la telaraña se extendió y se acercó a la superficie del orbe, y la luz que ambos emanaban empezó a entrelazarse cuando…

«Decide, Fiandrial».

Las palabras salieron como una sinfonía de siseos de todas las direcciones justo antes de que lo tocara. El pánico me invadió y todo se volvió negro una vez más.

Aunque no por mucho tiempo.

De pronto, sentí cómo me desplomaba en una silla, en una habitación que no reconocí.

Traté de mirar alrededor, de moverme, pero estaba inmovilizada y fijé la vista en un escritorio y una ventana delante de mí mientras el sol brillaba radiante al otro lado del cristal.

Noté unos dedos que no eran los míos tamborileando en el reposabrazos de la silla y una voz que no era la mía aclarándose la garganta.

Y unos pasos detrás de mí.

—Hay un motivo por el que no han vuelto —explicó una voz aterciopelada desde atrás con un tono forzado, y el corazón se me encogió tanto que pareció que se fuera a romper allí mismo en ese momento.

Laryk.

Quise girar la cabeza con brusquedad. Quise mirarlo, pero estaba paralizada.

—Sé que no ha sido fácil para ti. Yo tampoco entiendo su ausencia repentina, aunque no creo que las dos cosas estén conectadas. Tienes que seguir adelante, no puedes continuar haciéndote esto.

Reconocí que esa voz salía de los labios de Mercer.

—Atacan casi con un calendario fijo. Durante los dos últimos años, nunca han descansado más de dos semanas —siseó Laryk, y sentí su voz más cerca mientras oía pasos dirigirse hacia el escritorio, y, de repente, se encontró delante de mí.

Tenía los ojos inyectados en sangre y el pelo despeinado de una manera que no había visto antes.

Su típica camisa negra planchada a la perfección estaba arrugada en las mangas, y había algo sombrío en sus facciones.

Como si no hubiera dormido en semanas. Deseaba alargar la mano, tocarlo, pero el brazo de Mercer se quedó tan quieto que me hacía enloquecer.

—Se la han llevado —espetó, y una chispa de rabia le atravesó los ojos.

—Nadie sobrevive a una horda de sombras como esa.

—Dejaron cuerpos atrás. —Laryk echaba humo, y entre cada palabra que soltó hubo una pausa medida.

Mercer vaciló durante un instante, se llevó una copa de un líquido ámbar a los labios y tomó un sorbo. El sabor a whisky me invadió los sentidos y me quemó la garganta.

—Si lo que dices es verdad, entonces eso plantea preguntas completamente nuevas —respondió en voz baja Mercer, como si intentara que su voz grave sonara lo más suave posible.

—¿Qué quieres decir con eso? —gruñó Laryk.

—Sabes lo que parecía, Laryk. Incluso tú dudaste.

—No provenían de ella. Fue un giro inesperado. —La voz de Laryk sonó fuerte, pero se le quebró un poco.

Nunca lo había visto así. Siempre había sido tan tranquilo, tan sereno e ilegible. Tan insoportable y exasperantemente seguro…, con esa máscara que mantenía sus sentimientos ocultos a todo el mundo. Apenas reconocí al hombre que tenía delante de mí.

—Pero no dudé por eso. Ya lo sabes. Ya te lo he contado —murmuró Laryk.

—La figura —contestó Mercer con un suspiro mientras dejaba la copa en el escritorio de delante.

—Sé lo que vi. —Laryk sacudió la cabeza antes de continuar—. La forma de un hombre. La oscuridad se desprendió de él. He pensado en ello todo este tiempo, que había algo más en ellas. Que las sombras eran un disfraz.

Se hizo un silencio inquietante cuando Laryk dirigió la vista de Mercer a la ventana y la bajó hacia una caja de frascos de cristal; algo oscuro le pasó por el rostro.

—Entonces ¿qué quieres hacer? —se limitó a preguntar Mercer.

—Pon a todo el mundo a trabajar. A todos los miembros de esta Guardia. Tráelos aquí. A Stormshire.

—Laryk, estás actuando desde las emociones…

—El rey me ha cedido todo el control de la Guardia —contraar gumentó—.

Cuando vengan, que lo harán, no habrá vuelta atrás.

Y estaremos preparados. Sentirán con exactitud al fin de lo que somos capaces —prosiguió Laryk, levantándose de un salto del escritorio y girándose para agarrarse al alféizar de la ventana, con los ojos fijos en algo en la distancia—.

Haremos que la destrucción caiga sobre ellos. Devolverán lo que me pertenece.

Abrí los ojos de golpe cuando la sala de obsidiana se cernió a mi alrededor; el corazón me martilleaba contra el pecho. Me destapé, puse los pies en el suelo y corrí hasta la puerta antes de golpearla con los puños una y otra vez.

El cerrojo se abrió y Aether me miró fijamente.

—Qué inesperado —dijo arrastrando las palabras, observando mis ojos desorbitados—. ¿Has llegado al fin a tu límite?

—Estoy lista para hablar —respondí en voz baja, sosteniéndole la mirada.

Él se limitó a cruzarse de brazos, apoyarse en el marco de la puerta y arrugar la frente contemplándome. Sin embargo, pareció cambiarle la expresión de los ojos, como si se le hubieran ablandado, pero fue tan solo un instante y desapareció tan rápido como había sucedido.

—Veamos si lo dices en serio.