Capítulo 4 #3
—Deja de resistirte. —Su voz era ronca, grave—.
Tienes que invitarlas a que entren. —Las palabras agitaron algo en mi interior.
Tirando como una atadura. Era demasiado, era muy abrumador.
Aunque él estaba en lo cierto. Dejé de forcejear, con una respiración superficial, mientras inhalaba el humo amargo que se elevaba de su tacto.
Me llenó, me atravesó y, en un segundo, la mente se me hizo añicos.
Sentí cómo las sombras bajaban mis muros internos y traspasaban las barreras por completo.
Y entonces me inundaron. No opuse resistencia cuando mandaron pulsos de poder por mi sangre, lo bastante profundo hasta que se me hundieron en los huesos.
Noté cómo el cuerpo se me aflojó entre sus brazos mientras la oscuridad se apoderaba de mí, cómo se extendía en mi interior como una droga.
Odiaba cómo se sentía. Odiaba que pareciera una parte de mí perdida hace mucho que hubiera vuelto a su sitio. Odiaba lo bien que se sentía.
Y, justo cuando pensé que me sumergirían en las profundidades del olvido, comenzaron a deshilacharse y romperse como hilos de oscuridad agitándose en el agua.
La consciencia solo volvió a mi forma física una vez que sentí el pecho jadeante del hombre delante de mí; mi cuerpo se presionaba contra él con fuerza. Cuando me percaté y recordé dónde me encontraba y a quién pertenecía ese torso, lo golpeé con los puños.
Él me soltó al instante y me alejé de su alcance.
—¡No vuelvas a tocarme así! —grité; las palabras crudas en mi garganta mientras me inclinaba contra el banco para apoyarme.
Me miró a los ojos con una confusión extendiéndosele por la frente.
—Querías ver. Y ya lo has hecho. Creo que un «gracias» es la respuesta más apropiada —espetó, recolocándose el uniforme.
—No me has mostrado nada —repliqué, pero ni siquiera yo me creí mis palabras. En cuanto su poder se deslizó dentro de mí, supe que era lo correcto. Había encontrado un hogar en mi interior.
—Puedes seguir mintiéndome todo el día, pero no podrás men tirte a ti misma. No de verdad. Te he visto absorber nuestras som bras en ese prado al otro lado de la brecha y justo ahora, delante de mí. Cuanto más luches contra ello, más difícil será para ti —dijo.
—Jamás seré lo que queréis que sea. No mientras yo tenga algo que decir al respecto —solté hecha una furia y retrocediendo poco a poco, pasándome una mano por el pelo despeinado.
—No podrías comprender el peso de tus decisiones aquí.
—Este no es mi hogar. Nada de esto es mi responsabilidad — contesté entre dientes.
—Eres una duskbound, te guste o no. Y tenías razón, sí que necesitamos algo de ti.
Algo que no podemos tomar en contra de tu voluntad.
Créeme, si pudiéramos, habría encontrado la manera de hacerlo ya.
Porque no soy ningún caballero. Porque nos estamos quedando sin tiempo.
Este reino se está muriendo, y tú eres la única puta cosa que tiene la habilidad de salvarlo.
Se acercó a mí, con la oscuridad todavía brillando por la superficie de su traje de cuero, como si derramara humo en el éter. El pánico me invadió cuando se aproximó a toda prisa, aunque en tonces algo desde arriba hizo que él alzara la vista hacia el cielo.
El sonido de las poderosas alas batiendo avanzó por el prado y nos mandó ráfagas de viento a través de nuestro pelo, del césped inhóspito y de todo lo que nos rodeaba, apagando los zarcillos restantes de sus sombras.
Aether se retiró, poniendo distancia entre nosotros justo cuando la figura de un vördr plateado aterrizó sobre el terreno húmedo delante de mí y lanzó trozos de tierra por el aire.
Bajó la cabeza y emitió siseos amenazantes por la nariz y dio pisotones en el suelo con una pezuña, centrándose por completo en Aether.
Unos diseños helados y ónices danzaban por su pelaje, cambiando bajo la luz tenue mientras se le tensaban los músculos.
El corazón me dio un vuelco cuando movió rápido la cola tan cerca de mí que fue peligroso; su mero tamaño ya era arrollador. El aire pareció volverse más denso cuando arañó el suelo con tal fuerza que hizo que la tierra debajo de nosotros temblara.
Aether dio otro paso atrás, y creí haberle visto un deje de diversión en los ojos, como si le hubiera hecho un poco de gracia el encuentro. Chasqueó la lengua con irritación y luego soltó un suspiro bajo.
—Y, si las sombras no han bastado para convencerte, tal vez esto lo haga —dijo.
Mientras me quedaba ahí, paralizada, sentí la mirada de la bestia centrarse en mí. Cada músculo del cuerpo me gritó que corriera, pero las piernas no obedecían. La forma colosal de la criatura se alzó imponente y se quedó tan quieta que fue incómodo.
Fue entonces cuando el vördr se elevó sobre los cuartos traseros y me miró, acercándose tanto que me convencí de que podía oler mi miedo.
Mis respiraciones se convirtieron en jadeos superfi ciales y el corazón me martilleaba en el pecho cuando los ojos de la criatura me sostuvieron la mirada. Era imposible apartar la vista.
Despacio, inclinó la cabeza ante mí; su enorme figura se postró para saludarme de un modo que no supe cómo interpretar.
—Tryggar te acaba de reclamar.