Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

A lguien estaba llamando a la puerta.

No me moví de mi lugar junto a la ventana, donde tenía la cabeza apoyada sobre los fríos barrotes de hierro que me mantenían encerrada entre las nubes. Sentía un inquietante vacío en las tripas que era un reflejo de la niebla que encapsulaba la torre en la que ahora me hallaba.

Las diminutas calles serpenteantes se veían borrosas desde esta altura, oscurecidas aún más por la neblina que flotaba densa en el aire.

Una neblina que jamás parecía disiparse.

Solo unos débiles rayos de un sol eclipsado la atravesaban y enviaban una tenue luz a la sala, mi prisión de muros tallados de obsidiana.

Clavé la vista en el reflejo que me devolvía la mirada desde el cristal.

En los rabillos de los ojos, se arremolinaba una tinta negra que se extendía hacia el ónice de mis pupilas, aunque no llegaba nunca a tocarlas del todo.

Evitar el espejo se había convertido en mi prioridad máxima en esta prisión.

Solo me atrevía a echar un vistazo ocasional al cristal semirreflectante de la ventana.

Pero, incluso entonces, tampoco era capaz de aguantar la mirada mucho rato.

«Dominadora de las sombras».

Las palabras no se me iban de la cabeza. Ni un solo instante desde que el soldado de ojos dorados las había arrojado en mi dirección. Y de eso hacía días.

Cuatro, ¿quizá cinco?

Había perdido la cuenta.

La hora del día no parecía haber cambiado desde mi llegada.

—Te traigo la comida. —La voz de una mujer sonó desde el pasillo, amortiguada por la pesada puerta—.

¡Espero que estés presentable! ¡Voy a entrar!

—dijo antes de que el chirrido de una cerradura oxidada se propagase por la habitación—.

Aether está ocupado, claro, así que he pensado: «¿Por qué no me encargo yo?

». —La puerta se abrió con un chasquido.

Me tensé, agarré mi daga del alféizar y la enfundé contra mi muslo antes de girarme hacia mi nueva visitante.

El reconocimiento se abrió paso cuando me fijé en la ágil figura de la mujer del baile de Emeraal.

Esa voz suave no pegaba con la imagen previa que tenía de ella con el aura misteriosa y el cuervo posado en su hombro.

La complexión perfecta de esa noche había desaparecido y había cambiado el corrector por una paleta de color que acentuaba las sombras que le rodeaban los ojos en lugar de esconderlas.

Ahora llevaba el cabello oscuro recogido hacia atrás con varios coleteros que tintineaban a cada paso.

Se le iluminaron los ojos cuando me divisó mirándola.

—¡Ay, estás despierta! Qué bien. ¡Te he traído algo de comer! —Alzó un poco la bandeja, como si se tratara de un trofeo—. Solo es arroz. No es gran cosa, lo sé.

No dije nada mientras la seguía con atención y evaluaba su actitud.

No parecía especialmente amenazadora, aunque su conducta casual me puso de los nervios.

Durante los últimos días, había visto numerosas caras de personas que me habían traído alguna variante de comida destinada nada más que a alimentarme.

Ninguna me había hablado tanto como ella.

—¡Debes de estar muy confundida! A ver, yo también lo estaría si me despertara en un lugar extraño con gente desconocida, pero te prometo que no te vamos a hacer daño. —Sonrió de oreja a oreja—. Soy Effie, por cierto. Y tú… Bueno, ¿cómo te llamas?

Controlé la expresión para reflejar neutralidad.

—¿Qué hago aquí? —pregunté con la voz temblándome por el poco uso. Me aclaré la garganta, odiaba el indicio de debilidad.

Effie ladeó la cabeza; era obvio que se debatía sobre qué responder.

—¿Cómo te encuentras? —me preguntó en su lugar con un tono curiosamente serio.

Apreté la mandíbula.

—Si no sois el enemigo, entonces ¿por qué me retenéis?

—¡Oh, no te retenemos! —contestó enseguida, aunque su tono animado se quebró—.

Bueno, en teoría sí que te tenemos encerrada aquí, pero, a ver, no es para siempre.

Es solo que… Bueno, Aether creyó que sería lo mejor hasta que lo solucionáramos todo…

—Bajó la voz a un tono conspiratorio—. Suele estar cabreado la mayor parte del tiempo.

Menos mal que está tremendo, porque una se acaba cansando de ese aire oscuro y melancólico después de un rato.

—Soltó una risita, como si estuviéramos compartiendo una broma privada.

La frustración se apoderó de mí.

—Dime qué es un dominador de las sombras —exigí.

—Alguien que puede utilizar la nada y controlarla. —Arqueó a la perfección una ceja en un gesto engreído, como si aquello fuera lo más evidente del mundo.

—¿Y creéis que yo puedo hacer eso?

—Te hemos visto hacerlo. —No ocultó la exasperación en su voz.

Seguía teniendo borrosa la noche de Emeraal, con los chillidos, el humo y el salón de baile sumiéndose en el caos.

Recordaba las sombras derramándoseme de las manos, pero los detalles se me escapaban.

¿De verdad había absorbido yo su oscuridad?

¿La había controlado? ¿O no se trataba más que de otra manipulación en la que me alimentaban con medias verdades para hacerme dudar de todo cuanto sabía?

Lo único que tenía era su palabra. La palabra de mi enemigo.

La ira se apoderó de mí.

—Entonces ¿cuál es vuestro plan? ¿Obligarme a unirme a vuestro ejército? ¿Utilizarme contra el mío? —Mis palabras estaban teñidas de repulsión.

La expresión de Effie cambió a algo parecido a la incredulidad.

—¿Obligarte? ¡Cielos, no! Eso sería… —Vaciló y arrugó la nariz—. Bueno, supongo que sería eficaz, pero no, no podríamos. —Soltó una risita apagada, aunque los ojos se le fueron a la puerta con nerviosismo.

—Ah, ¿no? —Aether había bloqueado mi intrusión mental sin el menor esfuerzo—. ¿Por qué no os metéis en mi cabeza y me lo ordenáis?

Él ya había estado en mi cabeza, ¿no? Esos ojos dorados me habían perseguido en sueños antes de verlo en este reino. ¿Esa in vasión fue obra suya? ¿Algún truco retorcido para debilitarme an tes de atraparme? La idea me provocó arcadas.

Effie arrugó la cara, confundida.

—No sé a qué te refieres.

Mi corazón se saltó un latido; una pequeña semilla de esperanza germinó.

Como estaban al tanto de mi conexión con las sombras, había asumido que conocían mi habilidad para doblegar mentes.

Sin embargo, la genuina confusión en la cara de Effie indicaba lo contrario.

Miré en mi interior y busqué el pulso de mentes en la zona cercana.

Podía ver a Effie con claridad delante de mí, y otras más pequeñas, al parecer en la planta de abajo.

No tenían pinta de ser distintas de las mentes de los aossí.

Solo la de Aether brillaba con un tono dorado desconocido.

Y, como Effie había mencionado con tanta amabilidad al llegar… , estaba ocupado ahora mismo.

—Entonces, dominar las sombras no está conectado con la mente, ¿no? —le pregunté, tratando de que mi voz sonara neutra, con un poco de desinterés por si acaso.

—No que yo sepa. —Entrecerró los ojos azules—. Pero yo no soy una dominadora de las sombras de verdad. Solo soy un recipiente. —Se le volvió más lenta la respiración mientras se fijaba en la puerta.

Contuve la sonrisa que amenazaba con brotar de mis labios.

—A lo mejor estoy hablando con demasiada franqueza. Tengo tendencia a hacerlo, al menos eso es lo que me dice siempre Vexa. —Intentó recuperar la actitud juguetona, aunque era evidente que estaba nerviosa. Se había ido de la lengua.

Mantuve la cara serena incluso mientras mi foco cobraba vida.

—Effie, voy a necesitar tu ayuda. —Antes, me habría costado desplegar mi foco en caso de necesidad, pero ya no.

Ahora, no dudó, ansioso por salir. Los hilos iridiscentes aletearon alrededor de la chica, acariciándole la mente antes de tomar el control.

Suspiré aliviada al no toparme con resistencia.

Mi foco canturreó, haciendo que me cosquilleara toda la espalda.

La confusión de Effie se desvaneció y los músculos se le relaja ron hasta que casi pareció tranquila. Sus ojos me devolvían la mirada sin ver, a la espera de mi orden.

—Me vas a guiar fuera de aquí y vas a tomar el camino más seguro de vuelta a la isla. —Mi voz estaba llena de una confianza que no había sentido desde que me habían traído a este miserable sitio.

Sin mediar palabra, se giró hacia la puerta y echó a andar. Me concentré en la conexión con la mente de Effie mientras la seguía con el corazón atronándome como única distracción.

Les agradecí a los Esprithe cuando la puerta se abrió y reveló un pasillo por fortuna vacío.

Las mentes que había un poco más allá de nosotras me llamaban, tan cerca, tan tentadoras, pero no podía arriesgarme.

Nunca había intentado controlar más de una mente a la vez.

Ahora no era el momento para probar y fallar.

Echaría a perder mi oportunidad de escapar si perdía la conexión con mi única guía.

Y, si gritaba pidiendo ayuda, ya ni hablemos.

Tendría que abrirme paso a través del edificio a ciegas.

Me fijé en los alrededores mientras íbamos pasillo abajo.

Las paredes estaban hechas de una piedra irregular y fría.

Una escalera revelaba plantas incluso más altas.

Se percibía el olor de un fogón ardiendo cerca, y mi única esperanza era que los demás estuvieran tan ocupados que no notaran a una guardia y a una prisionera de guerra caminando sin más por ahí.

—Ve más rápido —le ordené a través del vínculo, con los nervios de punta.

Effie aceleró el ritmo y se mantuvo en los bordes de fuera de los escalones cuando comenzamos a descender en una espiral vertiginosa. A cada planta que pasábamos, mi apremio crecía mientras intentaba caminar deprisa, pero sin ser vista.