Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 34
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Capítulo 34

Cecilia estaba sentada con Flora en la terraza del hotel, tomando un café por la tarde y hablando con ella sobre la versión definitiva del artículo.

Últimamente, Flora solo hablaba en tono conspirador de lo que ella llamaba el artículo falso.

—Falso, eso es lo que decís los jóvenes, ¿ no ?

Se divertía de lo lindo con aquella pequeña farsa —otro de sus términos— y cada vez contagiaba más a Cecilia su entusiasmo.

Ese día se lo enviaría a Edoardo para pedirle que sustituyera el viejo artículo, escrito con rabia, por aquel nuevo.

Aún no sabía si aceptaría, pero había hecho todo lo posible.

—Señoras —oyó decir a Stefano a su espalda y levantó la mirada.

—¡Stefano! —exclamó, sorprendida.

Él tomó la mano de Flora, la rozó con los labios y después besó a Cecilia en la boca.

—¡Madre mía, qué pareja tan guapa hacéis! —exclamó Flora encantada.

A Cecilia empezaron a arderle las mejillas, y Stefano se sentó con ellas. —Espero no interrumpir.

—Claro que no, Stefano —dijo Flora—. ¿Cómo te va todo? Cecilia dice que estás desarrollando un nuevo concepto.

Cecilia guardó en el bolso la tableta sobre la que Flora y ella habían estado inclinadas hasta ese momento y pidió un café para Stefano.

—Sí, va bastante bien. Ayer le envié mi propuesta a Aurelio y acabamos de hablar de ella en persona, antes de que se la presente pronto a sus socios.

Y, hablando de eso... —Se volvió hacia Cecilia—.

Me han dicho que últimamente he empezado a ofrecer visitas guiadas por el olivar. ¿Y excursiones al Monte Prana?

Cecilia soltó un grito ahogado. Sus dedos se cerraron automáticamente en torno al bolso. Flora se puso en pie con una agilidad sorprendente para su avanzada edad. —Me parece que he visto a alguien. Me disculpáis, ¿verdad?

Cecilia la vio marcharse con la boca abierta.

¿Acaso es posible guardar algún secreto en este pueblo?

Sirvieron el café de Stefano y él dio un sorbo. Después dejó la taza con cuidado. —¿Algún comentario? —preguntó, mirándola expectante.

—Dijiste que no debía hablarte de mi artículo falso... Quiero decir, de mi nuevo artículo —respondió ella.

—Ajá. Entonces, ¿sí tiene algo que ver con tu artículo?

Me ha dado la impresión de que la signora Trafalli había hablado con el signor Brusetto, y ambos me han felicitado por mi nuevo concepto, del que no podían saber nada porque no se lo he enseñado a nadie salvo a ti.

Y ese concepto no incluye ninguna visita al olivar, así que he reaccionado con cierto asombro.

Entonces me han dicho que la signora Donzeppi había...

Cecilia alzó los brazos en actitud defensiva. —Sí, de acuerdo. Estamos trabajando en un artículo falso . ¿Vale? Y no quería contártelo porque no sé si mi director lo aceptará.

—Esto...

—¡No quiero oír nada , Stefano! Acordamos dejar el trabajo al margen.

—Vale, de acuerdo, está bien. Pero si medio pueblo habla de ello, entonces...

—¡Eso no es verdad! Solo hay unos cuantos... amigos al corriente. Al fin y al cabo, necesito declaraciones para el artículo. No puedo escribir cualquier cosa; también tengo que comprobar mis afirmaciones.

—¿Y cuáles son esas afirmaciones?

Ella descartó la pregunta con un gesto. —El artículo es fantástico, ¿vale? Será la mejor publicidad para ti y para tu concepto. Los inversores harán cola.

—Ya veo. Pero... ¿hay más cosas que no sean del todo ciertas? O, ¿sabes qué?, empecemos de otra manera: ¿ Qué dice exactamente ?

—Nada que no pueda comprobarse si alguien investiga. Nada que contradiga lo que sucedió en realidad. Todo está bien... elaborado. Muy bien, de hecho. Puedes confiar en mí.

—Confío en ti. Pero... cuando usas la palabra elaborado , pienso en...

—¿En qué? —lo interrumpió ella.

—Mentiras.

—Estamos adornando la verdad. No es lo mismo que mentir.

—En mi mundo sí —declaró Stefano.

—Pero no en el mundo de las revistas.

—Entonces estás mintiendo —afirmó él.

—No.

—Estás poniendo en riesgo tu integridad periodística —continuó, imperturbable.

—¡No!

—Y tu carrera.

—¡Eso no es verdad!

—Por mí —concluyó él. Solo entonces lo miró. En sus ojos se reflejaban tanto la gratitud como el asombro.

Ella apretó los labios. —Ni siquiera sé si funcionará. Mi artículo escrito con rabia era realmente bueno. Por desgracia.

Él se echó a reír, y ella lo miró sorprendida. —¿Ah, sí? ¿Ya podemos reírnos de ello?

Él negó con la cabeza, se llevó la taza a los labios y terminó el café.

—¿Podrías usar palabras de verdad para que sepa qué te pasa por la cabeza? —preguntó Cecilia con impaciencia.

Él se levantó con una sonrisa, se inclinó hacia ella y depositó un beso en sus labios. —Eres sencillamente maravillosa —dijo. Después se alejó silbando.

Ella lo vio marcharse con la boca abierta, sin saber qué pensar de todo aquello. ¿Dónde estaba el hombre desconfiado que se negaba a aceptar la ayuda de nadie?

Tú no eres nadie .

Cecilia cogió el bolso y sacó la tableta.

La aferró con fuerza y contempló su reflejo en la pantalla negra.

Él tenía razón, comprendió. ¡Tenía toda la razón!

¿Por qué estaba haciendo todo aquello? ¿Por qué arriesgaba tanto?

Él le había dicho que aceptaba su trabajo, que también aceptaba que hubiera escrito el otro artículo, aunque la bodega no saliera bien parada.

No le había pedido que se tomara tantas molestias ni que escribiera un artículo falso.

Pero lo he hecho de todos modos.

Se estaba jugando el cuello. Por un hombre. Una vez más.

Stefano es distinto de todos los demás.

Volvió a guardar la tableta, de pronto insegura sobre qué hacer a continuación. De repente, todo parecía confuso. El artículo. El viñedo. Stefano. Su futuro.

No puedo quedarme aquí.

—¿Por qué no? —susurró.

Todo aquello tenía que significar algo. Ni siquiera había cuestionado durante un solo segundo lo que arriesgaba al presentar un artículo con afirmaciones falsas.

Pero entonces Stefano, el chico que te quiere, corre con todo el riesgo de que le hagan daño.

Ahora ella estaba haciendo lo mismo por él. Asumía todo el riesgo. Se estaba jugando el cuello, expuesta a perder el equilibrio y caer. Pero ¿quizá era eso precisamente lo que quería y necesitaba? ¿Un hombre con quien por fin pudiera dejarse llevar? Suspiró, se volvió y echó la cabeza hacia atrás.

No tenía respuesta para todas las preguntas que volvían a atormentarla.

Pero sabía dónde podría encontrarlas. Dirigió la mirada hacia el Monte Prana, que se alzaba alto, verde y orgulloso detrás de las colinas cubiertas de viñedos de la región.

Habían pasado cuatro semanas desde su llegada.

Desde entonces, su vida y, si era totalmente sincera, ella misma parecían haber dado un giro de 180 grados.

Cuatro semanas pueden convertirse en una eternidad.

Pensó en la primera vez que Stefano y ella habían subido hasta allí. Cuando él la había dejado entrar en su mundo y le había mostrado su lugar secreto. ¿Cuánto tiempo llevaban conociéndose entonces?

Una semana.

Apenas se conocían, y él le había dicho sin rodeos que estaba acostumbrado a ocuparse de todo solo.

Que le costaba confiar en la gente. Pero había confiado en ella .

Le había abierto las puertas de su mundo, aunque desde fuera pareciera muy pequeño.

Pero ahora, tres semanas después, ella sabía que aquel pequeño mundo lo era todo para él.

Y para mí también.

Aquella certeza la golpeó con una rotundidad sin precedentes. Aun así, todavía la corroían algunas dudas. ¿Podía atreverse? ¿Podía ser alocada e insensata? Pensó en las palabras de Emilia y no pudo evitar sonreír.

No me oirás decirte que seas sensata.

—Tampoco quiero que lo hagas —susurró Cecilia, contemplando el Monte Prana.

Entonces tomó una decisión. Subiría. Se sentaría en la plataforma de Stefano. Miraría hacia abajo y pediría respuestas. Contemplaría aquella pequeña mota y se preguntaría si representaba un futuro que quizá pudiera ser suyo.

Y esa vez lo haría todo sola.