Capítulo 2
N o hubo más intentos de visitarme ni más interacciones con nadie.
Solo el deslizamiento ocasional de comida por debajo de la puerta, el sonido de llaves girando cerraduras y el silencio opresivo que se había instalado y no se desvanecía.
Seis semanas. Eso era lo que llevaba aquí según un guardia que escuché al otro lado de la puerta.
Encerrada en esta habitación estrecha con nada más que aire viciado, platos ocasionales que sabían a arena y la luz constante y tenue que se filtraba por la ventana.
Había quedado claro que nunca tendría otra oportunidad de escapar mientras Aether estuviera por allí.
Y lo estaba. Siempre se encontraba por allí.
Era insufrible. Esa mente dorada palpita ba en el aire como un faro y no podía escapar de ella, no podía escapar del hombre que se alzaba imponente como mi centinela personal.
Solo había tiempo. Demasiado para pensar en cosas que eran tan dolorosas que amenazaban con hacerme pedazos.
Había tenido sueños al principio. Parpadeos de cosas, escenas que tenían lugar en el sitio que solía llamar «hogar».
Destellos de rostros, atisbos repentinos de las personas a las que había dejado atrás.
Gente que seguro que pensaba que estaba muerta.
Era difícil saberlo, discernir si aquello era algo más que mi propia conciencia atormentándome con miradas al pasado o si era más que eso, cosas tangibles que sucedían en tiempo real.
Me había dado por vencida con tratar de descubrirlo.
Dolía demasiado. Y, como mis esperanzas por escapar, por que me rescataran, habían mermado, también lo habían hecho mis sueños.
La mente se me había tornado tan gris y sin vida como el paisaje de fuera.
Entonces, se oyeron tres golpes fuertes en la puerta, lo que me congeló las venas al instante.
Me acerqué más a la pared, abandonando la luz de la ventana y presionando la espalda contra la superficie de piedra gélida mientras el corazón se me salía del pecho. No recordaba la última vez que había sido consciente de que latiera.
Primero entró una mujer desconocida, con pasos mesurados, pero sin prisas. Aether la siguió y se quedó en el umbral, con los ojos parpadeando hacia mí solo un segundo antes de darme la espalda y centrar su atención en el pasillo más allá.
La mujer se detuvo y examinó la habitación un instante antes de posar la vista en mí.
Ladeó la cabeza, y un mechón de pelo negro azabache se le pegó a la mandíbula.
Llevaba una armadura de cuero ceñida y la silueta tachonada con acero.
Una docena de dagas destellaban contra su torso; las hojas reflejaban la luz tenue.
Los mangos estaban tallados con símbolos desconocidos.
Algunos lucían gastados; otros, decorados, y uno parecía hecho de hueso, y su brillo pálido hizo que me recorriera un escalofrío por toda la columna.
—Soy Vexa —se limitó a decir con un tono ligero pero firme. Se adentró más en la habitación—. ¿Y tú?
Abrí la boca y luego la cerré, tan impactada por la intrusión repentina que no supe qué responder. Sin estar segura de si debía contestar siquiera.
—¿Habla? —preguntó Vexa, observando por encima del hombro a Aether. Él no se giró—. Mira, creo que eres lo bastante lista para entender que no vamos a cambiar esta situación… —se paseó por la habitación— sin charlar un poco.
Aun así, las palabras me fallaron.
—Te dije que teníamos que haber esperado más tiempo. — Aether suspiró sin girarse—. Tarde o temprano se derrumbará.
—Aether, nadie ha pedido tu opinión —replicó en un siseo antes de volver a centrar la atención en mí—. ¿Cómo podemos llamarte?
Al final, cedí. Me había pasado demasiado tiempo sin distracciones y la desesperación me estaba consumiendo.
—Fia —contesté; mi propio nombre me sonaba desconocido.
Los ojos violetas, arremolinándose con zarcillos oscuros no muy diferentes a los míos, le brillaron de sorpresa.
—Fia. Qué nombre tan extraño —murmuró, girándose hacia un lado con una sonrisa victoriosa en los labios—.
¿Has oído, Ae ther? He ganado. Ahora haremos las cosas a mi modo.
—Soltó una carcajada al tiempo que él respondió con un simple gruñido; su cuerpo musculoso aún abarcaba la entrada en su totalidad—.
Es muy mal perdedor. —Se encogió de hombros—.
Su plan era limitarse a dejarte en esta torre hasta que te quebraras.
Algo que es obvio que estaba yendo bien.
Miré a Aether mientras la rabia me recorría de arriba abajo.
Las últimas seis semanas habían sido un monótono adormecimiento sin fin en el que casi todas mis emociones se habían reducido a la nada.
Cuando lo observé, dejé que esa rabia tomara el control.
La sentía cálida. Quería aferrarme a ella y no permitir que se marchara.
Vexa alzó una ceja ante mi expresión.
—Pero igual deberías esperar fuera. No creo que le caigas muy bien —dijo, mirándonos a una y a otro—. ¿Quieres que él se marche? —me preguntó, divertida.
Me limité a asentir.
—Muy bien, Aether, espera fuera. Tu presencia no está ayudando en esta situación, que digamos.
—¿Te acuerdas de lo que le pasó a Effie? —contestó él con tranquilidad. El recordatorio de mi fracaso me escoció.
—Si decide secuestrarme la mente, estoy segura de que la pillarás otra vez —replicó con aspereza; era evidente que estaba perdiendo la paciencia con el tira y afloja—. Venga, vete.
Él vaciló antes de marcharse.
—Como quieras. —Y oí el chirrido de la puerta de metal al cerrarse y el cerrojo oxidado volver a su sitio.
—Por todos los Esprithe, es agobiante. —Puso los ojos en blanco y se sentó en la cama—. ¿Mejor?
Me quedé mirándola sin más.
—No te calles conmigo. Tengo algo que ofrecerte. —Sonrió con suficiencia y dejó caer la barbilla en la mano—. Seguro que te mueres por salir de esta habitación.
Sentí cómo se me agitó el corazón de manera involuntaria al pensarlo. Había comenzado a creer que jamás ocurriría. Que tan solo me mantendrían atrapada aquí con mis pensamientos y el crepúsculo eterno.
—¿Puedo marcharme? —pregunté.
—No te adelantes. —Alzó una ceja—. Todavía estaremos en la propiedad…, pero puedo llevarte a dar un paseo. Si es que te interesa.
Otra punzada en el corazón. ¿Salir? Anhelaba sentir el viento en la piel, sentir algo más que el aire viciado de esta torre.
—Sí. —Fue lo único que pude formular.
—Puedo arreglarlo. Pero, primero, tengo que hacerte unas cuantas preguntas. ¿Trato hecho?
Abrí la boca y casi contesté sin pensar en la importancia de la respuesta. Ella debió de percatarse de mi lucha interna, porque la interrumpió corriendo.
—¿Por qué no nos limitamos a hablar y después decides?
—No voy a contarte nada sin recibir una respuesta a cambio. —Las palabras se me escaparon, teñidas de una confianza que hacía tiempo que no sentía.
—Ahora sí. —Sonrió, con la picardía inundándole los ojos—. Yo empiezo. Dominas las sombras. Bastante bien, he de decir. Sin embargo, no tienes quemaduras del Vacío. ¿Cómo lo haces? —Ladeó la cabeza, como si me estuviera evaluando.
Dudé antes de decidir contar la verdad.
—Descubrí lo de las sombras en el mismo momento que vosotros. No sé nada sobre ello. No sé nada sobre las quemaduras del Vacío.
—Estoy segura de que fue toda una revelación. —Soltó una carcajada y negó con la cabeza—. Una duskbound viviendo al otro lado de la brecha. Nunca me hubiera imaginado que eso sería posible.
Ahí estaba esa palabra de nuevo.
—¿Una duskbound? —inquirí, llevándome las manos al regazo y pasándome la palma derecha por mi marca de riftborne. No supe a ciencia cierta si trataba de ocultarla o de buscar consuelo en ella.
—Sí, una duskbound. Una verdadera dominadora de las sombras —se limitó a contestar.
—Entonces ¿todos domináis las sombras? —pregunté, con los ojos fijos en la puerta.
—No exactamente.
Me detuve, aguardando a que continuara, pero solo se encogió de hombros. Supuse que era un tema del que aún no quería hablar. Quizá no lo tenía permitido. ¿Qué se había llamado Effie a sí misma?
—¿Eres un… recipiente?
Vexa puso los ojos en blanco mientras se inclinaba hacia atrás y suspiraba exasperada.
—Effie. Adoro a esa chica, pero, por todos los Esprithe, va a ser mi muerte. —Alzó una mano enguantada y se la pasó por el pelo negro—. No sé lo que te ha contado, pero, como te imaginarás, hay ciertos temas… que no nos sentimos cómodos de compartir todavía contigo. Tampoco quiero abrumarte.
—¿Abrumarme? ¡Me habéis capturado y encerrado en una torre! —No pude controlar la ira que destilaban mis palabras.
—Mira, no te puedo contar lo que no te puedo contar. Es tan simple como eso. Estoy dispuesta a contestar a otras preguntas que puedas tener, aunque siempre habrá una línea que no cruzaremos. Al menos, por ahora. Hasta que conozcamos tus intenciones — respondió con frialdad.
Me apoyé contra la pared mientras nos mirábamos fijamente en un callejón sin salida.
—¿Cuánto conoces sobre lo que está pasando entre este reino y en aquel del que provienes? —preguntó.
—Sé que habéis matado a amigos míos y a cientos de mis compañeros soldados.
Vexa me observó con ojos penetrantes mientras continuamos examinándonos la una a la otra, y al instante me arrepentí de admitirlo: le había confirmado que había formado parte de la Guardia. No habló en un rato, y yo tampoco lo hice.
—¿Cómo se supone que deberíamos reaccionar a la fuerza vital que está absorbiendo nuestras tierras? ¿Les pedimos con amabilidad que paren? ¿Que dejen de matarnos? —espetó hecha una furia.
—¿Cómo sabes si eso está ocurriendo de verdad siquiera? — repliqué.
No obstante, mientras las palabras salían de mi boca, la incertidumbre hizo que se me retorcieran las entrañas. No dejaban de decirlo. Aether. Vexa. Sin duda, Effie lo había dado a entender.
Me miró perpleja.
—¿Para qué piensas que son exactamente esas torres de arcanita? ¿Crees que crecen de la tierra y ya está? ¿En esos lugares? ¿Sabéis siquiera alguno de vosotros de dónde procede…?
—Vexa. —El gruñido provino del pasillo, justo al otro lado de la puerta. Ambas nos quedamos paralizadas; la palabra colgaba entre nosotras como una espada. La chica arrugó los labios, y un deje de enfado le cruzó el rostro cuando se giró.
—Creo que son suficientes preguntas por hoy.
Observé, clavada en el sitio, cómo ella se ponía de pie y estiraba los brazos por encima de la cabeza en un movimiento lento, como si no tuviera prisa por ir a ningún lado. Sin embargo, sentí que el espacio entre ambas se contrajo; la distancia de esta habitación volvió a asfixiarme otra vez.
«Se marcha».
Tragué saliva; el nudo de la garganta aumentó cuando intenté deshacerme del vacío gélido que de pronto parecía mucho más agobiante.
«Sola. Otra vez».
Justo cuando llegó a la puerta, se dio la vuelta y se apoyó contra ella, de brazos cruzados y observándome. Tras unos segundos, inclinó la cabeza hacia atrás y suspiró.
—Descansa. Mañana te llevaré a los establos.