Capítulo 33
Y de repente todo pareció muy sencillo. Cecilia dejó el Hotel Toscana Mare y se instaló en el viñedo de Stefano.
Para trabajar, aún tenía que ir a la biblioteca del hotel, pues en el viñedo no había internet y apenas había otras comodidades.
La casa entera necesitaba una reforma integral.
Además, ya contaban con alguien que los ayudara.
Pasquale, el novio de Lorella, era un artesano sumamente hábil y no menos creativo.
Le encantaba tallar madera, pero sabía hacer muchas otras cosas.
Emilia se lo había recomendado porque ella misma tenía varias piezas suyas en el hotel.
Pasquale ya había aceptado, aunque, como era natural, quería cobrar, pese a haber insinuado que estaría dispuesto a echarles una mano sin anticipo ni salario garantizado.
Una vez más, Cecilia se había quedado tan asombrada como conmovida por los estrechos vínculos que unían a los habitantes del pueblo.
Sin embargo, nada de aquello cambiaba el hecho de que Stefano necesitaba dinero.
Mucho dinero. Y, para conseguirlo, necesitaba un buen plan.
Para ponerlo en marcha, Stefano había quemado de verdad los viejos documentos y había empezado a trabajar en un plan de negocio que convenciera al grupo inversor de Aurelio para que le prestara dinero.
Al mismo tiempo, Cecilia estaba escribiendo dos artículos.
En su artículo «furioso» no dejaba de encontrar «pequeños errores» que tenía que corregir.
Con aquello estaba acabando con la paciencia de Edoardo, pues la fecha límite del siguiente número se acercaba cada vez más.
Pero él seguía mostrándose paciente y no la atosigaba, porque ella justificaba los interminables retrasos diciendo que quería mejorar aún más un artículo que ya era muy bueno.
Una y otra vez encontraba nuevos entrevistados que presentaba a Edoardo como imprescindibles.
Y aquellos entrevistados existían de verdad.
Lo único era que no hablaba con ellos de su antiguo artículo, sino del nuevo.
Emilia y ella habían urdido un plan para inventarse unas cuantas historias sobre el Monte Rosso que mostraran bajo la mejor luz posible la historia de la familia de Stefano y el futuro del viñedo.
Para ello, habían confiado el secreto a unos cuantos amigos dispuestos a corroborar aquellas historias.
Giampaolo y Flora se habían apuntado encantados, y Letizia, cuya familia llevaba generaciones viviendo en Camaiore, también aportó su granito de arena.
Mientras Flora contribuía a dar al viñedo de los Vitti una reputación elegante y sofisticada y daba fe de lo auténticas que eran las visitas al olivar —que todavía no existían, al menos de momento —, Giampaolo hablaba de la estrecha amistad que lo había unido a los abuelos de Stefano, una amistad que jamás había existido.
Letizia se hizo pasar por compañera de colegio del tío Giuseppe de Stefano y lo retrató como un personaje excéntrico y amante de la vida que había consagrado la suya a descubrir el cruce perfecto entre dos variedades de uva para crear el mejor vino toscano de todos los tiempos.
Por desgracia, había muerto antes de alcanzar su noble objetivo, de modo que ahora su único sobrino tenía que estar a la altura de su legado.
Y, para ganar dinero mientras tanto, aquel simpático sobrino se las apañaba organizando visitas guiadas por el olivar y excursiones al Monte Prana .
El hijo mayor de Letizia incluso había creado una página web dedicada a ello.
Cecilia y sus nuevos amigos se reunían casi a diario para elaborar una historia perfecta que no contradijera los documentos históricos a los que Edoardo tenía acceso.
Por las noches, Cecilia pulía la redacción e intentaba preparar un artículo mucho mejor que el primero.
Era una tarea bastante difícil, pues tenía que admitir, aunque fuera a regañadientes, que la ira había alimentado su creatividad.
Pero no se rindió. Stefano estaba trabajando duro y ella haría todo lo posible por apoyarlo.
El banco lo tenía contra las cuerdas y Cecilia sabía que se le acababa el tiempo.
Si conseguía venderle a Edoardo el nuevo artículo, mucho más benévolo, si lograba que apareciera en el próximo número, sería una publicidad ideal para el viñedo de los Vitti que ningún banco del mundo podría ignorar.
Si, si, si...
Apartó aquellos pensamientos mientras se sentaba en su Mini y conducía de vuelta a casa de Stefano.
Una vez más, se le había hecho tarde, y notó que el estómago se le encogía no solo de hambre, sino también de impaciencia.
Llevaba casi dos semanas viviendo en el viñedo de Stefano y, pese a las paredes húmedas y las noches frías, pese a la instalación eléctrica decrépita y a los crujidos y arañazos nocturnos en los que Cecilia prefería no pensar demasiado, le encantaba.
Recorrer el camino de grava hacia la casa era para ella como regresar al hogar, una sensación que jamás había experimentado.
Se bajó, dobló la esquina hasta la entrada lateral, abrió la puerta y sonrió de oreja a oreja cuando le llegó el aroma del pan recién horneado.
Entró en la cocina, abrazó a Stefano y lo besó con pasión.
—¿Un día largo de trabajo? —preguntó él.
—Sí. —Aceptó agradecida la copa de vino tinto que él le tendía, brindó con él y dio un sorbo—. Aquí huele de maravilla.
Él señaló el horno de pizza con la cabeza. —Me acordé de que una vez te prometí una pizza y al final nunca llegamos a comerla.
—No me recuerdes aquella noche.
—Vale. Pero hoy vas a tener tu pizza. Y ya he horneado unos palitos de pizza, por si tienes hambre.
—Me muero de hambre —dijo ella mientras se acercaba a la isla de la cocina y cogía de la bandeja uno de los palitos calientes, pincelados con un poco de aceite de ajo fresco. Le dio un mordisco y suspiró encantada—. Delicioso.
—La masa lleva reposando desde ayer. La masa de pizza tiene que...
—...reposar mucho tiempo —lo interrumpió ella con una sonrisa—. Sí, ya lo sé. La última vez querías darme una conferencia sobre eso.
Él se echó a reír. —Tengo distintos ingredientes. No sé cuál es tu pizza favorita.
—Hasta ahora, la que más me gustaba era la de atún y cebolla roja. Pero estoy segura de que, después de esta noche, mi favorita será la pizza a la Stefano .
Él alzó su copa hacia ella. —Marchando.
Cecilia lo observó mientras sacaba de la nevera varios tipos de queso y un paquete de prosciutto fresco y los llevaba hasta la isla de la cocina. —¿Qué tal te ha ido el día? —preguntó.
—Bien. Creo que lo he conseguido. Quería que lo leyeras una vez más antes de enviarle el plan de negocio a Aurelio por correo electrónico.
—Encantada.
—Me ha costado bastante. Sabía que no bastaría con hacer malabarismos con unas cuantas ideas.
Aurelio necesita datos. Y yo necesito socios.
Una colaboración. No puedo hacerlo solo de ninguna manera, ahora lo entiendo.
En el Piamonte hay una cooperativa vinícola bastante moderna.
Me he puesto en contacto con ellos. El Piamonte tiene grandes vinos, pero la Toscana es una marca difícil de superar.
Pensé que no perdía nada por preguntar...
Cecilia aguzó el oído. —¡Parece superinteresante!
—Lo es. La verdad es que se mostraron interesados. —Una sonrisa traviesa le curvó los labios—. Bueno, por supuesto, no les conté exactamente cómo están mis finanzas. Pero... en fin, paso a paso.
—Háblame de la cooperativa.
—Son cinco socios: dos viticultores, dos frikis de laboratorio y un enólogo titulado.
Producen vinos sofisticados cuyas notas de sabor están equilibradas con precisión y reflejan a la perfección la región.
Sus vinos son ecológicos y han fundado el sello Save the Vineyards , con el que comercializan sus vinos.
Su objetivo es proteger los viñedos más antiguos de Italia.
Y mi montaña encantada encaja bastante bien con eso, ¿no te parece? —Le guiñó un ojo.
—A mí también me lo parece.
—Producen dejando la menor huella ecológica posible. La protección del medioambiente está bastante de moda, incluso en el negocio del vino.
—Suena genial.
—Sí, lo es. Pero exige mucho trabajo, supone muchos gastos y...
—¿Sí?
Él adoptó una expresión pensativa. —Si trabajo con este sello, tendré que cultivar variedades de uva que produzcan lo suficiente incluso usando métodos respetuosos con el medioambiente.
El Piamonte tiene suelos distintos de los nuestros y...
—Se interrumpió al ver la expresión de Cecilia—. ¿Qué pasa?
Ella lo admiraba. Admiraba la pasión que sentía por lo que hacía, el empeño con el que intentaba levantarlo todo de nuevo. No sabía si ella sería capaz alguna vez de hacer algo así. —Creo que lo estás haciendo de maravilla —dijo.
Él se encogió de hombros y sonrió con timidez. —Bueno, en cualquier caso, no tengo otra opción.
Cecilia se acercó a él, lo abrazó por detrás y apoyó la barbilla en su hombro. —Lo dices como si no estuvieras disfrutando de nada de esto. Pero se nota que eres feliz.
Él se volvió hacia ella y la estrechó entre sus brazos. —¿Y quién tiene la culpa? —preguntó mientras la besaba en la punta de la nariz.
Ella negó con la cabeza, pero siguió dejándose abrazar.
Con Stefano se sentía tan cómoda, tan segura, tan protegida, que a veces aquello aún la asustaba.
Y la cuestión del futuro la asustaba todavía más.
Por supuesto, la Toscana no estaba en el fin del mundo...
Pero ¿de verdad pensaba mantener una relación a distancia cuando terminara su trabajo allí?
Stefano estaba construyendo su vida en aquel lugar.
No se marcharía. Pero ¿estaba preparada para un hombre con los pies tan firmemente anclados en la tierra, tan ligado a su hogar y a su familia?
Pensó en Roma y se preguntó si la echaría de menos.
¿Acaso la echas de menos ahora?
No. Pero una cosa era acariciar la idea de comenzar una nueva vida y otra muy distinta vivirla de verdad. Se soltó de su abrazo, cogió la copa de vino y se plantó delante del horno de pizza, con la mirada clavada más allá de la ventana agrietada, en la oscuridad más absoluta.
—¿En qué piensas? —preguntó Stefano.
Ella negó con la cabeza y le sonrió. Aún no habían llegado al punto en el que pudieran hablar de todo aquello. Las cosas iban tan bien, de una forma tan sencilla... Aquel no era el momento ni el lugar para recrearse en los agobiantes pensamientos de la vida adulta.
Él no insistió.
Por supuesto que no.
Así era él. Un hombre capaz de ofrecer estabilidad en un mundo lleno de incertidumbres y sorpresas desagradables.
Un hombre que cargaba solo con el destino de todo un viñedo, sin siquiera pensar en pedir ayuda.
Lo observó repartir queso de cabra, unos cuantos higos y prosciutto sobre una gran base de pizza, se dio la vuelta y volvió a salir por la puerta.
Una brisa fresca nocturna le rozó la nariz y le trajo el olor acre de la tierra toscana y el concierto nocturno de las cigarras. El corazón le dio un vuelco, como si quisiera recordarle lo feliz que era allí.
Pero ¿duraría mucho?
¿Quizá para siempre?