Capítulo 5 #3
—Lael y yo llevamos todo el día entrenando. Tienes que ver lo buenos que nos hemos vuelto. —Carden le dedicó una sonrisa llena de admiración.
—Ah, ¿sí? A lo mejor me lo podéis enseñar antes de que nos vayamos. —Aether miró a Lael y asintió. La atención abrió una grieta en la estoica fachada de Lael e hizo que una sonrisa de aspecto juvenil le apareciera.
—¿Crees que podré trabajar contigo, Aether? —preguntó ilusionado.
—Prefiero que me ayudes en el fuerte —dijo Aether con tono indiferente, pero la intensidad de sus ojos indicaba que hablaba en serio.
—Yo no voy a perfeccionar mis habilidades para quedarme encerrada en el fuerte —intervino Uma, adoptando una postura de lucha y entrecerrando los ojos.
—Nuestras ataduras son demasiado chulas para eso —añadió Carden.
—No las estaréis usando mucho, ¿verdad? —los reprendió Vexa.
—Nos estamos reservando, no te preocupes —contestó Lael—. Aunque es muy difícil.
Era muy raro ver a estos dos asumiendo roles parentales.
—¿Quién es esa? —preguntó Carden señalándome sin despegarse del lado de Aether.
—¿Por qué tiene ese aspecto? —musitó Uma.
Vexa resopló, pero fue Aether quien respondió:
—Nuestra nueva amiga. —No se me pasó por alto el sarcasmo de sus palabras. Me esforcé por contener una mueca.
Uma se toqueteó el pelo mientras me miraba fascinada.
—Eres muy guapa —canturreó.
—Gracias —repliqué con torpeza. Al parecer, nunca sería capaz de aceptar un cumplido, aunque fuera el de una niña.
Aether dio una palmada y provocó un fuerte eco que resonó por la sala abovedada.
—¿Por qué no me enseñáis lo que habéis estado entrenando? —Sus hoyuelos volvieron a aparecer cuando sonrió a los tres chicos rebosantes de energía.
Vexa tuvo que agarrarme del brazo y tirar de mí hacia los asientos junto a los extremos para sacarme del trance.
—¿Quiénes son estos chicos? —pregunté una vez que nos alejamos lo bastante.
Vexa echó un vistazo por encima del hombro y se le ablandó la mirada.
—Huérfanos llegados de todo el reino —explicó—. Cuando se evacúan las ciudades, la Umbra se los lleva y les proporciona lugares para quedarse dentro de nuestras instalaciones. Ropa. Comida. Uma y Carden son hermanos, pero a Lael… lo encontramos solo.
Los observamos pelear mientras Aether les daba instrucciones a su alrededor con las manos entrelazadas sin apretar detrás de la espalda. Los animaba y les indicaba cosas cada pocos movimientos.
—¿Y el strykka? ¿Es la forma de unirse a la Umbra?
—Es una de ellas. Se trata de un conjunto de pruebas que se debe completar para entrar en las unidades de élite —murmuró Vexa distraída, centrada plenamente en el combate de entrenamiento que tenía lugar delante de nosotras.
—¿No crees que son un poco demasiado jóvenes? —El estómago me dio un vuelco ante la idea de que estos chicos se convirtieran en asesinos despiadados. Parecían demasiado inocentes para hacer aquello para lo que seguro que los estaban entrenando.
—Pues claro que son demasiado jóvenes. Son niños.
Pero no tenemos muchas opciones últimamente.
Al principio, la gente se unía en hordas a la Umbra cuando comenzó la sequía, pues sabía que era el modo más fácil de tener comida regular y un lugar donde vivir, pero hasta eso se redujo con el tiempo.
Los kalfar ya no le encuentran sentido. Prefieren morir con sus seres queridos a hacerlo en el campo de batalla con un mundo de por medio.
Es una suerte que consigamos unos cuantos reclutas al año.
—No me parece correcto —susurré casi para mí misma.
—Ya, no lo es, ¿verdad? —dijo ella, aunque no era una pregunta en realidad—. Una tierra devastada por la guerra siempre es brutal. Se tienen que tomar decisiones complicadas…, pero esto… esto es diferente.
Permanecimos sentadas durante un momento, observando cómo Aether cogía de manera juguetona al chico más joven y se lo echaba al hombro.
—¿Se les entrena para que usen sus ataduras?
—Requiere mucha esencia. Racionan sus ataduras hasta que llega la hora de probarse a sí mismos. Se les agotarán una vez que acabe el strykka.
Asentí. Transcurrieron unos instantes.
—Si de verdad Sídhe está drenando la esencia de esta tierra… —Me detuve e inhalé hondo—. No lo comprendo. Allí todo es perfecto. No veo por qué iban a poner en peligro una paz como esa.
—¿Alguna vez te has preguntado por qué todo es tan perfecto allí? —inquirió ella, y ahora sí se giró para mirarme.
Un regusto amargo me subió por la garganta.
—¿Alguna vez te has preguntado por qué la pobreza y el hambre escasean en tu reino? ¿Por qué las cosechas se han vuelto más abundantes que nunca? ¿Por qué vuestra esperanza de vida au menta mientras que la nuestra disminuye?
Nunca había tenido sentido que Sídhe hubiera experimentado semejante crecimiento económico, semejante prosperidad, de la nada.
Nadie parecía habérselo cuestionado jamás, y yo había estado muy ocupada intentando pasar desapercibida como para hacerlo.
Pero nunca, ni por un momento, se me habría ocurrido que fuera por algo así.
Nosotros habíamos estado prosperando mientras otro reino se convertía en polvo.