Capítulo 4
L as briznas de hierba me acariciaron las piernas y los ojos se me ajustaron a los rayos carmesíes del sol poniente.
Se atisbaba con claridad un camino pisoteado entre las hierbas altas ante mí, y los gritos de risa de los niños me atrajeron hacia el sonido.
Yo las vi primero; había dos niñas agarradas de la mano, de unos cinco o seis años como máximo.
Tenían el pelo oscuro trenzado cayéndoles por la espalda y vestidos de encaje a juego.
Corrían delante de un hombre y una mujer con ropa elegante, propia de nobles.
No pude verles las caras, pero estaba claro que eran familia.
La mujer parecía tensa cuando se inclinó y le habló en susurros al hombre a su lado.
Reparé en el cambio rígido en los hombros de este en respuesta.
—¡Esperadme! —chilló una de las niñas. Justo entonces fue cuando vi el muro de oscuridad.
Las dos chicas estaban rodeadas por una masa de vacío que parecía filtrar toda la luz a su alrededor.
Una de las muchachas se detuvo totalmente fascinada, paralizada, mientras que la otra seguía mirando hacia atrás, a sus padres, con impa ciencia.
Los zarcillos oscuros se enroscaban por el suelo y se acerca ban a sus pequeñas figuras.
—¡Es muy pronto! ¡Son muy jóvenes! —gritó la mujer desesperada cuando el hombre se apartó de ella y empezó a andar hacia sus hijas y las agarró a las dos de la mano—. ¿No podemos esperar, por favor? —Su súplica se perdió en el viento y él jamás se volvió para mirarla.
—¿Mami? No llores, mami. ¡No me iré! —La más inquieta de las dos chicas se giró e intentó correr hacia su madre, luchando contra el agarre de su padre.
Sin detenerse, él las cogió en brazos y desapareció entre las sombras.
El sueño se aferró a mí durante días tras aquello.
Parecía distinto de las pesadillas de Sídhe. Aquellos sueños habían sido insistentes, violentos, incluso proféticos.
Pero este parecía antiguo. Se suavizaba en los bordes, como si estuviera mirando por un cristal esmerilado. Tal vez era un recuerdo, aunque no mío, así que ¿de quién? ¿Y por qué?
Apenas había comenzado a reparar en que mis sueños no eran solo cosa de mi mente antes de que la Umbra me capturara. Ahora estaba atrapada aquí, teniendo visiones de niñas que eran tragadas por las sombras, y no sabía lo que significaba.
No le encontraba el sentido. Me ocupaba la mente más que cualquier otra cosa durante los ratos en los que me dejaban sola en la torre.
Vexa había vuelto todos los días, me había llevado a los establos y me había permitido respirar aire fresco hasta que Aether consideraba que la excursión debía llegar a su fin, pero seguía pasando muchísimo tiempo en la torre.
Vexa había tratado de darme conversación mientras me vigilaba de cerca cuando andaba por el pequeño campo a las afueras de la ciudad; puede que intentara anticipar otro desmayo repentino.
Era evidente que ella creía que mi ataque de pánico se había debido a la naturaleza de nuestra conversación anterior y no la corregí.
Cuanto más tiempo estuviera sin hacerme preguntas, mejor.
Me levanté de mi sitio en el suelo junto a la ventana, anticipando su llegada en cualquier momento.
Era complicado discernir el tiempo del cielo inmóvil e inalterable, pero había mejorado en descifrar cómo se sentía el paso de él, prestando atención a las sutiles diferencias de comportamiento, los patrones de ruidos o mentes que veía en otras plantas de la torre.
Di unas zancadas hasta el baúl que había al final de la cama, lo abrí y encontré la ropa de cuero que había llevado el día anterior.
Empecé a desvestirme y me puse la tela gruesa sobre la piel antes de colocarme las botas que me había proporcionado Vexa.
Alcé la vista, miré mi reflejo por un instante fugaz en el espejo detrás de la cama y aparté la vista con rapidez antes de enfocar mi rostro.
No obstante, me pudo la curiosidad. Poco a poco, volví los ojos hacia el espejo plateado y dejé que mi mirada subiera por las puntas de mi largo cabello, revuelto y ligero como siempre había sido, bailando alrededor de mi cabeza como un halo blanquecino.
Me centré en la cara y se me tensó el cuerpo cuando al fin me fijé en mis ojos.
Sin embargo, se veían normales. Bueno, no normales, pero como siempre habían sido, opalescentes y radiantes.
No había ni rastro de los zarcillos oscuros que habían danza do en ellos hacía semanas, cuando llegué a Umbrathia. Corrí hacia el espejo, desesperada por mirar más de cerca y confirmar que era cierto.
Las sombras se habían ido.
Me invadió la confusión. ¿Podría haberme equivocado sobre lo que vi?
Tal vez no fuera una dominadora de las sombras después de todo.
Quizá incluso me las había imaginado también.
El alivio me invadió, pero estaba teñido de miedo y no sabía por qué.
Debería sentirme eufórica por haber vuelto a la normalidad. Por ser la que siempre había sido.
Pero algo me atormentaba.
Si ya no era útil para la Umbra, seguro que ya no podría seguir con vida. Me mordí el labio cuando unos pasos resonaron al otro lado de la puerta y pude discernir la voz de Vexa, hablando entre susurros con Aether.
—Están aquí —siseó. Usé mi foco para centrarme en sus mentes cuando el orbe dorado de Aether salió disparado y se movió con rapidez hacia el plateado de Vexa.
—¿Qué quieres decir? —respondió él con voz ronca—. Urkin les dijo que no traspasaran los límites de la ciudad hasta que lo avisáramos.
—No le gusta mucho la idea tampoco. Pero se han vuelto más insistentes. Y no es que podamos endurecer los castigos, que diga mos. No cuando las cosas son tan frágiles. —Oí un suspiro, sofoca do por la pared entre nosotros.
—Se han vuelto incontrolables —espetó Aether.
—Si me hubieras dejado probar suerte con ella antes, tal vez no estaríamos en la situación actual —replicó Vexa. Me arrastré con sigilo, intentando escuchar mejor su conversación, cuando vi que la mente dorada se movió y dio unos cuantos pasos atrás.
—Lo hablaremos más tarde. En un lugar más apropiado —dijo Aether a viva voz.
No pasó mucho tiempo antes de que el cerrojo se abriera y Vexa apareciera en el umbral. Se la veía cansada, menos entusiasmada que durante nuestros primeros encuentros.
—Pareces bastante impaciente hoy. —Medio sonrió y se apoyó contra la pared de piedra, notando mi cercanía a la puerta.
—No es que tenga nada más que hacer —repliqué.
—Bueno, en ese caso, no te haré esperar. —Me hizo un gesto para que la siguiera mientras descendíamos por la torre.
Cuando salimos, dos de los vördr estaban en el pasto fuera de los establos. El negro del primer día, que volvía a llevar una montura otra vez, y otro de color carbón oscuro con motitas plateadas en las patas. Se encontraban rumiando el heno descolorido que cubría el suelo.
Me senté en uno de los bancos, observando cómo comían.
Vexa tomó asiento a mi lado y me dirigió una mirada de esperanza sin centrarse en mí por demasiado tiempo.
Se recostó y se ajustó la ropa de cuero mientras se le escapaba un suspiro de los labios.
Me había acostumbrado a eso la última semana, a que ella no supiera qué decir, a que no quisiera provocarme otro ataque.
—La oscuridad ha desaparecido. De mis ojos —murmuré al final después de que tuviéramos unos cuantos momentos incómodos más. Ella debía de haberlo notado a esas alturas. La falta de contraste era obvia.
—Lleva ya tiempo —respondió, apoyando la bota encima del banco y mirando al paisaje más allá de los muros del fuerte.
—¿Por qué?
—No has creado ningunas para reemplazarlas. Cuando absorbiste nuestras sombras en Sídhe, algunas se quedaron —se limitó a contestar, como si yo debiera entenderlo.
—No sé cómo funciona nada de esto —confesé en voz baja. Lo único que había aprendido desde que me capturaron era que no sabía nada. Y aquello me frustraba muchísimo.
—Los duskbound pueden dominar las sombras de manera innata. También las pueden crear —explicó, y al fin miró en mi dirección.
—Si eso es cierto, entonces ¿por qué no puedo sentir el poder en mi interior? —pregunté; las palabras se me escaparon antes de que pudiera retenerlas.
Una sonrisa cómplice apareció en sus labios.
—Está ahí, solo que no sabes cómo acceder a él aún. Hay un proceso… —se detuvo, escogiendo sus palabras con cuidado— por el que lo verás.
—¿Y qué es un… recipiente? —pregunté, sin saber si Vexa contestaría.
Me miró durante un instante, mordiéndose el labio antes de girar el cuerpo para encararme, apoyando un brazo en el respaldo del banco.
—En teoría, cualquier kalfar puede convertirse en recipiente —contestó mientras se quitaba el guante y empezaba a enrollarse la manga del top.
Unos diseños intrincados le cubrían la piel, abstractos y difusos como el humo—.
Esto son quemaduras del Vacío —continuó, señalando las volutas negras como la tinta que se le arremolinaban en las manos.
Como para demostrarlo, sacó las sombras por los dedos como si fueran agua, viendo cómo flotaban en el aire.
Parecían gravitar hacia las marcas que tenía en los brazos, y al final se filtraron en las formas negras y desaparecieron por completo—.
Nos permiten absorber la oscuridad y usarla.
No obstante, no podemos crearla nosotros mismos —dijo, girando la mano y mostrando unos zarcillos oscuros en la palma—.
Estos no se originan en mí. Me los han dado.
Me quedé callada, examinando cómo las últimas volutas de oscuridad desaparecían en sus quemaduras.
—Una vez que un duskbound aprende a forjarlas… —Se le fue apagando la voz al mismo tiempo que bajó la vista al suelo, casi pareció que estuviera lidiando con algo—. Pueden compartir sus sombras con otros.
Se me formó un nudo en la garganta por su franqueza.
«Por todos los Esprithe, ¿es eso lo que quieren de mí?».