Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 39
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Capítulo 39

U na semana después, los cuatro estaban sentados con Emilia y Aurelio a la mesa del comedor de Stefano.

Cecilia se había encargado de cocinar para quitarle presión a Stefano.

Había comprado productos de la zona para preparar una deliciosa tabla de antipasti .

Después pensaba cocinar un plato de pasta siguiendo una receta de su nonna , que los dejaría a todos satisfechos y con fuerzas para aquella conversación sobre el futuro.

Stefano parecía nervioso, aunque Cecilia sabía que no tenía ningún motivo para estarlo.

Emilia ya le había susurrado que Aurelio y los socios de su empresa de inversiones habían aprobado el concepto.

Ahora solo faltaba concretar los detalles.

Cecilia volvió a llenar las copas de vino tinto y retiró los platos de los entrantes. Después fue a la cocina para sacar del horno los cuencos de pasta que había puesto a calentar.

—No sabía que cocinaras tan bien —oyó decir a Emilia. Esta llevó a la cocina una botella de vino vacía y la dejó sobre la isla.

—Me gusta cocinar. Comida casera. Mi nonna tenía un cuaderno entero lleno de recetas. Escritas a mano. Cuando murió, las fui cocinando una a una. Y luego otra vez. Y otra más —Cecilia se encogió de hombros—. A veces soy un poco... dramática —sonrió.

—A mí no me lo parece en absoluto —añadió Emilia—. Creo que estás dando continuidad a una tradición familiar, y volver a saborear aquellos sabores que conoces gracias a tu nonna te reconforta y hace que el corazón te lata más deprisa. ¿Me equivoco?

Cecilia sonrió de oreja a oreja.—Qué poético.

—Bueno, ¿qué quieres que te diga? Este lugar te cambia sin que siquiera te des cuenta. La antigua Emilia no tenía tiempo para poesías cursis.

—¿Y la Emilia de Camaiore?

—Derrama alguna que otra lágrima cuando contempla por octogésima vez la misma puesta de sol desde la terraza panorámica.

Cecilia asintió. Entendía demasiado bien lo que quería decir Emilia.

Ella también había cambiado. Habían sucedido tantas cosas en tan poco tiempo...

Era como si avanzara a toda velocidad por una vida que aún no le pertenecía.

Pero se sentía bien. Todavía tenía muchas cuestiones que resolver.

Sin embargo, había comprendido que bastaba con ocuparse de ellas una por una.

Ahora mismo, allí, en aquel instante, era feliz. Eso era lo único que importaba.

—Eso y la pasta —dijo con una sonrisa.

—¿Mmm? —dijo Emilia, acercándose para ponerse junto a ella ante los fogones.

—Nada.

—¿Y de verdad se ha arreglado lo de tu redactor jefe? —preguntó Emilia.

Cecilia asintió. Ni ella misma acababa de creérselo.

Pero Edoardo le había dado otra oportunidad.

Ella había prometido hacerlo todo. Absolutamente todo.

Siempre que la mantuviera en su puesto y conservara su serie de artículos sobre la Toscana.

Edoardo había vuelto al día siguiente de su excursión por la montaña.

Entonces había dejado que Stefano le enseñara el viñedo.

Cuando Edoardo vio las vides marchitas, casi se desmayó de la impresión.

Y cuando examinó la casa en detalle, Cecilia se dio cuenta de que estaba a punto de salir huyendo.

Pero después Stefano lo había guiado por el olivar, y Cecilia había observado con una sonrisa cómo sus palabras cautivaban a Edoardo.

Aquello, unido a la excursión por la montaña, había terminado de convencerlo.

Cecilia aún se sentía culpable por ello.

Al fin y al cabo, aquel era su lugar secreto y especial.

Pero Stefano no quiso ni oír hablar del asunto.

Él también pensaba darlo todo. Hacer cuanto fuera necesario.

Y por eso le había mostrado a Edoardo sus dominios desde las alturas.

Cecilia sonrió al recordar el brillo en los ojos de Edoardo.

Parecía increíble, pero Stefano había conseguido ganárselo.

—Ahora solo tengo que escribir un artículo extraordinario. Otro, quiero decir. Y en un tiempo récord.

—Puedes hacerlo. Te ayudaremos.

Cecilia le dedicó una sonrisa radiante.—Es que aquí todo es tan...

—¿...especial?

—Celestial, iba a decir. Pero suena demasiado cursi, ¿verdad?

—Lo cursi justo. Y ahora dime: ¿qué delicia hay de plato principal?

—Pappardelle con Bresaola e Asparagi. Normalmente son dos platos distintos.

Y suelen servirse con tagliatelle. Pero mi muy sabia nonna comprendió enseguida lo bien que armoniza el intenso sabor del embutido de ternera con la frescura de los espárragos crujientes.

Y como por fin ha llegado la primavera, me ha parecido perfecto.

—En cualquier caso, la salsa huele de maravilla —dijo Emilia—. Tienes que darle la receta a Giampaolo.

Cecilia le guiñó un ojo.—Si me pillas en un día generoso, quizá lo haga.

— Grazie. Voy a coger otro vino de la estantería, ¿te parece? —dijo Emilia.

—Claro. Coge uno de los de arriba. Por ahí debería haber un Teroldego que combina a la perfección con la bresaola que he comprado. Emilia la miró con una sonrisa que Cecilia no supo interpretar del todo.—¿Qué pasa? —preguntó.

Emilia se encogió de hombros.—Parece que te has adaptado muy bien a este lugar.

Cecilia le quitó importancia con un gesto.—Bueno, yo... La verdad es que sí. De algún modo, así ha sido. Es extraño, ¿verdad?

—¿Por qué?

—No llevo mucho tiempo aquí. Poco más de un mes.

—Voy a contarte un secreto —dijo Emilia mientras se subía a un taburete y cogía una botella de vino tinto del estante superior del botellero. Se la mostró a Cecilia y le sonrió desde lo alto de su pequeño pedestal—. Para enamorarse perdidamente de Camaiore, a veces basta un solo latido.