Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Casi me tropecé con ella cuando el suelo terminó nivelándose.

Estábamos en un espacio circular con dos puertas arqueadas abiertas a cada lado que conducían a grandes salones, por suerte vacíos, y una puerta de madera se hallaba justo en medio.

Me costaba escuchar por encima del pulso atronador mientras me fija ba muchísimo en la puerta del medio, pues sabía que era nuestra salida.

Un poco más y sería libre de esta torre dejada de la mano de los Esprithe. Me obligué a no pensar en lo que aguardaba más allá de los muros; un paso a la vez.

«Muévete, muévete, muévete».

Effie alzó la mano para abrir la puerta.

Justo cuando envolvió los dedos en torno al pomo, se escucharon unos pasos detrás de mí.

El aire cambió, cortante y rápido, y una fuerza me impactó en la espalda.

Me desplomé, jadeando, y, antes de poder orientarme, alguien me levantó y me echó por encima de un hombro.

La conexión con Effie se rompió y se deshilachó hasta desaparecer.

—Ah, no. Ni de coña. —La voz ronca me hizo vibrar por dentro. Al hombre ni siquiera parecía faltarle el aliento cuando me arrojó sobre el hombro como si no pesara más que un saco de grano.

«Mierda».

—Admiro tu ambición —dijo él con un tono tan tranquilo que resultaba irritante—. Pero vas a aislamiento.

Le golpeé la espalda con los puños, asestándole como una bestia salvaje. Su cuerpo era un muro de piedra, firme y del todo indiferente a mis forcejeos.

—Suéltame —chillé; mi voz sonó amortiguada por su espalda cubierta de cuero.

—Imposible, princesa.

Noté la inclinación de su mandíbula contra mi cadera y estuve a punto de intentar morderle.

—Y deja de llamarme así, joder.

Él me agarró las piernas con más fuerza.

—Pues deja de actuar como tal.

Sus palabras me golpearon como un látigo, y la ira me recorrió de arriba abajo. Se acabó.

Me llevé la mano al muslo de golpe y saqué la daga oculta de su funda. El verde esmeralda, salpicado de oro, me delató, pues reflejó el único destello de luz procedente de una antorcha de la pared. Aether se puso rígido cuando bajé la mano hacia su pierna a toda velocidad, movida por la rabia.

Pero entonces se detuvo. La mano se me paralizó justo cuando una gota escarlata se le formó en la superficie del cuero. Traté una y otra vez de clavársela más en la piel; no obstante, una fuerza invisible retenía mi puño en el sitio, temblando.

—Patético —dijo en un tono grave mientras los dedos se abrían en contra de mi voluntad y la daga se me caía al suelo con un chasquido.

Sin pensármelo, lo intenté morder y hundí los dientes en su costado.

Él se removió, su cuerpo apenas se retorció ante el ataque, y soltó un siseo bajo.

—Te estás echando piedras sobre tu propio tejado.

Apreté los dientes.

—Te juro que voy a…

—¿Morderme otra vez? —Su voz, teñida de humor, no hizo más que aumentar mi cabreo—. Puede que seas la duskbound más débil de toda la historia de este reino.

Gruñí con frustración y traté de darle una patada, pero era una roca sólida; apenas se inmutaba ante mis esfuerzos.

Un jadeo reverberó desde la puerta justo cuando Aether se giró para empezar a subir a la celda, y me fijé en una muy confusa Effie, que poco a poco estaba recuperando la consciencia mientras se le enrojecían las mejillas.

—¿Qué…? ¿Cómo he bajado aquí? ¿Qué ocurre? —Se trabó al hablar a la par que nos seguía.

—Effie, la próxima vez haz lo que se te ha dicho y espera — dijo Aether como respuesta.

Me sentí ridícula al ir rebotando a cada paso mientras la expresión de Effie cambiaba a una de ira dirigida exclusivamente a mí.

—¡Serás puta! —chilló con los ojos brillantes—. ¡Con lo maja que he sido contigo!

Y, de pronto, su figura desapareció y se materializó a apenas unos milímetros de mi cara.

—Te he llevado comida… —empezó a decir, pero Aether la cortó.

—Ni te molestes, Effie —repuso él mientras continuaba subiendo y ponía distancia entre nosotras. Ella soltó un siseo de exasperación y se cruzó de brazos antes de darse la vuelta.

Subimos, y mi cuerpo se quedó flojo cuando una pesadez se me instaló en los huesos.

Cuando llegamos a la sala, Aether no me bajó de inmediato. En vez de eso, me agarró con más fuerza y me clavó los dedos en la piel mientras me acercaba a la ventana.

—Mira —ordenó con una voz tan tranquila que incluso daba repelús—. Mira hacia dónde estás tratando de huir.

Más allá del cristal, la neblina se había dispersado, y me fijé en un paisaje gris que se extendía sin fin, interrumpido solo por unos árboles torcidos y ruinas derruidas. El crepúsculo eterno le daba a todo un aspecto de ceniza y sombras.

—Esto es lo que ha hecho tu gente —gruñó, con el aliento cálido contra mi oído.

Al fin me dejó en el suelo, pero, antes de que pudiera mover me, me sujetó contra la pared.

«No».

La posición era demasiado familiar. Unos hombros anchos enjaulándome y una mano agarrándome por detrás de la cabeza.

El calor desprendiéndose de un cuerpo presionado muy cerca.

Habían pasado apenas unas noches desde que Laryk me había sujetado así en su cuarto, con nuestras respiraciones jadeantes y su boca dejando un rastro de fuego por mi cuello.

Sin embargo, los ojos habían sido aquellos esmeraldas que interpretaban cada uno de mis movimientos, no estos de oro líquido que ardían con acusación.

Las manos habían sido las de alguien que yo había elegido.

—Así que dime, princesa —dijo Aether; su voz rezumaba veneno—, ¿también te han enseñado a robar esencia? ¿O solo a controlar mentes?

—No sé de lo que estás hablando —espeté, pero la voz se me quebró.

Soltó una carcajada cruel mientras se inclinaba más cerca.

—Ah, ¿no? Entonces ¿por qué no me explicas cómo absorbiste nuestras sombras esa noche?

—Yo no…

—No me mientas. —Me agarró la mandíbula y me obligó a mirarlo a los ojos—. Te vi. Vi lo que eres.

—¿Y qué es lo que soy exactamente? —Las palabras salieron en un susurro.

Algo oscuro le relució en los rasgos.

—Eso es lo que intento averiguar. —Me soltó, y mi espalda se deslizó contra el muro.

—La noche que te trajimos con nosotros, llevabas puesto ese vestido ridículo. —Comenzó a dar vueltas a mi alrededor—. Pero luchaste como una soldado. Así que o eres alguien importante, o perteneces a la Guardia.

—Estaba sirviendo copas —espeté.

Su risa fue fría.

—¿Con ese vestido? ¿Y esa daga? —Se sacó mi arma del cinturón, la misma con esmeraldas salpicadas de oro, los colores de Sídhe—. Cuéntame otra.

Como permanecí callada, se arrimó más.

—¿Quién eres para ellos? —Entrecerró los ojos—. ¿De dónde procedes?

—Sabes bien de dónde procedo —siseé, poniéndome de pie.

—Esa no es una respuesta. —Su mano salió disparada hacia mí y enroscó los dedos en torno a mi cuello—. Íbamos a hacer esto por las buenas. Qué lástima. —Tenía la cara peligrosamente cerca—. ¿Cómo acabaste en Sídhe? ¿Te cogieron ellos o entraste en el reino por tu cuenta?

—Que soy de Sídhe —respondí entre dientes.

Me analizó y deslizó los ojos entornados por mi cara como si fuera incapaz de procesar mis palabras.

—¿Y cuál es tu puesto? —preguntó—. En la Guardia.

—Te lo he dicho…

—La verdad —espetó—. O tendré que suponer que eres una amenaza inmediata para este reino. Y lidio con las amenazas como corresponde.

Sus palabras hicieron que se me helaran las venas. No obstante, bajo el miedo, la ira se desató.

—¿Quieres la verdad? —mascullé—. No sé por qué puedo dominar las sombras. No sé por qué vuestra oscuridad me atrajo esa noche. Pero sí sé que amenazarme no hará que consigas las respuestas que quieres.

Su expresión cambió a algo, quizá a sorpresa, ante mi desafío. O tal vez fue por la honestidad que había escuchado en mi voz. Aflojó el agarre sobre mi garganta.

—¿Cómo lo hacen? —dijo en voz baja—. ¿Cómo llenan las torres?

—Tus preguntas no tienen sentido para mí —contesté furiosa—. No sé las respuestas.

Retrocedió. El desdén desapareció de sus labios y fue sustituido por una lenta exhalación a través de su nariz. Entrecerró los ojos aún más, convirtiéndose en finas rendijas. Era la clase de mirada que tiene un cazador cuando rastrea una presa por el bosque.

—Te daré una última oportunidad —declaró con el tono de un murmullo—. Sé sincera y dime quién eres y cómo nos están drenando, y me aseguraré de que te traten con dignidad.

Lo miré a los ojos y permití que viera el desafío en ellos.

—Jamás en mi vida me han tratado con dignidad. ¿Qué te hace pensar que tus amenazas sirven de algo conmigo?

—Muy bien —respondió, acercándose—. A aislamiento. — Clavó la mirada en mí un último segundo antes de bajar el brazo y marcharse.

La puerta se cerró detrás de él con rotundidad y la cerradura se deslizó en su sitio. Se me escapó un gemido de los labios cuando el peso del fracaso me atravesó. Me dejé caer de rodillas y las lágrimas comenzaron a brotar, dejando que mi rostro se deslizara contra el frío suelo de piedra.

Me quedé así durante días mientras me iba percatando de todo.

Nunca tendría ocasión de despedirme de Raine, no podría decirle lo mucho que significaba para mí.

No me podía quitar de la cabeza la expresión de Osta.

Y la pena de Ma cuando se enterase de que sus peores temores se habían cumplido…

Aunque acordarme de Laryk fue lo que de verdad me paralizó.

A medida que fui asimilando la realidad de mi situación, sentí un miedo que jamás había conocido hasta entonces.

No hasta que me di cuenta de que no volvería a verlos de nuevo.