Capítulo 4 #2
De pronto, la puerta de metal de la torre se abrió y un hombre alto y esbelto de piel morena y vestido con ropa de cuero similar a la nuestra comenzó a acercarse al vördr oscuro.
—Rethlyn —rugió la voz de Aether, siguiéndolo de cerca por el camino de grava—, ¿qué estás haciendo?
La zona está cerrada ahora mismo. —Fue entonces cuando el hombre, Rethlyn, se detuvo, miró al otro lado del pasto hasta que me vio y se asustó muchísimo.
Las sombras bajo sus ojos eran profundas y se reducían hasta terminar en unas puntas afiladas que le cruzaban las mejillas.
Una barra fina le perforaba el centro de la nariz.
Los kalfar parecían tener una afición a esa clase de joyas, que no solo se ponían a lo largo de las orejas puntiagudas, sino que también les adornaban los rasgos.
—Ah, mierda, no me había dado cuenta… —empezó a decir antes de que Aether le diera un golpe en el hombro y lo mandara unos cuantos pasos hacia atrás—. Me olvidé de quitarle la silla a Ras kr antes de la asamblea. Solo he venido a…
—Rethlyn, por el amor de los Esprithe, céntrate un poco. Se la tuve que quitar yo hace apenas unos días —lo interrumpió Vexa, que sonaba irritada.
—Lo siento, llegaba tarde —respondió Rethlyn, liberándose del agarre de Aether.
—Se lo está buscando. —Vexa soltó un suspiro.
—Hazlo rápido —siseó Aether, agarrando a Rethlyn del hombro una vez más y acompañándolo por el camino hacia los establos.
—Imbécil. —Vexa sacudió la cabeza y soltó una exhalación que sonó medio enfadada, medio divertida.
—Así que ese es el que me mantuvo inconsciente todo el camino hasta aquí —dije, y luego añadí—: Rethlyn.
La mirada de Vexa se deslizó hacia mí y frunció el ceño un poco por la preocupación.
—Nadie debe estar aquí en este momento. Rethlyn lo sabe, pero ojalá prestara atención. —Apartó el pensamiento casi con desdén.
Vacilé antes de preguntarle:
—¿Su foco… afecta a la consciencia?
Se le formó una risa torcida en la comisura de la boca. Me arrepentí de preguntar al instante, pero necesitaba comprenderlo. Descubrir cómo funcionaban las cosas aquí, con qué estaba lidiando.
—Foco —repitió, casi con una carcajada—. Es una manera extraña de llamarlo. Como si fuera algo que se manipula o se forja. Como si no fuera inherente. Como si no lo lleváramos en la sangre desde que nacemos.
Medité sus palabras. Nunca me había cuestionado el nombre que se le otorgaba a nuestros poderes, el modo en el que la esencia se manifestaba en nuestro interior y le daba forma al reino.
—¿Cómo lo llamáis vosotros? —inquirí, con una curiosidad genuina tiñéndome la voz.
—Atadura —murmuró con suavidad, y dirigió la vista hacia el paisaje ceniciento más allá del fuerte—. Nuestros dones nos atan a la tierra. A la esencia que fluye por ella.
Sentí un cambio en ella, un abatimiento silencioso en su manera de comportarse, pero no supe identificarlo.
Por lo visto, nuestros dos reinos tenían más similitudes que diferencias.
Estaba claro que Vexa era el enemigo, aunque no se parecía a los espectros de los que me habían hablado en el cuartel.
Me acordé de cuando eran simples sombras sembrando el caos en el oeste, seres de oscuridad colándose desde otro mundo, hambrientos de poder.
—Nuestras ataduras nos definen en todos los sentidos. Son las que nos hacen kalfar. —La voz de Vexa interrumpió el silencio, llena de orgullo—. Y están desapareciendo.
Abrí la boca, pero la cerré cuando la voz de Rethlyn rompió la tensión.
—Nos quedaremos en la fortaleza durante el resto de la noche.
Qué suerte tenemos —le dijo él a Aether mientras volvían hacia nosotras—.
Valkan y sus hombres han invadido el lugar y han insistido en que necesitan al Consejo con urgencia.
—Sacudió la cabeza, irritado—. Quiere cambiar la fecha y hacerla antes —prosiguió Rethlyn, aunque Aether ahogó sus palabras mandándolo callar.
—Aquí no —lo reprendió, y de pronto dirigió la vista a mí.
—Vexa, te han convocado —gritó Aether. Observé cómo Rethlyn abría la verja del muro del fuerte y salía a la calle de la ciudad, aguardando. Vexa soltó un fuerte suspiro antes de ponerse de pie.
—Supongo que te quedarás con Aether. Nos vemos mañana —gimió, y se marchó a ritmo tranquilo hacia los hombres. Cuando Rethlyn y ella se esfumaron más allá del muro, Aether se volvió hacia mí con la frente arrugada.
—Se acabó el tiempo por hoy —espetó, llegando al borde del banco y alejándose de mí.
No me moví. La irritación me revolvió las entrañas. Me percaté de que solo había tenido la mitad del tiempo que me permitieron estar fuera el día anterior. Temía la idea de regresar a esa habitación.
—Vamos —repitió mientras cambiaba la postura a algo más controlado, algo que parecía letal.
Sabía que era mejor limitarme a seguir sus órdenes, dejarle escoltarme de vuelta a la torre, pero no me pude obligar a moverme.
Al final, se giró en mi dirección, aunque no me atreví a mirarlo y mantuve la vista fija en el paisaje más allá, observando a los vördr que planeaban en el viento a lo lejos.
No obstante, la irritación que irradiaba era palpable.
—Te arrastraré hasta arriba si tengo que hacerlo —dijo sin más, y lo vi cruzarse de brazos por el rabillo del ojo.
—Solo un poco más —susurré, tomando aire, esperando la sacudida repentina al echarme sobre su hombro otra vez.
Sin embargo, para mi estupefacción, suspiró y se sentó sobre el banco a mi lado; las barras de madera crujieron bajo su peso.
Permanecimos en silencio, y cerré los ojos, tratando de absorber estos últimos segundos de falsa libertad antes de que me volvieran a llevar a mi torre. Tomé el aire cargado del olor a barro mojado y a fuego ardiendo en algún lugar en la distancia.
Tras lo que me pareció una eternidad, abrí las pestañas en un aleteo, aún sorprendida por el silencio que había transcurrido sin que nadie lo interrumpiera.
Me atreví a echar un ojo en su dirección, y me encogí de miedo al ver su cuerpo intimidante, al reparar en los me chones de su cabello ondeando por la suave brisa.
Tenía los ojos cerra dos y se encontraba quieto mientras estábamos sentados juntos.
Pensé en ese momento en la torre, en los primeros atisbos de consciencia después de mi captura.
En cómo la intensidad de nues tro encuentro me había dejado temblando, en cómo algo había brillado entre nosotros en la oscuridad y de la manera más confusa po sible.
Me pregunté si él se acordaría. Si alguna vez pensaría en ello. En lo que había sido eso.
Y, de repente, me envalentoné.
—¿Cómo lo haces? —pregunté, fijando los ojos en él. Resistí la urgencia de apartar la vista—. ¿Cómo eres inmune a mi… atadura? —inquirí.
—No lo sé —murmuró en voz baja, y aguardé a que él dijera algo más, cualquier cosa, pero no lo hizo.
Despacio, se puso de pie.
—Es la hora.
Y, entonces, algo dentro de mí explotó.
—Sé que me capturasteis por una razón. —Me levanté y me alejé de él—. Queréis algo de mí. ¡Y exijo saber lo que es! —Mi voz estalló por el prado, aunque no me pudo importar menos si alguien me oía. Iba a llevarme a rastras de vuelta a esa torre alejada de la mano de los Esprithe de todos modos.
—Quieres todas las respuestas, pero sabes tan bien como yo que no te creerás ni una palabra que salga de mi boca. No te puedo convencer de nada. Pronto lo verás con tus propios ojos —replicó, dando un paso moderado en mi dirección.
—¿Por qué iba a creerte? ¿Qué motivo posible tendría para confiar en cualquiera de vosotros lo más mínimo? Decís que soy una dominadora de las sombras, me llamáis duskbound, pero nadie me muestra lo que significa de verdad —siseé, enroscando los brazos alrededor de mí misma.
Unos zarcillos oscuros comenzaron a pulsar en sus ojos mientras observaba mi posición de defensa con la mandíbula rígida y la barbilla baja.
—¿Quieres que te lo muestre? —gruñó.
Me quedé sin aliento, mirándolo a los ojos una vez más mientras me mantenía firme. Su expresión provocó algo en mí. Algo peligroso y oscuro.
—Sí. —Mi voz fue apenas un susurro, no muy segura de lo que estaba pidiendo, aunque ahora no podía echarme atrás.
Se movió demasiado rápido. Antes de que pudiera reaccionar, estaba sobre mí, agarrándome la cara con una fuerza aplastante, con los ojos ahora más oscuros que el abismo.
Un grito trató de liberarse de mi garganta, pero lo contuve, paralizada por el peso de él.
La oscuridad le emanaba de cada poro de su ser y me eclipsó la visión desde todos los ángulos.
—¿Quieres ver? Pues déjame que te enseñe —murmuró, deslizando los dedos hacia abajo para acariciarme la barbilla sin dejar de agarrarme con firmeza. Me revolví, pero él me acercó más y con el otro brazo me rodeó la cintura, atrapándome contra él.
Unas sombras surgieron a mi alrededor, reptando por mi piel, quemándome, congelándome, como si fuera un roce oscuro familiar. Se me tensó el cuerpo por la presión y se me puso el vello de punta mientras algo dentro de mí empezó a quebrarse.