Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 32
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Capítulo 32

Cecilia había mantenido a Stefano a distancia durante unos días.

Él no se había mostrado insistente, pero no dejaba de preguntarle cuándo volverían a verse.

Cecilia lo añoraba cada día más y tuvo que admitir para sus adentros que echaba de menos a un hombre al que había querido convencerse de que consideraba una simple aventura de vacaciones.

Pero Emilia y ella sí habían urdido un plan.

Uno que quizá funcionase. Para llevarlo a cabo necesitaban la ayuda de otras personas, y Cecilia aún no sabía si Stefano accedería.

Al fin y al cabo, todavía no podía contarle nada; ni siquiera sabía si saldría adelante.

De momento, lo único que había era aquel viejo artículo demoledor en el que Edoardo insistía y en el que ella trabajaba a diario solo para tenerlo contento.

También le estaba dando largas, aunque él estaba más que dispuesto a publicarlo en el número siguiente.

Sin embargo, ella lo mantenía a la expectativa con la «información nueva» que había encontrado, y por el momento él parecía ocupado con otro proyecto, pues no se ponía en contacto con su habitual e irritante frecuencia.

Así pues, Cecilia hacía malabares con varios asuntos delicados a la vez, con la esperanza de que ninguno se precipitase al suelo y se hiciera añicos.

Estaba de nuevo frente al portátil cuando llamaron con suavidad a la puerta. Sonrió, intuyendo quién estaba al otro lado, se levantó y abrió.

Stefano sostenía ante su rostro un ramo de lavanda y ramas de olivo. —¿Aceptas mis disculpas? —preguntó.

Cecilia cogió las flores y aspiró su aroma. Invitó a Stefano a pasar y cerró la puerta tras él. —¿Qué disculpas? —preguntó, desconcertada.

Stefano se sentó en la cama. —Esa es una buena pregunta. No creo haber hecho nada malo, pero, como está claro que me evitas, se me debe de haber pasado algo por alto.

Ella fue al cuarto de baño, llenó de agua una jarra de cerámica y metió las flores dentro. La dejó sobre la mesilla de noche y después se sentó en el sillón situado frente a la cama.

—Te estoy evitando —admitió.

—Sí, eso es... justo lo que acabo de decir. —Él le guiñó un ojo.

—Necesitaba pensar. No tenía nada que ver contigo.

Él ladeó la cabeza y la miró con curiosidad. —No eres tú, soy yo. ¿Quedamos como amigos?

Ella se echó a reír y desechó la idea con un gesto. —No me refería a eso.

—Mmm. De acuerdo, entonces... ¿se supone que tengo que adivinarlo?

—No, es solo que... no sé por dónde empezar.

—Tienes que marcharte. Stefano no formuló aquellas palabras como una pregunta, sino como una afirmación.

Cecilia abrió mucho los ojos. —¿Qué? ¡No!

—Ah. De acuerdo... Parecía tan aliviado que a Cecilia le dieron ganas de levantarse de un salto y cubrirlo de besos.

¡No! Primero, la conversación.

Ya lo había pospuesto bastante, y ahora que él estaba sentado frente a ella, mirándola con aquellos ojos, resultaba aún más difícil. Respiró hondo. —Vale, tengo algo que... esto... confesarte.

Stefano hinchó las mejillas y soltó el aire. Se reclinó hacia atrás, apoyándose sobre los codos. —Después de unas palabras así rara vez viene algo bueno.

Ella levantó las manos en un gesto apaciguador. —Déjame terminar, ¿vale? Bien... Estaba enfadada contigo.

—¿Otra vez?

Ella le lanzó una mirada de advertencia.

—No, antes. Cuando encontré la carpeta. Y pensé que me habías mentido.

Entonces estaba muy enfadada y... bueno, canalicé ese enfado...

en cierto modo... en un artículo. Y... aunque en retrospectiva fue una idea bastante estúpida...

lo guardé en la nube casi de forma automática.

No apartaba los ojos de Stefano, pero él hizo lo que le había pedido y permaneció en silencio.

—¡Nunca tuve intención de enviarlo! —se defendió, aunque Stefano no había dicho una palabra—.

Quiero decir... quizá durante una fracción de segundo.

Pero después lo aclaramos todo, y ahora lo entiendo y deseo muchísimo ayudarte.

Respiró hondo. —Así que quise borrar el artículo, pero mi redactor jefe ya lo había leído y cree que es bueno.

Demasiado bueno. Apretó los labios y miró a Stefano con temor.

Él volvió a incorporarse, apoyó los codos en las rodillas y entrelazó los dedos. Bajó la mirada y se aclaró la garganta. No dijo nada más.

—Lo he intentado todo —insistió Cecilia—. De verdad. Quiero decir, tampoco es que... bueno, no es tan malo lo que he escrito sobre la bodega.

Aunque tampoco es precisamente agradable...

—He intentado convencer a mi jefe de que descarte el artículo —continuó—.

Pero quiere publicarlo. Y con él vamos a lanzar una serie de artículos sobre la Toscana que podría suponer un éxito enorme para mí.

Desde el punto de vista profesional, quiero decir.

Y además puedo... quiero decir... podría quedarme aquí más tiempo.

Ahora también ella bajó la mirada y se quedó contemplando sus pies.

—Si... si es que aún quieres que me quede —añadió en voz baja.

Durante unos instantes reinó un silencio sepulcral.

Tantas emociones se arremolinaban en el interior de Cecilia que apenas se atrevía a respirar, por miedo a dejar entrever alguna.

Deseaba con todas sus fuerzas saber qué pasaba por la cabeza de Stefano, qué opinaba de todo aquello, de ella . Pero no se atrevió a preguntárselo.

—Por supuesto —dijo él al fin.

Ella alzó la cabeza de golpe y lo miró. —¿Qué?

Él le sostuvo la mirada. —Por supuesto que quiero que te quedes más tiempo. Lo que pasa es que no podía pedírtelo.

—¿Por qué no? —soltó ella, casi indignada.

Él pareció sorprendido y no pudo evitar reírse. —No me considero precisamente un buen partido. ¿Tú sí?

Ella asintió, pero no encontró las palabras. Había demasiados interrogantes en torno a él, a ella, a los dos juntos. Tendría que ir paso a paso.

¿Juntos?

—¿Qué opinas? —preguntó directamente.

—¿De qué?

—¡Del artículo, Stefano!

Él se encogió de hombros. —¿Tan mal parado salgo?

—En absoluto. Quiero decir, bueno, no habla solo de ti. Habla de la historia de tu familia.

—Vale. ¿Y esa qué mal parada sale?

Ella volvió a bajar la mirada. —Puedes leer el artículo.

—No. De ninguna manera. ¿Sabes qué...? Ven aquí.

Ella vaciló, pero, al mirarlo a los ojos, no vio en ellos ni ira ni frustración.

Se levantó despacio y se sentó a su lado en la cama.

—Ese es mi asunto —explicó él mientras le pasaba un brazo por los hombros—.

La historia de mi familia, mi viñedo, mis problemas.

Y el artículo... ese es tu asunto. No voy a entrometerme. Es tu trabajo. Lo entiendo.

Ella se daba cuenta de que no le entusiasmaba la perspectiva de aparecer en una revista que se leía en todo el país. Por eso sus palabras la conmovieron aún más.

—Yo lo veo así —continuó él—: mantenemos ambas cosas separadas, ¿vale?

—¡Pero...!

Él le cubrió la boca con la mano con suavidad. —Si quieres seguir ayudándome, aceptaré encantado tu ayuda. Y tú continúa con tu trabajo. Es importante. Te encanta tu trabajo, ¿verdad?

Ella asintió despacio.

—Entonces deberías recibir el reconocimiento que mereces. Y oye...

—¿Mmm?

—La historia de mi familia da para mucho, ¿verdad?

Ella se echó a reír, puso la mano sobre la de él y la apartó con suavidad de sus labios. —¿De verdad? —preguntó.

Él asintió. —Ya has hecho más que suficiente por mí con el simple hecho de estar aquí, con enseñarme lo maravilloso que es poder abrirse a alguien. No lo olvidaré.

Ella le pasó una mano por el pelo, la posó en su nuca y atrajo su cabeza hacia la suya. —¿Tenías algún otro plan para hoy? —preguntó en voz baja.

Él le acarició la espalda, y un agradable escalofrío recorrió todo su cuerpo. —Pensaba quemar todos los documentos. Un ritual para empezar de nuevo. No puede hacer daño, ¿verdad? Quería preguntarte si te apetecía acompañarme.

—Sí, me gustaría. Lo atrajo aún más hacia ella, hasta que sus labios casi se rozaron. —¿Stefano?

—¿Mmm?

—¿Puede esperar hasta mañana?

—Creo que sí —susurró él.

—Bien.

Y entonces, por fin, él la besó.