Duro como piedra POPPY
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—No lo entiendo —me apoyo en el mostrador de la oficina de permisos, intentando disimular mi frustración porque sé que no servirá de nada—.

Presentamos estos formularios la semana pasada para los fondos que necesitamos para completar la reconstrucción de Iron Way.

El empleado los repasó conmigo y me aseguró que ya estarían procesados.

Ethel, que probablemente lleva trabajando en el ayuntamiento desde antes de que existieran las carreteras, me observa a través de unas gafas que le agrandan los ojos hasta parecer un búho.

—Lo siento, querida, pero parece que hay cierta... confusión con tu papeleo. ¿Podrías volver a presentarlo?

Me trago un gemido. Estoy harta de este jueguecito burocrático al que nos somete el ayuntamiento.

Nos contrataron para hacer un trabajo y nos lo ponen casi imposible.

No podemos empezar la siguiente fase de reparaciones hasta que aprueben estos permisos; los materiales ya están pedidos, pero ni siquiera podemos pagarlos si no llegan estos fondos.

—¿Qué tipo de confusión, exactamente?

—Bueno... —revuelve los papeles con una lentitud exasperante—. Parece que faltan algunas de las firmas necesarias.

—¿Que faltan? —me esfuerzo por mantener un tono amable—. Pero si yo misma vi al alcalde firmarlos. Necesitamos empezar con el sistema de drenaje pluvial antes de fin de mes o no cumpliremos el plazo que nos marcó vuestra oficina.

Ethel se revuelve incómoda en su asiento.

—Lo entiendo, querida. Pero estas cosas llevan su tiempo. Y con los recientes... cambios en nuestro proceso de aprobación, bueno... —deja la frase en el aire, evitando mi mirada.

Entrecierro los ojos.

—¿Qué cambios?

—Oh, nada que deba preocuparte —agita la mano con gesto desdeñoso—. Solo algunos procedimientos nuevos de supervisión. Para asegurarnos de que todo cumple la normativa, ¿entiendes?

No entiendo nada. Pero huelo la mentira a kilómetros, aunque venga de una dulce ancianita que seguramente teje jerséis para sus gatos.

—Tendrás que rellenar estos —desliza hacia mí los mismos formularios que ya presenté.

—Eso es lo que ya os entregué.

—No, querida. La sección catorce ahora tiene tres apartados.

—¿No puedo rellenar solo la sección catorce?

—No, querida —me acerca los formularios con una sonrisa dulce.

—Bien —digo entre dientes, detestando de pronto que me llame «querida»—. Rellenaré estos formularios. Otra vez. Y conseguiré que los firmen. Otra vez también. ¿Hay algo más que tengamos que hacer para que esta vez sí se procesen?

Ethel se inclina hacia la pantalla del ordenador y entrecierra los ojos.

—No creo... —dice despacio, aunque dudo que ninguna de las dos esté convencida de que tenga idea de lo que pasa.

Dos hombres con trajes caros salen de una oficina del fondo y su conversación en voz baja me llama la atención.

—Summit quiere que esto esté resuelto para... —el que habla se calla al verme y me dedica una sonrisa tensa que no le llega a los ojos—. Señorita Bennett —me saluda con un gesto de cabeza antes de alejarse a toda prisa.

Le devuelvo el gesto mientras aprieto los papeles con más fuerza, recordando trajes parecidos en nuestras obras cada vez que quieren que algo se haga «deprisa». Sobre todo cuando trabajamos en la zona este de la ciudad, o sea, el barrio rico. Me dan escalofríos.

—Nos vemos, Ethel —digo mientras retrocedo y salgo del ayuntamiento con nada más que un dolor de cabeza y un nuevo montón de formularios por rellenar. El sol de la mañana ya abrasa la acera y estoy debatiendo entre un café o algo más fuerte cuando un rugido familiar me deja clavada en el sitio.

El hombre de mis sueños más sucios se detiene junto al bordillo y apaga el motor. Incluso con las gafas de sol puestas, noto el peso de su mirada.

—¿Tú otra vez? Y eso que me acusaste de acosarte cuando literalmente tengo que pasar por delante de vuestro club para llegar a casa —bromeo cuando levanta la barbilla a modo de saludo.

—Eres tú la que está ahí parada mirándome, cariño.

—Por favor —pongo los ojos en blanco—. Eres tú el que aparece dondequiera que vaya. Llevas un mes pasando a mi lado cada vez que trabajo en las carreteras. Luego apareces en el bar, después en el parque de caravanas, ¿y ahora aquí?

Esboza una media sonrisa.

—Es un pueblo pequeño, cariño. Además, Devil's es un bar de moteros y lo sabes.

—Puede ser —me encojo de hombros, sin poder evitar devolverle la sonrisa.

Hay algo en él que me hace querer siempre más, aunque sé que debería mantener las distancias; esos parches del uno por ciento no se refieren precisamente al tipo de leche que beben—.

Entonces, ¿qué trae al Capitán de Ruta al ayuntamiento?

¿Pedir permisos para una venta de pasteles?

Aunque igual deberías hacer que alguien te los revise antes.

Se ríe y se baja de la moto.

—¿Me estás ofreciendo tus servicios?

—Depende —aprieto los papeles contra el pecho—. ¿Qué tal pagan?

Axel arquea una ceja con un destello de diversión en la mirada.

—¿Pago? —me recorre con los ojos, del pecho hacia abajo, antes de volver a mi cara—. Podríamos llegar a un acuerdo.

Pongo los ojos en blanco.

—En tus sueños, amigo.

—Todas las noches.

Trago saliva mientras señala con la barbilla los formularios que aprieto con fuerza para no lanzarme a sus brazos.

—¿Qué es eso? —se quita las gafas de sol y las guarda en el chaleco—. ¿Más carreteras que levantar?

—Más burocracia que sortear —suspiro, agotada de pronto—. Por lo visto, nuestro papeleo no estaba bien y tengo que rellenar formularios nuevos o no nos pagarán. Lo que significa que las carreteras se quedarán como están.

Algo destella en sus ojos. —¿Eso pasa a menudo?

—Lo suficiente cuando tratas con funcionarios —respondo mientras revuelvo los papeles con el ceño fruncido—.

Parece que cada vez que presentamos documentación, algo sale mal.

Se pierden papeles, faltan firmas, fallos del sistema retrasan nuestros pagos.

Ya es bastante difícil lidiar con la burocracia en la ciudad, pero la de este pueblo está a otro nivel.

La mandíbula de Axel se tensa. —¿Ah, sí?

—Sí. Es como... —me interrumpo, sin saber cómo explicar esa sensación persistente que tengo desde que empezamos este proyecto—.

Es como si alguien nos estuviera poniendo trabas a propósito.

Pero eso es absurdo, ¿no? O sea, ¿quién querría retrasar las reparaciones de las carreteras si eso las dejaría inutilizables?

La expresión de Axel se ensombrece. —Te sorprenderías —murmura, casi para sí.

Lo miro con curiosidad. —¿Y eso qué significa?

Niega con la cabeza. —Nada. Por cierto, ¿cómo consiguió tu familia el contrato?

—La oferta más baja —me encojo de hombros—. Mi padre lleva toda la vida en la construcción. Cuando se enteró del proyecto de embellecimiento, pensó: «¿Por qué no intentarlo?». En realidad no esperaba conseguirlo.

—¿Así sin más? ¿El pueblo le entrega un proyecto de infraestructura importante a un equipo de fuera del estado?

Me pongo tensa. —Puede que no seamos de aquí, pero sabemos lo que hacemos. Mi padre tiene treinta años de experiencia...

—No estoy cuestionando vuestra capacidad, cariño —levanta las manos—. Solo me parece extraño, eso es todo.

—¿Y a ti qué te importa?

—Al MC le interesa todo lo que pasa en este pueblo —me clava la mirada—. Sobre todo cuando hay forasteros destrozando nuestras calles.

Me erizo ante su tono. —No estamos «destrozando» nada. Estamos arreglando carreteras que llevan años abandonadas. Mejoramos las cosas para todos.

—¿Para todos? —Axel arquea una ceja—. ¿O solo para la gente del lado bueno del pueblo?

—¿Qué insinúas?

Se acerca más y baja la voz. —¿Te has fijado en dónde se están haciendo todas estas «mejoras»? No están tocando precisamente el lado este, ¿verdad?

Abro la boca para replicar, pero me detengo mientras repaso mentalmente el mapa del proyecto.

Tiene razón: la mayor parte del trabajo que no podemos completar se concentra en el lado oeste del pueblo, en las zonas menos prósperas.

Pero seguro que es solo porque está en peor estado y necesita más trabajo.

El lado este ya tiene mejores carreteras e infraestructura, así que las reparaciones son más rápidas, más fáciles.

Menos trabajo significa menos obstáculos para conseguir la aprobación.

—Creo que el problema es simplemente que esas zonas necesitan más trabajo —digo, aunque ahora mi voz suena menos convencida—.

No estamos haciendo nada a propósito. Solo seguimos los planos que nos dio el ayuntamiento, y a veces nos dicen que esperemos mientras...

no sé. Supongo que se están dando cuenta de que hay más trabajo del previsto y necesitan más supervisión.

—Ni siquiera yo estoy segura de que lo que digo tenga sentido.

—A mí me parece que estos retrasos solo perjudican a una clase de ciudadanos por aquí.

Doy un paso atrás, de pronto muy consciente de que estoy a solas con un hombre peligroso y hablamos de temas que podrían meterme en un buen lío. Las voces de mis hermanos nunca han resonado tan alto en mi cabeza con sus advertencias de no-te-metas-con-el-MC.

—Mira —digo, intentando que no me tiemble la voz—, no sé qué estás insinuando, pero solo estamos aquí para hacer un trabajo. Arreglar las carreteras, cobrar y pasar al siguiente pueblo. Eso es todo.

Axel me escudriña el rostro. —Si tú lo dices, cariño.

Me erizo ante su tono condescendiente. —Lo digo. Y deja de llamarme cariño.

Los labios de Axel esbozan una sonrisa. —¿Cómo debería llamarte entonces?

—Poppy. Me llamo Poppy.

—De acuerdo, Poppy. —La forma en que pronuncia mi nombre me provoca un escalofrío involuntario—. Solo ten cuidado. Este pueblo tiene la costumbre de tragarse y escupir a la gente que no sabe dónde se mete.

—¿Eso es una amenaza? —le digo, entornando los ojos.

—Una advertencia. —Se acerca más y baja la voz—. Este pueblo no es lo que parece. Ni la gente que lo dirige.

Me obligo a no retroceder, aunque el corazón se me acelera por tenerlo tan cerca. —Gracias por el consejo críptico, Capitán de Ruta. Pero creo que sé cuidarme sola.

Su mirada baja a mis labios por una fracción de segundo antes de volver a mis ojos. —No lo dudo. Solo... ándate con cuidado, Poppy. Y si necesitas ayuda, ya sabes dónde encontrarme.

—En realidad no lo sé. Eres tú el que sigue encontrándome a mí —digo, intentando aparentar que su cercanía no me afecta en absoluto.

Los labios de Axel dibujan una media sonrisa. —Devil's. Casi todas las noches después de las ocho. O en la sede del club. Por si necesitas algo.

Arqueo una ceja. —¿Y qué podría necesitar yo de ti?

—Una revancha. —Su sonrisa me hace pasar de cautelosa a encendida en un instante.

—¿Una revancha? —resoplo, aunque el pulso se me acelera con su sugerencia—. Creo que los dos sabemos cómo acabaría eso.

—¿Ah, sí? —Axel se inclina hacia mí, la voz baja y grave—. Porque yo recuerdo que las cosas fueron un poco diferentes la última vez.

Pongo los ojos en blanco, pero no consigo reprimir del todo la sonrisa. —Solo porque hiciste trampa.

—Entonces demuéstrame que me equivoco —dice Axel, echándose hacia atrás—. A menos que te asuste el motero grande y malo.

Resoplo.

—Por favor. No me das miedo ni tú ni tu juego de billar.

—Vale, pues —dice, inclinándose de nuevo hacia mí, tan cerca que noto el calor que irradia su cuerpo—. Esta noche. A las ocho. En el Devil's. Si ganas, te invito a cenar.

Abro la boca para negarme (involucrarme con un hombre que me aterroriza y me excita a partes iguales es probablemente la peor decisión que podría tomar), pero entonces me vibra el móvil. Y cuando lo saco del bolsillo, la pantalla se ilumina con un mensaje de Felix.

Felix

¿Qué hay para cenar?

Me quedo mirando el móvil mientras me invade una oleada de frustración. Ni siquiera es mediodía y ya están preguntando por la cena. Como si no tuviera bastante con estos problemas de permisos y con intentar que nuestro proyecto siga adelante.

Ya me imagino cómo será la noche. Me pasaré todo el día lidiando con papeleo y funcionarios del ayuntamiento, luego me arrastraré a casa agotada y me recibirá un coro de «¿Qué hay para cenar?» y «¿Dónde están mis calcetines limpios?» y «La ducha gotea otra vez, ¿puedes arreglarla?».

Serán horas atendiendo sus necesidades, cocinando y limpiando mientras ellos se tumban a quejarse de lo duro que ha sido su día.

Y que Dios me libre de sugerir que ayuden: cualquiera diría que les estoy pidiendo que hagan una operación a corazón abierto.

Para cuando por fin tenga un momento para mí, estaré tan agotada que solo podré desplomarme en la cama, para despertarme y volver a empezar mañana.

—¿Sabes qué? —digo, guardándome el móvil en el bolsillo mientras vuelvo a mirar a Axel—. Acepto la apuesta. Y cuando gane, quiero un chuletón grande y jugoso. De esos que se deshacen en la boca y cuestan más que lo que gano en una hora.

Una sonrisa lenta le cruza el rostro.

—En ese caso, puede que tenga que dejarte ganar solo por verte saborear un buen trozo de carne jugosa.

—Ah, ya quisieras —sus palabras me provocan un calor en el bajo vientre—. Pero no necesito ningún favor tuyo. Ganaré limpiamente. Y te haré llevar una venda en los ojos mientras como; no pienso darle alas a tu fetiche carnívoro.

Me doy la vuelta, lista para hacer una salida dramática, pero la voz de Axel me detiene.

—Oye, Poppy.

Miro por encima del hombro y arqueo una ceja.

—¿Sí, Capitán de Ruta?

A Axel se le arrugan los ojos en las comisuras mientras sonríe con suficiencia.

—Ponte algo bonito. Cuando gane, quiero llevarte a un sitio donde no sirvan la cerveza en vasos de plástico.

—¿No es eso lo que pasa cuando gano yo?

—No si llevas un vestido.

Pongo los ojos en blanco, pero no puedo evitar que se me escape una sonrisa.

—En tus sueños, Capitán de Ruta.

—Y en los que tengo despierto —me grita mientras me alejo. Le hago una peineta sin mirar atrás mientras repaso mentalmente mi armario. ¿Tengo siquiera un vestido?