Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Te vas a caer si no empiezas a mirar por dónde pisas —dijo Aether, sacándome del trance. Había estado tan ensimismada que no me había percatado de que se encontraba a mi derecha, apenas un paso por detrás. Vexa iba delante y ya saludaba al umbra apostado en las verjas.

Parpadeé en su dirección, sorprendida de que hubiera decidido hablarme.

—Cuidado, eso suena a algo que diría un caballero.

—En ese caso, continúa. —No sonrió, pero hubo una chispa de luz en sus ojos.

Alcanzamos a Vexa justo cuando las verjas se abrían.

Se me aceleró el corazón cuando me adentré en lo desconocido.

Estaba convencida de que esta excursión no me serviría para trazar un plan de huida; de lo contrario, no me habrían sacado.

Aunque eso no significaba que no pudiera fijarme en cada detalle.

Como si se hubiera roto una barrera sonora, el ruido caótico de una ciudad invadió el prado por la verja.

—Bienvenida a Ravenfell. —El tono de Vexa era sombrío.

Lo que vi delante de mí era una mezcla de belleza y tragedia.

Los edificios de piedra estrechos de la ciudad eran tan intrincados como los del fuerte, pero los habitantes se apiñaban en cada calle y en cada callejón.

Las condiciones me dejaron sin aliento por un segundo.

Unos puestos se esparcían por la calle, desprovistos del color de la fruta fresca; en su lugar, ofrecían granos y tarros peque ños de conservas que no identificaba.

Presencié cómo alguien inten tó robar con habilidad un saco de arroz de uno de los comerciantes, lo que provocó enseguida una trifulca que hizo que el grano se desperdigara por el camino de piedra irregular.

Tuve que tragarme la bilis que me subió por la garganta al ver a la gente lanzarse al instan te de rodillas y recoger lo que podía con las manos, guijarros incluidos.

A medida que avanzaba por las calles agrietadas y notaba el peso de los ojos al volverse hacia mí, me di cuenta de que todos tenían el cabello oscuro y les caía en cascada por la espalda o lo llevaban recogido en moños sueltos a la altura de la nuca, negro como el cielo nocturno, todos y cada uno de ellos.

Con los miembros de la Umbra con los que me había topado había ocurrido lo mismo.

Desvié la vista hacia los rizos blancos que me enmarcaban la cara, y se me formó un nudo en la garganta.

Desentonaba por completo; el contraste era marcado y discordante.

Como en Sídhe.

Vexa y Aether habían dado a entender que este era mi lugar, pero saltaba a la vista que no compartía rasgos con los kalfar. Además de la característica común del pelo oscuro, sus tonos de piel variaban en tonos apagados de pálido a ónice. Todos desaturados. Todos descoloridos.

Cerca de un pozo, había una panda de niños con las caras sucias.

Estaban tan delgados y eran tan pequeños para su edad que se me revolvió el estómago cuando me imaginé cómo sería la casa a la que volverían todos los días, si es que tenían casa siquiera.

Se lanzaban una pelota de cuero entre ellos, una pelota que parecía desinflada y gastada, con las costuras deshilachadas.

Observé cómo uno de los chicos sonrió y soltó una carcajada cuando lanzó la pelota más allá de los otros dos, celebrando su pequeña victoria.

Una parte de mí se prendió con algo de calidez ante el intercambio, pero se desvaneció cuando me di cuenta de lo jadeantes que parecían, de lo jadeantes que parecían todos.

El aire estaba cargado con el olor a algo que se quemaba en la distancia; el humo flotaba en las calles. Era una fragancia extraña y aguda que se me metió en la nariz.

Antes de poder alejarme un paso de los niños, una mujer en estado de pánico con los ojos suplicantes se interpuso en mi camino.

—Señorita, mi marido necesita ver a un médico, pero la reina solo los envía cada dos semanas. Por favor, es urgente. Te lo ruego.

Desvié la mirada enseguida a Vexa, cuya cara se había ablandado con un dolor genuino.

—¿Cuándo fue la última vez que vino uno? —preguntó en tono amable.

—Hace diez días —susurró la mujer, retorciéndose las manos—. Se ha puesto mucho peor desde entonces.

Vexa intercambió una mirada con Aether y se dijeron algo en silencio.

—Necesitan tiempo para recuperar la esencia suficiente para sanar otra vez. Ojalá… —Se detuvo ella con la mandíbula apretada—. Lo siento. Los enviaremos tan a menudo como sea posible sin quemarlos del todo.

A la mujer se le desplomaron los hombros, pero asintió con comprensión. Me percaté de que no era la primera vez que escuchaba esta explicación. No era la primera vez que había tenido que aceptar que la ayuda no llegaría lo bastante pronto.

—¿Cuál es el distrito? —preguntó Aether en voz baja.

—El barrio este, cerca del viejo pozo —respondió ella.

—Me aseguraré de que vayan allí primero la próxima vez — dijo él, y, aunque su voz era firme, vi lo mucho que le dolía tener que marcharse cuando la gente necesitaba ayuda.

Más caras desesperadas se volvieron hacia nosotras ahora, atraídas por la esperanza de la ayuda. Aether me puso la mano en la parte baja de la espalda y me instó a seguir adelante.

—Camina más rápido —dijo en un tono bajo mientras me empujaba hacia la multitud.

Siseé y le di un manotazo para que se alejara.

—Te dije que no me tocaras.

Apretó las manos a los costados antes de metérselas en los bolsillos.

—Por cierto, fíjate en todos los mendigos de la calle. Como ves, no es que sean pocos. —Su tono era cruel, pero aligeré el paso.

Quise girarme desesperadamente hacia la mujer, aunque sabía que sería inútil. Yo no podía hacer nada.

—¿No tenéis sanadores? —pregunté en voz alta; la sensación de inutilidad me inquietaba.

—Los llamamos «médicos». Pero sus ataduras se han debilita do. Puede llevarles semanas emplear la esencia suficiente para ayudar. De ahí las visitas tan limitadas a la ciudad. —Vexa parecía cansada.

Jamás me habría imaginado cómo sería un reino sin esencia.

De pendíamos tanto de ella en Sídhe, pero a la vez era tan inherente, que nunca me había parado a pensarlo.

Para la mayoría, era como el aire que respiramos.

La pérdida de un foco sería una tragedia para una persona, aunque no era nada en comparación con la pérdida de esencia en el entorno.

Podíamos vivir sin poder, pero no sin comida ni agua.

No pude evitar comparar la ciudad con Luminaria. Con la sobrecogedora abundancia de plantas y de vida. Con los exuberantes huertos comunitarios de comida para todos, con los brillantes canales llenos de peces. Intenté recordar la última vez que había visto allí a alguien enfermo, pero fui incapaz.

Como riftborne, la vida jamás había sido fácil, aunque, desde luego, nunca había sido así.

—Recibimos cargamentos de grano del sur, pero la mayoría se racionan, y empieza a haber cada vez menos a medida que la tierra pierde los nutrientes. Esta parte del país aún es habitable, pero el lado este ya es un páramo —explicó Vexa.

—Nos llegará una enorme afluencia de gente cuando Vardruun caiga. —El tono de Aether era grave y tenía un indicio acusador que sabía que iba dirigido a mí—. Nos faltan recursos para alojarlos a todos.

—No lo entiendo. ¿Cuándo ocurrió todo esto? —pregunté, sintiendo la desesperación. No traté de ocultar la grieta en la voz.

Vexa intercambió una mirada con Aether antes de contestar:

—No sabemos con exactitud cuándo sucedió, pero la frontera este comenzó a secarse hace casi una década.

«¿Una década?».

—Los efectos no se notaron de inmediato. Sobre todo cuanto más te alejas de la brecha.

Caminamos un buen trecho en silencio. Los cuerpos empezaron a disminuir conforme nos aproximábamos al final de la calle y doblábamos una esquina. Un pequeño edificio con poco tránsito de gente apareció a la vista.

—¿Nos pasamos? —Vexa observó a Aether—. Seguro que están dentro entrenando. Ya sabes las ganas que tienen de verte.

Aether asintió sin más, encogiéndose de hombros como si nada.

—Que no te engañe, Fia. A lo mejor se le dan fatal las interacciones sociales, pero los niños sacan lo mejor de él —se burló Vexa, dándole un golpecito en el hombro.

—Y a Vexa se le da fatal todo, incluidos los niños, me temo.

Él la fulminó con la mirada, aunque hubo un indicio de sonrisa en sus labios cuando Vexa bufó.

Después, pasó de largo junto a mí y entró por la puerta abierta.

Debía de saber que no echaría a correr, porque ya no se preocupaba de vigilarme desde atrás.

Supuse que la ciudad en sí misma era un elemento disuasorio.

—¿Quién estará ahí? —le pregunté a Vexa mientras me adaptaba a su ritmo para seguirla a través de la entrada curva que daba paso a una arena circular en su interior.

—Solo Carden, Lael y Uma. Lael ya se ha hecho lo bastante mayor para entrar por fin en el strykka. Esos tres son inseparables. Carden y Uma continuarán entrenando a su lado hasta que también puedan entrar.

Otra palabra que desconocía. Me tragué la irritación.

Los tres mencionados se hallaban en el centro de la arena. Parecía que dos de ellos se disponían a empezar un combate de sparring cuando notaron la presencia de Aether.

—¡No te creo! —Un chico no mayor de trece años echó a correr hacia él. El otro chaval, de dieciséis como mínimo, parecía igual de emocionado ante la llegada de Aether, pero tenía pinta de estar haciéndose el interesante.

—¡Aether! ¡Vexa! —los saludó la chica con una mano. Iba vestida toda de negro. La tela era de algodón, aunque saltaba a la vista que intentaba imitar la vestimenta de la Umbra con unos cuantos cinturones sin sentido alrededor de la cintura.

Aether le estaba revolviendo el pelo al chico más joven, que se había estrellado contra él. Una sonrisa apenas visible le cruzó los labios e hizo que apareciera un hoyuelo.

Por mucho que me esforcé, no pude apartar los ojos.