Capítulo 38
A la mañana siguiente, Cecilia esperaba inquieta junto a la puerta principal, con la mirada fija en el camino de entrada. Stefano y Edoardo habían quedado para verse ese día, y Cecilia sabía lo que Stefano tenía planeado.
—Sigo pensando que... —dijo en voz baja cuando Stefano apareció a su lado y le puso una taza de café en la mano.
—Déjalo ya —la interrumpió él.
Ella se volvió hacia él. —Ese lugar de ahí arriba es tu rincón secreto, sagrado, querido y profundamente personal.
No puedes llevar allí a cualquiera. Eso sería...
—Respiró hondo—. Creo que te arrepentirías.
Y creo que, con el tiempo, acabarías culpándome a mí.
Ese no puede ser un buen comienzo para nosotros dos.
Al ver que él no respondía de inmediato, Cecilia lo miró con recelo. Stefano sonrió. Esbozó esa sonrisa. Y, en aquel momento, consiguió sacarla un poco de quicio. —¡No me estás tomando en serio!
Él soltó una carcajada y le acarició la mejilla con ternura. —Te estoy tomando completamente en serio. Pero tú no me escuchas.
—Sí te escucho, lo que pasa es que no estoy de acuerdo contigo.
—Ya soy mayorcito. Sé lo que hago. Podrías confiar un poco en mí.
—Sí que confío...
—Y no voy a llevar ahí arriba a cualquiera —continuó Stefano sin dejarse amilanar—. Te llevé a ti . Y ahora voy a llevar a tu jefe.
—Por mí.
—No. Por todo esto. Se enamorará. Igual que tú. —Le guiñó un ojo, y Cecilia se sintió un poco mejor.
El coche de Edoardo llegó por el camino. Él se apeó y Cecilia tuvo que contener la risa. Su redactor jefe parecía haberse vestido para una expedición a la jungla. —Buenos días —dijo, saludándolos a ambos con la cabeza.
—Buenos días, Edoardo. ¿Has dormido bien? —preguntó Stefano.
—Sí.
—¿Un café antes de salir?
—¿Os importaría decirme de una vez adónde vamos? —Edoardo fulminó a Cecilia con la mirada. Ella apartó la vista y bebió un sorbo de café.
—Es una sorpresa —respondió Stefano—. Créeme: me lo agradecerás.
—Eso ya lo veremos, Vitti —replicó Edoardo.
—Bueno, si estamos listos para irnos...
—Lo estamos.
Stefano asintió. —Voy a coger mis cosas. —Entró en la casa y dejó a Cecilia a solas con su jefe.
—Sigo enfadado —dijo él.
—Lo sé. Lo siento.
Él hizo un gesto amplio con los brazos. —Este lugar no se parece ni remotamente a lo que describiste.
—¡Pero se parecerá! —insistió Cecilia—. De verdad. Tenemos una visión. —De acuerdo, aquello había sonado un poco grandilocuente, pero Cecilia consideraba que la situación lo exigía.
—Ya veo. Así que tenéis una visión. Maravilloso. ¿Cuánto hace que os conocéis? ¿Dos segundos?
Por la expresión de Edoardo, Cecilia comprendió que sus palabras nacían más de la preocupación que del deseo de provocarla, y sonrió. —Vamos, Edoardo. ¿Dónde ha quedado tu romanticismo?
—Se lo quedó mi exmujer. Junto con mi casa, mi perro y la mitad de mis ahorros.
Cecilia soltó una carcajada. —Qué tontería. Sé perfectamente que no eres tan cínico como finges.
—Ahora mismo sí lo soy. Aquí estoy, con botas de montaña y ropa deportiva, sin tener ni idea de adónde está a punto de llevarme G. I. Joe. Por favor, dime que no piensa enterrarme en algún rincón del bosque. —Edoardo miró alrededor con desconfianza—. Aquí todos parecen un poco peculiares.
—No todos.
—¿¡El viejo...!?
—Giampaolo es un encanto. No tardarás en darte cuenta.
Edoardo desechó el comentario con un gesto y guardó silencio.
Stefano regresó. —Vámonos. —Besó a Cecilia y abrió la marcha.
Edoardo alzó una mano para despedirse con cara de ir camino del patíbulo.
Cecilia contuvo una sonrisa, entró en la casa y se puso a organizar los planes para Pasquale y sus obreros.
El día pasó volando y, aproximadamente media hora después del ocaso, Stefano y Edoardo regresaron. Cecilia los miró nerviosa. —¿Y bien? ¿Qué tal ha ido?
Stefano le guiñó un ojo, pasó de largo y entró en la cocina para coger un vaso de agua.
Edoardo se detuvo a su lado. La observó en silencio unos instantes.
Después se rascó la cabeza y dijo: —Está bien, de acuerdo.
Hemos hablado. Él... tu Stefano... tiene algunas ideas prometedoras, la verdad.
Y esto... —Miró a su alrededor y dirigió la vista hacia el Monte Prana .
Sacudió la cabeza y en sus labios se dibujó el amago de una sonrisa—. Ven conmigo.
Cecilia siguió a Edoardo al exterior y ambos se sentaron en el pequeño banco de madera pegado a la pared de la casa, desde donde se contemplaba el olivar.
Durante un rato, Edoardo no habló; se limitó a pasear la mirada por el paisaje.
Cecilia también permaneció sentada en silencio, sin atreverse a decir nada.
Al final, Edoardo se aclaró la garganta.
—¿Te he contado alguna vez cómo llegué a ser redactor?
—No —respondió Cecilia.
—Era un ratón de biblioteca. En mi infancia no tuve gran cosa. Mis padres eran pobres, de clase trabajadora. Nadie apoyaba demasiado a un chiquillo de labia fácil como yo. Que Dios los tenga en su gloria.
—Siento que los perdieras.
Él le quitó importancia con un gesto y continuó: —No tenían dinero para que terminara los estudios, y mucho menos para enviarme a la universidad.
Tuve que trabajar. Y, aun así..., sencillamente no podía renunciar a aquel sueño.
Tenía ideas y aspiraciones sobre cómo debía ser mi futuro, y ni siquiera yo creía siempre que pudiera conseguirlo.
¿Sin haber terminado los estudios? ¿Sin una carrera?
No es un punto de partida muy prometedor para dedicarse al periodismo.
Cecilia volvió la cabeza y lo miró fascinada. Siempre había dado por hecho que Edoardo procedía del mismo mundo que ella. Desde luego, sabía aparentarlo. Vestía exclusivamente ropa de diseño. Tenía dinero y estudios. Que ahora le contara aquella historia la sorprendía.
Edoardo se aclaró la garganta. —No renuncié a mi sueño.
Tenía... —Miró un instante por encima del hombro hacia la entrada de la casa, con una leve sonrisa jugueteándole en los labios— ...
visiones, podríamos decir. Y, contra todo pronóstico, lo conseguí.
Porque me lo había propuesto. Porque era testarudo, tenaz y orgulloso. ¿Y sabes una cosa?
—¿Qué? —preguntó ella.
—Veo esas mismas cualidades en tu Vitti.
Las mejillas de Cecilia resplandecieron de alegría, pero ella no se atrevió a responder.
Edoardo se levantó. Miró una vez más hacia el olivar y luego asintió a Cecilia. —Dame un día para pensarlo. ¿De acuerdo?
Cecilia asintió, aliviada. No era un no.
Y Edoardo ya no parecía tener ganas de gritar.
Además, había visto algo. Algo que sabía que jugaría a su favor.
Un diminuto destello en sus ojos. Lo reconocía.
Era el mismo destello que sentía en su interior cada vez que se encontraba sobre la plataforma rocosa.
El destello que solo la visión del viñedo rojo podía despertar.