Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

–V as a tener que coger más impulso si quieres deslizar la pierna bien por encima —dijo Vexa agachada a mi lado en la plataforma de los establos.

El olor a heno y cuero me llenaba las fosas nasales y se entremezclaba con el distintivo olor cenizo que parecía cubrirlo todo en este reino.

Tryggar se encontraba justo delante con una silla de montar enganchada al lomo que le quedaba pequeña mientras su pelaje plateado atrapaba la poca luz que se colaba a través de las vigas desgastadas del establo.

Unas diminutas motas de polvo bailaban en el aire entre nosotros, revoloteando por el ocasional movimiento de sus alas.

Vexa había estado tratando de explicarme cómo era la maniobra que había que hacer para montarse antes de llevarla a cabo de verdad, pero, por lo visto, no lograba pillar bien el movimiento.

—Sus lomos son sensibles, y hasta que no podamos ponerle una silla adecuada para que los dos estéis cómodos, deberás tener muchísimo cuidado.

No quiero lesiones de ningún tipo. Si te caes de un vördr, es muy difícil que vuelvas a subirte la próxima vez.

Hazme caso —explicó Vexa, y me enseñó la maniobra sobre una de las sillas situadas en lo alto de la plataforma.

Asentí y me giré hacia la silla. Me eché hacia delante y salté para deslizar la pierna por encima. Me resbalé cuando estuve sobre el cuero liso, pero me las arreglé para agarrar el cuerno lo bastante rápido para no caerme.

—Bueno, igual eso ha sido demasiado impulso. —Vexa soltó una carcajada y observó mi postura sentada con los labios fruncidos.

—Llevamos aquí horas. A lo mejor no es solo mi culpa. —Eché un vistazo al vördr que tenía debajo, que se limitó a bufar y a remover el heno con la pezuña mientras meneaba la cola a los lados.

—Tómate un momento, ahora vengo —me dijo a la par que saltaba desde el filo de la plataforma y golpeaba el suelo polvoriento con un ruido sordo—. Voy a decirle a Aether que necesitaremos más tiempo.

La seguí con la mirada mientras avanzaba con esfuerzo hacia él. Llevábamos sin hablarnos desde nuestra discusión de días atrás, cuando me envolvió con las sombras. Cuando las introduje en mi interior.

Mis recuerdos del prado, de la noche de Emeraal en la que las había absorbido, habían sido un batiburrillo de eventos que me costaba conectar. Recordaba a Osta, a Laryk y a la Guardia entera mirándome con los ojos abiertos como platos cuando las sombras elevaron mi cuerpo.

Sin embargo, los hechos que habían acontecido antes no eran nada más que un borrón; un rincón vacío en mi mente en el que no es que faltaran piezas exactamente, sino que no lograba encajarlas.

No obstante, cuando dejé que las sombras entraran, esa noche había regresado con una fuerza feroz, e incluso más durante los días que se sucedieron.

Recordé la nada. Los susurros de un vacío. La oscuridad que me cubrió hasta que estuve a punto de perderme a mí misma.

Igual Vexa tenía razón acerca de todo; igual este era el lugar al que pertenecía. Aunque yo era una extraña para este mundo. Para los que lo habitaban. En Sídhe, por fin había empezado a descubrir quién era, mis principios y lo que quería hacer. ¿Estaba dispuesta a volver a desafiar todo aquello?

Y, si los kalfar decían la verdad, entonces ¿qué más sería verdad? La pregunta se me quedó clavada como una astilla de madera en la piel.

Si a este reino le estaban drenando su poder, si el paisaje cenizo y la comida rancia eran auténticas consecuencias de esta sequía… Si Sídhe se encontraba detrás de esto, tenía que haber un motivo. ¿No? Debía de haber un catalizador que lo hubiera provocado. Algo.

Sídhe había atacado Riftdremar tras la rebelión. Sabía que la isla era capaz de las peores tragedias; nunca se me había olvidado. No obstante, habían mantenido la paz desde entonces. ¿Por qué iban a querer alterar eso?

¿Acaso podía fiarme de la palabra de Vexa y de Aether?

Seguro que tenían una razón para mentirme.

Para manipularme con el o bjetivo de que me uniera a su causa.

Me querían como arma; lo sentía en los huesos.

Y jamás lo sería. No para un ejército que no conocía ni para un reino que me tenía por extraña.

El pensamiento sonó vacío incluso mientras se formaba.

¿No era eso justo lo que Laryk había hecho?

¿Acorralarme después de que yo casi matara a las hermanas Fairbanks y darme a elegir, aunque en realidad no fuera así, entre unirme a la Guardia o morir?

Él también había querido mis habilidades, había querido moldearme en algo útil para el ejército de Sídhe.

La diferencia era… ¿cuál? ¿Que yo lo había elegido a él?

Un roce amable contra mi mano me devolvió de bruces a la realidad, de vuelta a los establos poco iluminados. Le rasqué a Tryggar el mentón y él me dio otro golpecito a la par que soltaba un suave resoplido por las fosas nasales. Le rasqué unas cuantas veces más mientras me reía por lo bajini.

Le relucieron los ojos oscuros, y no pude evitar pensar que parecía contento consigo mismo.

Suspiré, cedí a su demanda y le pasé la mano por el cuello.

Me dio otro golpecito, esta vez volviendo la mirada hacia una cesta cercana que estaba llena de cosas retorcidas, quebradizas, oscuras y ásperas al tacto.

Carne seca que parecía corcho. El olor me golpeó antes de que tuviera ocasión de acercarme siquiera.

A rancio y agrio, como algo que se hubiera dejado abandonado demasiado tiempo.

Me dio otro golpecito con más urgencia en esta ocasión y los ojos fijos en la cesta.

Alcé una ceja.

—¿Quieres eso?

Tryggar golpeó el suelo con una coz, entrecerró los ojos en dirección a la cesta y luego me miró.

Vacilé. Era un poco inquietante, pero cogí uno de los trozos de todas maneras. Lo sentí frío y áspero en la mano, como si hubiera estado vivo en algún momento y ahora solo fuera una cáscara. Se lo entregué, insegura de qué más hacer.

Tryggar me lo arrebató de la mano en un abrir y cerrar de ojos.

Lo masticó con un salvajismo que casi me asustó, desgarrándolo a una velocidad que hizo que se me encogiera el estómago.

Tenía la mandíbula apretada y los músculos tensos mientras engullía y tragaba deprisa y de manera perturbadora.

El sonido que producía era desagradable; parecían huesos rompiéndose con mucho ruido.

—Vaya, eso solo ha dado un poquito de miedo —musité, pero a Tryggar pareció no importarle. Si acaso, se veía incluso más en cantado consigo mismo y me dio un empujoncito para que le dedi cara más atención.

De repente, comenzó a extender las alas y provocó una ráfaga de aire que derribó unas cuantas cestas y desperdigó el heno por el campo. Yo pegué un brinco hacia atrás y observé cómo abría más las alas. Eran inmensas, plateadas y ahumadas a la tenue luz.

Él me miró y fui incapaz de contener una sonrisa.

—Eres precioso, ¿lo sabes?

Tryggar alzó la cabeza y extendió las alas aún más, casi como si estuviera mostrándolas con orgullo. El destello juguetón de sus ojos era inequívoco; parecía saber lo que yo había dicho.

Solté una carcajada.

—Estás hecho todo un presumido, ¿eh?

Tryggar se veía contento, saludable. Aunque su dieta fuera cuestionable para la mayoría de los paladares, igual tenía sentido. La bestia parecía ser capaz de devorar un pollo entero, pero dudaba de que se lo comiera fresco.

Un destello negro me llamó la atención cerca de la entrada del establo.

Tryggar reaccionó al instante y se dio la vuelta con la parte trasera hacia mí y la cola inmóvil.

Agachó la cabeza cuando Raskr trató de entrar.

Tryggar bufó muy alto a través de las fosas nasales y dio una coz, arañando el suelo con la pezuña.

—No es más que Raskr —le dije, pero Tryggar soltó un gruñido bajo.

Raskr retrocedió con la mirada clavada en mí de forma casi temerosa antes de volverse pisando fuerte al pasto.

—¿Es que eres el único vördr permitido aquí? —Me reí.

Tryggar se giró hacia mí y me puso el hocico en la palma una vez más con la mirada suave, que dirigió a las verjas junto al muro de piedra.

—¿Alguna vez has estado ahí? —pregunté, señalando la ciudad—. ¿Más allá de los muros? ¿En las calles? —Me detuve y me acordé de lo que Aether y Vexa habían dado a entender sobre las condiciones de vida—. ¿De verdad es tan malo como dicen?

Tryggar no contestó, aunque cruzó la mirada conmigo con una expresión que prácticamente lo decía todo.

Movió las protuberancias óseas de la cabeza y soltó un pequeño resoplido, como si notara mi malestar.

Se le ensancharon las fosas nasales y propinó una coz con la pezuña.

Emitió un relincho largo y prolongado antes de darme en la bota con el hocico.

Suspiré, le di una última palmadita en la cabeza y me encaminé hacia Vexa y Aether. Parecían enfrascados en alguna disputa entre susurros.

—No es más que cuestión de tiempo que ella surque los cielos…

—Por ese mismo motivo tenemos que acelerar las cosas. —La voz de Vexa atravesó el aire cuando se giró ante el sonido de mis botas crujiendo contra el césped seco—. Fia, estaba a punto de volver. ¿Qué tal? —casi canturreó en un tono poco común en ella.

—¿Cómo es todo ahí fuera? ¿Más allá de los muros? —pregunté, y me crucé de brazos.

Vexa abrió la boca, pero después la cerró y frunció los labios.

Miró a Aether, se produjo una conversación silenciosa entre los dos en la que intercambiaron miradas con los ojos entrecerrados y el kalfar asintió.

Y, justo cuando Vexa se centró de nuevo en mí, Aether pasó junto a nosotras y me rozó el brazo con el suyo.

Ignoré la llamarada de irritación que centelleó en mi interior.

Él echó un vistazo en nuestra dirección, evitando mirarme a propósito, y habló con un tono que no supe interpretar.

—Igual es hora de que te lo enseñemos.

El muro de piedra negro que rodeaba el fuerte se cernía cada vez más sobre nosotros a medida que nos acercábamos a una de las verjas externas que conducían a la ciudad.

«¿Quién gobierna esta tierra?».