Duskbound (Trilogía Esprithean 2)
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Prólogo
S iempre me había sentido más segura en las sombras.
Antes de la Guardia, me aferraba a ellas, escondida en su abrazo velado.
No me ocurrió mucho entonces, pero el precio por tal vida es una existencia asfixiante, como la de una flor presionada con delicadeza entre las páginas de un libro.
Preservada aunque estancada. Reducida a los antojos de aquellos lo bastante valientes para echar un vistazo al interior.
Nunca sabes en realidad lo que te falta hasta que se vuelve claro, ya sea por una casualidad o por el destino. En mi caso, fue por la fuerza.
Laryk me había arrancado de las profundidades, había tirado mis pétalos aplastados al agua, pero no al estanque tranquilo que tan solo te revivía.
No, me había lanzado a un remolino tempestuoso, el tipo de corriente destinada a transformar.
El tipo que elimina las capas de contornos viejos, erosionados y conocidos y da forma a algo nuevo.
Algo que podía existir a la luz.
No obstante, para mi sorpresa, no fue la devastación que siempre temí.
Fue una revelación.
Ser vista, vista de verdad, no era la muerte. Era una chispa de vida que yo nunca había conocido. Me inundaba con un poder que desde la oscuridad siempre se había parecido mucho a una maldición. Bajo las olas, aprendí a enfrentarme a ello.
Como suele suceder con los cambios, abandoné aquello a lo que me aferraba en el pasado. La oscuridad se convirtió en un vestigio y le di la espalda a las sombras a favor de la luz.
Jamás pensé que volverían a por mí.