Capítulo 28
Dos horas y cuatro trufas de chocolate con licor después, la furia de Cecilia se había aplacado lo suficiente como para permitirle formular un pensamiento medio coherente.
Giampaolo había regresado a la cocina del hotel y le había dicho que podía quedarse sentada en su porche todo el tiempo que le hiciera bien.
Y le hacía bien.
Contempló el exuberante jardín, escuchó el repiqueteo de la lluvia y se preguntó por qué la vida era a veces tan complicada. ¿Había reaccionado de forma exagerada? ¿Se había obsesionado con algo? ¿Se estaba alterando por algo que no podía tener futuro alguno?
¿Por qué no?
Apartó aquel pensamiento. Varios años atrás, se había propuesto como propósito de Año Nuevo vivir más el presente.
Por aquel entonces se sentía desdichada y frustrada y, una vez más, decepcionada por el comportamiento de un hombre.
Durante unas semanas, se había limitado a hacer lo que le apetecía en cada momento.
Se había tomado unos días libres, había recorrido el campo en su Mini, visitado las termas, dejado que el sol le acariciara el vientre en la playa de Ostia, comido pizza cargada de queso en el Trastevere y se había regalado unos cuantos cócteles demasiado caros en los locales de azotea más de moda de Roma.
Más que un viaje de autodescubrimiento, había sido la reacción de una mujer desafiante que buscaba algún tipo de reafirmación personal, pero aun así...
había sido una de las épocas más felices de su vida.
Y entonces había conocido a Leonardo. De un plumazo, su breve aventura de libertad y autodeterminación había desaparecido tan rápido como había llegado.
¿Por qué soy así?
¿Y por qué no podía cambiar sin más? ¿Por qué no volvía a intentar hacer lo que le parecía correcto ahora, justo en aquel momento? No quería devanarse los sesos pensando en cómo sería su futuro ni preguntarse cómo irían las cosas con Stefano.
Pero lo que quería, lo que de verdad, de verdad quería en aquel preciso instante, era una explicación.
O quizá, para ser más exactos, una confirmación.
Quería saber si había acertado con él. Y sí, Giampaolo tenía razón. Su táctica de confrontación no había sido precisamente prometedora.
Histeria y lágrimas, ya lo sabía...
¿Qué esperaba, sentada allí como el mismísimo don Vito Corleone?
Stefano debía de haber temido de verdad que estuviera a punto de apuntarlo con una pistola.
Sin embargo, a un hombre como él no lo impresionaba ni intimidaba aquella clase de comportamiento.
Y, desde luego, tampoco le daban ganas de sincerarse.
Pero eso es lo que quiero, ¿no?
Se levantó y dejó que su mirada recorriera una vez más el paisaje que se extendía por debajo del jardín de Giampaolo en dirección al mar. Llovía a cántaros, y el gris impenetrable del cielo le indicó que aquello no iba a cambiar pronto.
No importa.
Se puso en marcha y, para cuando llegó al aparcamiento situado al otro lado, detrás del hotel, estaba calada hasta los huesos.
—Lo siento —le dijo a su Mini mientras se dejaba caer sobre el asiento de cuero con los pantalones chorreando. Arrancó el motor y se marchó.
Cuando llegó al viñedo rojo, seguía lloviendo.
Maldijo para sus adentros por no haberse acordado de coger un paraguas de su habitación antes de salir.
Aunque a aquellas alturas daba igual. Tenía el pelo empapado y pegado a la cabeza, y el rímel se le había corrido.
Se limpió a toda prisa las manchas negras de debajo de los párpados y se recolocó la camiseta, que se le pegaba al sujetador.
Después salió y se dirigió a la casa. Llamó a la puerta, pero no se oyó el menor movimiento. La entrada a la bodega estaba cerrada con llave, aunque la camioneta de Stefano seguía allí.
¿Dónde estás?
Dio una vuelta alrededor de la casa y luego alzó la vista hacia el Monte Prana .
Oh, no. Por favor, otra vez no. ¡Y menos con esta lluvia!
Pero entonces tuvo una corazonada. Volvió a la parte delantera y escudriñó en dirección al olivar.
¿Sabías que el olivo también se considera un símbolo de todo lo positivo de nuestro mundo? Aquí el tiempo se detiene...
Y entonces supo dónde encontrarlo.
Cruzó el prado embarrado hasta el olivar. Para su propia sorpresa, sonrió al verlo.
Stefano estaba sentado bajo un olivo con un impermeable de color amarillo vivo. El follaje era tan espeso que lo protegía de casi toda la lluvia. Aun así, el agua le goteaba sobre el pelo y sobre la capucha que le colgaba a la espalda.
Caminó hacia él. Cuando se detuvo a su lado, Stefano alzó la vista sorprendido. —¡Hola!
—Vengo en son de paz —dijo, mostrándole las palmas de las manos—. No he traído ningún proyectil, te lo prometo.
La comisura de sus labios se curvó en un amago de sonrisa. —Me alegra oírlo. No sé cuánto más puede soportar mi sistema nervioso a Cecilia-Minerva.
Ella se echó a reír. —No sé qué se supone que significa eso, pero no parece un cumplido.
Él la miró con intención. —¿Minerva? ¿La diosa romana de la guerra? Resulta bastante intimidante con sus lanzas y su mirada furiosa.
Se hizo un poco a un lado y Cecilia se sentó junto a él en el banco bajo y estrecho de madera.
—Tú y tus conocimientos de historia —dijo ella sonriendo.
—Gano puntos donde puedo.
Cecilia se rio. —Que yo sepa, Minerva también era la diosa de la sabiduría y la guardiana del conocimiento. Stefano la miró sorprendido. Ella se encogió de hombros. —Oye, soy romana. Minerva era una de las tres divinidades protectoras de la ciudad.
—Impresionante.
—¿Ella o mis amplios conocimientos de mitología romana?
Él sonrió. —Ambos. Después volvió a ponerse serio. —¿Por qué estás aquí?
—...pregunta una y otra vez —dijo ella con un suspiro.
Al ver que él no decía nada, volvió la cabeza hacia él.
—¿Por qué crees que estoy aquí? ¿Por qué crees que no paro de volver una y otra vez?
¿Por qué entro en tu casa a escondidas? ¿Por qué te sigo hasta esa maldita montaña?
¿Y por qué demonios sigo haciendo tanto el ridículo?
La última pregunta iba dirigida más a sí misma que a él.
Gran parte de lo que estaba diciendo solo se le había revelado con claridad en el momento de pronunciar aquellas palabras.
Echó la cabeza hacia atrás y alzó la mirada hacia las densas nubes.
—Había considerado el masoquismo patológico —dijo Stefano.
Ella puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír. Él se acercó un poco más, y el calor de su cuerpo la tranquilizó. —Limítate a decirme que me equivoco —susurró.
—Te equivocas.
Ella soltó un bufido y lo miró de reojo. —¿Así de sencillo?
—Las cosas suelen serlo. Sin embargo, hay personas a las que les gusta cerrar los ojos ante eso y prefieren rendir culto a lo complicado. Sus palabras fueron acompañadas de una mirada penetrante.
—¿Ah, sí? ¿Y tú crees que pertenezco a esa categoría? —preguntó ella.
—En realidad, estoy bastante convencido. Pero seguro que se te podría convertir.
—¿Ah, sí?
Él se encogió de hombros y guardó silencio.
—Vale —insistió ella—. ¿En qué me equivocaba?
—En todo. Y tu decisión de no confiar en mí es un error fundamental. Yo soy de los buenos.
— Sí confiaba en ti.
—Bueno, eso es discutible. Pero oye, no tienes que justificarte ante mí.
Yo también tengo problemas para confiar.
Y mira tú por dónde: en cuanto creo que he encontrado a alguien diferente, va ella, entra en mi casa y se pone a fisgonear sin permiso.
Y ni siquiera lo hace demasiado bien. La miró fijamente a los ojos. —¿Entiendes mi problema?
—¿ Tú entiendes mi problema? —replicó Cecilia.
—Claro.
Ella asintió y volvió la mirada hacia el olivar empapado. —Así que aquí estamos.
—Aquí estamos.
—¿Y ahora cuál es el plan?
—Tú has venido a mí.
Cecilia encogió los hombros y se rodeó el torso con los brazos. Stefano se quitó de inmediato el impermeable y se lo colocó sobre los hombros. —Quería confirmar que tengo razón sobre ti —dijo en voz baja.
—No estoy seguro de entender qué significa eso.
—Solo haces lo que consideras correcto, solo dices lo que piensas y solo pides cosas que quieres de verdad —repitió una de las primeras preguntas que le había planteado—.
Eso eras para mí. Un hombre honesto, auténtico e increíblemente emocionante.
Distinto de todos los demás. Un hombre que, por lealtad, acepta un legado que cualquier otro habría rechazado.
Que carga con una historia familiar de la que cualquier otro se apartaría.
Él no dijo nada, así que Cecilia volvió la cabeza hacia él. —¿Eres ese hombre?
—Sí —respondió él con voz firme.
—Entonces dime qué está pasando aquí.
—No sé si puedo.
—¿Por qué no?
—Porque no sé si lo pregunta Cecilia la periodista o la Signorina Cecilia.
—¿No puede preguntarlo Cecilia a secas, la chica a la que le gustas?
Él sonrió y ella dejó caer la cabeza sobre su hombro. Stefano la rodeó con un brazo. —Ella sí puede —dijo en voz baja—. Pero entonces Stefano, el chico al que le gustas, corre todo el riesgo de que le hagan daño.
—Eso forma parte de la vida. Pero, si quieres oír que esto no tiene que ver con el artículo, sino contigo, te lo prometo encantada.
Él se apartó un poco de ella para poder mirarla a los ojos. Durante unos instantes permanecieron sentados en silencio, tratando de leer en la mirada del otro lo que sucedía en su interior, mientras cada uno sopesaba si todo aquello merecía la pena.
Entonces Stefano se levantó de repente. Cecilia alzó la vista hacia él. Stefano le tendió la mano. Ella la cogió y dejó que la ayudara a ponerse en pie.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó.
—Ahora... —respondió él mientras le subía la capucha y la conducía de la mano hacia la casa—... voy a enseñarte algo.