Capítulo 3 #2
—No se nos ocurriría retener a un vördr en contra de su voluntad. Eso sería una sentencia de muerte. Son unas bestias amables siempre y cuando sean libres. —Vexa se rio mientras bajaba los escalones empinados de la tarima con una silla de montar que rivalizaba con ella en tamaño.
—Aunque a veces se quedan cerca de sus jinetes —añadió Vexa.
—¿Esta es tuya?
—A mí no se me olvidaría quitarle la silla a Draug si estuviera aquí. Aunque tampoco me lo permitiría. —Soltó una risita.
—Así que ¿eliges cuál montar sin más?
Vexa me observó con curiosidad.
—Que un vördr te elija es un rito de paso aquí. El mayor de los honores. La decisión es solo suya. Ellos saben cuándo encuentran a su kalfar. Draug me escogió a mí.
Sentí una leve molestia al toparme con otra palabra para la que no tenía contexto. Era irritante cómo hablaban como si yo com partiera su vocabulario, sin explicarme nada, obligándome siem pre a preguntar.
—¿Kalfar? —Intenté que no se me notara el enfado en el tono.
—Todos somos kalfar. —Se encogió de hombros a la vez que señalaba la torre a nuestras espaldas.
—Creía que erais umbra.
—Umbra es nuestro título como soldados en las fuerzas del reino. Kalfar es lo que soy. Lo que todos somos, incluida tú —me corrigió.
—Yo soy aossí —repliqué en voz baja, y me giré hacia la bestia.
La vördr restalló la cola y rozó el suelo cuando se dio la vuelta para marcharse al pequeño terreno que había al otro lado de los establos.
—Lo que tú digas —medio bromeó Vexa.
Al pasear la mirada a mi alrededor, me di cuenta de lo vacía que se encontraba esta zona. Aparte de Vexa y de mí, y de Aether, que estaba apoyado contra la entrada por la que habíamos pasado, no había ni un alma a la vista. Seguro que eran medidas preventivas.
—¿Recuerdas haber volado sobre ellos? —La voz de Vexa me llegó como un silbido en el viento.
Claro que me acordaba. ¿Cómo se puede olvidar alguien de volar entre las nubes?
—A pesar de los esfuerzos de Rethlyn —repliqué, volviendo los ojos a la vördr.
—Eso fue más bien por tu beneficio que por el nuestro —con testó ella con una carcajada que se le escapó de los labios—. Re thlyn lo hizo con buena intención.
Medité la respuesta en silencio unos segundos más mientras su diversión se disipaba.
A lo mejor se creían que un secuestro era más agradable si estabas inconsciente.
Pero también me resultaba imposible resistirme, intentar huir.
Estaba convencida de que eso no fue más que un bonus añadido.
Observé a Aether, que tenía los ojos cerrados y una expresión ilegible en el rostro anguloso.
Tal vez no habría logrado escapar esa noche de todas formas. No con él allí.
—Su mente parece distinta a la del resto de vosotros —comenté sin pensar.
Vexa regresó junto a mí y me dedicó una mirada confusa.
—¿Que parece distinta? —preguntó.
—Vuestras mentes tienen un resplandor plateado; el de la suya es dorado. —No sabía qué fue lo que me llevó a hablar, aunque no tenía pinta de tratarse de algo que pudieran utilizar contra mí o contra Sídhe.
—Entonces ¿puedes ver nuestras mentes? —Había bajado la voz, pero seguía teniendo un deje de curiosidad.
—Si lo intento, sí. —Desvié la vista hacia la torre y extendí mi foco. Ella se fijó en lo mismo que yo.
—Hay diez mentes en esa habitación. —Señalé—. Seis bajando las escaleras de la cuarta planta —murmuré. Aether clavó la mirada en mí enseguida.
—Vexa —soltó, dirigiéndose a nosotras, pero ella alzó la mano y lo detuvo.
—Todo controlado —gritó con los ojos fijos en los míos—. ¿Las puedes ver a través de los muros? —preguntó con un susurro entrecortado en la voz.
Parecía como si estuviéramos adentrándonos en terreno peligroso, y yo no tenía ni idea de cómo iban a sacar provecho de esta información. Así que me giré, observando de nuevo el paisaje, callada.
—Nunca había escuchado nada igual —dijo ella tras darse cuenta de mi repentina aprensión—. Eres más que una duskbound —musitó como si quisiera guardarse la revelación para sí misma.
Sus palabras me produjeron un escalofrío. A decir verdad, ja más había sabido qué era. Quién era. Y, en este momento, parecía más que nunca un misterio.
Por primera vez en mi vida, había empezado a averiguarlo.
Gracias a Laryk, que me empujaba para que dominase mi foco y que creía que era capaz de más de lo que yo me habría imaginado.
Gracias al equipo V, donde había encontrado al fin a gente que veía más allá de la marca que tenía en la muñeca, que me hacía sentir como si tal vez encajara en algún sitio de verdad.
Y ahora estaba aquí. Sola. Y me habían dicho que era algo más.
¿Sabrían ellos siquiera que seguía con vida? ¿Estaría Laryk arrasando el oeste en mi búsqueda o me habría dado por perdida como a otra víctima más de guerra?
Ese pensamiento hizo que sintiera una opresión dolorosa en el pecho.
Contemplé cómo la vördr arañó con las pezuñas la superficie y produjo un sonido agudo que rompió la quietud.
A continuación, con un poderoso relincho, se abalanzó hacia delante y abrió de golpe las alas.
Sin percatarme, los pies se me comenzaron a mover, atraída por la criatura, ansiosa por verla más de cerca.
—Cuidado con donde pisas —dijo Vexa detrás de mí con una advertencia en la voz justo cuando la vördr alzó el vuelo. Desplegó las alas del todo, atravesando el aire con una gracia natural. Solo entonces noté a lo lejos en el cielo las siluetas oscuras, como de aves, flotando en el viento.
A medida que agucé la vista, conté al menos otros cinco vördr; sus figuras descomunales volaban a toda velocidad hacia el fuerte.
Cada una mostraba una gama de grises, desde el ónice tan oscuro como la noche hasta el plateado reflectante; sus pelajes estaban cubiertos de patrones, remolinos de humo y tinta que parecían cam biar a cada instante.
Algunos tenían las patas llenas de blanco, como si la nieve se les hubiera adherido a la parte superior de las pezuñas, mientras que otros llevaban crines largas y trenzadas en tonos de marfil y carbón; las intrincadas trenzas les serpenteaban por el cuello.
Las criaturas descendieron trazando un arco y rozaron con las alas la piedra de la torre más cercana antes de volver a ascender y desvanecerse en el cielo.
Me quedé clavada en el sitio, sin aliento.
No se parecían a nada que hubiera visto.
Las leyendas de bestias no habían sido más que historias susurradas en Sídhe que se les contaban a los niños en forma de cuentos de hadas, a menudo desechados como inventos, o mitos olvidados de un tiempo muy lejano.
Jamás se me había pasado por la imaginación que vería algo así. Que algo como esto existiera incluso.
El crujido de las pisadas me sacó del trance y recordé dónde me hallaba.
La tristeza se asentó, golpeándome como una ola.
Una parte de mí deseaba alejarla, intentar escapar de sus profundidades, pero era muy fuerte.
El entumecimiento se había ido, aunque me había dejado con un dolor que parecía demasiado grande para soportarlo.
Anhelaba volver a casa. Alcanzar el cielo y regresar a donde pertenecía.
A Sídhe. A Laryk. Estuve a punto de derrumbarme en el suelo ante el peso de esto, el peso de las emociones que había estado ignorando durante el aislamiento.
Obviarlas me había parecido el único modo de sobrevivir.
Pero, ahora, habían regresado en todo su esplendor, y la respiración se me volvió entrecortada y agitada mientras me tambaleaba. Todo a mi alrededor se sumió en la oscuridad y me di contra el suelo.