Capítulo 30
Aún no sabía exactamente cómo iba a conseguirlo, pero tenía claro que debía hacer algo ya .
En teoría, debía regresar a Roma en los próximos días, pero eso ya no era una opción.
Necesitaba algo que pudiera venderle a Edoardo.
Algo que lo convenciera de permitirle quedarse más tiempo en la Toscana y que, al mismo tiempo, sirviera para ayudar a Stefano.
En cualquier caso, ese era el plan ideal.
Lo único era que aún no tenía ni idea de cómo llevarlo a cabo exactamente.
—Paso a paso —murmuró mientras entraba en la habitación del hotel y se sentaba ante el portátil.
Abrió el correo electrónico y después la nube donde estaban guardados todos los documentos.
Pero primero tengo que borrar ese artículo que escribí cabreada...
Ni siquiera recordaba con exactitud qué había aporreado en el teclado. Pero sabía que era un artículo sobre el viñedo de Stefano y la historia de su familia que solo había nacido de la rabia. Tenía que borrarlo cuanto antes, antes de que...
¡Ay, no!
—¡No! —exclamó horrorizada—. ¡No, no, no! Pero el historial de edición del documento le gritaba la amarga verdad, por mucho que quisiera negarla. ¡Edoardo ya había visto, leído y comentado el artículo!
—¡Por favor, no! ¡Por favor, por favor, no! Recorrió el borrador y se horrorizó al comprobar lo favorables que eran los comentarios de Edoardo.
¡Le encanta este artículo!
¡Si acababa de escribirlo! ¿Es que Edoardo no dormía nunca? Sacudió la cabeza con vehemencia, como si de algún modo pudiera impedir lo que iba a suceder. Llevada por un impulso, borró el artículo.
Un minuto después, sonó su móvil.
—¿De verdad no tienes nada mejor que hacer? —masculló Cecilia, aunque contestó de todos modos—. ¡Edoardo! ¡Hola!
—¿Qué ha pasado? —preguntó él.
—¿Mmm?
—El artículo. ¿Dónde está? Hace un momento estaba en la nube.
—Eh... No sé de qué...
¡Cállate!
Ni siquiera tenía sentido que intentara hacerse la tonta. El historial de edición dejaba muy claro que había accedido al documento. Además, Edoardo podía ver quién iniciaba sesión en el programa y cuándo.
¡Mierda!
—¿Sigues ahí? —preguntó Edoardo.
—Eh... sí. ¿Te refieres a mi borrador? Era una basura. Lo he borrado. Ahora mismo estoy escribiendo otra cosa.
—¿Te has vuelto loca? —Edoardo parecía tan indignado que Cecilia no supo qué responder.
Por lo visto, sí.
—Bueno, es que pensé...
—Cecilia —la interrumpió él—. El artículo es brillante. Voy a subirlo otra vez ahora mismo para que puedas echar un vistazo a mis comentarios.
—¿Lo has guardado?
—Por supuesto.
¡Doble mierda!
—Gracias a Dios...
No sabía qué hacer ni qué decir para encauzar la conversación en la dirección que necesitaba. ¿Qué podía decir? ¿Qué argumento podía utilizar?
—Ya que te tengo al teléfono, podemos repasar ahora mis notas —explicó Edoardo, y poco después su artículo volvió a estar en la nube.
—Edoardo, escucha, ha habido un malentendido... —intentó decirle la verdad. O al menos la mitad.
—¿Qué?
—El artículo. Solo era un borrador. Una especie de experimento mental. Ni siquiera sé todavía si se puede verificar todo. La mayor parte no es más que... bueno, producto de mi imaginación.
Bien. Eso podría funcionar.
—Los documentos de la investigación que has subido indican lo contrario.
Cecilia suspiró. —Sí, bueno... pero no lo abarcan todo. Aún no he hecho ninguna entrevista ni nada parecido.
—Pues hazlas.
—Yo... no tengo tiempo.
—Entonces tendrás que quedarte más tiempo. De todos modos, estábamos pensando en hacer una serie de artículos sobre la Toscana. Ya que estás con ello, puedes seguir. Este artículo es muy bueno.
Cecilia pensó a toda velocidad. Al menos se había quitado un problema de encima. Podría quedarse más tiempo. Podría ayudar a Stefano.
Sin embargo, Stefano no volverá a dirigirme la palabra si se entera de lo de este artículo...
Escuchó a medias cómo Edoardo comentaba su artículo párrafo por párrafo, prodigándole tantos elogios que poco a poco empezó a preguntarse si de verdad estaba hablando con su redactor jefe. Al mismo tiempo, se devanaba los sesos pensando qué podía hacer ahora.
Podía limitarse a ocultarle a Stefano lo que estaba ocurriendo.
Al fin y al cabo, no era como si él leyera Buongustaio .
Pero, al llevar ese razonamiento hasta sus últimas consecuencias, supo que no era una opción.
Sin duda, otras personas sí leían la revista.
Giampaolo. Flora. Por nombrar solo a dos.
Y había visto con sus propios ojos cuánto hablaba la gente allí.
Si aquel artículo se publicaba, era imposible que Stefano no acabara enterándose.
Y entonces la odiaría. No solo por lo que había escrito, sino, sobre todo, por haberle mentido.
Así que esa opción quedaba descartada.
Tienes que contarle la verdad.
—¿Hola? ¿Sigues ahí? —oyó decir a Edoardo.
—Sí, sigo aquí.
—Bien, tercer párrafo. Ahí escribes...
—¡Edoardo! —lo interrumpió.
—¿Qué?
—Me gustaría mucho reescribir el artículo. No me da buena espina.
—¿Por qué no?
Buena pregunta.
—Es... bastante sensacionalista —respondió Cecilia al ocurrírsele la idea.
—Es sensacionalista en su justa medida. Al fin y al cabo, estamos escribiendo un artículo para una revista de viajes y gastronomía, no una crónica sobre el congreso local de filosofía.
—Sí, ya lo sé... Solo que no quiero que se malinterprete nada.
Edoardo resopló y, aun sin estar haciendo una videollamada, Cecilia pudo visualizar a la perfección su expresión de fastidio. —¿Podemos hacer todos, por una vez, lo que pide el redactor jefe, por favor?
—Sí, pero...
—¿Quieres quedarte más tiempo en la Toscana o no?
—¡Sí!
—¿Quieres que te encargue una serie de artículos o no?
—Sí. ¡Por supuesto!
—Entonces haz lo que te pido, incorpora mis comentarios y no me compliques la vida. ¿De acuerdo?
Quería decir algo, cualquier cosa que lo convenciera de que su artículo no era lo bastante bueno. Pero él ya había colgado.
Contempló con tristeza el documento que contenía el artículo que había escrito presa de la rabia y no supo qué hacer.
¿Cómo demonios voy a contárselo a Stefano?