Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 29
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Capítulo 29

Caminaron hasta la casa cogidos de la mano.

El suelo empapado por la lluvia chapoteaba bajo los pies de Cecilia y, aunque intentó pisar únicamente las piedras dispersas que en otro tiempo habían formado un sendero alrededor de la casa, no pudo evitar que se le mojaran los pies.

Stefano se dio cuenta y, cuando entraron en la casa, le entregó un par de zapatillas viejas sin decir palabra.

—¿De tu tío muerto? —preguntó ella.

Él le dedicó una sonrisa. —Lo has adivinado.

—Pues podrías traerme también los pantalones de trabajo y así el conjunto quedaría perfecto —replicó ella.

—Eso podemos negociarlo dentro de un momento.

Ven conmigo. —Volvió a cogerla de la mano y la condujo por la casa.

Olía a humedad, y Cecilia miró a Stefano de reojo con recelo.

La casa era antiquísima; harían falta muchísimo trabajo y dinero para conseguir que volviera a ser habitable.

¿Cómo demonios pensaba Stefano lograrlo?

¿En qué estabas pensando?

La condujo hasta el despacho que Cecilia ya conocía y fue directamente al escritorio, cuyo contenido también le resultaba familiar.

Ella se quedó junto a la puerta, vacilante, sintiéndose una intrusa.

Ahora se avergonzaba de haber rebuscado sin más entre las cosas de Stefano.

Si alguien le hubiera hecho eso a ella, probablemente jamás se lo habría perdonado. Pero Stefano era diferente.

Pero eso ya lo sabía desde el principio, ¿verdad?

Él abrió el cajón donde Cecilia había encontrado la carpeta negra. Después levantó la cabeza y le hizo un gesto para que se acercara. Ella obedeció. Miró el cajón vacío y luego alzó la vista hacia Stefano con expresión interrogante.

—Ya te dije que no se te daba muy bien registrar.

Lo que se te pasó por alto, señora Superfisgona...

—Metió la mano en el cajón y levantó el fondo—.

Un doble fondo. —Le guiñó un ojo, dejó la fina tabla sobre el escritorio y sacó otra carpeta.

Era más delgada que la negra que ella había encontrado y solo contenía un documento.

Stefano le plantó la carpeta delante de las narices.

Cecilia retrocedió y negó con la cabeza.

¿Acaso no había invadido ya bastante la intimidad de aquel hombre?

Él dejó la carpeta sobre la mesa, la abrió y dio unos golpecitos con el índice en la parte superior. Cecilia se inclinó ligeramente hacia delante para leer lo que ponía allí.

Contrato.

—Este es el contrato con la empresa Consolido —explicó Stefano—.

Logística, distribución y demás. Por supuesto, no dice de forma explícita que haya que adulterar el vino, pero, si lees entre líneas, queda claro por dónde van los tiros.

Y aquí... —Ahora señaló con el dedo la parte inferior—. Lee esto.

Cecilia vio las firmas al pie del contrato. Una pertenecía a un representante de Consolido y la otra, al tío de Stefano. Miró a Stefano con expresión interrogante.

—Mi nombre no aparece ahí.

Ella asintió. Aquello no significaba gran cosa, pero al menos... Stefano no estaba implicado oficialmente en nada de aquello. Él pareció percibir su escepticismo y sonrió. Después pasó a la última página de los documentos del contrato y se la mostró. —Siéntate y lee esto.

Ella obedeció y examinó la última página del contrato.

Era un acuerdo de confidencialidad. Obligaba al tío y a los empleados de Consolido a no hablar con nadie sobre el contenido del contrato.

Y allí Cecilia leyó el nombre de Stefano.

El acuerdo de confidencialidad lo incluía expresamente: lo mencionaba por su nombre. Cecilia levantó la vista.

—Yo no tuve nada que ver con este contrato —le explicó él.

Y aquella vez sí lo creyó de verdad. No porque le hubiera enseñado el contrato, ni porque su tío se hubiera comprometido a guardar silencio, sino por la forma en que la miraba en ese momento.

Por lo que ella podía leer en sus ojos. Se levantó y rodeó a Stefano con los brazos—. Lo siento.

—No tienes por qué —dijo él, con alivio en la voz. Le acarició la espalda y ella se apretó más contra él.

—Sí que tengo. Debería haber... hablado contigo sin más —murmuró, mientras hundía el rostro en el hombro de Stefano.

—Bueno... No voy a llevarte la contraria.

Ella se apartó un poco para poder mirarlo a los ojos y se echó a reír. —Lo siento. A veces soy un poco...

Dramática.

—¿Demasiado vehemente? —completó Stefano la frase.

Ella sonrió aliviada. —Vale. Puedo vivir con esa palabra. Pero...

—¿Pero?

—¿Por qué no me lo dijiste sin más?

Entonces él la soltó y, en cuanto Cecilia dejó de sentir sus manos sobre la espalda, tuvo frío.

Stefano se dio la vuelta y salió. Ella lo siguió hasta la cocina, donde él les preparó un café.

Después se sentó a la mesa pequeña junto al horno de pizza abierto.

—Es que no es una historia agradable —dijo, con la mirada fija en su café—.

Pero supongo que, si puedo contársela a alguien, probablemente seas tú.

Ella alargó el brazo por encima de la mesa y le apretó la mano.

Él asintió, como si tratara de darse ánimos para abrirse de una vez.

Después respiró hondo y empezó a contarle la historia.

—Como ya te he dicho, yo no sabía qué estaba planeando mi tío.

Pero sabía que tenía problemas de dinero.

Nunca había sido un hombre de negocios especialmente bueno.

Era un... Bueno, la mayoría de la gente lo habría descrito como un inútil.

Y así lo hacían. Yo creo que era un bohemio.

Hacía lo que le apetecía. No quería cargar con toda esa responsabilidad.

Creo que incluso se alegró de que sus padres dejaran toda la propiedad a su hermano mayor.

Pero... bueno, al final acabó en sus manos de todos modos.

Le venía grande. Las deudas aumentaron. Y, por algún motivo, no parecía importarle.

Por lo visto, en cierto momento el banco lo amenazó, y solo entonces empezó a tomárselo en serio.

—Stefano resopló y dio un sorbo a su café—.

No porque le importara el viñedo, sino porque temía no poder seguir pagándose la bebida.

En fin, siempre fue de los que preferían tomar el camino fácil.

Así que supongo que encontró esa empresa.

Para él era la solución más sensata, y le daba exactamente igual que adulterar vino fuera ilegal o no.

La idea era vender la marca como un vino toscano asequible en algunas cadenas de supermercados del sur.

El margen probablemente habría sido bastante alto, a pesar de los precios desorbitados que Consolido cobra por sus servicios.

Una noche me dijo —estaba bastante borracho— que había encontrado una solución.

Al principio no quiso contarme nada más.

Pero yo desconfié de inmediato. Al fin y al cabo, lo conocía.

Así que le serví unas copas más y entonces me soltó toda la historia arrastrando las palabras. Yo... bueno... me enfadé mucho.

Hizo una pausa y miró a Cecilia como si buscara su comprensión. —Eso puedo entenderlo perfectamente —afirmó ella con firmeza.

—Yo no, la verdad. No es que hasta entonces hubiera pensado demasiado en el honor de mi familia ni en nada parecido.

Pero... no sé. Todo aquello me parecía tan increíblemente mal ...

Por eso me enfadé. Con él. Con la situación.

¿Cómo había podido permitir que las cosas llegaran tan lejos?

¿Me entiendes? ¡Éramos los dos últimos! No quedaba nadie más.

Mis abuelos habían muerto, mi madre también, mi otro tío...

No tengo hermanos. Éramos los únicos que quedábamos y mi tío se limitó a...

ahogar esa responsabilidad en alcohol. —Stefano negó enérgicamente con la cabeza.

Cecilia oía en su voz cuánto seguía afectándole aquello—.

Todo salió a la superficie de golpe —dijo en voz baja—. Así que impedí el acuerdo.

Cecilia arqueó las cejas, sorprendida. Stefano se encogió de hombros.

—Amenacé a Consolido con denunciarlos ante las autoridades; ellos me amenazaron con demandarme por incumplimiento de contrato y entonces les expliqué que haría llegar el contrato entero a la Agenzia delle Dogane y a la Squadra Mobile Antidroga .

—Stefano soltó una risa amarga—. No le tienen miedo a Hacienda, pero sí a las autoridades aduaneras y a esa unidad especial, que llevó a cabo cien detenciones en una redada antimafia hace apenas unos años.

Cecilia miró a Stefano, horrorizada. —Pero... ¿no tienes miedo de que se venguen?

Stefano negó con la cabeza. —Dios sabe que soy demasiado insignificante para eso. Y ellos están demasiado ocupados. Si el contrato no sale adelante conmigo, encontrarán a otro. Y, si yo los dejo en paz, ellos también me dejarán en paz.

—Vaya. —Cecilia no sabía qué decir—. Todo esto es... increíble.

—Mmm. Por desgracia, la historia aún no ha terminado.

—¿Ah, no?

Él volvió a respirar hondo, bajó la mirada hacia el café y empezó a hacer girar la taza entre las manos.

—Después enfrenté a mi tío a la cruda realidad.

Tuvimos una bronca monumental. Me acusó de haberlo traicionado.

Fue... no fue nada agradable. Nos dijimos cosas bastante crueles.

Al final, me largué sin más. Subí a la montaña.

A mi rincón. Necesitaba tranquilidad y tiempo para pensar.

Aquella noche sufrió un infarto y murió.

Las últimas palabras salieron ahogadas de los labios de Stefano.

Cecilia estuvo a punto de levantarse de un salto, rodear la mesa y abrazarlo.

Pero sabía que él no quería eso en aquel momento.

Stefano no era un hombre que llorase. Y mucho menos en brazos de una mujer que le importaba.

Ella dio un sorbo a su café y notó que le temblaba la mano. Se apresuró a dejar de nuevo la taza.

Di algo.

—No fue culpa tuya. Aquello resultaba bastante vacío y totalmente insignificante después de lo que acababa de oír. Pero ¿qué otra cosa podía decir?

—Claro que lo fue —replicó Stefano. Seguía sin mirarla.

—Stefano...

Él negó con la cabeza, pidiéndole que ni siquiera lo intentara. Cecilia podía ver en su rostro lo profunda que era aquella herida abierta en su corazón. Tardaría años en cicatrizar. Cecilia lo comprendía. Y se le rompía el corazón. —Lo siento muchísimo —dijo.

Él asintió. —Gracias.

Por fin lo comprendía. Entendía por qué había aceptado la herencia. Entendía por qué le costaba hablar de todo aquello. Incluso entendía por qué era tan importante para él ocuparse de todo a solas.

Pero no lo conseguirá.

Sencillamente era demasiado. Aunque el viñedo fuera pequeño comparado con otros de la Toscana, eso no significaba que una sola persona pudiera encargarse de todo.

Era imposible. Pero ¿sería capaz de aceptar ayuda?

Ella había visto lo difícil que le había resultado abrirse. ¿Lograría pedir ayuda a otras personas?

Difícilmente.

—Yo te ayudaré. Las palabras salieron de sus labios casi de forma automática. Él levantó la mirada, sobresaltado, y, sin poder verse, Cecilia supo que parecía igual de sorprendida.

—Eh... —fue lo único que logró decir Stefano.

Ella levantó una mano. —No admito discusiones. No puedes hacer esto tú solo. Necesitas ayuda. Necesitas un plan.

—Bueno, sí... Hasta ahí ya había llegado yo solito, gracias.

—Dos cabezas piensan mejor que una. ¡Y yo tengo buenos contactos!

—En Roma...

—Roma es el centro del mundo, o eso dicen los romanos. —Le guiñó un ojo.

—Sí, pero solo lo dicen ellos —se rio Stefano.

Después volvió a ponerse serio—. Escucha, es muy amable por tu parte, pero no tiene sentido.

No puedes ayudarme. Tienes que... Tienes que volver a tu vida, ¿no?

¿Cuánto tiempo pensabas quedarte? ¿Unos días más?

¿Tal vez una semana? Sé que tienes mucha iniciativa cuando te propones algo, pero incluso para alguien como tú es poquísimo tiempo para arreglar un desastre como este.

—No me voy.

¡¿Qué?!

—¿Qué? —Él la miró desconcertado.

Ella se aclaró la garganta. —Yo... Quiero decir que no me iré de inmediato. Seguro que puedo... convencer a mi redactor jefe de algo.

Stefano resopló. —Ah, sí. Estoy seguro de que esta historia le encantaría .

—¡No voy a escribirla! —replicó Cecilia, indignada.

Stefano la miró con recelo.

—Lo digo en serio, Stefano. Te lo prometo. Yo... Ya se me ocurrirá algo. Me quedaré todo el tiempo que me necesites.

Él abrió la boca, volvió a cerrarla y la miró con una expresión que ella no supo descifrar. En ella se reflejaban muchas emociones. Tantas que deberían haberla asustado.

Pero no me asustan.

Durante un momento se miraron a los ojos, ahondando el uno en el otro. Después, los labios de Stefano volvieron a abrirse. —¿Por qué? —Pronunció la palabra con una voz tan apagada que Cecilia no supo si realmente la había dicho.

Ella sonrió. Era la única respuesta que estaba dispuesta a darle en aquel momento.

Y es la única respuesta necesaria.