Dulces tentaciones en la Finca Monte Rosso (Amor en Italia 4) Capítulo 27
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Capítulo 27

Unos minutos después, impulsada por una oleada de culpabilidad, cruzó corriendo el sendero hasta la propiedad de Giampaolo y lo alcanzó justo cuando introducía la llave en la verja del jardín.

—¡Lo siento! —dijo al llegar corriendo a su lado—. No pretendía ser tan grosera ni tan desdeñosa.

Él gruñó, giró la llave con brusquedad y abrió la verja de un empujón.

—¡De verdad! —continuó ella, siguiéndolo con vacilación.

Los truenos empezaron a retumbar sobre su cabeza.

Unas nubes negras avanzaban desde el horizonte.

Se maldijo por no haber llevado paraguas y se refugió en la veranda de Giampaolo mientras él desaparecía en el interior de la casa.

—¡De verdad que no tenía nada que ver contigo!

—gritó a través de la puerta principal entreabierta.

Giampaolo volvió a asomar la cabeza. —¿Con qué, entonces?

—Yo... No estoy bien, ¿vale? Estoy enfadada, frustrada, decepcionada y... todo a la vez. —Agotada, se dejó caer en una de las dos sillas de ratán de la veranda. Giampaolo se acercó y tomó asiento también. De un momento a otro, se puso a llover y las gotas repiquetearon con fuerza sobre el tejado.

—¿Acepta mis disculpas? —preguntó Cecilia, dejando vagar la mirada por el jardín de Giampaolo.

—Si me cuenta por qué estaba tan arisca, quizá.

Ni siquiera sabría por dónde empezar...

—Vosotras, las signorine , sois mucho menos misteriosas de lo que os gusta creer —murmuró Giampaolo.

—¿Eso pretende ser un insulto o un cumplido?

—La constatación de un hecho. ¿Qué ocurrió entre usted y el chico de los Vitti?

Cecilia negó con la cabeza. —Su jardín es muy bonito.

—Gracias. Está desviando el tema.

Era cierto. Pero el jardín era realmente maravilloso. Desde la veranda, unos escalones de piedra descendían hasta un huerto dispuesto en terrazas, que se extendía en pendiente hacia el mar y medía fácilmente veinte metros de largo. —¿Un huerto? —preguntó.

—Ahí abajo, sí. En la parte de arriba, detrás de la casa, he plantado las bellezas.

Ella volvió la cabeza hacia él. —¿Cuáles?

—Camelias, adelfas, endrinos, laureles, celestinas y unas cuantas variedades antiguas de rosales —enumeró Giampaolo.

—¿Y se ocupa usted solo de todo? Vaya.

—Lorella, la hermana pequeña de Letizia, me ayuda. Tiene muy buena mano con las flores. Ha montado su propio negocio. Arreglos florales.

Cecilia asintió. —Lo sé, admiré sus obras maestras en la boda.

—Podemos hablar encantados de mi jardín durante horas; es mi mayor pasión después de la cocina. Pero no he olvidado que está evitando la conversación que de verdad importa.

Cecilia sonrió. —Es que no tiene sentido hablar de ello. Todo lo que le contara sonaría tan... críptico.

—Lo que está diciendo ahora no suena menos críptico.

Cecilia suspiró. —En realidad, es que... Han ocurrido cosas que no habría creído capaz de hacer a Stefano. Fingió ser una clase de hombre cuando, en realidad, no es más que... —Dejó la frase en el aire.

—... ¿esa otra clase de hombre? —insistió Giampaolo.

—Algo así.

Giampaolo reflexionó un momento. —Tiene razón. Eso ha sido críptico.

Los labios de Cecilia esbozaron una levísima sonrisa al mirar a Giampaolo. —No me contó toda la verdad sobre... nada. Y se lo reprocho.

—¿Por qué?

Cecilia miró a Giampaolo, desconcertada. —¿Por qué no me gusta que me mientan? ¿Eso es lo que me está preguntando?

—¿Por qué le importa que un muchacho cualquiera le mienta? No es su marido, ni su prometido, ni un pariente. Ni siquiera su vecino. Está aquí por su jefa, ¿no? Pero parece que se lo ha tomado como una afrenta personal. Y eso es quedarse muy corto.

—Me gustaba... —admitió Cecilia.

—Aquí ninguno somos ciegos. Aunque eso no es cierto. Emilio Gastone es ciego, pero se quedó así por un accidente laboral hace cuarenta años. Ahora tiene noventa y ocho y le da igual. Lo que intento decir es que sé perfectamente que había algo entre usted y el chico. Pero ¿le parece profesional?

—¿Perdone?

—No se deben mezclar los negocios con el placer.

A Cecilia se le desencajó la mandíbula. —¡Por el amor de Dios! ¡Aquí todo el mundo mezcla el trabajo y el amor! ¡Emilia y Aurelio! ¿Letizia y Andrea? ¿Y qué me dice de Mariella, la del bistró? ¿Acaso Lorella no trabaja también con su novio?

—¡Ja! —exclamó Giampaolo, señalándola con un dedo mientras se reía.

—¿Y ahora qué? —preguntó Cecilia.

—¿No se da cuenta?

—No.

—Se ha puesto a la defensiva de inmediato. Y, lo que es peor, se ha defendido indignada . Verá... —Se dio unos golpecitos en la sien—. No solo vosotras, las signorine , sois listas.

—No tengo ni la menor idea de qué está hablando, viejo.

—Le perdonaré ese pequeño insulto porque he dado en el clavo y por eso está de morros.

Ella lo fulminó con la mirada. —No tengo la menor idea de adónde quiere ir a parar.

—En realidad, no es tan difícil. Sea lo que sea aquello sobre lo que el chico Vitti supuestamente le mintió...

—¿ Supuestamente ?

—Sí. Sea lo que sea, no deja de darle vueltas.

Le preocupa tanto que no duerme, no come y contesta mal a ancianos amables que le llevan el desayuno.

Y, sin conocerla bien, apostaría a que eso no encaja con su forma de ser habitual.

Hay algo que solo se aprende a aceptar con los años.

—Hizo una pausa para darle mayor efecto y la miró con intención—.

Cuando algo no nos deja en paz, por insignificante o equivocado que pueda ser, siempre hay un motivo.

—Siempre es una palabra muy rotunda...

— Siempre . Así que siga su propio consejo.

—¡Ya he intentado hablar con él!

—¿Cómo?

Ella le lanzó una mirada escéptica. —¿A qué se refiere?

—¿Cómo abordó con él el problema?

Ella se encogió de hombros y apartó la mirada.

—Con histeria y lágrimas, lo sabía... —Se levantó trabajosamente de la silla y se dirigió hacia la entrada.

—¡No me puse histérica ! —le gritó con voz chillona, haciendo una mueca al oír sus propias palabras.

Vale, quizá un poco...

Cuando Giampaolo no respondió, ella miró por la ventana entreabierta que tenía detrás. —¿Qué está haciendo? —gritó hacia el interior de la casa.

—Buscando algo para los nervios —respondió él, y regresó poco después con una bandeja de plata.

Ella la examinó con atención. —¿Soluciona todos sus problemas con comida y bebida?

—Algunos también cocinando y trabajando en el jardín. Tome. —Le ofreció un plato de bombones de chocolate—. Coja uno.

—¿Caseros?

— Cosa ne pensi?

Ella sonrió. —Y yo que pensaba que volvería con otra botella de Vin Santo .

Giampaolo señaló el bombón que acababa de coger. —¿Qué cree? Eso es lo que lleva dentro.