Duro como piedra POPPY
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POPPY

—¿Crees que papá se dará cuenta si pedimos horas extras? —examino las bolas sobre la mesa mientras decido mi siguiente tiro—. Porque este mes no nos pagaron tanto como esperaba, y estoy bastante segura de que darte una paliza al billar cuenta como trabajo.

Hugo resopla, apoyándose en su taco.

—En tus sueños, hermanita. Papá nos pagó lo de siempre. Además, solo estoy calentando.

—Ajá —digo arrastrando las palabras mientras alineo rápido y meto mis dos últimas bolas con una sonrisa burlona hacia mi hermano—. Eso mismo dijiste hace tres partidas.

Me incorporo, riéndome sin disimulo del quejido de Hugo ante su derrota inminente.

—Asúmelo, hermano mayor. Se te da el billar tan bien como arreglar tuberías de alcantarillado.

—Golpe bajo, Poppy —refunfuña, pero veo que se le escapa una sonrisa.

—Hablando de bajo —dice Felix mientras le da sorbos a su cerveza en la mesa alta—. ¿Crees que papá nos pagará horas extras o plus de peligrosidad cuando llegue el dinero de Summit?

Me río y apoyo el taco contra la mesa.

—¿Plus de peligrosidad? ¿Por qué, por tener que aguantar tu careto todo el día?

Felix se lleva la mano al pecho, haciéndose el ofendido.

—Oye, que esta cara es un regalo para la humanidad femenina.

—Sí, de los que se devuelven —suelta Hugo, esquivando el cacahuete que Felix le lanza a la cabeza.

—¡Lo digo en serio! —dice Felix—. Todos sabemos que el contrato que conseguimos para este pueblo es enorme. Y estoy de acuerdo con Poppy en que la paga de este mes fue más floja de lo que esperaba. Es justo que todos recibamos lo que nos corresponde.

Me concentro en ponerle tiza al taco.

—Ya conoces a papá, Felix. No es precisamente don Generoso cuando se trata de primas. Con suerte, nos invitará a unas pizzas cuando todo esto acabe.

—Yo prefiero la pasta en el banco —refunfuña Felix.

Da igual en qué pueblo estemos trabajando, nuestra noche de billar mensual después del día de pago es sagrada.

Prohibido hablar de trabajo. Pero después de todo lo que hemos tenido que aguantar desde que llegamos a Stoneheart —líos con el papeleo y los permisos, tuberías reventadas y moteros cabreados— todos estamos un poco quemados y necesitamos desahogarnos.

—Olvídate del dinero —dice Hugo, apurando su cerveza—. Papá dice que está ahorrando para nuestro futuro, así que deberíamos confiar en él. Estamos bien, ¿no? Así que centrémonos en la partida. Y lo más importante: le toca a Poppy pagar una ronda.

—No. Paga el perdedor, y todavía no he perdido —me inclino sobre la mesa y preparo el taco, concentrada en lograr el cuatro de cuatro, cuando se me eriza el vello de la nuca y un hormigueo me recorre la piel.

Antes de que pueda procesar por qué, una voz grave y ronca me golpea como si fuera algo físico.

—No me jodas.

Levanto la vista y me encuentro a Axel —mi motero gruñón favorito, barra enemigo íntimo recién descubierto y posible fantasía nocturna— de pie en el borde de la zona de billar, con una expresión a medio camino entre la frustración y una oscuridad que me acelera el pulso.

Sin el casco ni la moto, por fin puedo verlo bien de arriba abajo: pelo castaño ceniza, un poco largo para considerarse corto; barba poblada, ruda pero cuidada; y unos ojos de un gris inquietante.

Lleva la chaqueta de cuero abierta, la del parche de Stoneheart MC, dejando ver un chaleco sobre una camiseta negra.

Y es alto. Mucho más alto que yo. Manos y pies grandes…

—Vaya, vaya. Mira quién por fin ha seguido las señales amarillas —digo sin apartar los ojos de los suyos mientras la memoria muscular toma el control. Tiro, el taco conecta con su objetivo y se oye el crac satisfactorio de la bola ocho cayendo en la tronera de la esquina.

Se le tensa la mandíbula, pero capto un destello de diversión en sus ojos.

—Parece que no puedo escapar de ti, gire hacia donde gire.

Me incorporo despacio, apoyo el taco contra la mesa y sostengo la mirada de Axel.

No me sorprende exactamente verlo aquí. He pasado por delante de este sitio docenas de veces en el último mes, viendo el desfile de motos entrar y salir, preguntándome si mi...

quiero decir, el Capitán de Ruta estaría dentro.

Me había mantenido alejada de este lugar por respeto a las advertencias de mi padre sobre el MC.

Pero después de tantos encontronazos en los distintos cortes de tráfico por el pueblo (juro que Axel ha estado buscando excusas para desviarse solo por verme), decidí que era hora de comprobar si esta tensión entre Axel y yo existe fuera de la carretera.

Mis hermanos querían probar un bar más nuevo en la zona este del pueblo, pero los convencí de que tenía que ser aquí.

No pegaríamos en ningún sitio elegante con toda la mugre y la grasa que se nos mete en cada pliegue de las manos…

—A lo mejor es el destino —bromeo, incapaz de resistirme a provocarlo—. O a lo mejor me estás acosando. ¿Debería sentirme halagada o preocupada?

Resopla y se acerca un paso.

—Créeme, cielo, si te estuviera acosando, lo sabrías.

Me obligo a mantener la fachada de chulería aunque el corazón me va a mil.

—Uy, ¿eso es una amenaza o una promesa? —apoyo la cadera contra la mesa de billar.

—Poppy —me advierte Hugo a mi espalda, con voz grave. Casi puedo sentir la tensión que emana de mis hermanos.

Axel les echa un vistazo fugaz antes de volver a mirarme.

—Tranquilos, chicos —digo sin apartar los ojos del motero—. El señor Alto, Moreno y Taciturno es inofensivo. ¿A que sí, cielo?

A Axel le tiemblan los labios, como si estuviera conteniendo una sonrisa.

—¿Estás segura de eso?

Me acerco más y bajo la voz.

—Por favor. Si de verdad fueras peligroso, no habrías dejado que una tía con una señal de stop te diera órdenes todo el mes.

Suelta una risita grave que me resuena en el pecho. —Quizá es que me gustan las mujeres mandonas. —Sus ojos recorren lentamente mi cuerpo y se detienen en mis zapatos—. ¿Sin zapatillas de rubí?

Bajo la vista hacia mis Doc Martens gastadas, negras y sin ningún adorno brillante.

—Lamentablemente, no. Me gusta reservar mi…

chispa solo para el horario de oficina. —Me inclino hacia él con aire cómplice—.

Pero entre tú y yo, estoy trabajando en adornar un collar con pedrería que ponga Toto para ti.

A Axel se le arrugan los ojos en las comisuras. —Es un regalo que espero no recibir nunca.

—Poppy. —Esta vez es la voz de Felix la que interrumpe nuestro intercambio—. Deberíamos irnos. Se está haciendo tarde.

Una parte de mí quiere decirles a mis hermanos que se relajen, que sé cuidarme sola. Pero otra parte reconoce la auténtica preocupación en sus voces.

Con un suspiro, me vuelvo hacia Axel. —Parece que nuestro duelo de ingenio tendrá que esperar a otro día —digo, intentando ignorar la punzada de decepción que siento—. Nos vemos en la carretera, cariño.

Los ojos de Axel van de mí a mis hermanos, y algo indescifrable le cruza el rostro. Por un momento, creo que va a dejarme marchar. Pero entonces alarga el brazo por delante de mí, rozándome con el suyo mientras agarra un taco de billar del estante.

—Espera —dice Axel, con voz grave y áspera—. Puede que en la carretera seas capaz de mangonearme, pero al menos dame la oportunidad de ganarte al billar.

Pasa la mano por la madera lisa del taco, y sus dedos trazan la veta de una manera que me deja la boca seca. —A menos que te dé miedo un poco de competencia.

Miro a mis hermanos y veo la advertencia que intentan comunicarme en silencio con los ojos.

Pero hay algo en el desafío del tono de Axel que no puedo ignorar.

Quizá sea la adrenalina de nuestros encuentros en la carretera, o quizá sea simplemente cómo le quedan esos vaqueros.

De cualquier manera, no voy a echarme atrás.

—¿Miedo? —resoplo mientras vuelvo a coger mi taco—. Cariño, me como a hombres como tú para desayunar.

La comisura de la boca de Axel se eleva. —¿Ah, sí?

Me acerco a él y bajo la voz hasta un susurro. —Oh, sí. Y siempre repito.

Los ojos de Axel se oscurecen, y por un momento creo que podría agarrarme y besarme ahí mismo.

La tensión entre nosotros es una locura, y soy muy consciente de que estoy hablando y comportándome como una loca; quiero decir, nunca me he comido a ningún hombre para desayunar, y mucho menos a un motero de aspecto aterrador.

Ni he repetido. ¿Qué estoy diciendo siquiera?

—Coloca las bolas —gruñe.

—Por supuesto. —Parpadeo, me sacudo la bruma de deseo y coloco las bolas, muy consciente de cómo sigue cada uno de mis movimientos—. ¿Seguro que estás preparado para que te den una paliza dos veces en un día?

Un par de sus colegas moteros, Lee y Cash según los nombres que aparecen en sus chalecos, se acomodan en una mesa alta cercana, claramente dispuestos a disfrutar del espectáculo.

Axel les entrega su chaqueta, pero se queda con el chaleco de cuero puesto.

Casi se me escapa un chillido al ver lo bien que le queda, cómo se le ajusta a la cintura.

¡Agua, por favor!

—Poppy —sisea Felix para que solo yo lo oiga—. ¿Qué pasó con eso de mantenerse alejada del MC?

—Esa era la regla de papá, no la mía. —Me vuelvo hacia mis hermanos, que están cerca y se retuercen las manos como viejas preocupadas—. Pero si les tenéis tanto miedo a los moteros malos malísimos, podéis iros. Yo os alcanzo luego.

—Poppy —empieza Hugo, pero no le doy la oportunidad de continuar; me alejo y le entrego la tiza a Axel. Por el rabillo del ojo, veo a mis hermanos darse por vencidos y dirigirse a la barra a beber.

—¿Por qué no empiezas tú, Capitán de Ruta? Así al menos tendrás la oportunidad de parecer que vas ganando.

Suelta una risa profunda y me coge la tiza de la mano; sus dedos rozan los míos y me recorre un escalofrío por el brazo. Se inclina hacia mí, y su aliento cálido me acaricia el oído mientras murmura: —Las damas primero.

Reprimo el escalofrío que amenaza con recorrerme la espalda. Dos pueden jugar a este juego.