Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

– E sto debería servirte —dijo Vexa cuando me entregó una pila de ropa negra y soltó un par de botas a mis pies.

—Eeeh, gracias —me las arreglé para decir antes de que se diera la vuelta y trepara hasta los barrotes de mi ventana y tomara asiento.

—Nada de jueguecitos mentales, ¿me lo prometes? No me hagas quedar como una idiota delante de Aether. Me lo recordará toda la vida. —Arqueó una ceja y curvó los labios en algo parecido a una sonrisa.

—Nada de jueguecitos mentales —repetí mientras me quitaba la ropa con la que dormía.

Había decidido seguirles el juego a los umbra con la esperanza de descubrir algo, una respuesta, una vía de escape… No sabía exactamente el qué, pero sí sabía que no iba a averiguar nada encerrada en la torre.

Su expresión se intensificó; no era exactamente amigable, aun que tampoco del todo sarcástica. No sabría decir si estaba de bro ma o era una advertencia.

—Los vördr —continuó ella— pueden parecer domesticados, pero son salvajes por naturaleza. Solo hacen como que nosotros tenemos el control. Jamás lo olvides.

Me giré para observar el espejo que había detrás de la cama, pero evité mirarme los ojos. Deslicé la vista sobre las prendas. Eran más gruesas que las que llevaba en Sídhe y tenían grabados intrincados patrones y marcas de quemaduras que parecían retorcerse y girar por mi cuerpo como humo líquido.

—Genial —señaló Vexa, recorriéndome de arriba abajo—. Parece que te queda bien. Aunque podría quedarte mejor. —En trecerró los ojos en dirección a la bandeja de comida, todavía me dio llena con polenta rancia pegándose seca al plato.

—Aún me… estoy acostumbrando a todo aquí. —La comida estaba sosa, parecía el fantasma de algo una vez comestible. Hasta el color se veía apagado—. La comida es distinta.

—Seguro que es mucho mejor de donde provienes. —Chasqueó los dientes, pero se contuvo de añadir nada más.

El silencio que siguió fue cargado, incómodo.

Vexa mantuvo los ojos sobre mí un momento más, algún tipo de dolor se fraguaba en su interior, y se giró para recorrer la habitación con la mirada.

Solté el aliento despacio, con el corazón en un puño.

Estaba a punto de salir de la torre por primera vez y lo último que quería era disgustarla y hacer que cambiara de opinión.

—¿Lista? —preguntó; no había rastro de hielo en su voz.

La seguí despacio; el olor a hollín flotaba tras ella, persistente bajo el fuerte olor a hierro. Como si hubiera acabado de salir de una forja.

—Vale, déjanos salir.

El metal chirrió a medida que la cerradura se descorría.

La figura de Aether se cernió sobre el umbral como una sombra.

Detes taba cómo tan solo su presencia hacía que me sintiera como si un peso me oprimiera.

Ni se molestó en mirarme. Ni un vistazo, tan solo un intenso silencio que parecía alargarse.

Observé cómo se le movía la definida mandíbula, enmarcada por una melena negra que casi le rozaba los hombros.

El simple movimiento hizo que los piercings de metal refractaran la luz, así que capté un destello de aquellos brillantes ojos dorados.

Los mismos que me habían perseguido en sueños durante el último año.

—Treinta minutos —soltó con su voz grave. Las tripas se me revolvieron ante el sonido y se hicieron una bola de resentimiento—. ¿Entendido? —preguntó; su tono destilaba molestia.

Vexa puso los ojos en blanco, se apoyó contra el marco de la puerta y le empujó el pecho con la mano para que la dejara salir.

—Te escuché las primeras veinte veces que lo dijiste. —Suspiró—. No me cabe duda de que nos seguirás de todas formas como nuestro guardián personal. —Pasó junto a él y me hizo señas para que la acompañara.

Di un paso hacia la puerta y me quedé paralizada. No por vo luntad propia. El cuerpo me dejó de responder sin más, como si los músculos se hubieran convertido en piedra. Vexa desapareció de la vista al doblar la escalera.

Aether se metió en mi línea de visión, y la diversión que llevaba escrita en la cara hizo que me hirviera la sangre.

Me recorrió con la mirada de manera peligrosa, tomando nota de mis inútiles intentos de moverme.

El pánico me embargó cuando rememoré ese momento en la torre semanas atrás, cómo mis dedos habían soltado la daga en contra de mis deseos y cómo la mano se me había quedado paralizada a medio ataque.

«Mierda».

Sentí su aliento en la oreja cuando se inclinó.

—Puedes intentar jugar con mi mente todo lo que quieras —su surró con un tono tan suave que resultaba espeluznante—, pero, como pruebes suerte con alguno de ellos, haré que desees estar muerta.

—¿En serio es necesario esto? —solté entre dientes; odié lo cerca que se encontraba, pero odié aún más que mi cuerpo se ne gara a alejarse.

Su cabello ónice reflejó la luz e hizo que le cayera sobre ese rostro inquietantemente perfecto con esos rasgos marcados y esos labios voluminosos que mantenían una neutralidad brutal.

Esprithe, contemplarlo era como acercarse demasiado al sol.

—Solo me aseguro de que nos entendemos. —Su calor resultaba enloquecedor mientras permanecía allí demasiado cerca con ese tono susurrado que solo yo podía oír.

—¿Fia? —La voz de Vexa resonó desde abajo—. ¿Tengo que arrastrarte por las escaleras yo misma para que vengas?

La presión que me sujetaba se esfumó tan de repente que me tambaleé hacia delante.

Aether movió la mano enseguida para es tabilizarme, y el ligero contacto envió una corriente de electrici dad a través de mi piel.

Cuando lo volví a mirar a los ojos, ese peli groso filo había sido sustituido por una calma ilegible.

—Detrás de ti —comentó a la par que señalaba hacia las escaleras.

Lo empujé para pasar y traté de ignorar cómo se me aceleró el corazón.

Aguardó hasta que bajé al primer descansillo antes de descender con hastío los escalones detrás de nosotras; Vexa me agarró del brazo con sus dedos callosos en nuestro descenso en espiral.

Cuando al fin llegamos a la puerta de abajo del todo y la abrimos, me protegí los ojos en un acto reflejo, pues esperaba la luz de un sol cegador, como si el pequeño descenso por la torre me hubiera robado de la mente de alguna manera lo que yo sabía que era real sobre el mundo que había fuera de mi prisión.

Me había acostumbrado demasiado a los días interminables y apagados.

Era como si este reino estuviese atrapado en el tiempo; el sol jamás se alzaba más allá de las montañas grises y la luna nunca dejaba su lugar al frente.

Este día también era gris, justo como todo lo que se encontraba a su alcance.

Seguí a Vexa fuera, hacia el jardín de césped mustio que crujía bajo mis pies.

A través de destellos de niebla, divisé la intimidante arquitectura de Ravenfell tocar el apagado cielo.

Nos encontrábamos enclavados en lo que parecía un rincón de la ciudad, aunque había un muro descomunal que me tapaba la vista de los comercios o comerciantes.

A la derecha, había unas tierras áridas y, a la izquierda, una roca afilada rodeaba el perímetro.

Más allá de esos muros parecía haber los restos de un bosque, pero sus árboles estaban torcidos y muertos.

Al final, nos adentramos en un camino, y unos cuantos trozos rocosos de piedra rota crujieron bajo mis botas a cada paso.

Respiré hondo y me concedí un instante para disfrutar de la sensación del viento en la cara antes de que el olor del heno húmedo y del estiércol fuera tan intenso como para poder ignorarlo.

Seguí a Vexa hasta un establo cubierto. Las cuadras eran espaciosas, con paredes muy altas hechas de madera robusta y unas entradas abiertas sin puertas, lo que permitía a los habitantes entrar y salir a su antojo.

No sabría decir lo que esperaba ver, pero desde luego no a la criatura que tenía delante.

Se me secó la boca cuando la bestia resopló en dirección a Vexa con movimientos gráciles aunque amenazantes. Los ojos le relucían con una inteligencia diferente a cualquier animal que hubiera visto.

La cabeza del vördr conservaba las elegantes facciones de un caballo, pero mucho mucho más grandes.

Su poderoso y enorme cuello sostenía un rostro majestuoso y fuerte.

La crin era espesa, oscura como la noche, y la tenía suelta, cayéndole en cascada por el lomo.

Donde deberían haber estado las orejas, había unas rugosidades sutiles y unas protuberancias ligeramente huesudas similares a los cuernos.

Sin embargo, lo más llamativo del vördr eran las alas. Eran inmensas, con una envergadura que se extendía mucho más allá del cuerpo de la criatura. Tenía un pelaje negro áspero que le cubría el cuerpo; cada movimiento hacía que sus oscuros tonos brillaran. Era más aterrador de lo que recordaba.

—¿Verdad que es magnífica? —Suspiró Vexa maravillada mientras alargaba la mano para que la bestia la oliera.

Le dedicó unos cuantos parpadeos poco interesados antes de darle un golpecito a Vexa en la mano con el hocico a modo de reconocimiento.

Las alas rozaron el suelo cuando se giró y expuso las espinas rugosas que le bajaban por el lomo.

Vexa caminó hacia una tarima elevada y se subió antes de hacerle un gesto a la vördr para que se acercara. Esta le hizo caso y la muchacha comenzó a desamarrar la silla de montar colocada sobre su lomo.

—Tienes suerte de que esté hoy aquí Raskr.

Hay establos por todo Ravenfell y estas bellezas solo se pasan cuando quieren.

Parece que la última persona que la montó se tuvo que ir pitando antes de darle tiempo a quitarle todos los arreos.

—Vexa desabrochó las hebillas con rapidez y le dio una palmadita cariñosa en el lomo a Raskr cuando retiró la silla.

—Entonces ¿vienen y van cuando quieren? —pregunté a la par que miraba las cuadras sin puertas.