POPPY #3
—Eso es —gruñe—. Córrete para mí, Poppy. Quiero sentir cómo este dulce coño me ordeña la polla.
Sus palabras sucias, combinadas con una embestida particularmente fuerte, me hacen saltar al vacío.
Mi espalda se arquea fuera de la cama mientras el orgasmo me atraviesa, y mis paredes internas se aprietan alrededor del miembro de Axel como un tornillo de banco.
Él gruñe contra mi piel, con las caderas perdiendo el ritmo mientras persigue su propia liberación.
—Joder, buscalíos, qué bien se siente —jadea—. Voy a llenarte este coño de semen, marcarte por dentro para que nunca haya duda de que eres mía.
—¡Sí, Axel, por favor!
Solo pensar que me haga suya así, por completo, hace que me contraiga de nuevo a su alrededor, prolongando mi placer.
—¡Joder! ¡Sí!
Con un grito gutural, se estremece sobre mí, derramándose en lo más profundo de mi interior. Lo siento palpitar, marcándome por dentro como suya.
—Poppy.
Se desploma sobre mí, hundiendo la cara en el hueco de mi cuello.
Nos quedamos así durante largos momentos, con el peso de Axel presionándome deliciosamente contra el colchón, su miembro aún palpitando en mi interior mientras las últimas oleadas de su clímax me llenan.
Deslizo las manos por su ancha espalda, trazando las líneas de sus tatuajes.
—Dios, te quiero —murmura contra mi piel, dejando suaves besos a lo largo de mi clavícula.
—Yo también te quiero —susurro, enredando los dedos en su pelo—. Incluso cuando eres un imbécil sobreprotector y testarudo.
Levanta la cabeza para mirarme, con una sonrisa burlona asomando en sus labios.
—No me querrías de otra forma y lo sabes, buscalíos.
Pongo los ojos en blanco, pero no puedo evitar sonreír yo también.
—Sí, sí. Que no se te suba a la cabeza, Capitán de Ruta.
Su sonrisa se transforma en algo más suave, más serio, mientras me acaricia la mejilla con el dorso de los nudillos.
—Lo digo en serio, Poppy. Eres todo para mí. Mi meta, mi final. Y pasaré el resto de mi vida demostrándotelo, si es lo que hace falta.
Las lágrimas me escuecen en los ojos. Después de todo lo que hemos pasado, de todo lo que ha sucedido, sus palabras me llenan de una paz que ya no creía posible.
—¿Estás bien? —pregunta con suavidad, dándome un beso en la sien al ver que se me quiebra la voz.
Asiento, tragando saliva.
—Mejor que bien.
Nos coloca hasta que quedamos frente a frente y me aparta el pelo de la cara.
—¿Sin arrepentimientos?
—¿Sobre nosotros? Nunca.
Trazo con el dedo la insignia del club tatuada sobre su corazón. Por un momento, me permito ser verdaderamente vulnerable y le sostengo la mirada.
—Tú también eres mi meta, Axel. Mi lugar seguro. Mi hogar. Y aunque todo lo demás en mi vida parece desmoronarse, esto, nosotros, es lo único de lo que estoy completamente segura.
Sus ojos escudriñan mi rostro, pero antes de que el momento se ponga demasiado intenso, me aclaro la garganta.
—Pero destrozar el despacho de mi padre en un ataque de rabia e intentar vandalizar tu moto... Ahí quizá sí me arrepiento un poco.
Se ríe por lo bajo.
—¿De verdad le hiciste una pintada en el despacho?
—Le escribí «imbécil» con espray en la pared.
No puedo evitar sonreír.
—En rojo. Muy dramático.
—Esa es mi chica.
Se le arrugan los ojos al sonreír.
—Aunque la próxima vez que quieras vengarte de alguien, deja las motos en paz. Verte intentar tirar la mía fue doloroso.
Le doy un manotazo en el pecho.
—¡Eh! Casi lo consigo.
—Claro que sí, buscalíos.
Me coge la mano y se la lleva a los labios.
—Pero a partir de ahora, déjame ocuparme de quien haga falta. Eso es lo que hacen las mujeres de los moteros: dejan que sus hombres libren sus batallas.
Arqueo una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo funciona eso?
Su expresión se suaviza mientras me atrae hacia él.
—Protegemos lo que es nuestro. Amamos a nuestras mujeres. Nos aseguramos de que nunca duden de cuál es su lugar.
—¿Y cuál es ese lugar?
—Aquí mismo.
Me besa con suavidad.
—Conmigo. Siempre.
—Siempre —susurro, y vuelvo a besarlo.
Lo que empieza como un roce suave de labios se enciende rápidamente en algo más ardiente cuando su mano se desliza por mi espalda hasta agarrarme el trasero y atraerme contra él.
—¿Otra vez? —murmuro contra su boca, notando cómo ya se endurece contra mi muslo.
Sonríe y me mordisquea el labio inferior.
—¿Qué quieres que te diga? Sacas al adolescente insaciable que llevo dentro.
Me río, pero la risa se convierte en un jadeo cuando sus dedos se abren paso entre mis piernas.
Y mientras me acomodo, disfrutando de cómo los dedos de Axel vuelven a llevarme al límite con maestría, me doy cuenta de que esto es lo que significa ser verdaderamente valorada.
Ser protegida sin ser controlada. Ser amada, reclamada. Suya.
Fuera, oigo motos arrancando, hermanos que se van a casa. Pronto tendremos que volver a enfrentarnos a la realidad: lidiar con la traición de mi padre, decidir qué hacer con mis hermanos, afrontar las consecuencias de esta noche.
Pero por ahora, he tomado mi decisión. Estoy en casa. Y es exactamente donde debo estar.