Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 31
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Capítulo 31

Cecilia no había pegado ojo en toda la noche ni había respondido a las llamadas de Stefano. En realidad, no habían llegado a nada concreto, pero resultaba difícil ignorar la ferviente promesa que le había hecho de permanecer a su lado.

Por no hablar de mi promesa de no publicar el artículo...

Estaba claro que algo tenía que suceder. Necesitaban un plan, y Cecilia le había prometido a Stefano que elaborarían uno juntos.

Pero primero era ella quien necesitaba un plan.

Había releído su artículo varias veces y, con cada lectura, sus palabras le habían parecido más incisivas y mordaces.

A ojos de un lector ajeno al asunto, el artículo era divertido, emocionante e informativo.

Sin embargo, Stefano lo leería como si fuera un escrito de acusación.

¿Por qué, por qué tenía que trabajar siempre con tanta precisión y meticulosidad?

¿Por qué no había guardado el artículo en el disco duro de su portátil? Así Edoardo jamás lo habría visto y...

Suspiró. Aquellos pensamientos no llevaban a ninguna parte.

Frustrada, salió de su habitación dando pisotones, cruzó el césped que se extendía frente al hotel y se dirigió a la terraza panorámica.

Era uno de sus rincones favoritos. La terraza estaba rodeada por una balaustrada de madera, sobre la que se extendía un toldo de tela blanca.

Los rosales trepaban por las vigas de madera, a punto de echar capullos para después florecer y perfumar el aire en verano.

Se colocó justo en el extremo, desde donde se divisaba el Lido .

Contempló allí el mar turquesa y el resplandor del sol reflejado en sus aguas.

La vista la hacía feliz y triste al mismo tiempo.

Advirtió que en su interior ardían sentimientos muy intensos; de hecho, parecían luchar entre sí. Aquel lugar, aquella región...

Aquel hombre.

¿Qué demonios debía hacer?

—¿Va todo bien?

Cecilia se volvió de golpe y vio que Emilia se acercaba a ella.

Llevaba una cesta, que dejó sobre una de las mesitas.

—A veces Letizia me trae la comida si le preocupa que esté trabajando demasiado y se me olvide comer —explicó Emilia entre risas—.

Si tienes hambre, puedes acompañarme. Seguro que aquí dentro hay comida suficiente para veinte personas.

La verdad era que Cecilia no tenía ganas de compañía. Por otro lado, le parecía que llevaba una eternidad sin comer. En cuanto Emilia empezó a colocar los manjares sobre la mesa, el estómago le rugió como si hubiera estado esperando su señal. —Gracias —dijo, y ayudó a Emilia a poner la mesa.

—Aurelio iba a comer conmigo, pero se ha retrasado —explicó Emilia. Contempló la lejanía. —En realidad, es curioso.

—¿El qué? —preguntó Cecilia.

—He acabado odiando comer sola. Antes era de lo más normal. Casi siempre comía de pie, detrás del mostrador de recepción o en el despacho; a veces, en el tren o rápidamente en un banco de algún parque. Negó con la cabeza y sonrió. —Pero aquí una pierde la costumbre.

Cecilia sonrió. —¿Pierdes la costumbre de comer sola?

Emilia asintió. —Desde luego que sí. Dio unos golpecitos en los dos grandes cuencos situados en medio de la mesa. —¿Qué caja sorpresa abrimos primero?

Cecilia señaló el cuenco rojo. Emilia lo abrió y, de inmediato, un intenso aroma a atún, ajo y anchoas llegó hasta la nariz de Cecilia. Se inclinó sobre el cuenco e inhaló los aromas. —¡Mmm!

— Insalata di riso —dijo Emilia—. Nunca había probado la ensalada de arroz antes de venir aquí. No era capaz de imaginármela. ¿Arroz frío? Pero está riquísima.

Cecilia asintió. —Lo sé. A mi nonna le gustaba prepararla. Con corazones de alcachofa.

—Suena de maravilla.

— Huele de maravilla —rio Cecilia, señalando la ensalada.

—Será difícil superar esto, pero veamos... —dijo Emilia en tono conspirador, y abrió el segundo cuenco.

Una vez más, del cuenco emanaron aromas mediterráneos. Esta vez se trataba de una mezcla de romero, semillas de hinojo y carne. El estómago de Cecilia volvió a rugir. —¿ Arista alla fiorentina ? —aventuró.

Emilia asintió. —El cerdo asado de Letizia está increíblemente bueno.

Incluso al día siguiente sigue tierno y jugoso, aunque se coma frío.

Dicho esto, Emilia le entregó una rebanada de chapata, que Letizia también había metido en la cesta, y le sirvió arroz y carne en el plato.

—Me muero de hambre —dijo—. Hoy todavía no he comido nada.

Se ha ido la luz en la habitación 8 y mi encargado de mantenimiento, Pepe, tiene que cuidar hoy de sus nietos porque su mujer está en un balneario.

Emilia dio un bocado, masticó y miró a Cecilia con gesto de disculpa. —Perdona, no quería aburrirte.

—No me aburres. Yo... Se interrumpió y dejó vagar la mirada por el paisaje. —Todo es tan maravilloso aquí —dijo en voz baja—. Me encanta.

Emilia sonrió y observó a Cecilia con atención mientras daba otro bocado a la deliciosa comida. —¿Va todo bien?

Cecilia la miró sorprendida. —Sí, claro. ¿Por qué lo preguntas?

Emilia se encogió de hombros. —Pareces... agitada.

Eso es quedarse corta como nadie.

Cecilia probó también la comida y saboreó las delicias en silencio durante unos instantes.

Después miró pensativa a Emilia. Necesitaba hablar con alguien.

Alguien que fuera de allí, pero que también pudiera ofrecerle una perspectiva externa.

No podía criticar a Stefano por algo que ella misma estaba haciendo.

No tenía una solución. No tenía ningún plan.

Estaba tan desbordada como Stefano, aunque por razones distintas.

—¿Puedo hablar contigo? —preguntó a Emilia.

—Sí. Claro.

—Me gustaría quedarme más tiempo —soltó Cecilia sin rodeos.

Emilia alzó las cejas, sorprendida, y le sonrió con las mejillas llenas. —¡Qué alegría! Siempre me encanta conseguir una nueva adepta.

Cecilia se echó a reír. —¿Una adepta?

—Flora solo pensaba quedarse aquí unas semanas y ahora, poco a poco pero sin pausa, está echando raíces.

Cecilia sonrió. —Ni se te ocurra decírselo a Giampaolo; acaba de tranquilizarse.

Emilia hizo un gesto desdeñoso con la mano. —Nunca ha estado tan feliz y equilibrado como ahora. Tendrías que haberlo visto cuando me instalé aquí. No me habría sorprendido que prendiera fuego a mi hotel solo para librarse de mí.

Cecilia soltó una carcajada de sorpresa y cogió otra loncha de asado.

—Pero me temo que estamos completos —explicó Emilia—. Puedo alojarte una semana más, pero después...

Cecilia asintió. —No pasa nada. Ya encontraré algo.

—¿Cuánto tiempo quieres quedarte?

Cecilia se encogió de hombros, lo que le valió una mirada curiosa. Entonces, los labios de Emilia se curvaron en una sonrisa cómplice. Sin embargo, tuvo el tacto suficiente para no decir nada.

Habla con ella.

—Quiero ayudar a Stefano —dijo Cecilia por fin en voz alta.

—¿Ah, sí? Emilia la miró con interés.

—Nosotros... Yo... En realidad... Bueno, es complicado.

—Mmm. Sí, eso parece.

Cecilia sopesó qué decir y qué sería mejor callarse. —Las cosas van mal en su bodega, lo cual... es de dominio público por aquí, ¿verdad?

—Sí.

—Está muy endeudada.

—Eso he oído. Todo el mundo se pregunta por qué no renunció a la herencia.

—¡Tenía muy buenas razones! —exclamó Cecilia, indignada. Emilia la miró sorprendida. —Perdona —murmuró Cecilia, y se metió una cucharada de ensalada de arroz en la boca.

Emilia se inclinó un poco hacia delante y susurró: —Te gusta mucho, ¿verdad?

Cecilia miró a su alrededor. No había nadie. Aun así, sintió un extraño alivio al oír que Emilia hablaba tan bajo. Ella todavía ni siquiera se atrevía a decir en voz alta lo que ocurría en su interior. Así que se limitó a asentir. —Ese también es parte del problema. Porque... porque...

¡Dilo de una vez!

—Está bien. La cosa es así: escribí un artículo. En aquel momento estaba enfadada con Stefano. Descargué mi rabia sobre el teclado y... bueno, por error guardé el artículo en la nube, y a mi redactor jefe le pareció estupendo.

—Uy, uy —dijo Emilia—. ¿Y Stefano aún no lo sabe?

—No. Y no sé cómo decírselo. Ya está tan... bueno, ya está bastante desbordado. Y le prometí que lo ayudaría, pero si ahora se entera de que he escrito un artículo sobre su bodega en el que ni su familia ni él salen muy bien parados, entonces...

Entonces... ¿qué?

Emilia la miró con atención. —¿Qué temes?

Que me odie.

—No lo sé.

—Te perdonará —afirmó Emilia.

—No estoy tan segura. Creo que lo han decepcionado muchas veces a lo largo de su vida.

—A todos nos han decepcionado. Aun así, perdonamos a quienes amamos. Otra mirada cargada de intención.

Cecilia apartó la mirada, avergonzada. —No, eso... Eso sería... Se interrumpió.

¡Demasiado. Demasiado pronto. Demasiado... todo!

Emilia se echó a reír. —Perdóname. La Toscana se ha apoderado de mí.

Las reglas que rigen en el resto del mundo parecen tan poco importantes aquí...

Al menos, así es como yo lo siento. Aurelio y yo...

¿Sabes lo pocas probabilidades que había de que llegáramos a conocernos?

Quiero decir, ni siquiera quería venir aquí.

Nunca deberíamos habernos conocido y, sin embargo, ocurrió.

Nos enamoramos, y todas las preocupaciones que tenía, todos los límites que me imponía...

Ahora todo me parece insignificante. La vida es demasiado corta para no hacer las cosas que de verdad, de verdad deseas hacer.

—¿Y qué deseo hacer de verdad, de verdad?

—preguntó Cecilia. Sabía que era absurdo preguntarle algo así a Emilia.

Apenas se conocían. Aun así, sentía una conexión con ella.

Igual que la sentía con Giampaolo. Por no hablar de Stefano.

En tan poco tiempo había cogido tanto cariño a tantas personas que ni siquiera sabía cómo afrontarlo.

En casa todo era diferente. Todo era superficial.

Había personas a las que conocía desde hacía siete u ocho años y con las que se sentía mucho menos unida que a aquella gente de Camaiore, a la que solo conocía desde hacía una mínima parte de ese tiempo.

Emilia la miró pensativa. —No seré yo quien te diga que seas sensata.

—¿Y qué sería lo sensato?

—Tienes una vida en Roma, un trabajo estupendo y aquí solo eres una huésped. Nada de esto debería tener nada que ver contigo —dijo Emilia, expresando en voz alta los pensamientos que la propia Cecilia había tenido a menudo.

—¿Pero?

Emilia se encogió de hombros. —¿De verdad quieres ser sensata?

—Supongo que lo he sido toda mi vida. Y nada me ha hecho sentir nunca tan bien como... Se interrumpió. —Es una estupidez —dijo en voz baja—. No puedo quedarme sin más.

—¿Hay algo que te retenga en Roma?

No.

—No lo sé.

—Entonces quédate tanto tiempo como puedas y quieras, y escucha a tu corazón. Es el único consejo que puedo darte.

Cecilia sonrió, agradecida. —¿Y qué hago con el artículo?

—Mmm. Te diré lo que haremos. Emilia miró su reloj de pulsera. —Ya es primera hora de la tarde. Voy a buscar una botella de vino, nos tomaremos una copa o dos, me contarás exactamente cuál es el problema y después...

—¿Después? —preguntó Cecilia.

Emilia sonrió con aire conspirador. —Después urdiremos un plan.