POPPY #2
—Qué caballero —ronroneo, y me inclino hasta que mis labios casi le rozan el oído—. Pero insisto. Los años primero, después de todo.
Axel se echa atrás, con los ojos oscurecidos por el desafío y algo más que no logro identificar. —Cuidado, niña. Puede que estés abarcando más de lo que puedes apretar.
—¿Niña? —arqueo una ceja—. Nunca me han llamado «niña» en mi vida. Lo que pasa es que tú eres descomunal.
Los labios de Axel se curvan. —¿Ah, sí?
—Sí. Y aun así apuesto a que puedo darte una paliza al billar, Goliat.
Suelta una risita grave que me recorre la espalda como un escalofrío. —Ya veremos.
Axel prepara su tiro y se le tensan los músculos. Intento no mirarlo fijamente, pero Dios santo, verlo inclinado sobre la mesa debería ser ilegal.
El tiro es suave y preciso, y mete dos rayadas. Nada mal. Se endereza con una sonrisa de suficiencia, claramente satisfecho consigo mismo.
—Suerte de principiante. —Me miro las uñas e intento parecer indiferente.
Axel rodea la mesa mientras evalúa su siguiente tiro. —La suerte no tiene nada que ver, cariño.
Mete otra bola sin esfuerzo. Me muerdo el labio al darme cuenta de que puede que haya subestimado sus habilidades. Pero de ninguna manera voy a dejar que lo note.
—Impresionante —digo con voz arrastrada—. Para un aficionado.
—¿Aficionado? —Los ojos de Axel se clavan en los míos mientras prepara su siguiente tiro sin siquiera mirar. La bola cae en la tronera con un satisfactorio golpe seco. «Presumido»—. Cariño, llevo jugando al billar desde antes de que nacieras. —Mete otra para demostrarlo.
—¿Ah, sí? —Rodeo la mesa—. ¿Y cuántos años crees que tengo exactamente?
Los ojos de Axel me recorren, lentos y deliberados.
—Lo bastante mayor para saber lo que te conviene, lo bastante joven para que te dé igual.
Me obligo a mantener mi bravuconería, aunque el corazón me late desbocado.
—Cuidado, Toto. Se te van a quedar los ojos así de tanto pasearlos.
Se ríe entre dientes. Está tan sexy cuando se ríe así.
—Solo estoy admirando las vistas. No es frecuente ver a una oponente tan... fogosa.
—¿Fogosa? ¿Así es como lo llaman en la residencia de ancianos?
—Cuidado. —Sigue diciendo eso, pero sus palabras nunca coinciden con su expresión—. ¿Siempre timas a la gente al billar cuando no estás haciendo de guardia de tráfico?
—Solo los días que terminan en «s». —Sigo sus movimientos mientras merodea alrededor de la mesa, incapaz de apartar la mirada—. ¿Por qué? ¿Te da miedo lo que pase cuando me toque tirar?
Sus ojos se encuentran con los míos mientras mete otra rayada.
—¿De ti? Cariño, me he enfrentado a cosas más aterradoras que una bocazas con un taco de billar.
—Y sin embargo, de los dos, yo soy la que te ha hecho salir por patas. —Levanto los dedos y finjo contar—. De hecho, ha pasado tantas veces que he perdido la cuenta. Aunque me encanta la vista cuando te alejas en la moto.
Falla el siguiente tiro, probablemente porque está demasiado ocupado fulminándome con la mirada. Disimulo una sonrisa mientras rodeo la mesa, dejando que mi cadera roce la suya al pasar.
—Me toca. —Me coloco enseguida y meto un tiro que envía tres bolas a la tronera de una vez. Luego me incorporo y le dedico a Axel una mirada pensativa—. Sabes, para alguien que finge que le molesta tenerme en su camino, pasas mucho tiempo buscando excusas para verme.
—¿Ah, sí? —Axel arquea una ceja.
—Ajá. Llevo un mes en el pueblo, y de toda la gente que se cruza en mi camino, creo que eres tú a quien más veo.
Aunque me pregunto por qué te molestas conmigo cuando en vuestra sede parece haber un suministro inagotable de mujeres dispuestas.
—Me preparo para el siguiente tiro—. O sea, esas fiestas que organizáis...
Digamos que la vista desde donde yo estoy no es precisamente apta para todos los públicos.
Los ojos de Axel se oscurecen mientras se acerca.
—¿Y ahora quién acosa a quién?
—No acoso —digo con fingida indiferencia, aunque noto las mejillas un poco calientes—. Simplemente me he fijado al pasar con el coche. Es difícil no ver todas esas motos y mujeres medio desnudas por ahí.
—¿Celosa? —Su voz baja de tono mientras invade mi espacio.
Resoplo, pero mis manos se aferran con más fuerza al taco.
—Por favor. Prefiero mantener mi dignidad intacta y la ropa puesta. Muchas gracias.
—Qué lástima —murmura Axel cerca de mi oído, alejándose justo cuando mis hermanos reaparecen con cervezas frescas. Pero apenas reparo en ellos. Todo mi mundo se ha reducido a este juego, a este hombre, a esta atracción peligrosa que no debería sentir.
Meto mi última lisa, dejando solo la negra.
—Tronera de la esquina —anuncio, ya saboreando la victoria.
Pero Axel invade mi espacio, su aliento cálido contra mi oído.
—¿Segura de que puedes meter ese tiro, cariño?
Su proximidad me descoloca. Siento el calor que irradia su cuerpo, huelo la mezcla embriagadora de cuero y sudor junto con el aroma a jabón, y algo que es solo suyo.
—Segurísima —digo, pero mi voz sale más jadeante de lo que pretendía.
Se ríe entre dientes, grave y profundo.
—Porque desde donde yo estoy, parece que podrías meter la blanca si no vas con cuidado.
—Creo que sé lo que hago.
Me coloco con el taco, demasiado consciente de la presencia de Axel detrás de mí. Cuando echo el taco hacia atrás para tirar, siento su mano rozar ligeramente la zona lumbar. El contacto es tan inesperado, tan eléctrico, que me sobresalto al golpear la bola blanca.
La bola blanca sale disparada por la mesa, fallando completamente la negra y rebotando en la banda del fondo. Me quedo boquiabierta mientras la veo rebotar de vuelta, dirigiéndose directamente hacia la tronera de la esquina. Cae con un golpe seco y solo puedo mirar incrédula.
—Vaya —murmura Axel, su aliento cálido contra mi oído—. Parece que al final metiste la blanca.
Me giro para encararlo, con las mejillas ardiendo de vergüenza e ira.
—¡Has hecho trampa!
Levanta las manos, haciéndose el inocente.
—No he tocado tu taco. No es culpa mía si te... distrajiste.
—Tú... —balbuceo, clavándole un dedo en el pecho—. Eso ha sido un truco sucio.
—Lo dice la chica que me ha hecho dar un rodeo extra esta mañana. —Su mano atrapa la mía donde está presionada contra él, y juro que puedo sentir los latidos de su corazón a través de la camiseta—. Donde las dan, las toman, cariño.
Abro la boca para replicar, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta cuando me doy cuenta de lo cerca que estamos. Su mano todavía envuelve la mía, aún presionada contra su pecho.
—Poppy —la voz de Hugo corta la tensión—. Deberíamos irnos ya.
Parpadeo, recordando de repente que no estamos solos. Felix aparece a mi lado, interponiéndose físicamente entre nosotros.
—Joder, Poppy. Nos vamos. Ya.
—¡Pero ha hecho trampa! —protesto, intentando rodear a Felix.
Él me bloquea el paso. Detrás de Axel, sus hermanos del club se ríen abiertamente, disfrutando claramente del espectáculo.
El sonido hace que me ardan más las mejillas—.
Sí, reíos todo lo que queráis. Pero ¿qué iba a esperar de un grupo de moteros que ni siquiera saben deletrear?
Los ojos de Axel se entrecierran con incredulidad.
—¿De qué estás hablando?
Miro el parche en su chaleco de cuero y suelto una carcajada al darme cuenta de que no lo sabe.
—Estáis todos en un club de motos y ni siquiera sabéis escribir «motocicleta» bien.
Baja la mirada, con el ceño fruncido. —¿Qué?
—Poppy, déjalo —advierte Felix, tratando de apartarme, pero estoy demasiado ocupada secándome las lágrimas de la risa.
—Vuestro parche —suelto una carcajada al ver su confusión—. Le falta una «C».
—¿Eh? —Los moteros empiezan a revisar sus chalecos, dando vueltas sobre sí mismos como perros que se persiguen la cola mientras intentan leerse la espalda. Lee se quita el suyo del todo y lo levanta en alto mientras Cash estira el cuello para verse en el espejo de la barra.
—Ni de coña —murmura Lee, y luego más alto—: ¡Joder!
—Club de Motociclos —lee Cash lentamente; su rostro pasa por varias expresiones antes de quedarse en la incredulidad—. Hijo de puta.
—Voy a estrangularlo —gruñe Axel, cayendo en la cuenta—. Duck y su «visión artística» que no nos dejaba cuestionar.
—¿Cómo no nos dimos cuenta? —añade Lee—. ¡Vamos, está ahí mismo!
Lo último que oigo mientras mis hermanos me arrastran hacia la puerta es un coro de maldiciones cada vez más creativas y la voz de Cash que se eleva por encima de todas.
—¿LLEVAMOS TRES MESES PASEÁNDONOS ASÍ?
Mi risa me acompaña hasta la camioneta. Les está bien empleado por hacer trampas al billar.