Duro como piedra POPPY
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Cuando era niña, solía sentarme con las piernas cruzadas frente al televisor viendo series ambientadas en pueblos pequeños y deseando, rogando, poder escapar algún día del hedor de la ciudad y vivir ese sueño idílico.

Aire fresco de montaña. Flores silvestres salpicando el paisaje.

Vecinos amables que de verdad sabían tu nombre y se interesaban por cómo te iba.

Una pintoresca calle principal con un restaurante que servía la mejor tarta del mundo.

Y aquí estoy ahora, con veintidós años y diecisiete días, viviendo mi sueño pueblerino en todo su esplendor.

Solo que, en lugar de retozar por campos de margaritas e inhalar profundas bocanadas de aire limpio, estoy hundida hasta los tobillos en barro —al menos espero que sea barro— y hago todo lo posible por no tener arcadas con el hedor de las aguas residuales.

Estoy bastante segura de que he muerto y estoy en el infierno.

El final del verano en Georgia no está hecho para quedarse plantada en medio de una carretera con un chaleco amarillo fluorescente que me hace parecer un pollito de golosina con esteroides.

El calor es tan intenso que juro que puedo oír mi piel chisporroteando.

Y aunque estamos en el pequeño y frondoso pueblo de Stoneheart, no hay ni una pizca de sombra a la vista.

Esta parte del pueblo está bastante deteriorada. No me extraña que nos llamaran.

—¡Lo encontramos! —vocifera papá desde algún lugar detrás de mí—. ¡Parece que la tubería principal se partió justo por la mitad!

Gracias a Dios. Mi chicle de fresa solo puede disimular cierta cantidad de peste a aguas residuales. Estoy bastante segura de que los pelos de mi nariz se han declarado en huelga y amenazan con evacuar si las condiciones no mejoran pronto.

Adiós a esas fantasías perfectas de pueblo pequeño.

Lo único que salpica este paisaje son baches, y lo único pintoresco es lo pintorescamente desastroso que resulta este proyecto de reparación de carreteras.

Nuestros permisos para arreglar Button Road han desaparecido misteriosamente dos veces solo en esta sección de la carretera.

Una reparación que debería haberse completado en un día se ha alargado una semana entera por culpa de tanto parón.

Papá dice que es burocracia, pero en la ciudad nunca tuvimos que lidiar con un montón de tipos trajeados presentándose en cada obra y diciéndonos que recojamos y nos larguemos a mitad de faena porque a alguna «i» le falta el punto en el lugar correcto de algún formulario.

Los trajeados ponen nervioso a mi padre, lo que a su vez pone nerviosos a mis hermanos.

¿Y yo? Bueno, he pasado más tiempo discutiendo con la vieja del ayuntamiento que haciendo mi trabajo de verdad.

Empiezo a pensar que todos mis sueños pueblerinos fueron mentiras fabricadas por los medios.

O sea, cuando estamos trabajando, ni siquiera salen vecinos amables a ofrecernos una jarra de té dulce y frío para aliviar el calor.

A menos que cuentes como vecina a la marmota hosca que lleva toda la mañana mirándome desde el arcén. Pero no tiene té…

—¡No, pedazo de alcornoque! ¡Te dije que hay que reemplazar toda esta sección!

—Y yo te dije que podemos parchearla con la mezcla de epoxi. Cabeza hueca.

Detrás de mí, mis hermanos, Hugo y Felix, discuten como críos peleándose por la última galleta.

Ya me sacan de quicio en los días buenos.

Pero bueno, al menos tengo mi fiel señal de stop para mantenerme al margen y un paquete entero de chicle para hacerme compañía.

Además, cuando la brisa sopla en la dirección correcta, me refresca la piel y se lleva la peste a aguas residuales hacia otro lado.

Así que supongo que no es todo malo, ¿no?

—¡A lo mejor si te quitaras esos auriculares con cancelación de ruido de vez en cuando, te enterarías de lo que te dicen!

La voz de Hugo se impone al ruido de la maquinaria al ralentí.

Pongo los ojos en blanco con tanta fuerza que me sorprende que no se me salgan de las órbitas. A veces me pregunto si de verdad están rozando la treintena o si han hecho un Benjamin Button y están volviendo a la infancia.

—¡Chicos! —la voz áspera de papá corta su pelea en seco—. Dejad de cotorrear y volved al trabajo. Esta tubería no se va a arreglar sola, y no pienso dejar que vosotros dos arruinéis este contrato con vuestras payasadas de patio de colegio. Hoy la parcheamos y la semana que viene ya veremos.

No puedo evitar sonreír. Papá tiene razón.

De verdad necesitamos este contrato. La iniciativa gubernamental que hay detrás es nuestro billete dorado.

Nuestro pequeño negocio familiar lleva años sobreviviendo a duras penas, y ahora por fin tenemos nuestra oportunidad de jugar en las grandes ligas.

¿Quién iba a decir que arreglar las tuberías de un pueblo destartalado sería nuestro billete al éxito?

Estoy deseando ver mi cuenta bancaria crecer de verdad para variar.

Papá me pilla mirando y señala la carretera.

—¡Ojos al frente, Poppy! No podemos permitirnos ningún accidente estando nosotros aquí.

Le hago un rápido saludo militar y vuelvo a centrar la atención en la calle vacía, reprimiendo una risita. Típico de papá pensar que una bola de matorral rodante podría convertirse de repente en un coche a toda velocidad. Pero bueno, él es el jefe.

Me meto un chicle nuevo en la boca y observo a un par de ardillas que se persiguen a un lado de la carretera.

Corretean de un lado a otro, parloteando y mordiéndose las colas.

Me recuerdan tanto a Hugo y Felix que tengo que morderme el labio para no reírme en voz alta. Misma energía, diferente especie.

Estoy debatiendo cuál de las ardillas es Hugo y cuál es Felix cuando lo oigo. El rugido distante de un motor que suena más cabreado que mi padre cuando alguien se come sus sobras etiquetadas de la nevera portátil.

Entrecierro los ojos contra el sol, y madre mía de las motos, lo que aparece ante mí basta para hacerme olvidar que me estoy cociendo a fuego lento con este calor.

La moto que se acerca es puro cromo reluciente y negro medianoche, pero es el motorista el que de verdad me llama la atención. Está cachas. Con unos brazos que parecen capaces de levantar mi coche en press de banca. Y a mí. Probablemente los dos a la vez.

A medida que se acerca, casi puedo sentir las oleadas de irritación que emanan de él. Tiene el ceño tan fruncido que me preocupa que le salgan colmillos y me arranque la cabeza de un mordisco por estar en su camino.

Hora de poner mi mejor sonrisa de no-soy-yo-la-culpable-de-que-tu-día-sea-una-mierda.

Me yergo, respiro hondo y levanto mi señal de stop.

El Sr. Alto, Moreno y Terroríficamente Bueno se detiene, con la moto ronroneando al ralentí como un oso pardo dormido.

Incluso con ese ceño fruncido, tiene una cara que es a partes iguales «modelo de Harley Davidson» y «desayuno clavos».

No sé si tengo miedo o estoy cachonda. En realidad, las dos cosas.

—La carretera está cerrada, cariño —señalo mi señal de stop con la cabeza antes de hacer un globo gigante con el chicle.

Crece tanto que me tapa la vista. Solo veo una bola rosa enorme con olor a fresa delante de mí.

Es la hostia. Pero en cuanto explota, ahí está otra vez el motero, aterrador y buenorro, fulminándome con la mirada.

Cualquiera diría que le acabo de decir que han cancelado la Navidad.

—¿Cuánto tiempo? —el retumbar de su voz me pone los pezones duros.

—Oh, ya sabes, solo hasta que terminemos de reparar esta tuberíta que ha decidido darnos la lata —digo, señalando vagamente el caos que mi equipo tiene montado detrás de mí—. Puede ser una hora, puede ser una semana. El tiempo es relativo, ¿no?

Aprieta la mandíbula y se pasa una mano tatuada y llena de anillos por la espesa barba. No le veo mucho el pelo bajo el casco, pero por el color de la barba y lo poco que alcanzo a ver del cuello, yo diría que es castaño ceniza. Todo en él grita «lámeme», al menos para mí.

—¿Estás escuchando?

—¿Qué? —frunzo el ceño y me meto la lengua en la boca a toda prisa.

¿Acabo de lamer el aire mientras lo miraba?

—Necesito pasar. Ya.

Echo un vistazo por encima del hombro a la maquinaria y los escombros embarrados apilados detrás de mí.

—Mmm, déjame pensar... —empiezo, dándome golpecitos en la barbilla mientras me vuelvo hacia él—.

Parece que es un no rotundo. —Le sostengo la mirada a esos ojos grises e inclino la cabeza—.

A menos que lleves unos zapatos de rubí escondidos en esos pantalones de cuero para teletransportarte, me temo que vas a tener que dar media vuelta con la moto y buscar otro camino de baldosas amarillas, Toto.

Me mira como si intentara decidir si soy real o si soy una especie de espejismo mascachicles enviado para atormentarlo.

—Mira —gruñe—, no tengo tiempo para esto. Tengo asuntos que atender.

—Déjame adivinar, ¿llegas tarde a un concurso de mala leche? ¿O es que hay rebajas de caras largas en el centro comercial?

Por un segundo, juro que veo temblar la comisura de su boca. Pero luego frunce aún más el ceño, si es que eso es posible.

—¿Siempre eres tan borde? —pregunta.

Le dedico una sonrisa radiante. —Prefiero «deliciosamente peculiar», pero bueno, si quieres llamarme borde, vale. Y ahora, ¿qué tal si cambias esa cara de vinagre por una sonrisita y coges el desvío como buen chico?

Me clava la mirada un buen rato, y casi espero que acelere y me pase por encima. El corazón me da un vuelco, y una gota de sudor que no tiene nada que ver con el calor me baja por la espalda.

Soy muy consciente de lo aislados que estamos aquí, de lo lejos que queda mi familia. Este tío es tan enorme que seguramente tiene los bíceps más grandes que mi cabeza. Si decide ponerse borde, no sé si podría correr más que él con estas botas de punta de acero.

Tranquila, Poppy.

Respiro hondo, agarrando la señal de stop con más fuerza mientras le sostengo la mirada. He lidiado con el tráfico en hora punta, taxistas cabreados y autobuses que se creen los amos de la carretera. Un tío enorme en una Harley no va a asustarme... mucho.

Acelera el motor. Y yo cuadro los hombros, levanto la barbilla y echo mano de toda la autoridad de controladora de tráfico que puedo reunir. Puedo con esto. Soy la maestra de los cruces, la reina de las obras. Ningún motero, por muy alto, moreno e intimidante que sea, va a acojonarme.

Justo cuando pienso que vamos a quedarnos aquí mirándonos hasta la próxima glaciación, milagro de los milagros, suelta un suspiro de resignación.

—Esto no ha terminado —gruñe, acelerando mientras da media vuelta con la moto.

Antes de que se largue, no puedo resistirme a lanzarle una última pulla. —¡Ya tengo ganas de nuestra próxima charla, Toto! ¡A lo mejor hasta te invito a chicle!

Me lanza una mirada por encima del hombro, mitad exasperación, mitad diversión, y acelera en dirección contraria.

—¿Quién era ese? —la voz de Felix me sobresalta por detrás.

Me doy la vuelta y me encuentro a mis dos hermanos mirando boquiabiertos cómo se aleja el motero gruñón.

—Solo un poco de color local —me encojo de hombros, intentando parecer despreocupada—. No le hizo gracia que le cortara el paso. Pero lo puse en su sitio.

Hugo resopla. —¿Has visto el parche de su chaqueta?

Parpadeo, cayendo en que estaba tan concentrada en su cara, y sus brazos... y, bueno, en todo, que ni me había fijado en su ropa. —¿Qué parche?

—Stoneheart MC —dice Felix, bajando la voz a un susurro conspiratorio—. Son el club de moteros del pueblo. Papá dice que nos mantengamos alejados.

—Venga ya —pongo los ojos en blanco—. Esto no es Hijos de la Anarquía. Seguro que son solo un grupo de tíos a los que les mola el cuero y los motores ruidosos.

Pero incluso mientras lo digo, no puedo evitar esa tensión en el estómago. Y no son nervios. Es emoción.

—Lo que tú digas, hermanita —Hugo se encoge de hombros—. Pero no vayas buscándoles las cosquillas como haces siempre. No necesitamos problemas.

Le saco la lengua, siempre la hermana pequeña inmadura. —Venga, volved al trabajo, vosotros dos. Esa tubería de mierda no se va a arreglar sola.

—Hablamos en serio, Poppy —insiste Felix—. No te metas con los moteros.

—¡Vale! Seré amable... —levanto la mano libre en gesto de rendición mientras Hugo y Felix intercambian miradas de hastío antes de volver a la tubería. En cuanto se alejan lo suficiente para no oírme, termino la frase en voz baja—, siempre y cuando ellos sean amables conmigo.